Eran las 11:11 pm. Era viernes. Había llovido toda la tarde y parte de la noche. Se metió a la cama con un té medio frío y el insomnio más pesado de los últimos días. Se puso la ropa de dormir, los calentadores y la enorme y vieja sudadera verde con la que solía acomodarse el sueño en las noches de soledad, que últimamente habían sido muchas, más de las habituales y más de las que hubiera necesitado tener en el año. Tomó las gafas de leer e hizo un intento por adentrarse en la novela en turno. No lo logró. Su concentración pululaba entre el olvido de sí misma en alguna estación de tren ficticia y la ropa sucia que se amontonaba en un rincón de su habitación rogando por ser provista de un poco de jabón y agua. Dio un último sorbo al té verde que le supo más amargo que nunca y apagó la luz, quedándosele la imagen del foco en la parte interna de los ojos como algo que quieres que se vaya pero se niega, se obstina a quedarse y a permanecer ahí, entre las pestañas y el cerebro, taladrándote el pensamiento hasta que abres los párpados y por fin desaparece.
Con esta sensación de imágenes no bienvenidas trató de dormir.
Justo cuando estaba comenzando a conciliar el sueño, mejor dicho, a reconciliarse con su reciente poca capacidad para poder quedarse dormida, su celular sonó. Se molestó, vio en la pantalla del aparatito el nombre de Sara, una de sus mejores amigas. Dudó antes de atender la llamada. No era raro que Sara la llamara en viernes a esas horas.
Pensó en las posibilidades: no era tan tarde como para que le estuviera llamando porque necesitaba que la fuera a recoger a algún lugar extraño, ya que había bebido demasiado y no sabía exactamente en donde se encontraba (esas llamadas solían ser ya muy entrada la madrugada); tampoco era muy probable que le llamara para hacerle preguntas capciosas sobre algún enigma ontológico que no había podido resolver, ni simplemente para saludar. Patricia sabía que Sara llamaba con la única intención de ir de fiesta. Había esperado toda la semana para salir y llegar de madrugada a su casa. Durante mucho tiempo no hubo nada mejor que las mañanas de resaca con las amigas y las tardes tranquilas de buena comida y pláticas de los últimos libros leídos y de los últimos chicos besados, pero esa noche Patricia no se sentía con ganas de despertarse al día siguiente con los ojos hinchados, dolor de pies y pedazos de recuerdos del reven en donde, como siempre, habían perdido todas la cabeza.
Atendió con voz ronca y amodorrada. Ni siquiera se molestó en prender la luz. Estaba decidida a darle la mayor negativa a salir esa noche. Se sentía cansada, triste, harta; tenía una opresión en el pecho poco usual, de ésas que llegan sin avisar como un tonel enorme que tienes que cargar solamente porque dice tu nombre. El cuerpo le dolía y estaba de ánimo como para quedarse sola en casa y sin que nadie le molestara. Le parecía, igual, que Sara entendería, así que contestó:
-¿Hola?
Con voz animada y sin permitirle decir nada a Patricia, Sara preguntó: -¿Qué pasa nena? ¿Estás lista? Llego en menos de 20 minutos a tu casa.
-Hola loquita. ¿Qué hay? La verdad es que…
-La verdad es que vamos montadas en un taxi Erika, Asul, Alejandra y yo. Destino: tu casa. Objetivo: recogerte, animarte y llevarte al bar del Perro. Hoy toca la banda de Diego.
-¿De quién?
-Diego. Te conté ya. Mi chico nuevo. El que fue a vernos a la última obra.
-¿El de los múltiples pendientes en la cara?
-No, ése es Ernesto. Diego, el que toca con una banda de rock. Llevo más de dos semanas diciéndote de la noche de hoy. El bar va a estar abarrotado y tenemos los mejores lugares, así que lávate la cara, ponte un poco de blush, saca el mejor out-fit para la ocasión y toma las llaves de tu auto porque te toca conducir.
Patricia recordó. Era cierto, Sara no había parado de hablar del acontecimiento de esta noche en las dos semanas anteriores; de verdad estaba muy emocionada y sabía que si no iba, por alguna extraña razón, sus amigas no iban a disfrutar del todo la velada. Era una de esas cosas de rituales raros en donde o van todas, o no va nadie. Sabía que no iban a aceptar un “no” por respuesta. Hizo un esfuerzo enorme por levantarse y abrir su armario para ver qué se iba poner. Todo era un desastre dentro del clóset. Generalmente Pat era muy ordenada pero en los últimos tiempos su recámara estaba cerca de ser un campo minado en el cual tienes que caminar con cautela para no hacerte daño. Abrió el segundo cajón del armario y la idea de escoger algo, de por sí, le resultaba más pesada que la pregunta que llegó sin avisar junto con las prendas que caían al suelo al ser removidas por los flacuchos brazos que acompañaban su tronco acomodado quién sabe en dónde y que le daban más tensión a sus omóplatos olvidados por un par de alas que de tanto querer volar se desgastaron antes de conseguir no romperse en cada intento: ¿por qué la felicidad humana puede llegar a ocupar mucho menos espacio que el desastre?
Ante esta pregunta, sintió como si tuviera que ir a la habitación de al lado para que alguien le respondiera pero no había nadie. Esa noche estaba completamente sola. Así que, con la pregunta en el aire y como caminando entre neblina, adivinando sin mucho interés, tomó un par de blusas como opciones de vestimenta para el evento de aquella noche.
-Está bien, las espero. Dame chance de ducharme y ver qué puedo hacer con la facha que soy últimamente. ¿Vienen muy emperifolladas?
-Obvio, es una noche especial. Ya sabes, cada quien con su estilo: Erika como si fuera a un maldito cocktail, Alejandra estrafalaria como siempre; imagínate, Asul hasta se planchó el cabello. Y yo, dadas las circunstancias de hoy, vengo de rockera.
Patricia rió con una risa honesta y repentina. La verdad es que se sentía afortunada de tener las amigas que tenía. Siempre estaban dispuestas a hacer todo por ella. Ellas habían sido las que le habían ayudado con la mudanza hacía casi dos años, cuando su sueño de jugar a la casita con su último novio se había derrumbado cual castillo de arena en un día de marea alta; cuando el hombre con el que Patricia pensó crecer y construir un proyecto de vida, sentado con la espalda recargada en una pared de la cocina en la que juntos tuvieron varias mañanas más que alegres, alzando la vista al techo como esperando a que cayeran las palabras adecuadas, y sin que esto sucediera, le dijo o le balbuceó apenas, una mañana de marzo que no parecía de marzo, sino más bien de diciembre, porque aquello comenzaba a tomar el tono impetuoso del anuncio del final de algo que para Pat significaba el “todo” en su vida, que ya no quería estar más con ella; que se había equivocado, que simplemente sentía que la relación no iba a ningún lado, que si seguían, él podría ser perfectamente capaz de hacerle mucho daño, de esos daños que son simplemente irreparables.
La verdad es que desde hacía varios meses no andaban nada bien pero Pat había hecho todo por creer que era una etapa, que podían hablar, comunicarse. Dio todo lo que tenía que dar pero nada funcionaba ya. Su relación se había vuelto el motor desgastado e inservible de una carcacha destartalada y jodida por falta de un mantenimiento adecuado y Pat se encontraba sola en una carretera desconocida, varada en una orilla, sin ningún conocimiento de mecánica, confundida por el humo y la alta temperatura y sin tener la más remota idea de qué hacer con las lámina viejas y los asientos rotos. Ni siquiera podía sujetar el volante sin que le temblaran las manos ante el total descontrol y no era capaz de sentarse, meter reversa y revisar en dónde había estado la falla principal. Solamente sabía algo: Ella también se había equivocado. Debió haber parado la marcha en el momento en el que el primer foquito rojo del tablero se encendió avisando que algo no andaba bien; debió haber revisado si era falta de combustible, exceso de velocidad, una llanta ponchada, o tal vez, la falla había consistido en que el contenedor del líquido de frenos estuvo vacío desde el principio. No lo sabía, pero aquella mañana se encontró con que necesitaba urgentemente una grúa, con que su copiloto le decía que se bajaba del auto, que pediría un aventón hasta el siguiente poblado y que ella se las arreglara. Se encontró con que aquél que había sido su compañero de viaje hasta ese momento, dándole un beso en la frente, tratando de evitar su mirada y abrazándola con un sentimiento parecido al de un intento burdo de compasión comprada en un mercado de segunda mano, le decía adiós y se alejaba en el horizonte asfáltico del camino, confundiéndose con las líneas blancas que dividen un sentido de otro en la carretera, rompiendo en dos partes a Pat con cada paso que daba.
Una parte de ella quería más que nunca abrazarlo y pedirle que no se fuera, que esperara por lo menos un par de semanas más para que ella tuviera tiempo de pensar y ver si a esas alturas algo tenía solución; y la otra era mucho más sencilla: en el fondo agradecía que se marchara. De igual manera, hubiera preferido que le dijera de frente que simplemente la había dejado de amar; que así como un día inesperadamente se enamoró, porque Pat sabía que un día, él sí que la amó, con la misma rapidez, dejó de necesitar estar con ella para que el mundo fuera un poquito menos feo; dejó de ser imprescindible en la vida de aquel tipo con el que podía llegar por las noches francamente cansada, sin la menor intención de mover un músculo más y meterse a la cama, sabiendo que en un par de sábanas y en un par de brazos podía encontrar el refugio adecuado para su falta de entendimiento del sistema en el que tenía que desenvolverse a diario. No importaba que las preguntas que se hacía día con día fuesen realmente estúpidas. Por un tiempo, aquel chico, de verdad que fue fundamental para aliviarle la neurosis cotidiana. Patricia no supo en qué momento se le perdió, no supo si lo extravió en el súper mercado o en un partido de fut bol. No supo, sino meses más tarde, que el ex tenía problemas mucho más serios y no quería involucrarla a ella; que estaba metido en líos bastante graves en un asunto de negocios que ella nunca terminó de saber del todo y que su presencia complicaba mucho más las cosas.
Encima, el sujeto era un loco incapaz de decir algo con claridad. Pat, igual pensó que era un cobarde y que debió haberle contado todo, pero cada vez que lo recordaba, preferían regresar a su mente los buenos momentos, así que no le guardaba rencor.
Se levantó de la cama, puso en el piso el pie izquierdo, luego el derecho, se quitó el ridículo atuendo con el que dormía y abrió la ventana para que entrara un poco de aire a la habitación. Subió la persiana y la luz tenue de la luna detrás de las nubes le permitió ver su reflejo en el vidrio de la ventana.
Se miró por unos instantes, su piel color canela se veía pálida por el blanco de la luz de la luna. Se quedó sin moverse y luego se dio vuelta para ir a darse un baño. Apagó la lámpara, salió de la habitación y cerró la puerta.
Alguien la observaba. Desde hacía ya un tiempo alguien seguía sus pasos muy de cerca; aquel reflejo grisáceo en la ventana la vio salir, la esperó hasta que volvió del baño, la miró con atención y luego, como una nube que regresa a proteger a la luna, lentamente, desapareció.
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