giovedì 18 febbraio 2010

state

La brújula de pronto ha comenzado a funcionar. las fronteras se pierden entre un séptimo piso y abren brechas que permiten que los pies bailarines entren a lo más íntimo de los corazones del público. En esta ocasión, después de haber tomado dos cole´s sin mapa, fui parte de esa ola de espectadores que compartieron una noche en Buenos Aires.

Sucedió en el Parque Centenario. Dieron una milonga en el anfiteatro. La noche estaba fresca y se podían ver las estrellas. Creo fervientemente en que las ciudades todavía valen la pena si puedes ir a un evento al aire libre y mirar el cielo colmado de estrellas que te acompañan por unas horas.

La gente se sentó en las butacas y lo nostálgico de un tango tocado por un contrabajo, piano, violín, guitarra y bandoneón nos hizo pertenecer a todos a una suerte de milagro artístico.

La luz se fue por unos instantes. Apagón generalizado, dijeron desde cabina. Volvió después de unos minutos y aproveché para acercarme a un puesto de patis y panchos. Luego de devorármelo, volví junto con la luz al espectáculo.

Y entonces, mientras una mujer cantaba un tango, yo simplemente no pude más y comencé a llorar. Es cierto, no siempre lloras de tristeza. Lloré de melancolía, pero no de tristeza. Una melancolía que no se si me pertenece, que no se de donde viene y que sin embargo, tocó las fibras más hondas de mi ser hasta descubrirme secándome las lágrimas con la camiseta mientras un señor me ofrecía su pañuelo.

Las ciudades valen la pena por su gente, porque todavía, si tienes suerte, encuentras sonrisas, charlas e intercambios.

Mirar un corazón todavía vale la pena si lo descubres de regreso a casa, caminando por córdoba o purreydon y una mirada hace que pases súbitamente de la melancolía al estado más espectativo y cautivador.

Las ciudades valen la pena por su historia, por cómo la cuentan sus habitantes, por sus avenidas y sus kioskos de flores. Porque te hacen llorar y sentir la melancolía milenaria de sus tradiciones, porque se convierten poco a poco en algo similar a un axis mundi, porque están llenas de teatralidad y recuerdos listos para ser signos, listos para saltar a las metáforas y para crear lenguajes.

Dale, vale la pena caminar 40 cuadras y saber que la capacidad de conmoverte, de crear, de dejarte llevar, de imaginar, camina contigo en la brecha que descubres que se va abriendo.

martedì 16 febbraio 2010

non c´é nessuno

Comienzo… Puedo escuchar los sonidos del otro lado de la ciudad. Mis oídos, sobre todo el izquierdo, están tan abiertos, tan expectantes, que incluso pueden percibir el aleteo de una polilla en un apartamento en el 7º piso de un edificio a 12 cuadras de acá. Puedo oír los restos de la lluvia de la tarde de hoy, cómo suenan los pasos sobre el suelo mojado de todos aquellos que salen a caminar o que vuelven del trabajo y cómo un barco pesquero está zarpando ahora en el puerto.

Enciendo un cigarrillo y escucho perfectamente cómo sale el gas del encendedor, el sonido de la llama azul, el tabaco quemándose por vez primera, y mi calada. El humo en el aire tiene un sonido tan lindo, que aunque mata, es maravilloso… Como recordarte. Como sólo recordarte y no poder estar contigo. Recordarte es fantástico, aunque en noches como ésta, es sumamente trágico. Fumar sin ti, caminar sin ti, respirar sin ti, comer sin ti, dormir sin ti, es como irse llenando de un cáncer nuevo que no tiene cura. El cáncer de tu ausencia. Un cáncer que comenzó cuando me fui, y que sin darme cuenta ha estado invadiéndome silenciosamente. Y hoy me he dado cuenta, hoy que puedo escuchar todo, escucho cómo va invadiendo los órganos vitales, sin apuro. Torturando. En silencio. El mismo silencio brutal que escuché cuando tuve que dejarte. El eco del futuro diciéndome que no podría permanecer de pie sin estar tomada de tu mano. Y luego este cáncer.

Afuera las calles están llenas de música, las siluetas se hacen voces, las estepas de cuerpos se vuelven aceras de concreto, muertecitas pequeñas de lágrimas y suspiros reprimidos. ¿Alguna vez, amor, has escuchado el sonido de un suspiro que no dejas salir porque la situación no es la “apropiada” para que no se te quede atorado en el plexo solar, cuando te lo guardas porque es ridículo suspirar porque escuchas una voz y te giras para ver a un alguien y ese alguien no está?

Y el bandoneón suena en Córdoba, o en La Plata, o en Colonia, no lo sé, aún no estoy tan ubicada. Esta noche escucho millones de suspiros, escucho un llanto que no es el mío. Paré de llorar por ti. Y es que en realidad no me hiciste llorar nunca. No tuviste tiempo. Cuando lloré por ti, lloraba porque no estabas. Escucho al tiempo perdido junto con mis lágrimas en una calle en Perugia, o ¿es que es el recuerdo? ¿Es que es el recuerdo lo que escucho? ¿Es que es el recuerdo lo que me hace llorar o es sólo que estoy demasiado medicada?

Eso de perder el tiempo y de escucharlo del otro maldito lado del mundo, es en cierto modo, ilógico. Sobre todo cuando alguien puede salir un poco, asomarse al balcón, buscarlo y guardármelo, el mismo que puede sanarme. Tú.

Perder al tiempo no es tan grave como fumarme un cigarro y saber que muy probablemente te perdí a ti. Porque te perdí hasta que vuelva a encontrarte y porque no sé si me queden días para hacerlo. Porque recordar no me basta. Y luego viene entonces, el sonido, la fonética de la palabra “recuerdo” y ¡pum! La semántica se me desmorona entre los dedos junto con la promesa del regreso que sé de cierto, no podrá ser cumplida.

No me esperaba esto. No sé si alguien tiene esperado morirse tan joven. Tenía planes contigo y lo sabes. Tal vez no debí haberme ido, tal vez eso fue lo que me enfermó.

Y ahora el sonido se queda, rimane sulla pelle…

Por otro lado, la ciudad no se calla nunca, no es como la mía tampoco, pero siempre escuchas algo que se mueve, que muere y que amanece junto con los motores, el barullo y la vida de “big city”. Y no es que quiera irme al bosque. Me encanta el sonido menor y antónimo de lo armonioso que tienen estas cuadras. Camino descalza y me vuelvo a la habitación desde el jardín con los pies mojados y con el sonido que mis pies mojados van haciendo al dar cada paso. Y hay días en que no puedo caminar; en los que me despierto, intento ponerme de pie y la fuerza simplemente se me va.

Como siempre, como desde hace un periodo de tiempo con sus debidos y necesitados intervalos, el sonido o el recuerdo del sonido de tu voz me mantiene despierta durante la noche. Y ahora que lo pienso, no sé si he perdido ya la mínima noción de cómo suena tu voz en mi oído izquierdo durante la noche. Porque algo que sí sé es que tu voz suena distinta cuando es de día y cuando es de noche, o de luna llena. Algo que sí sé es que esta es la última carta que podré escribirte. Lo sé porque lo veo en las miradas de los médicos, así como ellos saben, porque lo ven en mi mirada, que te amo.

Hoy hay luna llena. Y entonces hago sólo lo que puedo hacer. Imaginarte. Imaginarme tu voz en mi oído izquierdo y recordar el día que nos conocimos. El día de luna llena en Italia que yo por casualidad llegué a esa ciudad pequeñita, como sacada de una película medieval y te vi, con esa enorme cicatriz en el rostro, y no me desviaste la mirada, y me observaste y yo en silencio me preguntaba sobre tu historia, con esos ojos de demonio y esa sonrisa seductora, sabiendo a los pocos segundos que no teníamos que hablar para comunicarnos. Me acuerdo de tus manos, y del vino y de los cigarrillos y de que dijiste que mi piel era bellísima, y de la terraza y de los días que vinieron, de ti y de mí caminando por el Piñeto y en Boloña y en Milán, y de cómo me hacías sentir inmortal. Me acuerdo de tu voz y de tu respiración que se hacía una con la mía. Me acuerdo de la música y de cómo, mientras bailábamos dijiste que la felicidad había estado huyendo de ti, se había ido a esconder a mi cuerpo y ahora la podías sujetar entre tus brazos y besarla. Cuando lloraste en el aeropuerto, mientras yo te decía que volvería en un par de meses, después de arreglar asuntos en mi país.

Me acuerdo de la música que hacías, que seguro haces cada vez que caminas. Me acuerdo de tu cama y de tu olor… Y ahora sí que lloro. Y estas voces que no se callan. Que vuelven cada vez para repetirme que estoy en el sitio adecuado y que es preciso practicar las despedidas. Ésas que son definitivas.

Por favor no vengas. No quiero que me veas así. Quiero que el recuerdo sea el de cuando corría por los campos de lavanda y tú me perseguías, de los almuerzos, el teatro y los museos, los salones y las terrazas de hostales viejísimos en París. De mis mariachis y tu tarantella.

Ahora escucho las cenizas cayendo en la cajita que tengo por cenicero. Depósito de restos de caramelos amargos y envolturas de huesos. Estoy fumando a escondidas, por cierto. Y el aire está tibio, esperando un abanico español. Cansado de las máquinas heladas que lo dejan sin habla.

Cariño, estos días son hermosos. Tanto que casi duelen.

Apago el cigarrillo y mi piel también se apaga. Estas sábanas queman. El verano se me viene encima y me muerde los dedos de las manos. Pero los doctores dicen que este clima me viene más que bien. Ellos tienen esperanzas, pero yo sé que en su esperanza sólo se alarga mi agonía.

Y tú… che mi hai lasciato pensando tanto a te. Che mi hai fatto volare e voler ritornare con te e non uscire mai piú.

La enfermera ha estado afuera desde hace dos horas. Ella sabe, ella sabe que fumo a escondidas, pero comprende. Ella sabe. Escucho también cómo cabecea intentando no quedarse dormida por si algo inesperado sucede. Escucho el televisor del portero. Están dando una película de Al Pacino. No sé cuál es, pero pude reconocer su voz. Me pregunto otra vez, si recuerdo la voz de Al Pacino, supongo que la que tengo como tuya, será justo así. Áspera y ronca, con ese leve escape de principios de gripe.

Escucho. Te escucho hablar y decir mi nombre. Ahora puedo dormir un poco tranquila.

Sé que cuando leas esto yo ya no voy a poder escucharte. O tal vez…

Gracias por haberme dejado saber de tus cicatrices y por haber dejado que te las besara, por hacerme caminar y por limpiarme la angustia.

Estoy… Siempre.

P.D.: me quedé sin cigarros. Conseguir unos será difícil tarea. Como conseguir whisky en tiempos de Al Capone. Y pienso en ti y en que verte sería la única cura que puede aliviar a este cuerpo partido.

Tua, benché non volessi…

aeropuertos

La espera en los aeropuertos es siempre un tiempo muerto. A pesar de que la gente hace infinitos intentos por distraerse con los souvenirs o concentrarse en una lectura del libro comprado recientemente e intenta inútilmente traer de vuelta ese tiempo que se nos muere en las manos, las horas que transcurren entre el registro de equipaje hasta el momento en el que subes al avión definitivamente es algo que puede llegar a desesperarte al grado de estar a dos de un colapso nervioso. En algunas ocasiones en ese espacio de tiempo de pronto se cuelan unas que otras ideas que vienen y van junto con las miles de personas que transitan por las salas de espera. Entonces sentadito en un asiento incomodísimo de la sala 23 decides que para pasar el tiempo en vez de ponerte dramático sobre cómo será el viaje, y más aún, cómo será la estadía, lo mejor es fantasear sobre la vida de los demás tripulantes que esperan junto contigo el comienzo del abordaje.

Ahí está el típico chico ejecutivo junior de 30 o 32 años que hace un viaje express, de negocios obviamente y que carga encima con la última tecnología. Una lap top que cuenta con funciones parecidísimas a las del motor del avión al que está a punto de subirse, el mejor y más costoso celular, por el cual habla en voz baja y con tono de seriedad, seguramente de algún detalle importante de la reunión a la que seguro va, (entre emocionado y empeñado en ganarse la realización del proyecto de ingeniería o algún tema parecido). Y por último la vestimenta sobria y un poco incómoda que caracteriza a un ejecutivo de su edad con aspiraciones de un status mayor. Lo que te imaginas es que seguro, a las dos o tres horas de vuelo, tratando de que la sobre cargo con la que coqueteó apenas abordó no lo vea, se quitará los costosos y molestos zapatos que le han estado causando la mayor de las molestias y le dará un trago al pepto bismol. Después se bajará del avión en la primera escala, irá a su junta de negocios en taxi, puesto que nadie ha ido a recogerlo al aeoropuerto, como él se imagiaba, hará su presentación, saldrá del edificio contento y seguro de que ha sido un éxito. Lo que no sabe todavía mientras, ahora, prende su i pod y se mete discretamente una goma de mascar en la boca, es que, pese a que su proyecto es viable y original, le darán el puesto al hijo de un director que acaba de llegar de pasar un tiempo en rehabilitación pero que ha jurado dedicarse a la carrera que con tanto esmero le ha construido su padre.

De tu lado derecho, está la pareja más o menos joven que viaja aparentemente emocionada. Él no deja de hacerle mimos y cariños a los cuales, ella responde, si te fijas, de un modo más bien frío y obligado. Entonces imaginas las razones de ella para comportarse así con un chico bastante guapetón que parece que la adora: El viaje es de reconciliación, ya que ella, tres meses atrás lo atrapó saliendo de un motel con otra mujer, cuando después de repetidas ocasiones, el instinto femenino que él juraba era paranoia, no le falló y por fin se atrevió a seguirlo saliendo del trabajo para atraparlo en la movida y con las manos en la masa… literalmente en la masa, ya que para su sorpresa, la mujer con la que lo vio salir era bastante gorda y varios años mayor que ella. Que te engañen con una gorda, sólo puede ser resarcido con tres meses de rosas, regalos y un viaje costosísimo por lugares exóticos, le ha dicho ella cuando lo “ha perdonado”. Ahí están. En tu cabeza suena “Love is a losing game” y luego se calla abruptamente cuando ves que el tema no va con la situación. Él trae en la mirada un poco de culpa y deseos fetichistas reprimidos junto con todas las ganas de rehacer su vida con la mujer guapa, exitosa y gran esposa, a la que realmente ama, a pesar de todos sus complejos e inseguridades no superadas. Ella tiene en la postura un poco de coraje reprimido, culpa también, pues de no haber descuidado a su marido, tal vez esto no hubiera pasado, pero sobre todo, tiene unas enormes ganas de vengarse. Sí, si. La palabra “revancha” está escrita en su frente y en la espalda baja la premisa siguiente: “será con un mozuelo del primer restaurante que visitemos en el viaje”. De todos modos, ella le regresa los mimos y le sonríe con todo el esfuerzo, tratando de verlo del modo en el que lo hacía un año atrás. Típica historia. Vámonos de viaje para encender de nuevo la pasión. Lo que el tipo no sabe es que ella, seguro, acabará yéndose hacia otro país sin avisarle, que regresará solo y que un par de meses después ella llegará a casa diciendo que lo ha extrañado, pero que se la ha pensado y que, aunque se muere de miedo, quiere el divorcio. Que se dio cuenta cuando fueron a aquel paseo en lancha después de tomar un helado y caminar por la plaza principal, que no puede más seguir con ese matrimonio y que todo fue un error desde el principio.

Luego la misteriosa mujer que no deja de verte mientras se toma un café y trata de resolver un juego de sudoku. Ella es demasiado misteriosa, o demasiado común, no lo decides aún, pero buscas inventarle una historia y te descubres ante la total incapacidad de poder indagar sobre la ficcional vida de aquella mujer. Y entonces piensas: “Y si, hay gente a la que no puedes verla a los ojos sin mirar un vacío estremecedor”. Claro, es por eso que recién se volvió a poner las gafas obscuras.

Volteas la mirada, la abres, como un caleidoscopio de la infancia y de pronto, el foco se acerca hacia tu persona. Te ves, intentas analizar tu postura, el lenguaje corporal, la energía que traes y te percatas de que por ahí, escondida hay una historia propia.

Vuelves, sigues, vas y regresas. Este viaje es de búsqueda, te dices. Y cuando estás a dos de gritar que te estás muriendo de nervios porque no traes en el equipaje la mínima certeza, una voz en el altoparlante te dice que es hora de abordar el avión. Sacas el pasaporte, caminas dos pasos, tres, ves al chico del i pod y a la señora misteriosa. Su historia es incontable, tal vez.

La tuya es todavía incierta, una página con nada más que puntos suspensivos.
De modo que el punto de partida arriba otra vez.
Me encuentro de nueva cuenta con que un requinto de guitarra a mitad de la noche hace que sienta la vitalidad perdida en una barra de un hostal cualquiera.

De modo que un par de acordes me hacen recordar. El cielo y el dolor. Podría decir que lo he sentido antes. ¿Podría realmente decirlo? Esa combinación de placer y tortura que descubres por ejemplo, en la mirada de un extraño que bajo circunstancias precisas, deja de ser un extraño por un periodo corto de tiempo para marcharse a medio día. ¿En dónde radica el dolor? ¿En lo más irracional, en lo más ilógico? ¿En las ausencias? En un par de acordes. Y entonces escucho… y es como arrancarse una costra.

El olor entre los lindes de los años y los muros de las casas nuevas aún sin descubrir abren los sentidos. El rasgueo y la voz de aquel que canta son familiares y huelen a melancolía, a latas olvidadas en la alacena, a necesidad de ser escuchados mientras mis dedos se mueven en el teclado. Por cierto, me apetecería escribir en una máquina vieja y entintarme los pulgares. Cambio una noche fría por una caminata en otoño y una canción en mp3 por una voz con textura de fonógrafo.

De modo que la paciencia se ha venido acercando sigilosamente, caminando las cuadras entre las calles de la desesperación y el hastío. Ha llegado y me ha costado abrirle la puerta. Porque sí, a veces es mucho más fácil sentirse simplemente miserable… Y es que la paciencia, si no terminas de entenderla, asunto por cierto, bastante difícil en algunas ocasiones, puede parecerse tanto a la pereza, a la podredumbre del aburrimiento del alma, al ocio, a la creatividad tirada por el tubo del retrete… a aquello que llamamos crisis de identidad, de discurso, de ética, de congruencia.

La paciencia ha llegado ahora, pero es que no vino sola. Le indicaron qué ruta tomar todos aquellos momentos en los que, llenos de intentos fallidos yo insistía encontrar un camino, decidir y apostar. Parece que todo se acomoda. Igual todavía no hay nada escrito. Y de pronto me gusta simplemente sentarme y escribir. Así, sin premisas, sin tema en particular. Y luego claro, volver al trajín necesario para abrir los ojos y mover las piernas. Para sobrevivir en un ambiente en el que parece que no sucede nada cuando sucede de todo, cuando es tanto el bombardeo, tantas las imágenes, tanta la angustia, tanta la desazón que nos hemos acostumbrado y ya casi ni reparamos en ello, no nos queda más que poner las manos a vivir. Cuando nos apabullan diciendo que la tristeza y la resignación son la mejor forma de vida encuentro que en un par de cigarrillos y en leer un buen libro, las cosas simples toman un valor que ayuda a despegarse de la inercia.

Hay días en que me levanto y una ráfaga de ganas se mete por los poros de la piel, otros en cambio, en los que el aire es insoportable y me quedo sin la menor intención de respirar. Pero mi cuerpo es paciente y me aguanta…

Mantenimiento para el cuerpo. Ogni tanto ci vuole.

Es casi un mes desde que llegué. No podría definir todavía la sensación de tenerla a la paciencia sentada en el sofá. Le invito un mate. Lo tomo con ella. Salgo a hacer las labores, camino entre avenidas que gritan que vivas el instante pero que apenas comienzas a hacerlo, te hacen sentir que pierdes el tiempo. Y yo sólo me digo que las cosas van sucediendo en medida en que las vas construyendo. Trato de salir del abismo personal que me he construido como falso refugio y entonces, sólo allí puedo comenzar a disfrutar del instante, a ahondar en él. Y en la sensación desoladora que otorga lo efímero… Y respiro. Me calmo…

Y si, en una charla, en un texto, en un ensayo, en un plato de sopa humeante se encuentra una soga de un puente que nos permite ver que en los pequeñitos detalles uno de pronto puede encontrar la eternidad.

De modo que el punto de partida es cada día.

Buenos Aires, Argentina.