giovedì 29 aprile 2010

SEIS. 6. "-BIG BANG"

Desde hacía un tiempo, Pat se había encontrado suspendida en una oposición absurda entre el caos y el basurero, buscando en sacos rotos elementos de vida que fueran indispensables y necesarios que la ayudaran a trazar un camino para comenzar a transitarlo. Encontraba una extraña fascinación en las cosas que olían a recuerdo. Para ella, la vida no era sino una nostalgia en la que cada día había un principio en toda una eternidad y en el que siempre lo más bello era lo que podía recordarse.

Esa noche descubrió que aquello indispensable y mágico se encontraba justo en el lugar menos probable bajo circunstancias aparentemente comunes en las que, sin embargo, no cabía la menor normalidad.

Sintió un terremoto interno y subió la mirada para asegurarse de que no caían lámparas del techo y de que la gente no huía despavorida tratando de escapar por las salidas de emergencia, las cuales por cierto, nunca son lo suficientemente grandes.

Entonces lo vio. De pie, recargado en un muro, junto a una enorme bocina estaba él: Alto, flaco, con una chamarra ligera cerrada hasta el cuello, cabello corto un poco desaliñado, jeans, una bebida fluoresente en la mano y los ojos más tristes que Pat había visto en su 24 años de vida. Aquél sujeto la miró, ella lo vio, y en ese momento se dijeron todo. De pronto no había gente, o ella no la veía; sólo podía percatarse de que ése que la observaba tenía la capacidad de hacerla olvidar cómo articular la más simple de las frases. Ahí estaba Pat con un millón de vasos tequileros en la mano y con la necesidad en los pies de acercarse a ver esa tristeza en aquellos ojos. Le temblaban las manos. Se lo atribuyó todo al efecto del alcohol que ya empezaba a asomarse. Aún así, aguantó un segundo más la mirada. No pudo ni sonreír ni hacer gesto alguno; fue como si de pronto todo se quedara en silencio, como si el dj se hubiera dado cuenta de ese encuentro, hubiera cortado la música de golpe y hubiera puesto los reflectores en ellos dos. Fueron 2 o 3 segundos, no podía saberlo con certeza, pero pareció que el tiempo se detuvo exclusivamente en ese par de extraños que por mera coincidencia se habían regalado un momento solamente para ellos. Era como si en una noche de casino, el azar los hubiera escogido para un juego de ruleta; como si hubiera decretado que a partir de ese momento no tenían más opción que estar el uno con el otro y apostar hasta la última ficha sin usar el “bluff” como estrategia. Pat trató de concentrarse y recordar si ya lo había visto antes. No lo logró pero había algo que irremediablemente le llamaba a acercarse a él; se miraban como si tuvieran un asunto pendiente, como si tuvieran que darse un recado urgente.

Una vez, alguien dijo que cada trece millones de años dos planetas se mueren al mismo tiempo, en el mismo segundo dejan de existir, se esfuman en el sistema solar y ese espacio en donde solían estar les dice adiós prometiéndoles que nunca los olvidará. Se dice que si dos amantes se miran a los ojos en el instante en que esos planetas mueren, les heredan la vida y decretan que el destino de aquellos que realmente se miran es quedarse juntos, y que cada vez que hay una separación amorosa la probabilidad de que encuentres a esa persona que corresponde a tu andar, disminuye. La estadística en contra crece y el tiempo sigue corriendo. Es posible que pase otra vez esa cantidad de años y evidentemente, no te alcance la vida para que vivas ese encuentro.

Se dice que por eso hay mucha gente que se queda sola.
Ésa es la gente a la que se le fue la oportunidad y no pudo hacer nada, la que la tuvo en las narices pero se distrajo y la perdió; la gente que estuvo muy ocupada tratando de ser alguien no se percató que aquél que le diría quién era realmente, pasó un día a su lado, pero pensando en alguna estupidez, ni siquiera reparó en su presencia. Ésos son los que deambulan por las ciudades tratando de encontrar una segunda oportunidad, o una tercera, o una décima.

¿Qué probabilidad había en que el universo los eligiera justamente a ellos dos en un mundo con miles y miles de millones de habitantes? No lo sabían aún, pero las cartas ya estaban echadas, los números del juego del croupier los habían colocado en un momento extraordinario. Era posible pero poco probable que de esa noche naciera una historia muy peculiar y sin saberlo, habitaban el margen de lo poco probable con la inconsciencia necesaria para poder verse a los ojos y ponerse nerviosos.

Pat se mareó, atinó a dar otro trago a uno de los tequilas y se quedó inmóvil tratando de controlarse. No se sentía así desde la primera vez que había salido a escondidas a mojarse en la lluvia. La piel se le erizó, los sentidos se le agudizaron casi al punto de doler. Pudo verlo a través de la gente que pasaba, pudo olerlo desde lejos, pudo oírlo y suponerle la voz entre los escandalosos adolescentes tardíos que se encontraban en el bar y se cruzaban en el medio de todo contemplando el sub mundo del Perro sin decir palabra alguna. Pat necesitó enorme y repentinamente hablar con ese alguien que se le colaba entre la muchedumbre vendiéndole la sensación de tener la certeza de que aquello que sentía no era una señal más de que estaba volviéndose loca. Era como si necesitara del lenguaje hablado como ancla al mundo que entre empujones y pisadas, la expulsaba de sus confines con más indiferencia que la que tiene un vegetal ante una bolsa de papel estraza. Por extraño que pueda parecer, Pat necesitaba urgentemente preguntarle algo. No sabía qué pero él la miró de un modo tan particular, que hizo que a ella le pasara por la mente comenzar una charla estando los dos callados entre el supuesto vacío que los separaba en el bar; tuvo ganas de inventarse cualquier tema con tal de cruzar palabra con ese ser que le pareció de una belleza tan bizarra y que le causó la más extraña de las taquicardias.

El instante fue interrumpido por Alejandra, quien la había visto a Pat paradita con aspecto de estar perdida en medio de la pista. Se acercó y le dijo: -¿Qué haces loca? ¿Por qué te quedas parada? Vamos, estamos sedientas.

La arrastró hasta la mesa y el rostro de aquel sujeto se le perdió entre la multitud. Sacudió la cabeza, cerró los ojos y bebió otro trago de golpe.

-¿A quién veías? -Preguntó Alejandra.

-No sé. ¿Viste esos ojos? ¿Te fijaste? No había visto ojos así nunca.

¿O si?

mercoledì 28 aprile 2010

CINCO.5 "CUANDO EL TEQUILA SE TORNA PELIGROSO"

El Perro era una especie de bodega enorme que habían acondicionado para bar que contaba con tres pisos. En la planta baja tenían 3 barras en las que preparaban las bebidas, y alrededor de 30 mesas con sillas altas, que siempre estaban ocupadas; el escenario se encontraba al fondo en el lado oeste del lugar. Si te sentabas en cualquier sitio, alcanzabas a ver bien a las bandas que se presentaban. Había también una pista de baile en el centro que al igual que las mesas, siempre estaba llena de gente. El piso de arriba era un poco más tranquilo, las luces eran tenues y podía comer algún bocadillo, era la sección “lounge” del lugar. Por último estaba la terraza, la cual era perfecta para los fumadores. Tenía asientos de piel y mesas pequeñas, el ruido y la música de la parte de abajo apenas se escuchaban hasta ese último piso.

Las nenas se encontraban obviamente en la planta baja, donde iba a ser el show. Sara se acercó a la mesa que tenía el grupo reservada para las chicas. Se sentó como si fuera la Reina Isabel y tratando de imitar un tono solemne dijo:

-Siéntense, están en su bar. Bienvenidas.

Todas rieron, la noche se prestaba para ponerse divertida. A pesar de que el lugar había cambiado tanto en un par de años, de que había dejado de ser “su” bar y de que había chavitos de 18 o 19 años que hacían sentir a las chicas todas unas ancianas, decidieron que no iban a poner atención a las miradas de scanner que les propinaban cada vez que se movían los otros grupitos de chavas. Incluso les divertía la reacción de los demás ante su presencia. Conocían perfectamente el modelo de comportamiento en esos lugares. Encima eran actrices, dominaban perfectamente la situación.

Faltaba más de una hora para que el grupo de Diego comenzara a tocar. Mientras el dj, en un repentino ataque de nostalgia, comenzó a poner música de los 80´s y 90´s. Ya iban por la tercera ronda de tragos y habían comenzado a bailar, les importaba poco si alguien las miraba o si no bailaban con los mejores pasos. Estaban juntas, era su noche. Patricia bailaba y parecía que en cualquier momento se iba a romper. No paraban de recordar anécdotas. Cada una tenía una versión distinta de cada suceso y se peleaban por la más verosímil. Le tocó a Pat acercarse a la barra, era su turno de traer los siguientes tragos. Erika y Alejandra tomaban ron, Asul había decidido no mezclar y continuaba con cerveza, y Pat, cual kozako, bebía un vodka tras otro.
Hacía un calor tremendo, no había espacio para un alma más. No le dejaba de sorprender a Patricia la rapidez con la que los años de la universidad habían transcurrido, los momentos que había vivido con sus amigos, las muertes que habían superado todos juntos, los infinitos rompimientos, las despedidas, los cambios de rumbo, las separaciones; y sin embargo, habían logrado hacer un grupo y algunos de ellos, ellas, para ser precisos, estaban ahí, como hacía 6 años con los ojos igual de limpios, la mirada más curtida y un poco menos de inocencia en la cara. Le alegraba pensar en todo lo que les faltaba por vivir. Estaban en esa edad en la que hay un justo medio para poder probar, echar todo a perder y volver a comenzar. Esperaba que esa sensación nunca se les escapara.

A pesar de que todas estaban cansadas, pues la semana había estado llena de ensayos, escritos y horarios invertidos, porque a algunos directores de teatro les parece que la mejor hora para trabajar es de 8 pm a 3 o 4 am, y claramente ya no tenían 17 ni 18, ni tampoco el mismo aguante para los desvelos, querían que la noche durara lo que más se pudiera. Pat las vio desde la barra y por un momento le pareció observarlas años atrás: un grupo de “gremblins” rarísimos que para ser “diferentes” se vestían re mal y usaban gafas obscuras. Ahora se respiraba un aire de cierta madurez y elegancia desfachatada que sólo se va adquiriendo con los años, como la seguridad, la amargura y la experiencia. Eran todas unas chavalas todavía, pero había algo en su postura que las iba definiendo como las mujeres que querían llegar a ser; mujeres independientes, profesionales, actrices con la capacidad de estar en cualquier lado, de trabajar con todo mundo sin despegar los pies de la tierra. Tenían claro que la inteligencia se construye, que el talento se forja día a día, y que la fama, en efecto, no es más que una resaca que desparece a media tarde.

Se fue acercando a su mesa haciendo un acto de malabarismo digno del mejor circo con los vasos de todas en las manos, tratando de no derramar ni una sola gota y esquivando bultos más que cuerpos, cuidando que ningún popote se le cayera al suelo y asombrándose por mantener todavía esa habilidad adquirida en los años en la prepa en los que había trabajado como mesera. Después de cruzar medio antro, llegó y una ovación la recibió seguida de un enérgico “salud”. Por alguna razón era una noche especial. Se habían permitido dejar la cotidianidad solitaria que acompañaba a cada una por separado para compartir unas horas de buenos recuerdos y buena música. Se bebieron todas el clásico “hidalgo” y a Pat no le quedó más que volver a la barra. Ni siquiera se había sentado, así que por votación democrática, las dictadoras de sus amigas decidieron que tenía que ser ella la que fuera de nuevo por las viandas de alcohol.

-Va, pero sólo si traigo tequila para todas. -Dijo retándolas.

Se miraron, lo dudaron. Recordaron la última vez que habían bebido tequila en cantidades industriales. Estaban en un seminario de historia del teatro griego, habían terminado clases y consideraron una buena opción cerrar la tarde en un pequeño bar cercano a su escuela. Todas acabaron mal. La peor fue Asul, que vomitaba cada tres pasos. Y fue precisamente ella quien aceptó primero el reto.

Pat volvió a la barra, las demás la observaban mientras bailaban “Like a virgin” de Maddonna. Se veían tan chistosas; no le parecía extraño ahora que todo el lugar las volteara a ver como bichos raros. Se pidió 6 tequilas. ¿Por qué media docena? ¿Por qué no? Se los dieron y volvía bebiéndose ya uno en el camino, cuando de pronto algo la detuvo.

Tenía suficiente espacio para regresar a la mesa, pero una fuerza inmensa de atracción la hizo volver la cabeza hacia la zona de la barra.

domenica 18 aprile 2010

CUATRO. 4. "LA VUELTA AL MUNDO EN QUIÉN SABE CUÁNTOS DÍAS"

Patricia creció en una familia que se podría definir más o menos “disfuncional”. Sus padres se separaron cuando ella tenía dos o tres años de edad; no recordaba muy bien, pero sabía que la historia de su familia estaba cargada de momentos, que a pesar de los años y las miles de sesiones de terapia, cada vez que eran traídos al presente, seguían doliendo.

Tanto su padre como su madre siempre fueron estupendos con ella. Hicieron todo lo que estuvo en sus manos para que sus 4 hijos crecieran rodeados de cariño y respeto; se llevaban bien a pesar de que años antes, habían hecho de todo por destruirse mutuamente. Después del inminente y necesario divorcio, comenzaron a labrar algo muy parecido a una relación estrictamente cordial, e incluso, en ocasiones podían hablar de algo que no tuviera que ver directamente con los hijos. No eran precisamente amigos pero hacían todo lo posible por llevar la fiesta en paz.

Cuando murió la madre de Pat, los lazos entre sus hermanos y ella se fortalecieron. Su padre tuvo que hacer de todo para que su casa no se derrumbara. El primer año fue difícil para todos. Pat y Alex ya no vivían en la casa del papá, pero iban varias veces a la semana para ver cómo estaban sus hermanos Isabel y Enrique. Sentía que como era la segunda de mayor a menor, tenía que darles ánimo a sus hermanos más chicos y le sorprendía la madurez y fortaleza con la que habían enfrentado la muerte de su mamá.

Poco a poco el tiempo pasó. Los hijos tomaron su camino y el papá tuvo oportunidad de seguir con su vida. De cualquier modo, siempre estaba en los momentos en los que lo necesitaran cualquiera de sus cuatro hijos, quienes sabían que en cualquier situación, podían contar con él.

Pat también sanó; recordaba constantemente a su madre. Se la imaginaba en las ocasiones especiales, o un domingo por la tarde charlando y bebiendo té. Habían sido amigas y se habían tenido confianza y admiración mutua. A veces era realmente pesado no tenerla cerca.

Una vez, cuando Pat tenía 5 o 6 años, mientras jugaba en un parque cercano a su casa, se trepó en el columpio y comenzó a balancearse fuertemente. De repente perdió el control, se soltó de las cadenas que sujetan el juego y después de unos segundos se vio en el suelo rodeada de un charco de sangre. Tenía una enorme cortada en la parte posterior de la cabeza, había caído contra una piedra. Su madre, que estaba a unos 20 metros platicando con la mamá de algún niño que también jugaba en el parque, se acercó corriendo, la tomó entre sus brazos, la revisó, le cubrió la cortada con su suéter, la metió al coche, y la llevó al hospital, mientras intentaba mantenerla despierta.

Tomografía y 12 puntadas en forma de “U”. Le tuvieron que rapar el cabello en la parte donde estaba la herida para poder suturarla y que cicatrizara sin peligro de que pudiera infectarse. La madre de Pat le dijo que la cortada en su cabeza tenía la forma de un puente, sólo que el puente estaba al revés y que entonces eso explicaba que su niña estuviera tan loquita como para haberse soltado del columpio. Cuando le preguntó por qué había dejado de sujetarse del juego, Pat no pudo responder. Solamente sintió que de un minuto a otro, no tuvo consciencia del lugar en el que estaba ni de lo que hacía y que de repente había sentido un calor intenso y había escuchado un sonido muy fuerte.

Su madre la abrazó y con una voz tierna le dijo: “tienes que aprender a cuidarte Patita, tienes que mirar con atención y saber diferenciar lo que es peligroso; si vas columpiándote en el aire y te sueltas, te caes. Hoy tuviste una buena lección: si nos soltamos, nos caemos, pero solamente nos caemos para aprender a levantarnos y lo mejor de todo es que siempre podemos sacudirnos la tierra para volver a subirnos al juego”.

Pat abrazó a su madre y sintió que con ella nada podría hacerle daño. Había aprendido más o menos a diferenciar lo que era peligroso y lo que no y cada vez que se caía en la vida, recordaba aquellas palabras, y entonces retomaba fuerzas para levantarse y seguir jugando. Todavía le extrañaba, aún recordaba su aliento cercano a ella y la dulzura y el cariño infinito que siempre recibió de su mamá.

No supo por qué ni cómo se soltó del columpio, no recordaba ese momento. No lo hizo a propósito ni quería lastimarse pero por más que intentaba, no podía recordar cómo había ido a parar al suelo.

A Pat le sucedía algo poco usual desde la infancia. Resulta que se desconectaba por tiempo indefinido de esta realidad y totalmente despierta y consciente viajaba a lugares que nunca en su vida había visto. Como en especies de “flash-backs”, de pronto se encontraba teniendo un diálogo corto y aparentemente cotidiano con personas que no conocía, y de la misma manera en la que se había ido, volvía. No sabía si era al pasado, al futuro o a un presente alterno y tampoco sabía el motivo de estos viajes. Se iba a lugares que no conocía, en esta realidad nunca había estado en el parque Güell y sin embargo, sabía perfectamente cómo era, podía describir los colores y las formas como si hubiera estado allí en numerosas ocasiones. Inexplicablemente sabía cómo cocinar comida china o el funcionamiento del motor de un Masserati; de pronto conocía algunas palabras en otros idiomas que luego olvidaba. Al principio, cuando niña, estos “desprendimientos” no duraban más que un par de minutos, y pudo suponer tiempo después, que el incidente del columpio había tenido que ver con esto de alguna manera. Durante la adolescencia estos sucesos pararon casi por completo, pero después las estancias inexplicables en otras dimensiones se fueron volviendo cada vez más largas y continuas.

Siempre pensó que se lo imaginaba, o que era una chica muy distraída, hasta que un día, después de haber cumplido 22 años, volvió de alguna otra realidad con una pierna rota causada por una caída de caballo en una carrera en la orilla del río Sena. Esa ocasión tuvo que decirles a todos que se había tropezado en las escaleras de casa mientras bajaba corriendo, pues siempre llegaba tarde a todos lados. Pero había descubierto que lo que le pasaba en los viajes tenía repercusiones físicas en esta realidad; se estaba haciendo un cereal en la cocina de su casa y en un abrir y cerrar de ojos, se vio en el suelo con la leche y las hojuelas endulzadas sobre ella debido a la caída en la otra dimensión.

Debido al accidente estuvo 4 semanas en cama con la pierna enyesada y durante el tiempo de recuperación, todavía sin poder mover la pierna, se fue a dar un paseo a las montañas. Su doctor no se explicaba que tuviera en las mejillas la marca de las enormes gafas para esquiar y la piel quemada por la nieve cuando no podía ni siquiera ponerse de pie. Ella trataba de desviar el tema a la menor pregunta y el doctor, como buen doctor occidental, nunca prestó mucha atención a ello.

Olvidaba casi todo al día siguiente. No podía registrar por completo en dónde había estado. Sus recuerdos alternos eran como polaroids quemadas en un incendio en las cuales se alcanza a ver apenas la mitad de un rostro y como fondo hay un bar o una sala de cine del que no se termina de alcanzar a distinguir el nombre y tienes, por lo tanto, que adivinar cuál es el sitio que aparece en la foto a partir de las letras incompletas del letrero detrás de la escena fotografiada. Con frecuencia tenía que preguntar si había estado en tal o cual escuela y cerciorarse de alguna anécdota, pues no estaba segura de si la había vivido de este lado del mundo o en su imaginario real.

¿Y tú desde cuándo hablas alemán? -Le preguntó una vez uno de sus hermanos, cuando Pat de la nada comenzó hablarle en ese idioma.

-No sé… He estado viendo muchas películas. -Se excusó para no tener que dar explicaciones.

Solamente Alejandra y Asul lo sabían. Se tardó mucho en podérselo contar a alguien. No había ido con ningún especialista ni se había hecho ningún examen, pues pensaba que nadie le creería. Tenía miedo de que le sucediera en el escenario mientras representaba alguna obra, pero era como si el tiempo de la ficción fuera respetado por aquellos lapsus. Hasta ahora, solamente le sucedía en soledad y nunca por períodos lo suficientemente extensos como para poder quedarse e indagar las razones por las que se iba a otros lados.

Esto tenía sus ventajas y sus desventajas. Lo mejor era cuando volaba. Un día, en uno de esos viajes, sin planearlo, se fue a visitar a García, viejo amigo de la universidad que la introdujo al mundo laberíntico de Cortázar y le compartió la complejidad y la belleza en la sencillez de las palabras de Benedetti. Ga, como solían llamarle los amigos, se sabía de memoria Rayuela y varios poemas del uruguayo y no paraba de decirlos mientras compartían caminatas o cuando sencillamente se cansaba de quedarse en silencio. Cuando Pat andaba tristona García atinaba a soltar algún poema mientras cruzaban la calle de Higuera en la plaza de la Conchita o iban en el auto rumbo al cine o al teatro. Más de una vez, de verdad que García le arregló el día a Patricia. Recuerda un pedazo de poema de Benedetti que le recitó una tarde de otoño en la que parecía hacer más frío que nunca, mientras se frotaban las manos para darse calor, tomaban moka blanco, rompían las hojas secas del suelo con la tranquilidad con la que se rompen las horas en los otoños color maple y esperaban sentados en una banca la siguiente clase. García trataba de imitar el acento uruguayo que le salía malísimo y le quitaba cualquier intento de solemnidad a las palabras:

-“No me refiero sólo a que de pronto digas voy a llorar y yo con un discreto nudo en la garganta, bueno llorá y que un lindo aguacero invisible nos ampare y quizá por eso salga enseguida el sol.”

García seguía y ante su no tener qué decirle a Patricia, se esforzaba tratando de hacerla sentir mejor. -“El amor es una bahía linda y generosa que se ilumina y se oscurece según venga la vida. Una bahía donde los barcos llegan y se van. Llegan con pájaros y augurios y se van con sirenas y nubarrones. Una bahía linda y generosa donde los barcos llegan y se van. Pero vos por favor, no te vayas”.

Y no se fue. Se hicieron grandes amigos. Ahora no se veían tan a menudo, pero por lo menos se llamaban una vez a la semana para preguntar cómo iba la vida.

Aquella vez, cuando viajó y lo vio, más que visitarlo, lo espió. Cerró lo ojos, respiró profundamente, llegó a su apartamento y se posó en su ventana. García leía y tomaba una taza café. Se sirvió dos más y cerró el libro en la página 232. No la vio. Pat guardó estos números en su memoria para poderlos cotejar cuando volviera. 3 cafés, 232 páginas leídas. De pronto, sin poder controlarlo, regresó; se vio de nuevo en su habitación acomodando sus discos. Iba y venía sin que pudiera decidir la duración de su estancia ni los lugares a los que viajaba y ésa era la primera vez que se encontraba con alguien conocido.

Acto seguido lo llamó por teléfono a García.

-Hola “García”. ¿Qué haces?

-Nada. Estoy en Querétaro. Todo tranquilo.

-Ya. Oye… Dime algo. -Fue directa. No tenía tiempo para sutilezas. -¿En qué número de página vas?

-¿Qué?

-Estás leyendo. Lo sé. Quiero saber en qué número de página vas. Te apuesto lo que quieras a que vas en la 232 o cerquita y que estás leyendo a Bukowsky.

-Mmm. Sí. Estoy terminando la 232. ¿Por qué? ¿Dónde estás? ¿Qué pasa?

No era inusual que García estuviera leyendo. Era un devorador de libros, pero esto no fue lo que lo sorprendió, sino el hecho de que Pat adivinara la página y el autor. Volteó a ver las paredes de su alcoba pero era evidente que no había nadie ahí. Luego se asomó a la ventana, pero igual, era un 5º piso y no era posible que Pat se hubiera montado en un teleférico para verlo.

-Nada, oye, dime otra cosa, ¿ya te tomaste la tercera taza de café?

-No. Se me cayó hace 2 o 3 minutos. Ya dime ¿dónde estás?

-2 o 3 minutos, Ajá. Estoy en México, en mi cuarto.

El tiempo coincidía, a pesar de que ella no vio cuando García derramó el café y tuvo que levantarse para ir por un trapo y limpiar, los números eran los que había registrado.

-¿Qué demonios estás haciendo? –Le decía García mientras buscaba debajo de su cama y dentro del clóset.

-Nada. Matando el ocio con cálculos matemáticos. Tengo que cortar. ¿Cuándo vuelves?

-Mañana. Oye, hay que vernos un día de éstos. ¿En qué andas metida ahora? Me tienes que explicar eso de los cálculos matemáticos. ¿Me estás espiando? ¿Cómo sabes qué página estaba leyendo? Si no se me hubiera caído el café iría en la siguiente taza, en la siguiente página y entonces no le hubieras atinado, ¿cómo sabes que el libro es de Bukowsky? Es el que me regalaste, por cierto.

-Supongo que es coincidencia, nada más. Pensé que a estas horas te encontrarías leyendo.

-Las coincidencias no existen, muchachita. Todo está acomodado para que suceda lo que tenga que suceder, sólo que a veces estamos muy distraídos para que nos demos cuenta de ello. Pero dime, ¿cómo diantres supiste? ¿De verdad soy tan predecible?

-No, tranquilo, tal vez te cuente luego. Con respecto a los de las coincidencias, puede que tengas razón, luego platicamos. Un beso. Chau.

-Chau. Te llamo cuando vuelva y nos tomamos un café.

García cortó desconcertado. No pudo seguir concentrado en su lectura; volvió a buscar a Patricia para ver si no estaba escondida en alguna parte de su casa y le estuviera jugando una broma, pero Pat, tal como había dicho, estaba en México, acomodando sus discos compactos por género y orden alfabético.

No había ni una pizca de cálculos matemáticos. Pat no quiso explicar ni darle detalles a García. Era asombroso, había estado ahí y lo había visto. Era la primera vez, después de la caída del caballo, que verificaba si esto pasaba en su mente o no. No sabía si también se había quedado en su habitación, si se había dividido de ella misma o si completa había ido hasta la ventana de su amigo. La cabeza le punzaba como si un inexperto en acupuntura le estuviera clavando agujas a diestra y siniestra. Esto le ocurría cada vez que se iba. Al volver la cabeza le dolía como si tuviera la peor de las migrañas.

La idea de la esquizofrenia le pasó por la mente… Luego, un tiempo sin que sucediera de nuevo. Andaba muy ocupada. Entre ensayos y trabajo no tenía oportunidad para poder quedarse sola un ratito. Estaba trabajando en el montaje de la obra “Grande y pequeño” de Botho Strouss. A ella le hubiera gustado ser Lotte, pero el papel se lo habían dado a una actriz de renombre. Estaba feliz igual, interpretando a Meggy del otro lado del interfono, experimentando los procesos imaginativos en los tiempos y en las palabras que no aparecen en escena, descubriendo en cada función que hay un sinfín de sutilezas para expresar el dolor, que éste necesita de un lenguaje muy preciso para darle valor a lo anticlimático y la justa capacidad de síntesis ante la intensidad de las situaciones; poco a poco le iba quedando claro que el tiempo entre una escena y otra está siempre marcado porque algo extraordinario ha sucedido.
Y justamente algo extraordinario le estaba sucediendo en la vida. Lo que pasaba en los desprendimientos la hacían volver a esta realidad de una manera nueva y distinta. Pensó en lo que podría hacer si aprendía a manejar esto que le pasaba. Si era posible, sería capaz de conocer a quien quisiera. Lo primero que pensó fue irse tras bambalinas de todas las obras de teatro que se representaban en el mundo. Poder observar todo el “pre” de un montaje, el calentamiento de los actores y su concentración; vivir con ellos el vértigo que da un segundo antes de poner un pie en el escenario. Podría viajar gratis, conocerse el mundo entero. Una infinidad de probabilidades se daban paso en el terreno de lo que se podría convertir en algo posible. Era escalofriante y maravilloso, peligroso y emocionante. Como no sabía los alcances que podría tener ni las razones de este fenómeno, decidió no precipitarse ni forzar nada; no angustiarse. Ya lo había comprobado, no se lo estaba imaginando. Tenía que saber cuándo estaba divagando y cuándo de verdad habitaba otros sitios.
¿Por qué le estaba sucediendo esto?

No lo sabía, pero las palabras de García le retumbarían en los oídos tiempo después. “No existen las coincidencias”. Se decidió a buscar a alguien que conociera del tema, pero no tenía idea de dónde ni cómo; no conocía a nadie que supiera sobre ello y mucho menos a alguien con quien tuviera la confianza suficiente para contarle su secreto.

Patricia no se esperaba lo que venía. Más pronto de lo que ella pensaba la explicación a todo esto aparecería.

sabato 17 aprile 2010

TRES. 3. "¿CUÁNTOS AÑOS TIENES? 20 ¿Y TÚ?

Llegaron al bar después de unos quince minutos. El tránsito no había sido pesado, así que la predicción de Erika había sido correcta y lo celebraba diciendo: -Ya ven, les dije, pero nunca me hacen caso. Siempre tengo razón.

Dejaron el coche en el valet-parking y se pusieron en marcha hasta la entrada del bar. En efecto, el lugar estaba llenísimo. Era viernes y a pesar de que el cover no era nada barato, había multitudes de chavitos queriendo entrar. Podías encontrar de todo. Desde lo más fresa, hasta lo más pandroso. Un par de generaciones se mezclaban en el interior del lugar con la única intensión de encontrar un trozo de identidad, de sentirse parte de un grupo, de marcar tendencia en una moda. Era todo un híbrido, un lugar perfecto para un grupo de sociólogos que están investigando sobre los efectos del mundo moderno en las nuevas generaciones. Si prestabas atención, las charlas no pasaban de si fulanito había llegado con fulanita, o de si alguna le había bajado el galán a otra alguna.

Los jóvenes clase medieros mexicanos que se han aburrido de ser hijos de familia y que optan por actitud rebelde tomarse 4 o 5 tragos simultáneamente, fijaban su status en conocer al cadenero, en que los dejaran entrar sin hacer fila, en el auto en el que llegaban, en la gente con la que se hacían acompañar, en dejar clarísimo la marca de sus camisas perfectamente planchadas y de sus zapatos italianos o, por el otro lado, en ver quién traía los tennis más rotos y quién se llevaba el premio al mejor disfraz de desadaptado. Todos asumían estas convenciones, todos jugaban este juego. Era toda una competencia llegar hasta la entrada y ver quién tardaba menos en acceder al famosísimo bar del Perro. Las chicas se encontraron de pronto con cientos de miradas que iban a ningún lado en particular y con codazos de niñas súper pintadas que morían por entrar y sentarse en la mesa más cercana al escenario.

Las Erinias habían pasado por esto millones de veces. Se fastidiaban un poco, pero bueno, iban a ver al novio en turno de Sara, quien desesperada y emocionada a la vez le dijo a Pat: -Haz lo tuyo, métenos.

Patricia se acercó a la puerta y saludó a Oscar, el dueño del Perro, antiguo vecino y compañero de estudios que había comprado desde hacía algunos años en el bar, cuando nadie lo conocía y no se paraba ni un alma por ahí. Oscar le regaló una sonrisa enorme, apartó a la chaviza con sus dos enormes brazos e hizo pasar a las muchachas. Después de los abrazos y los saludos, entraron al antro.

Mientras Pat pagaba su carísimo boleto, vio sentada en una de las mesas del lugar a una mujer que atrajo su atención. Su edad era indefinida, vestía un traje púrpura, gabardina y zapatos altos; llevaba el cabello suelto y largo, sus facciones eran borrosas, Pat no alcanzaba a verlas del todo bien; tenía los ojos grandes y los labios delgados iban pintados de escarlata. Pat se detuvo a observarla, estaba sentada con la pierna derecha cruzada sobre la izquierda, bebía un martini y de vez en cuando volteaba a mirar a su alrededor. Era un personaje totalmente fuera de lugar en aquel bar, jamás iban ese tipo de mujeres al Perro. Había algo en su mirada que le hizo sentir desconfianza; esa mujer la vio fijamente y pronunció algo en voz baja, mientras masticaba una aceituna. Patricia terminó de pagarle al cajero, recibió el cambio y su boletito canjeable por un trago, se hizo a un lado para que el siguiente en la fila pudiera hacer la misma operación y cuando volvió a voltear hacia el sitio en donde estaba sentada aquella figura, se encontró con que en vez de ella, habían 5 o 6 muchachitos charlando y bebiendo un par de cervezas. Sólo había sido un instante el que dejó de observarla; la buscó rápidamente entre aquellos chicos que se divertían, pero no la vio más.

lunedì 12 aprile 2010

in ogni modo...

Y resulta que las cosas pierden significado... ¿Cuál es la diferencia, pequeña diferencia, porque digo, tiene que ser pequeña, entre darte cuenta de que las cosas simples, las taradeces, el roce accidental de una mano, una sonrisa, han dejado de tener significado y el reconocer que tal vez es que no lo han tenido nunca?

Pararse debajo de una ventana y arrojar piedritas en plena madrugada hasta ver que se encienda la luz o correr sin dirección un día lluvioso... Ese tipo de cosas, ¿alguna vez movieron algo? ¿alguna vez hicieron que alguien pensara que vale la pena sacarse el armazón y dejar que pasara lo que tuviera que pasar sin analizar demasiado todo?

¿En qué tienda se compran los miedos? Quiero hacer una devolución... Me han quedado mal...

Me soprpende la manera en la que vamos aprendiendo a defendernos. Antes, no un antes tan lejano, no tenía importancia decir un estúpido te quiero porque en ese par de palabras escurridizas que salían sin permiso de la boca, cabía toda la vulnerabilidad que se tiene frente a lo desconocido. Pero no importaba... de verdad que no importaba... No tenía la menor importancia quedar como un completo idiota en una situación que ameritaba comportarse de manera más o menos sensata.

¿Será cierto eso de que a medida que pasan los años uno tiene más y más resistencia a verse en un determinado suceso que no puede ser explicado desde la parte razonable?

Me obstino. Digo lo que me viene en gana. Prefiero quedar justo como una completa idiota con todo y las defensas... Es decir, yo también me he roto la madre, yo también me he creado armaduras... A mí también me han roto el puto corazón. También cargo con mi baúl de fantasmas.

En todo caso, ¿es de verdad tan estúpido dejarse querer y querer a alguien? Y no, no, acá no se está hablando de ingenuidad. Nop. Si ese tipo de cosas no han tenido sentido nunca, he estado haciendo todo mal.

...Pero esta noche, pese a que es muy probable que quede como una persona que pueda parecer poco aterrizada, digo que fue lindo verte. Aunque el hecho de vernos no signifique lo mismo...

Me obstino. Digo lo que me viene en gana. Si se me antoja mandar un mensaje a media noche, lo haré. Pese a que sé que es probable que quede como una completa tarada.

¿Para qué correr de algo que va adelante de tí?

venerdì 9 aprile 2010

DOS. 2. "LAS TEJEDORAS DEL MAL"

Durante todo el proceso de separación que Pat vivió por primera vez, las locas de sus amigas no pararon de repetirle que dejara a aquel chico; que sentían que había cambiado, que no era la misma, que no salía, que estaba totalmente concentrada en todo lo que tenía que ver con él; que entendían que estuviera entusiasmada como nunca, pero que no la veían feliz, que los celos no se acaban nada más porque sí, y que este chico era de verdad re celoso, que no se sorprendiera si un día, de pronto, ya no la dejaba salir. Y sí, también fueron ellas las que aguantaron los arranques de la nena cuando les dijo en más de una ocasión que no se metieran en su vida, que era su decisión, que la dejaran en paz, y las que un par de días después de que Pat les soltara un portazo en la cara, atendieran a su llamado por el último pleito con el chico en cuestión.

Esas peleas en donde ella se sentía poco menos que una prostituta que tiene que dar explicaciones por algo que no ha hecho y al final es la que acaba pidiendo perdón sin saber exactamente por qué, habían sido mucho más seguido de lo que finalmente pudo soportar.

Fueron ellas las que llegaron con más de un six- pack de Tecate y camionetas prestadas, las cuales no sabían conducir del todo bien, para ayudarle a bajar de un 4° piso los pocos muebles, sus libros, la ropa y un montón de sueños tirados a la basura sin que ni siquiera les pasara por la cabeza decirle: “Te lo dije, eres una tarada”; las que no habían parado de bromear con ella y las que habían cargado la nevera hasta la planta baja ese jueves en el que Patricia sentía por primera vez la sensación enorme del fracaso sobre sus hombros. Fue Alejandra la que la escuchó dejar sus últimas lágrimas, encerrada en el baño de lo que había sido su departamento; la que la abrazó y supo, como sólo saben hacer los buenos amigos, guardar silencio y decir con la mirada que están ahí, dispuestos a todo sin chistar, sin dudarlo ni un instante. Fue María la que cerró por última vez la puerta, la que se guardó las llaves de lo que Patricia había intentado convertir en una casa con sólo 22 años a cuestas y poquísima habilidad para despedirse. También fueron ellas, Asul en particular, la que la alentó a terminar de escribir su tesis en teatro latinoamericano y dejar de deprimirse por su situación emocional, la que llamaba más de tres veces al día para preguntarle si todo andaba bien y la que celebró con ella cuando, dos meses después de todos sus compañeros de generación, finalmente se graduó.

Fueron ellas las que organizaron todo un viaje a la playa en verano, trabajando como esclavas para ahorrar y poderse dar una semanita de relax en el mar. Las que corrían como locas tras un taxi en medio de los autos para poder llegar a tiempo al aeropuerto, a pesar de que iban re tarde por culpa otra vez de la Pato. Fue Erika la que compartiendo un atardecer en la piscina del hotel, con una de esas frases de abuela que solía soltar en el momento más pertinente, la hizo reír como hacía meses no reía: “No te apures reina, hay más allá adelantito”.

Fue Alejandra la que llegó a dormir con ella a su casa de la infancia esa primera noche, la que instaló la lavadora, la que guardó la mitad de los platos en los anaqueles, la que se trajo todas sus cosas en su auto para quedarse por tiempo indefinido a vivir con ella. Su cómplice más grande, la que hacía esfuerzos titánicos por no dejar trastes en la cocina porque sabe que la Pato es una maniática de limpieza y se pone realmente mal si hay una cuchara que no esté lavada. Es justamente Alejandra la que entiende todo con sólo mirarla a Patricia, la que la conoce mejor que nadie, la que sabía que Pat no diría que no iba aquella noche al bar del Perro.

También fueron ellas las que estuvieron todo el tiempo cuando la mamá de la Pato no pudo con el cáncer. Fueron ellas las que le ayudaron a guardar todas las cosas de la madre, las que se pasaron las últimas noches en el hospital con ella, las que llegaban con una taza de café y todo el ánimo del universo para hacer lo que se tuviera que hacer; las que enterraron con Pat a su otra mejor amiga, que se iba, de pronto, habiéndose ya despedido de todas.

Eran más que buenas chicas, más que buenas hermanas. Habían compartido todo desde el primer año de la carrera de actuación, cuando llegaron todas con 18 o 19 años a la puerta de la que sería su segunda casa. Cuando se vieron por primera vez, muertas de nervios, delante de la maestra alemana que medía como 1.90 y hablaba rarísimo y que les hizo la entrevista de admisión y les preguntó de todo hasta hacerlas llorar. Patricia recordó la sensación de vértigo de la primera clase de actuación. No era para nada lo que se había imaginado. No entendía un carajo por qué tenía que correr por el espacio como ménade poseída por Baco pero igual lo hizo, cómplice de las demás.

Recordaba, mientras escuchaba del otro lado del teléfono a Sara, quien no paraba de pelearse con el taxista porque había tomado otra ruta e iban a llegar más tarde, que esos años habían sido los mejores. Una ráfaga de melancolía le golpeó los ojos cuando sintió como si fuera ayer que las había conocido. Las primeras veces de fumar hierba, de conseguir merca y metérsela toda, de probar todo lo que viniera delante, de llegar crudísimas a clase de música teatral, de compartir opiniones y leerse mutuamente los trabajos y ensayos encargados, de darse ánimos cuando un ejercicio actoral no salía, cuando no entendían una escena, cuando alguna estaba a punto de tirar la toalla y de decir: “No soy actriz, qué le vamos a hacer, me rindo”. Ninguna se rindió y sabían todas que el hecho de haber seguido, de haberse mantenido agarradas a una tabla de madera en lo que muchas veces pareció un naufragio, era gracias a que siempre habían estado juntas. No sabía por qué había creado esos lazos, pero se sabía parte de algo, tenía su “axis mundi” guardado en cada uno de los corazones de Las Erinias, como solía llamarlas en honor a los seres mitológicos griegos que causan el peor de los horrores a sus víctimas. Eran indetenibles, apasionadas, luchonas, ingenuas, cada una con una particularidad que Patricia encontraba entrañable y única. Asul era dedicada, creativa, generosa. Sara ocurrente, divertida, tierna. Erika siempre le ayudó a mantenerse centrada y Alejandra le enseñaba día con día la belleza en las cosas simples; eran sencillamente solidarias, geniales, neuróticas, capaces de adaptarse a las situaciones más inverosímiles. Por eso las quería, por eso las respetaba y a pesar de no estar de acuerdo con muchos aspectos de ver el mundo desde una manera profesional e individual y de pelear por tonterías o por cuestiones medulares, habían aprendido a reconocerse y a estimarse por las diferencias. Estaban ahí, con unos deseos enormes de construirse un mundo para ellas. Atiborrándose todo lo que se les ponía enfrente.

-Sara, deja de pelear con el señor, no hay prisa, las espero.

Cortó y fue a darse un vistazo al espejo. Estaba hecha una garra. Después de darse un baño rapidísimo, cargó pila, se lavó los dientes, se enchufó unos jeans, blusa negra, abrigo corto, botas sin tacón (no estaba de humor como para caminar entaconada esa noche entre la multitud), se ató el pelo enmarañadísimo y aún húmedo, se pasó el lápiz negro por los párpados y bálsamo regenerador sabor durazno en los labios. Todo el ritual de “arreglarse” para salir había sido reducido a 10 minutos de higiene personal y nada de preocupación detallada por su aspecto. Ni siquiera recordó ponerse su perfume favorito. Atinó solamente a echarse crema humectante y a pasarse el roll-on. Esta noche no iba de cacería. No había escotes ni pantalones entallados. No había rímel en las pestañas ni sombras de colores pero hubo una repentina sensación de querer tomarse un vodka tonic con sus amigas y mover un poco el cuerpo. Las voces histéricas del otro lado del teléfono la habían animado. Además sabía que un trago y un buen brindis no se le niegan a nadie. Fue como si la sensación gris y apesadumbrada que había estado sintiendo todo el día se esfumara poco a poco. Se miró en el espejo y se gustó.

Encendió un cigarro con el mechero guarrísimo que tenía la forma de dos tetas enormes por las que salían simultáneamente dos llamitas que le había traído Asul de una de sus últimas visitas a bares de mala muerte.

Sus pensamientos esa noche eran como troncos retorcidos que van de un lado a otro tratando de encontrar sus raíces, enredándose más en cada recorrido hasta verse hechos una madeja de nudos de madera con olor a humedad. No podía saber de dónde venían ni cómo conducirlos y mientras jugueteaba con el cigarro entre los dedos y cerraba los ojos tratando de que una idea se le quedara y no se escapara como ladrón que roba a media noche, recordó la manera en la que había ido a parar a sus manos ese encendedor:

-Cuando lo vi, pensé en ti y me dije: tengo que comprárselo, se va a mear de la risa. -Le había dicho Asul sacándose el encendedor del bolso, dándoselo con una enorme sonrisa y esperando la reacción de Patricia con la corporalidad de una niña de 6 años que hace su primer dibujo y se lo regala a su padre. –Te lo traje del “33”.
-Está buenísimo, gracias, te adoro. Oye, ¿de verdad todas piensan que soy la más guarra del grupo?
-Lo eres nena. Sabía que te iba a gustar.
-Sí bueno, lo sé, asumo mi rol en el clan. Gracias otra vez.

Patricia rió y se guardó el encendedor en la cigarrera. Lo tenía como un amuleto de la buena suerte, no salía sin él. Raramente prendía un cigarro con otro encendedor o con cerillos, sentía que usando el par de tetas brillantes, la nicotina y el alquitrán se disfrutaban más. En efecto, era la más guarra del grupo.

Cogió una manzana de la nevera y mientras la mordía y fumaba, se sentó en la cochera de su casa a esperar a las chicas. Llegaron después de pocos minutos. Venían, como era de esperarse, bebiéndose como treinta latas de cerveza y molestando al taxista con sus voces altísimas y los movimientos torpes que el alcohol les iba otorgando. Fue todo un espectáculo de “clown” verlas bajar del vocho. Parecía que no cabían en ese auto chiquitito y que iban saliendo quién sabe de dónde. Alejandra, la más alta, había venido todo el camino con las piernas dobladas, y cuando por fin pudo salir, simplemente no le funcionaron y acabó en el suelo provocando una risotada general.

-¡Se me durmieron las piernas! Llevo media hora con las piernas dobladas. ¿Cómo no querían que se me durmieran?

Entre risas y gritos que nadie alcanzaba a entender, Erika pagó al taxista, pidió disculpas por el comportamiento de todas, miró a Patricia que también reía y le dijo:
-Estás más guapa que nunca.

Erika tenía la capacidad mágica de hacer sentir tan bien a alguien o de hacerlo pedazos con unas cuantas palabras, que cada vez que abría la boca todo el mundo prestaba atención. Patricia le agradeció con la mirada, tomó las llaves del auto y besó a cada una en la mejilla.

-Me da un gusto enorme que estén aquí. -Dijo, y como si no las hubiera visto en 10 años, las abrazó. Cada una tenía un estilo particular de andar por la vida, auténtico, original, y cada una compartía todo lo que era con las otras.

Sara abrió una cerveza que sacó del bolso y dándosela a Patricia dijo: -Vas. Te vamos ganando. El pre copeo empezó hace como dos horas, nos tienes que alcanzar.
-Pero si va a conducir ella. -La parte maternal de Erika se asomaba.

-Sí, pero si te toma una, no se va emborrachar, cálmate tía Erika. -Alejandra abría otra cerveza mientras se subía al auto y le daba un empujón a Asul.

Fue toda una hazaña hacer que se metieran en el coche. Patricia arrancó y empezaron a contarse lo que habían hecho en la semana. Hablaban todas al mismo tiempo. Sara movía el espejo retrovisor para checarse el maquillaje, Alejandra cambiaba la música desde el asiento trasero del auto, Asul iba adelante y no dejaba de mirarla a Patricia, quien iba extrañamente callada. Erika iba viendo la guía roji tratando de ver cuál era la ruta más corta.

-¿Han parado las visiones? -preguntó Asul en voz baja.

-De pronto paran, de pronto vuelven. -Dijo Pat tratando de no ser escuchada.

-¿Nos vamos a ir por Churubusco? -Preguntó Erika, alzando muchísimo la voz entre la música, el ruido de afuera y las voces de las chicas.

-¿Por qué por Churubusco? Está cerrado. Tenemos que tomar Gabriel Mancera y luego Patriotismo, dar la vuelta y agarrar Revolución un poquito antes del bar para no encontrar tanto tráfico. -Respondía Alejandra.

-No, ya no está cerrado. -Decía Sara mientras se terminaba de arreglar el cabello. -Lo abrieron el miércoles, ya terminaron las obras de reparación.

-Buenísimo, toma entonces Churubusco, Pat.

Erika cerró la guía roji y emberrinchada la aventó hacia Alejandra.

Las probabilidades de que llegaran antes si tomaban Churubusco eran mayores. Llegarían 3 veces más rápido por esa ruta que por Gabriel Mancera debido a que cada alto dura aproximadamente 2 minutos y medio y en Churubusco no hay semáforos. Pero, si se encontraban con tráfico tardarían 3 veces y media más de tiempo en llegar al bar.

-Uy, qué dilema. Ser o no ser. Churubusco o Gabriel Mancera. Ésa es la cuestión, qué difícil decidir. -Erika se burlaba de la cara de indecisión que tenía Sara mientras volteaba de un lado a otro como si pudiera ver los dos caminos y ver cuál estaba menos atiborrado de autos.

Tomaron Churubusco, pasaron a un OXXO por cigarros y, como era de suponerse, demoraron más de 15 minutos en subir de nuevo al auto. Sara estaba desesperada e intentaba hacerlas subir a todas. Decía que si se hacía más tarde, la fila para entrar iba a ser inmensa.

-Sí, pero igual la Pat consigue entrar siempre rápido. -Dijo Asul apagando una colilla de cigarro en una lata de cerveza vacía.

Se miraron como si quisieran hablar de algo pero no lo pudieran hacer en ese momento ni en ese lugar.
Asul sabía que Pat no andaba bien, que algo nada agradable la rondaba; los ojos de Patricia emanaban una mezcla de preocupación y tristeza y la manera en la que hablaba y caminaba solamente denotaba una profunda desesperación.

giovedì 8 aprile 2010

UNO. 1 "PRECAUCIÓN: PENDIENTE CONTINUA".

Eran las 11:11 pm. Era viernes. Había llovido toda la tarde y parte de la noche. Se metió a la cama con un té medio frío y el insomnio más pesado de los últimos días. Se puso la ropa de dormir, los calentadores y la enorme y vieja sudadera verde con la que solía acomodarse el sueño en las noches de soledad, que últimamente habían sido muchas, más de las habituales y más de las que hubiera necesitado tener en el año. Tomó las gafas de leer e hizo un intento por adentrarse en la novela en turno. No lo logró. Su concentración pululaba entre el olvido de sí misma en alguna estación de tren ficticia y la ropa sucia que se amontonaba en un rincón de su habitación rogando por ser provista de un poco de jabón y agua. Dio un último sorbo al té verde que le supo más amargo que nunca y apagó la luz, quedándosele la imagen del foco en la parte interna de los ojos como algo que quieres que se vaya pero se niega, se obstina a quedarse y a permanecer ahí, entre las pestañas y el cerebro, taladrándote el pensamiento hasta que abres los párpados y por fin desaparece.

Con esta sensación de imágenes no bienvenidas trató de dormir.

Justo cuando estaba comenzando a conciliar el sueño, mejor dicho, a reconciliarse con su reciente poca capacidad para poder quedarse dormida, su celular sonó. Se molestó, vio en la pantalla del aparatito el nombre de Sara, una de sus mejores amigas. Dudó antes de atender la llamada. No era raro que Sara la llamara en viernes a esas horas.

Pensó en las posibilidades: no era tan tarde como para que le estuviera llamando porque necesitaba que la fuera a recoger a algún lugar extraño, ya que había bebido demasiado y no sabía exactamente en donde se encontraba (esas llamadas solían ser ya muy entrada la madrugada); tampoco era muy probable que le llamara para hacerle preguntas capciosas sobre algún enigma ontológico que no había podido resolver, ni simplemente para saludar. Patricia sabía que Sara llamaba con la única intención de ir de fiesta. Había esperado toda la semana para salir y llegar de madrugada a su casa. Durante mucho tiempo no hubo nada mejor que las mañanas de resaca con las amigas y las tardes tranquilas de buena comida y pláticas de los últimos libros leídos y de los últimos chicos besados, pero esa noche Patricia no se sentía con ganas de despertarse al día siguiente con los ojos hinchados, dolor de pies y pedazos de recuerdos del reven en donde, como siempre, habían perdido todas la cabeza.

Atendió con voz ronca y amodorrada. Ni siquiera se molestó en prender la luz. Estaba decidida a darle la mayor negativa a salir esa noche. Se sentía cansada, triste, harta; tenía una opresión en el pecho poco usual, de ésas que llegan sin avisar como un tonel enorme que tienes que cargar solamente porque dice tu nombre. El cuerpo le dolía y estaba de ánimo como para quedarse sola en casa y sin que nadie le molestara. Le parecía, igual, que Sara entendería, así que contestó:

-¿Hola?
Con voz animada y sin permitirle decir nada a Patricia, Sara preguntó: -¿Qué pasa nena? ¿Estás lista? Llego en menos de 20 minutos a tu casa.
-Hola loquita. ¿Qué hay? La verdad es que…
-La verdad es que vamos montadas en un taxi Erika, Asul, Alejandra y yo. Destino: tu casa. Objetivo: recogerte, animarte y llevarte al bar del Perro. Hoy toca la banda de Diego.
-¿De quién?
-Diego. Te conté ya. Mi chico nuevo. El que fue a vernos a la última obra.
-¿El de los múltiples pendientes en la cara?
-No, ése es Ernesto. Diego, el que toca con una banda de rock. Llevo más de dos semanas diciéndote de la noche de hoy. El bar va a estar abarrotado y tenemos los mejores lugares, así que lávate la cara, ponte un poco de blush, saca el mejor out-fit para la ocasión y toma las llaves de tu auto porque te toca conducir.
Patricia recordó. Era cierto, Sara no había parado de hablar del acontecimiento de esta noche en las dos semanas anteriores; de verdad estaba muy emocionada y sabía que si no iba, por alguna extraña razón, sus amigas no iban a disfrutar del todo la velada. Era una de esas cosas de rituales raros en donde o van todas, o no va nadie. Sabía que no iban a aceptar un “no” por respuesta. Hizo un esfuerzo enorme por levantarse y abrir su armario para ver qué se iba poner. Todo era un desastre dentro del clóset. Generalmente Pat era muy ordenada pero en los últimos tiempos su recámara estaba cerca de ser un campo minado en el cual tienes que caminar con cautela para no hacerte daño. Abrió el segundo cajón del armario y la idea de escoger algo, de por sí, le resultaba más pesada que la pregunta que llegó sin avisar junto con las prendas que caían al suelo al ser removidas por los flacuchos brazos que acompañaban su tronco acomodado quién sabe en dónde y que le daban más tensión a sus omóplatos olvidados por un par de alas que de tanto querer volar se desgastaron antes de conseguir no romperse en cada intento: ¿por qué la felicidad humana puede llegar a ocupar mucho menos espacio que el desastre?

Ante esta pregunta, sintió como si tuviera que ir a la habitación de al lado para que alguien le respondiera pero no había nadie. Esa noche estaba completamente sola. Así que, con la pregunta en el aire y como caminando entre neblina, adivinando sin mucho interés, tomó un par de blusas como opciones de vestimenta para el evento de aquella noche.

-Está bien, las espero. Dame chance de ducharme y ver qué puedo hacer con la facha que soy últimamente. ¿Vienen muy emperifolladas?
-Obvio, es una noche especial. Ya sabes, cada quien con su estilo: Erika como si fuera a un maldito cocktail, Alejandra estrafalaria como siempre; imagínate, Asul hasta se planchó el cabello. Y yo, dadas las circunstancias de hoy, vengo de rockera.
Patricia rió con una risa honesta y repentina. La verdad es que se sentía afortunada de tener las amigas que tenía. Siempre estaban dispuestas a hacer todo por ella. Ellas habían sido las que le habían ayudado con la mudanza hacía casi dos años, cuando su sueño de jugar a la casita con su último novio se había derrumbado cual castillo de arena en un día de marea alta; cuando el hombre con el que Patricia pensó crecer y construir un proyecto de vida, sentado con la espalda recargada en una pared de la cocina en la que juntos tuvieron varias mañanas más que alegres, alzando la vista al techo como esperando a que cayeran las palabras adecuadas, y sin que esto sucediera, le dijo o le balbuceó apenas, una mañana de marzo que no parecía de marzo, sino más bien de diciembre, porque aquello comenzaba a tomar el tono impetuoso del anuncio del final de algo que para Pat significaba el “todo” en su vida, que ya no quería estar más con ella; que se había equivocado, que simplemente sentía que la relación no iba a ningún lado, que si seguían, él podría ser perfectamente capaz de hacerle mucho daño, de esos daños que son simplemente irreparables.

La verdad es que desde hacía varios meses no andaban nada bien pero Pat había hecho todo por creer que era una etapa, que podían hablar, comunicarse. Dio todo lo que tenía que dar pero nada funcionaba ya. Su relación se había vuelto el motor desgastado e inservible de una carcacha destartalada y jodida por falta de un mantenimiento adecuado y Pat se encontraba sola en una carretera desconocida, varada en una orilla, sin ningún conocimiento de mecánica, confundida por el humo y la alta temperatura y sin tener la más remota idea de qué hacer con las lámina viejas y los asientos rotos. Ni siquiera podía sujetar el volante sin que le temblaran las manos ante el total descontrol y no era capaz de sentarse, meter reversa y revisar en dónde había estado la falla principal. Solamente sabía algo: Ella también se había equivocado. Debió haber parado la marcha en el momento en el que el primer foquito rojo del tablero se encendió avisando que algo no andaba bien; debió haber revisado si era falta de combustible, exceso de velocidad, una llanta ponchada, o tal vez, la falla había consistido en que el contenedor del líquido de frenos estuvo vacío desde el principio. No lo sabía, pero aquella mañana se encontró con que necesitaba urgentemente una grúa, con que su copiloto le decía que se bajaba del auto, que pediría un aventón hasta el siguiente poblado y que ella se las arreglara. Se encontró con que aquél que había sido su compañero de viaje hasta ese momento, dándole un beso en la frente, tratando de evitar su mirada y abrazándola con un sentimiento parecido al de un intento burdo de compasión comprada en un mercado de segunda mano, le decía adiós y se alejaba en el horizonte asfáltico del camino, confundiéndose con las líneas blancas que dividen un sentido de otro en la carretera, rompiendo en dos partes a Pat con cada paso que daba.
Una parte de ella quería más que nunca abrazarlo y pedirle que no se fuera, que esperara por lo menos un par de semanas más para que ella tuviera tiempo de pensar y ver si a esas alturas algo tenía solución; y la otra era mucho más sencilla: en el fondo agradecía que se marchara. De igual manera, hubiera preferido que le dijera de frente que simplemente la había dejado de amar; que así como un día inesperadamente se enamoró, porque Pat sabía que un día, él sí que la amó, con la misma rapidez, dejó de necesitar estar con ella para que el mundo fuera un poquito menos feo; dejó de ser imprescindible en la vida de aquel tipo con el que podía llegar por las noches francamente cansada, sin la menor intención de mover un músculo más y meterse a la cama, sabiendo que en un par de sábanas y en un par de brazos podía encontrar el refugio adecuado para su falta de entendimiento del sistema en el que tenía que desenvolverse a diario. No importaba que las preguntas que se hacía día con día fuesen realmente estúpidas. Por un tiempo, aquel chico, de verdad que fue fundamental para aliviarle la neurosis cotidiana. Patricia no supo en qué momento se le perdió, no supo si lo extravió en el súper mercado o en un partido de fut bol. No supo, sino meses más tarde, que el ex tenía problemas mucho más serios y no quería involucrarla a ella; que estaba metido en líos bastante graves en un asunto de negocios que ella nunca terminó de saber del todo y que su presencia complicaba mucho más las cosas.

Encima, el sujeto era un loco incapaz de decir algo con claridad. Pat, igual pensó que era un cobarde y que debió haberle contado todo, pero cada vez que lo recordaba, preferían regresar a su mente los buenos momentos, así que no le guardaba rencor.
Se levantó de la cama, puso en el piso el pie izquierdo, luego el derecho, se quitó el ridículo atuendo con el que dormía y abrió la ventana para que entrara un poco de aire a la habitación. Subió la persiana y la luz tenue de la luna detrás de las nubes le permitió ver su reflejo en el vidrio de la ventana.

Se miró por unos instantes, su piel color canela se veía pálida por el blanco de la luz de la luna. Se quedó sin moverse y luego se dio vuelta para ir a darse un baño. Apagó la lámpara, salió de la habitación y cerró la puerta.

Alguien la observaba. Desde hacía ya un tiempo alguien seguía sus pasos muy de cerca; aquel reflejo grisáceo en la ventana la vio salir, la esperó hasta que volvió del baño, la miró con atención y luego, como una nube que regresa a proteger a la luna, lentamente, desapareció.