Se estaba haciendo tarde. Leo tenía que ir a trabajar al otro de la ciudad. Eso era un inconveniente. Vivía y trabajaba en el poniente y Pat en el sur. Y en la ciudad más grande del mundo las distancias se vuelven mucho más largas en la horas pico y puedes quedarte en el auto varado en medio de una calle y pasar dos horas para llegar de Coyoacán a Polanco. Era sábado, el tráfico iba a estar imposible.
-¿Cuál es la mejor ruta para llegar a Interlomas?
¿-Trabajas en Interlomas? Está lejísimos.
-Sí, en la loma del orto.
-Será mejor que te des prisa. Pienso que puedes tomar periférico y salirte en Conscripto o en Legaria.
-No tengo auto, ¿recordás?
-Ah, si. Verdad. Bueno, igual te puedo dejar en periférico y de ahí un bus hasta Conscripto o Legaria. De ese lugar ya sabes tú cómo llegar, supongo. Qué bueno que no tienes coche, a esta hora harías más en auto que a pie.
-Sí, lo vendí el mes pasado.
-¿Por qué? ¿Fastidiado de manejar?
-No, aunque la verdad es que nunca pude con esta ciudad. Lo vendí porque me voy.
-¿Adónde?
-Me vuelvo a Argentina.
Sopapo con revés. Pat trató de mantenerse ecuánime, de no aturdirse por lo que estaba escuchando; tensó los pulgares y empezó a mover los hombros hacia atrás, como siempre hacía cuando algo la alteraba. Millones de pensamientos cruzaron por su cabeza como hacen los rayos en una tormenta inesperada.
-¿Cuándo?
-En un mes y medio.
Gancho al hígado. Leo le estaba poniendo una paliza y todavía no terminaba el primer round. Pat sintió que sangraba y que tenía la mandíbula rota del golpe que le había metido. Se vio tirada en la lona con la voz del couch diciéndole desde lejos que se levantara, que siguiera, que no fuera una cobarde. Así lo hizo. Se sacudió el sudor, se limpió la sangre de la cara, escupió el par de dientes rotos y volvió a ponerse de pie frente a Leo.
-Ya. ¿Por qué en un mes y medio?
-Me cansé de estar acá, de los pacientes del hospital, del mundo de Interlomas lleno de judíos ricos que están acostumbrados a tratar a los demás como inferiores, de la gente, del ambiente en el que me moví durante este año y medio que estuve en México. Me costó trabajo tomar la decisión pero ya está todo hecho. Es mi último mes en el hospital, tengo pasaje comprado para el 21 de enero. Así vine para acá, de pronto me cansé de Argentina, dejé trabajo, novia, amigos y familia. Ahora vuelvo y sé que las cosas estarán totalmente distintas. Es raro, por fin conozco a alguien que vale la pena, que me hace sentir verdaderamente bien, y me tengo que ir… Bue… Por algo nos encontramos ahora y no antes, pero creo que me hubiera gustado conocerte recién que llegué. Mi estancia hubiera sido mucho mejor. Estoy seguro.
“Sí. No nos encontramos antes porque si existe Dios, seguro me odia” pensó Patricia. “Porque no puede soportar que una atea como yo de pronto conozca a alguien que seguro también es ateo y le parezca sensacional. Porque en el fondo es rencoroso y envidioso y no puede con el hecho de que los que no creen en él, se junten. Porque delira y piensa que todos conspiran en su contra. Por eso los separa, porque podrían armarle una revolución, un verdadero kilombo, darle un golpe de estado y eso es demasiado riesgoso para el régimen que ha construido en poco más de dos mil años.”
No sabía en de dónde le venía la palabra kilombo. Tal vez de Isabel, la antigua novia de su padre. No supo por qué la había pensado, lo dejó pasar sin darle mucha importancia al igual que hacemos con todos aquellos pensamientos que dejamos pasar como nubes porque nos da miedo que la lluvia ácida que contienen dentro nos queme la cara.
-Pero me vuelvo en un año o año y medio, hay un hospital que van a abrir en Cuernavaca y vuelvo para trabajar ahí. Igual Cuerna, está re cerca del D.F. ¿no?
Pat no pudo decir nada. Se le congelaron las cuerdas vocales y solamente movía la cabeza en señal de que estaba intentando entender las palabras que Leo iba diciendo. Hizo esfuerzos enormes por no darle un golpe en la cara. Estaba enojadísima con él, con ella, con la situación. ¿Por qué se encontraban ahora y de repente se iba? ¿Era esto una especie de mala broma? No era que se hubiera imaginado una vida con él ni con el auto familiar ni el perro labrador, ni el árbol de limones en el jardín trasero, ni la hipoteca a 20 años ni nada de eso que te meten en la cabeza para que vivas “establemente”. Se sentía como alguien que le ha atinado a todos los números del Melate y en el trayecto para recoger su premio, ha perdido el boleto. Además él sabía que se iba, ella no. No se lo dijo en ningún momento de la noche, ni cuando se presentó ni cuando el primer beso. Debió haberle advertido: “Pará nena, que ya casi me estoy yendo”. Estaba en total desventaja; no contaba con la misma información.
Miles de ideas cruzaban por su cabeza como en una carrera de autos. En el trayecto había sucedido un accidente y no se lo explicaba; estaba tratando de zafarse el casco entre las llamas y el humo, había líquido extintor de fuego en todo el ambiente y le costaba trabajo respirar.
Trató de serenarse. Aquello que sentía era bastante ilógico de por sí como para poder reclamar algo.
Luego pensó que igual había estado bien conocerlo, habérselo encontrado era lo mejor que le había pasado en años. No hubiera cambiado esa noche por nada del mundo.
¿Qué demonios iba a hacer con su oreja imaginaria guardada en la gaveta? No podía dársela así como así diciéndole: “Ah, por cierto, te regreso tu cartílago. ¿Me devuelves mi arteria? Que te vaya bien, nos estamos viendo cuando vaya a espiarte.”
Todo era un ocaso triste que iba terminando antes de lo esperado.
Así le soltó la noticia. Mientras le ponía shampoo a Pat y le enjabonaba la espalda le dijo que se iba al otro lado del continente, que volvía a su país, que tenía que regresar porque la condición de extranjero te hace cargar todo el tiempo una maleta que lo único que tiene dentro es melancolía y que al llegar a casa avientas al el ático sin ninguna gana de sacarla durante un buen tiempo.
Ella comprendía que estuviera cansado, que extrañara, que quisiera regresar por lo menos para ver qué tanto había cambiado todo por allá. No pudo culparlo pero por un segundo, sintió una enorme tristeza. Recién había llegado y ya se podía oír al bandoneón alejándose. Tenía que hacer algo, tenía que decirle cualquier cosa para que no se fuera, para hacer que se quedara.
No pudo. No sabía cómo empezar, aquello que le pasaba no tenía ni pies ni cabeza. El agua en la ducha parecía no tener temperatura, Piazzolla estaba como música de fondo en la cabeza de Pat con la canción “Vuelvo al sur”. Esa canción le encantaba. Durante mucho tiempo la puso más de diez veces al día, le provocaba un “no se qué” que le gustaba y la hacía tocar una y otra vez sin preguntarse los motivos.
Bueno, ahora entendía que las premoniciones que la música regala, en ocasiones pueden llegar a ser bastante crueles.
-Sí, así es la vida. Los ciclos se cierran, los procesos se acaban. Tus padres te deben echar mucho de menos. -Dijo como si no le importara que se marchara, como si no le sorprendiera, como si no supiera que tal vez no iban a poder verse de nuevo.
Estaba a punto de soltarse a llorar. Lo hubiera podido hacer, hubiera podido decir que el jabón le había irritado los ojos y que por eso le lloraban. En el fondo era más frágil que el cristal barato, por eso se había vuelto una maestra en cuanto a mecanismos de defensa, un caso digno de un psicoanalista. De modo que pudo aguantarse las lágrimas. Unas cuantas más, qué más daba. Hizo como que nada le pasaba, como si no estuviera sintiendo que alguien desde un punto lejano se estaba burlando de ella y de la posición en la que se encontraba; de todo lo que había sentido y pensado desde la noche anterior. Y no, no lloró.
-También extraño a mis viejos y a mis hermanos pero pienso que mi historia hubiera sido mucho más linda si te hubiera conocido antes. Probablemente no me estaría yendo ahora.
“Probablemente.” Al carajo la probabilidad. Le exigiría a Otif que le explicara con alguna de sus fórmulas por qué el destino se empeñaba en regalarle algo y luego arrebatárselo.
Pero las fórmulas y los teoremas no siempre dan las respuestas requeridas y siempre hay algo que simplemente no podemos controlar; que se sale de las estadísticas y las hipótesis. Ése es elemento que no cabe en la suma de vectores ni en el despeje de una ecuación y el que viene a darle al traste a cualquier comprobación cuando te das un banquetazo con lo concreto en lo ilógico de los sentimientos; aquello se nos escapa para recordarnos que somos simplemente uno más, que somos mortales, pequeñitos e insignificantes en toda la superficie ruin del planeta y que no tiene por qué pasarnos algo que nos haga realmente felices.
-Tal vez, tal vez. No se sabe. -Pat abrió la llave de agua fría esperando a que se helara y la matara de hipotermia de una buena vez.
Leonardo la abrazó. Se daba cuenta de que a Pat le había afectado la noticia, de que no era un chico más que llevaba a casa un viernes de fiesta; que había algo especial cuando estaban juntos, que por separado podrían haber pasado por el mundo como si nada, pero juntos hubieran sido dinamita pura. Él también sintió una tristeza repentina que no pudo explicarse. Sintió ganas de quedarse, de cancelar todo, de decir que no renunciaba al trabajo en el hospi, de llamar a sus padres para decir que lo sentía, que no volvía, no todavía; que había conocido a una mina fuera de serie y que iba a arriesgarse y se iba a quedar con ella, que iba a dejar que lo quisiera, que lo cuidara, que le acomodara un lugar en su vida; que se iba a dar una oportunidad para que la visión se le mejorara, para tener una terapia completa de recuperación, para compartir lo que era, para dejar de estar tan solo.
Se quedaron bajo el agua durante varios minutos. A Pat le dolió abrazarlo porque desde allí comenzaron a despedirse. Su vida estaba llena de despedidas y aún no había aprendido a decir adiós. Juró intentar todo para no volver a viajar, algo se le ocurriría a Otif. Pensó en que lo mejor era no volverlo a ver a Leo. Si de todos modos se iba a ir, más valía cortar de raíz aquello; no dejar que creciera algo que al final no iba a poder ser. Acomodar lo efímero en el lugar en el que tenía que estar y seguir con lo que venía, colocar todo en su sitio. Estaba totalmente decidida a tomar aquello como un encuentro fugaz y mágico. Un buen recuerdo, nada más. Ni siquiera le iba a pedir el mail o el número telefónico, ni su dirección ni nada de nada. Lo iba a dejar marcharse viéndolo desde la estación central agitando un pañuelo y diciendo en voz baja: “buena suerte, te veo cuando te vea”. Una derrota más. Bien. Así tomaría todo el asunto.
Mientras pensaba esto, el nombre de Leonardo ya estaba empezando a calcarse con tonos sepia en un adiós que no iba poder decirse sin que la garganta doliera.
-Bueno, pues tendré otro amigo en Argentina. ¿De qué parte eres? -dijo intentando que el momento se tornara casual, reparando en que no sabía nada de él. Mejor así.
-De Rafaela, que está en Santa Fe. ¿Conocés?
-No, no fui a Rafaela.
-Es re lindo, chiquito. Hay verde por todos lados.
-¿Y todos son tan altos como tú? ¿Es una provincia de gigantes? Estás altísimo. ¿Cuánto mides? Pareces un condenado rascacielos.
-Rascacielos. Me gusta.1.93. ¿Vos?
-1.60
-Mirá, que pequeñita, sos como una casita para perro.
Le encantó aquel apodo. “Casita para perro”. Por chiquita y calientita dijo Leo. Patricia lo había visto producir milagros por encargo en las pocas horas que había estado con él, así que no le pareció inusual que pudiera estirar el brazo y rascarle la panza al cielo. Ahora entendía también que tuviera esas manos, esos meñiques a los que Pat ya se había vuelto adicta.
En realidad, ahora todo sería más sencillo. Lo único concreto era que Leonardo se iba en poco más de un mes y que muy probablemente esa sería la última vez que se vieran. No iba a haber tiempo para nada más, habían compartido una noche, una charla, un amanecer y con eso era suficiente. Todo cabía ahí, con eso se quedaba. Pensó en considerar lo que había pasado como un regalo en vez de reprocharle a la vida por quitarle algo que ni siquiera le había terminado de dar. Tal vez de eso se trataba todo, de verse y despedirse, de dejarse ir. Pero entonces tendrían que haberse dicho algo medular, un secreto que les cambiara la concepción de todo. No podía irse así nada más. Ella no había tenido nunca la facilidad por encontrarse una almohada adecuada a sus sueños y Leonardo llegó a su vida deteniendo sus insomnios; él durmió con ella, la despertó y por un momento todo fue real.
Ahora tendría que buscar otro lugar en el cual depositar todos los intentos de tranquilidad que andaban sin poder tener un sitio dentro de su vida.
La pesadilla que había estado habitando regresaba simultáneamente a la partida de Leo.
Ronroneo a domicilio, desfibrilizadores en el bolso y morfina caduca. Sip. Esto es lo que hay...
lunedì 28 giugno 2010
venerdì 25 giugno 2010
"NUMERO SBAGLIATO"
Scena 1
(Lei entra. Prende il telefono. Chiama un numero. Si siede nel suolo. Aspetta. Qualcuno risponde.)
-Lui: Pronto?
-Lei: Senti. Senti bene.
-Lui: Chi parla?
-Lei: Non posso credere ció che é successo. Vorrei pensare che é soltanto una cosa nella mia testa…
Ma no, é successo.
Sai che me ne vado perché in realtá sto male. Perché devo soluzionare mille cose, perché non posso seguire in queste circostanze, perché non posso neanche parlare, perche non c´é senso. Sai che vado via senza lasciare niente. Quindi, senti questo per favore perché non lo diró due volte. Sapevi perfettamente che non sto bene e quello che hai fatto appena é una stronzata.
Vado via perché non posso stare piú, perché mi sono sbagliata tante volte quí… Ma quello che meno speravo era questo. L´avevo potuto aspettare di chiunque. Non ho mille cose chiare, ma sono convinta che a te non ti ho fatto male. Non ho fatto niente per farti male. E lo sai… E lo sapevi. E va be, questo é dal mio lato della storia, ti lascio parlare come lo vedi. Sicuramente non diresti lo stesso, ma non posso fare nulla.
Comunque, Davvero pensi che i tuoi contatti mi impressionano? Che l´esercito e la marina in realtá mi angosciano? Davvero pensi che é solo questione di fare un paio di chiamate e pum! Giá sta?
Posso parlarti sull´angoscia. La vera angoscia.
Non sapere in quale strada sei, tremare ed avere tachicardia e sentire che tutto se ne va alla merda in due secondi… quello é angoscia.
Che un individuo ti minacci in mezzo a chi sa dove, va be, diciamo che somma punti.
Angoscia é sentire che in qualunque momento puoi metterti veramente violenta con quell ´uomo che ti minaccia per strada. Sentire quell´ e tuonare i denti e soportare un po´ piú perche qualcosa ti dice che non finirá bene se sciogli un colpo per quello che ti dice, per come ti lo dice... Finire sola una notte in una strada che non conosci e dovere prendere un taxi senza ricordarti dell´indirizzo preciso per arrivare, ed avere bisogno di non avere dimenticato la carta che ha fatto la tua amica per se qualcosa sucede. Angoscia é cercare posti di un´altro paese e dire nomi di strade che non sono quá al tassista che ferma la macchina per saper se puó aiudarti in qualcosa. Tentare di respirare e che l´aria non riaggiunga.
Angoscia é sapere che la bomba sfruttó ed avere l´urgenza di andarsene per non fare male. Angoscia é non potere incominciare a dire quello che cade, quello che é mediamente strutturabile.
Veramente credi che la minaccia che hai appena fatto remotamente potrebbe essere una ragione per farmi andare via? Che il tuo francobollo sull tavollo della tua casa dice veramente qualcosa di te?
Quando cadi e ti rialzi com´é? Dai, dimmi…. Puoi farlo. Perche ora parli da su, certo?
Fatti un favore. Fumma un po´, perche hey!!! É che hai smesso di bere!!! Ed assicurati che niente si ammattisca. Assicurati che la tua vita che non sta disstestata non si riassuma al tuo francobollo di cp.
Fumma un po ed assicurati che la tua vita non si riassuma all´orario che odi ed alle due settimane di vacanze. Assecurati di vivere lontano da quello che é pericoloso, malato, torto. Assecurati di lanciare tutto quell fuori della tua casa, e di avere un spazio piccolino di comoditá nel quale possa sentirti superiore in un maleddetto vicolo della cittá che tu conosci. Dai, assecurati di non sentirti mai in svantaggio.
Assecurati di non vedermi.
O se no, cosa farai? Spendere energia e scogliere un paio di colpi se me vedi un´altra volta? Non ti preocupare, non mi vedrai mai piú.
Dimmi, che cosa fu quello di “ti rompo il viso”? In realtá pensi che quell´ha qualche senso? Credi davvero che la tua minaccia mi fa piú paura che quello che sono ora io stessa? In realtá te ne pensi che quello mi fa piú paura che tutto ció che ho sopra?
In realtá perderai un solo secondo della tua agenda e del tuo spazio di creativitá per vedere dove cavolo sono? Dai, hai cose piú importanti da fare. Non ti confondere. Tu no. Non sei di quelli, certo?
Ti avevo scritto la cosa piú onesta n molto tempo… e l´hai butatto via senza leggerla… fu…
Si, ho la vita dissestata. Ci vedremo i visi.
Hai vari anni piú che io e hai fatto un qualcosa che non ha nome. Mi lascia un po di criterio per saperlo.
Questo era quello che meno necessitavo, ma che te ne frega. Conoscermi era probabilemente quello che meno necessitavi. Una scusa, no, due.
Ma dai, prendi un respiro, un paio di inzuppate, che vedi giá che tutto va.
Non hai la piú pallida idea di chi sono… Per quel motivo, pensi che mi spaventa che mi dica che mi rompi il viso? Ba veh, l´hai detto.
La gente non smette mai di sorprendere, no? Posso parlarti su quello.
Fatti un favore. Fumatti un faso, mettiti a vedere videi e fuggi. Scappati e piangi anche quando nessuno ti vedi. Mettiti di cattivo umore, apri il frigo, tira fuori un paio di fiori speciali, prendi la tua piccola macchina, mette una cartina e comprati un biglietto con destinazione l´evasione. Puoi parlare su quello. Dá la prima tirata o la decimo quinta del giorno e sente pian piano il travestimento della tranquilitá. Quel che conosci, quel che remendi ogni giorno, quel che ti va bene.
Poi prende un mylanta… o due.
Da dove ti pensi che puoi fare quello che hai fatto? Da dove cavolo ti situi per parlare come se fossi Socrate post modernizzato?
Mettiti i vestiti nuovi e dai, cammina a lavorare e convinciti che sei attore. Viaggia a Tandil o a Bariloche o a dove voglia, prendi un paio di giorni, sali alla pietra e ritorni con gli occhi inietatti e la bocca secca.
Convinciti quando dorma che non fu una stronzata quello che hai appena fatto. E guarda, che posso parlare di stronzate.
Mangia un´altro acido, un altro “vetro” o quello che sia, sorride e fumma, e dimentica un´altra volta la master card in un ristorante. Lasci che passe una settimana o due… non ti ricordi.
Torna a fare qualcosa come quello di oggi. Torna a pretendere di sentirti fiducioso, a sapere chi cazzo sei. Posso parlarti su quello.
Fu questo un tipo di lezione? Qualcuno doveva farlo? E sí, il mio caso é grave…
Fu questo un tentativo di mettermi nel mio posto? Per sapere che cosa? Per sentirti come?
Quanto facile é guidicare e guardare da sopra. Guardati a te. Guardati allo spechio e ditti che ti riconosci. Fallo e vatene a dormire. Guardati allo spechio , convinciti che la tua vita nuova non é un placebo. Convinciti che é una vita nuova in realtá. Allora, fumma un´altro faso. Convinciti che non menti. Posso parlarti di quello. Assecurati di non avere dubbi. Lo status parlando di libertá… Per favore… parla di libertá quando sia capace di non tratare qualcuno come l´hai appena fatto.
Riscuote le tue collere e resentimenti a qualcuno piú e poi non ti senti miserabile. Dai, posso parlarti di quello. So quando c´é qualcuno che mente anche. Allora, non ci facciamo come se non sappiamo. Dai, vieti a fummare, vieti di questo mondo, vieti di te che neanche ti sopporti. Mente e ditti che non sei appena stato tutto il contrario a quello che ti piacerebbe, a quel che dici che sei. Ditti a te stesso che dovesti farlo, che dovevi mettere in cualunque modo uno stop. Configura l´allarme della sveglia la domenica alla notte, alzati il lunedí, fa una doccia, esce e ritorna convinto che non ti comportasti come un coglione.
Chi ti credi che sei per salire e parlare di morale? Chi cazzo ti pensi che sei per sputarmi?
Parla di rispetto e di sapienza e di chiarezza. Dai, stai nel posto per farlo. Parla col tuo terapeuta dei tuoi avanzementi. Dai, hai detto che riprenderesti. Dai, raccontali questo. Sentiti bene, puoi sederti e farlo. Racconta di “esce da quá o ti rompo il viso”. Nel tuo lunfardo.
Cerca nei registri il giorno che sia andata via. Perde tempo… piú…. Che ne frega. Sentiti gente importante tra i paswords e gli archivi della dogana, chiama a tuoi amici e cerca la mia storia di passaporto…
O meglio lasciati di stupiditá e dimentica il mio nome, i miei nomi. E dai, non perdere il senso. Tu no. Minaccia, grida, afferma, fai quello che vuoi.
Fumati un faso, altro. Cerca di dimenticare che arrivai alla tua vita. No, no… che passai soltanto e che te feci mangiare un momento “scomodo”. Non ci fu tempo di piú. Non mi dare tanto credito. Dagli la giusta importanza nella nulitá corretta. Cerca di dimenticare quello. Adaggiati, copriti e ripete che non vai via, che lo fai solo per rilassarti, che é necesario in mezzo a tanto scompliglio. Puoi dire tutto per fare ragioni. Cammina su le debilitá di un´altro per sentirti forte.
Poi fuma, perche decidi quando lo lasci.
Non hai idea di ció che sta sucedendo. Non hai la menore idea di quello che mi sucede.
Ripeteti a te stesso che facesti quello che dovevi fare. Allora, fuma un po´ piú e vatene alla merda.
Io penso ancora in quello di “se cerchi di farmi qualcosa”…
Comunque, chiude a chiavi ed avisa al portiere… non sia che mi apra. Assicurati di non camminare per le strade fino a che la tua gente della CIA mi ubichi dall´altro lato del continente. Anche perdona, chi minacció con rompermi la faccia, fosti tu.
Angoscia. Domanda a Kierkegaard ed allora guarda quanto triste e patetica fu la tua avvertenza un pochino salita di tono, sopratutto quando io ero lí con le mani aperte senza la minore intenzione di convinare piú casini.
Pensa a quell´ e assecurati di sentire che tu fai quello che é corretto.
-Lui: Scusi, con chi vuole parlare?
-Lei: Ee… che numero ho marcato?
-Lui: 445567890
-Lei: Scusi, mi sono sbagliata. Porca pale... Scusi per… Scusi.
(Lei marca il numero un´altra volta, ma poi lascia il telefono.)
(Oscuro.)
(Lei entra. Prende il telefono. Chiama un numero. Si siede nel suolo. Aspetta. Qualcuno risponde.)
-Lui: Pronto?
-Lei: Senti. Senti bene.
-Lui: Chi parla?
-Lei: Non posso credere ció che é successo. Vorrei pensare che é soltanto una cosa nella mia testa…
Ma no, é successo.
Sai che me ne vado perché in realtá sto male. Perché devo soluzionare mille cose, perché non posso seguire in queste circostanze, perché non posso neanche parlare, perche non c´é senso. Sai che vado via senza lasciare niente. Quindi, senti questo per favore perché non lo diró due volte. Sapevi perfettamente che non sto bene e quello che hai fatto appena é una stronzata.
Vado via perché non posso stare piú, perché mi sono sbagliata tante volte quí… Ma quello che meno speravo era questo. L´avevo potuto aspettare di chiunque. Non ho mille cose chiare, ma sono convinta che a te non ti ho fatto male. Non ho fatto niente per farti male. E lo sai… E lo sapevi. E va be, questo é dal mio lato della storia, ti lascio parlare come lo vedi. Sicuramente non diresti lo stesso, ma non posso fare nulla.
Comunque, Davvero pensi che i tuoi contatti mi impressionano? Che l´esercito e la marina in realtá mi angosciano? Davvero pensi che é solo questione di fare un paio di chiamate e pum! Giá sta?
Posso parlarti sull´angoscia. La vera angoscia.
Non sapere in quale strada sei, tremare ed avere tachicardia e sentire che tutto se ne va alla merda in due secondi… quello é angoscia.
Che un individuo ti minacci in mezzo a chi sa dove, va be, diciamo che somma punti.
Angoscia é sentire che in qualunque momento puoi metterti veramente violenta con quell ´uomo che ti minaccia per strada. Sentire quell´ e tuonare i denti e soportare un po´ piú perche qualcosa ti dice che non finirá bene se sciogli un colpo per quello che ti dice, per come ti lo dice... Finire sola una notte in una strada che non conosci e dovere prendere un taxi senza ricordarti dell´indirizzo preciso per arrivare, ed avere bisogno di non avere dimenticato la carta che ha fatto la tua amica per se qualcosa sucede. Angoscia é cercare posti di un´altro paese e dire nomi di strade che non sono quá al tassista che ferma la macchina per saper se puó aiudarti in qualcosa. Tentare di respirare e che l´aria non riaggiunga.
Angoscia é sapere che la bomba sfruttó ed avere l´urgenza di andarsene per non fare male. Angoscia é non potere incominciare a dire quello che cade, quello che é mediamente strutturabile.
Veramente credi che la minaccia che hai appena fatto remotamente potrebbe essere una ragione per farmi andare via? Che il tuo francobollo sull tavollo della tua casa dice veramente qualcosa di te?
Quando cadi e ti rialzi com´é? Dai, dimmi…. Puoi farlo. Perche ora parli da su, certo?
Fatti un favore. Fumma un po´, perche hey!!! É che hai smesso di bere!!! Ed assicurati che niente si ammattisca. Assicurati che la tua vita che non sta disstestata non si riassuma al tuo francobollo di cp.
Fumma un po ed assicurati che la tua vita non si riassuma all´orario che odi ed alle due settimane di vacanze. Assecurati di vivere lontano da quello che é pericoloso, malato, torto. Assecurati di lanciare tutto quell fuori della tua casa, e di avere un spazio piccolino di comoditá nel quale possa sentirti superiore in un maleddetto vicolo della cittá che tu conosci. Dai, assecurati di non sentirti mai in svantaggio.
Assecurati di non vedermi.
O se no, cosa farai? Spendere energia e scogliere un paio di colpi se me vedi un´altra volta? Non ti preocupare, non mi vedrai mai piú.
Dimmi, che cosa fu quello di “ti rompo il viso”? In realtá pensi che quell´ha qualche senso? Credi davvero che la tua minaccia mi fa piú paura che quello che sono ora io stessa? In realtá te ne pensi che quello mi fa piú paura che tutto ció che ho sopra?
In realtá perderai un solo secondo della tua agenda e del tuo spazio di creativitá per vedere dove cavolo sono? Dai, hai cose piú importanti da fare. Non ti confondere. Tu no. Non sei di quelli, certo?
Ti avevo scritto la cosa piú onesta n molto tempo… e l´hai butatto via senza leggerla… fu…
Si, ho la vita dissestata. Ci vedremo i visi.
Hai vari anni piú che io e hai fatto un qualcosa che non ha nome. Mi lascia un po di criterio per saperlo.
Questo era quello che meno necessitavo, ma che te ne frega. Conoscermi era probabilemente quello che meno necessitavi. Una scusa, no, due.
Ma dai, prendi un respiro, un paio di inzuppate, che vedi giá che tutto va.
Non hai la piú pallida idea di chi sono… Per quel motivo, pensi che mi spaventa che mi dica che mi rompi il viso? Ba veh, l´hai detto.
La gente non smette mai di sorprendere, no? Posso parlarti su quello.
Fatti un favore. Fumatti un faso, mettiti a vedere videi e fuggi. Scappati e piangi anche quando nessuno ti vedi. Mettiti di cattivo umore, apri il frigo, tira fuori un paio di fiori speciali, prendi la tua piccola macchina, mette una cartina e comprati un biglietto con destinazione l´evasione. Puoi parlare su quello. Dá la prima tirata o la decimo quinta del giorno e sente pian piano il travestimento della tranquilitá. Quel che conosci, quel che remendi ogni giorno, quel che ti va bene.
Poi prende un mylanta… o due.
Da dove ti pensi che puoi fare quello che hai fatto? Da dove cavolo ti situi per parlare come se fossi Socrate post modernizzato?
Mettiti i vestiti nuovi e dai, cammina a lavorare e convinciti che sei attore. Viaggia a Tandil o a Bariloche o a dove voglia, prendi un paio di giorni, sali alla pietra e ritorni con gli occhi inietatti e la bocca secca.
Convinciti quando dorma che non fu una stronzata quello che hai appena fatto. E guarda, che posso parlare di stronzate.
Mangia un´altro acido, un altro “vetro” o quello che sia, sorride e fumma, e dimentica un´altra volta la master card in un ristorante. Lasci che passe una settimana o due… non ti ricordi.
Torna a fare qualcosa come quello di oggi. Torna a pretendere di sentirti fiducioso, a sapere chi cazzo sei. Posso parlarti su quello.
Fu questo un tipo di lezione? Qualcuno doveva farlo? E sí, il mio caso é grave…
Fu questo un tentativo di mettermi nel mio posto? Per sapere che cosa? Per sentirti come?
Quanto facile é guidicare e guardare da sopra. Guardati a te. Guardati allo spechio e ditti che ti riconosci. Fallo e vatene a dormire. Guardati allo spechio , convinciti che la tua vita nuova non é un placebo. Convinciti che é una vita nuova in realtá. Allora, fumma un´altro faso. Convinciti che non menti. Posso parlarti di quello. Assecurati di non avere dubbi. Lo status parlando di libertá… Per favore… parla di libertá quando sia capace di non tratare qualcuno come l´hai appena fatto.
Riscuote le tue collere e resentimenti a qualcuno piú e poi non ti senti miserabile. Dai, posso parlarti di quello. So quando c´é qualcuno che mente anche. Allora, non ci facciamo come se non sappiamo. Dai, vieti a fummare, vieti di questo mondo, vieti di te che neanche ti sopporti. Mente e ditti che non sei appena stato tutto il contrario a quello che ti piacerebbe, a quel che dici che sei. Ditti a te stesso che dovesti farlo, che dovevi mettere in cualunque modo uno stop. Configura l´allarme della sveglia la domenica alla notte, alzati il lunedí, fa una doccia, esce e ritorna convinto che non ti comportasti come un coglione.
Chi ti credi che sei per salire e parlare di morale? Chi cazzo ti pensi che sei per sputarmi?
Parla di rispetto e di sapienza e di chiarezza. Dai, stai nel posto per farlo. Parla col tuo terapeuta dei tuoi avanzementi. Dai, hai detto che riprenderesti. Dai, raccontali questo. Sentiti bene, puoi sederti e farlo. Racconta di “esce da quá o ti rompo il viso”. Nel tuo lunfardo.
Cerca nei registri il giorno che sia andata via. Perde tempo… piú…. Che ne frega. Sentiti gente importante tra i paswords e gli archivi della dogana, chiama a tuoi amici e cerca la mia storia di passaporto…
O meglio lasciati di stupiditá e dimentica il mio nome, i miei nomi. E dai, non perdere il senso. Tu no. Minaccia, grida, afferma, fai quello che vuoi.
Fumati un faso, altro. Cerca di dimenticare che arrivai alla tua vita. No, no… che passai soltanto e che te feci mangiare un momento “scomodo”. Non ci fu tempo di piú. Non mi dare tanto credito. Dagli la giusta importanza nella nulitá corretta. Cerca di dimenticare quello. Adaggiati, copriti e ripete che non vai via, che lo fai solo per rilassarti, che é necesario in mezzo a tanto scompliglio. Puoi dire tutto per fare ragioni. Cammina su le debilitá di un´altro per sentirti forte.
Poi fuma, perche decidi quando lo lasci.
Non hai idea di ció che sta sucedendo. Non hai la menore idea di quello che mi sucede.
Ripeteti a te stesso che facesti quello che dovevi fare. Allora, fuma un po´ piú e vatene alla merda.
Io penso ancora in quello di “se cerchi di farmi qualcosa”…
Comunque, chiude a chiavi ed avisa al portiere… non sia che mi apra. Assicurati di non camminare per le strade fino a che la tua gente della CIA mi ubichi dall´altro lato del continente. Anche perdona, chi minacció con rompermi la faccia, fosti tu.
Angoscia. Domanda a Kierkegaard ed allora guarda quanto triste e patetica fu la tua avvertenza un pochino salita di tono, sopratutto quando io ero lí con le mani aperte senza la minore intenzione di convinare piú casini.
Pensa a quell´ e assecurati di sentire che tu fai quello che é corretto.
-Lui: Scusi, con chi vuole parlare?
-Lei: Ee… che numero ho marcato?
-Lui: 445567890
-Lei: Scusi, mi sono sbagliata. Porca pale... Scusi per… Scusi.
(Lei marca il numero un´altra volta, ma poi lascia il telefono.)
(Oscuro.)
giovedì 24 giugno 2010
TRECE. 13 "RECETA MÉDICA: REPOSO, LÍQUIDOS Y UNA MIRADA DESDE UN RASCACIELOS"
Curiosamente, dos días antes de encontrarse con Leo en el bar del Perro, los desprendimientos volvieron a detenerse, dándole una tregua para no estar tan cansada y poder darse cuenta de la presencia de aquél que le cambiaría la vida para siempre.
Aquella mañana, en su casa, cuando durmieron juntos, Leo y ella se entendieron sin hablar, sin pretender hacer acuerdos previos, sin firmarse nada. Fue como si ese muchacho trajera en alguna poción una dosis de la serenidad que Pat necesitaba tanto en aquellos días y se la estuviera dando con una pequeña cucharita.
No podía explicarse, entre muchas otras cosas, el hecho de precisar ser abrazada por aquél chico del que sabía casi nada, así que simplemente se vio rodeada por los brazos más largos que había visto nunca y se permitió dejarse llevar como lo hace en el mar una botella que contiene un mensaje críptico y que ya no se aguanta las ganas de contar lo que dicen las páginas que ha estado guardando; por encontrar al destinatario de aquel mensaje urgente que se ha tardado más de lo previsto en llegar y que solo él puede entender.
Esa vez, cuando estuvo con él, no hubieron inhibiciones ni momentos incómodos.
Sintió con cada minuto que pasaba que se perdía cómodamente en los brazos de quien, hasta hacía un rato había sido un completo desconocido. Dejó que su cuerpo le contara sus más grandes secretos, él los escuchó y se los guardó. Ella controló su torpeza debida a la reciente falta de práctica y dejó que sus manos se movieran solas. Esa noche lo quiso y decidió no sacarlo jamás de su vida.
Todo fue simplemente perfecto.
Durmieron abrazados. Se trató de imaginar desde fuera y sonrió al verse acurrucada y pequeñita, por más de un metro ochenta. Él se le amoldaba al cuerpo como si supiera ya qué recoveco había elegido como su favorito, se le acomodó en los huesos y se hizo una guarida allí. Qué manera de dormir tan bella cuando se tienen unas manos cuidando de tus sueños. Estuvo atenta a la respiración de él, la sincronizó casi automáticamente y se quedó profundamente dormida. Estaba cansada, contenta, relajada.
La mañana avanzó, los rayos de sol se filtraban por las persianas de la habitación haciendo halos de luces de colores en la alfombra. Pat abrió los ojos y los cerró rápidamente, apretándolos y diciéndose: “que no haya sido un sueño, por favor, que no haya sido un sueño, que no me haya ido a quién sabe donde”. En eso estaba cuando sintió que un brazo la atraía despacio hacia un cuerpo. Era él. Ella se había movido un poco y medio dormido la volvía a abrazar. A Pat se le dibujó una sonrisa en el rostro, no había sido un sueño ni tampoco se había escapado a otra dimensión. Él estaba con ella, despertándose.
-Hola.
-Hola ¿Dormiste bien?
-Mmm. No sé si dormí.
-Sí, yo te vi. Dormiste, un poco tal vez, pero dormiste.
-¿Ah, si?
-Ajá.
-¿Y lo de hace rato fue un sueño o seguís acá?
-Justamente estaba pensando en eso. Sigo acá.
Leo la abrazó con tanta fuerza que sintió que se quebraba, luego le dio un beso en la mejilla y dijo:
-Quiero dormir otro rato. ¿Tenés algo que hacer pronto? ¿Qué hora es?
Leo no había dormido con nadie desde que había llegado a México. Las chicas con las que estuvo nunca pasaron de la sala de su casa y si él era el que iba a casa de ellas, jamás se quedaba a dormir. Terminando todo el asunto, tomaba sus cosas y se marchaba. Resultaba que con Pat había podido descansar como no lo había hecho nunca. Amanecía con ella y se sentía realmente cómodo.
-Son las 12:12. Durmamos otra vez. ¿Tú a qué hora tienes que moverte de aquí?
-Mmm. ¿Las 12:12? Qué extraño.
-¿Por qué extraño?
-No, nada, sentí que ya había pasado esa hora. Es sólo que… En un par de horas tengo que ir a laburar.
-Bueno, aprovechemos.
-¿Nos duchamos?
-Sí, al ratito.
Volvieron a dormir. Esta vez una siesta de ésas que son cortas y en las que descansas más que en toda la noche. Tenía la espalda de él en la nariz y se acercó más, se acercó como queriendo memorizar su olor, se pegó el rostro a las dorsales de él y se quedó ahí sin moverse. Aquella columna vertebral la hacía sentirse protegida de cualquier peligro; volvió a abandonarse al sueño de manera tranquila, pues sabía que él estaba ahí.
La despertó el sonido de la campana de la iglesia cercana a casa a la que jamás iba y el motor del camión de basura que llegaba a su cuadra. No era exactamente como le hubiera gustado volver a abrir los ojos, pero no le molestaba. No despertaba sola, al lado, despeinado y dormido, estaba él. Eso bastaba. Respiró profundamente y se estiró un poco. Se detuvo en un detalle más de los muchos que descubriría y que la atraparían después: a Leo le faltaba un trocito de la oreja derecha y tenía el cartílago más pequeño de lo normal.
Inmediatamente empezó a imaginar historias. Todo el tiempo hacía eso y ahora entre dormida y despierta vagaba en sus propios pensamientos intentando suponer por qué Leo tenía la oreja de ese modo.
Lo que Patricia no imaginó nunca era que tal vez en alguna otra época, posiblemente la última vez que se habían visto, se habían percatado de que tal vez no ser recordarían y de que tenían que crearse un signo, una señal para poder reconocerse cuando se volvieran a ver. A Leo se le había ocurrido darle un cachito de su oreja para que cuando lo volviera a ver pudiera comprobar si era él, verificando si el trozo de piel que Pat juró cuidar como a su vida, coincidía con el faltante. Era como un rompecabezas, como la última pieza que cuando es finalmente colocada, hace que la figura se pueda ver, abriéndose por completo la imagen y haciendo que las horas y la paciencia invertidas en la tarea de armarlo hayan valido la pena.
Pat continuó divagando mientras la vida afuera comenzaba un día cualquiera sin reparar en las casualidades.
Tampoco imaginaba que tal vez a cambio, ella le había dado a Leo una de sus arterias y la falta de ésta era la culpable de la arritmia que había tenido toda la vida. Sin embargo, pensó: “Por fin mi corazón va a latir con un pulso constante, me lo regresan”.
Leo despertó y con una sonrisa le dijo “buenos días”. Se despabiló, no quería que la sorprendiera pensando en idioteces que intentaban explicar que ella sintiera algo tan intenso por un desconocido.
-Hola otra vez. ¿Qué hacés?
Mientras Leo despertaba la tomó por sorpresa. Le cortó la película en la cabeza, como si de pronto la cinta en el proyector se hubiera detenido intempestivamente por una falla técnica. Mientras pensaba en todo el asunto y se percataba de que lo tenía al ladito, junto a ella, se había quedado sentada con la mirada clavada en el suelo. Parecía que le estaba dando una crisis severa de autismo, no se veía nada bien; los ojos perdidos y el gesto más idiota del mundo, la barbilla apoyada en las manos y la cabeza inclinada un poco a la derecha.
Cosa curiosa: Si Pat no se iba de viaje físicamente, se fugaba a otros lados con la mente.
-Nada, buscando algo, no sé qué a ciencia cierta. Sólo estoy dando vueltas en mi cabeza. -Contestó medio en automático todavía.
Tenía constantemente la sensación de que nunca acababa de encajar en ningún sitio así que siempre andaba en una constante búsqueda, yendo de un lado a otro con 17 preguntas nuevas cada vez que llegaba una respuesta. Todo había sido hasta ahora un cuestionamiento de ella misma a través de sus ojos y de los ojos del otro. Como en el teatro, es justamente en el otro en el que te verificas, pensaba, en el que te encuentras, quien te dice quién eres. Había aprendido mucho pero necesitaba compartirlo con alguien. ¿Sería posible que ese alguien se llamara Leonardo, que fuera él en el que podría verificarse como ser humano, quien por fin le ayudara a completar las frases que nunca terminaba, quien la complementara?
Estaba convencida de que a este mundo habíamos venido en dos. Era cursi, pero honesto. Hasta lo de Adán y Eva le parecía lógico desde algunos aspectos. Pensaba que es mucho menos penoso pasar por la vida si estás gratamente acompañado, podía hablar de lo que significaba estar sola, mucho tiempo lo pasaba en soledad. Durante niña solía aislarse, pues no encontraba la manera de relacionarse con los demás. Era demasiado callada o demasiado parlanchina, decían las mamás de sus amiguitos en la escuela. Nunca era constante, no se sabía con esa niña. A veces era de lo más sociable y de pronto parecía una total retraída, reaccionaba de manera extrañísima a los sucesos más normales. Siempre le sorprendían los acontecimientos cotidianos que sobrepasan a la ficción más desgarradora, más cruel, o más maravillosa. De pronto se quedaba más tiempo en la realidad y de pronto se iba de viaje.
En varias ocasiones pensó que estaba en el lugar equivocado, como cuando vas al teatro y entre la oscuridad no encuentras tu número de asiento y tienes que ir preguntando en la penumbra porque encima has perdido tu boleto. Acabas sentándote quién sabe donde solamente para que después de unos minutos alguien llegue y con boleto en mano te diga: Disculpa, estás sentada en mi lugar.
Siempre tuvo la sensación de no pertenecer a ningún lado, de no saber con certeza nada de su origen, pero estaba empeñada en construirse un lugar o en encontrarlo. Tal vez por eso viajaba. Cuando encontraba un equilibrio entre el imaginario tan real y la presencia total en la de este lado de la realidad, era cuando mejor podía estar en escena. Estaba convencida de que no podía decirse actriz si no era consciente de lo que pasaba en el mundo, sabía que no podía cambiarlo, sabía que el arte también estaba en constante crisis y que desde el teatro se podía hablar de ella; que era importante tocar temas que a todos nos atañen como humanos que cambian y se modifican a través del tiempo. Cada personaje que representaba la hacía saber más de ella misma y cada ficción en la que se sumergía mientras duraba la temporada de representaciones le hablaba de la persona que era y de la que estaba buscando.
Ahora tenía de nuevo una oportunidad en las narices y no quería ser de la gente que deja escapar aquello que la hace sentir bien porque le parece ilógico.
-Buscando. Mmm. Pará de buscar, encontrá. -Le decía él mientras le pasaba el pulgar por el contorno del muslo derecho.
Un poco desconcertada, trató de encontrar algo que decir pero solo atinó a soltar un balbuceo seguido de:
-Si, bueno, la cuestión es que no sé si encontré algo y lo volví a perder. ¿Te quieres duchar?
-¿A dónde te fuiste?
-A ningún lado, estoy aquí… No, la verdad medio que me escapé un rato. Perdona, me dan momentos en los que me desconecto.
-¿A vos también? Dale, a veces es necesario. Sí me quiero duchar. ¿Vos?
-Sí. Vamos.
-¿Tenés una toalla?
-Espera, que te doy una limpia.
Aquella mañana, en su casa, cuando durmieron juntos, Leo y ella se entendieron sin hablar, sin pretender hacer acuerdos previos, sin firmarse nada. Fue como si ese muchacho trajera en alguna poción una dosis de la serenidad que Pat necesitaba tanto en aquellos días y se la estuviera dando con una pequeña cucharita.
No podía explicarse, entre muchas otras cosas, el hecho de precisar ser abrazada por aquél chico del que sabía casi nada, así que simplemente se vio rodeada por los brazos más largos que había visto nunca y se permitió dejarse llevar como lo hace en el mar una botella que contiene un mensaje críptico y que ya no se aguanta las ganas de contar lo que dicen las páginas que ha estado guardando; por encontrar al destinatario de aquel mensaje urgente que se ha tardado más de lo previsto en llegar y que solo él puede entender.
Esa vez, cuando estuvo con él, no hubieron inhibiciones ni momentos incómodos.
Sintió con cada minuto que pasaba que se perdía cómodamente en los brazos de quien, hasta hacía un rato había sido un completo desconocido. Dejó que su cuerpo le contara sus más grandes secretos, él los escuchó y se los guardó. Ella controló su torpeza debida a la reciente falta de práctica y dejó que sus manos se movieran solas. Esa noche lo quiso y decidió no sacarlo jamás de su vida.
Todo fue simplemente perfecto.
Durmieron abrazados. Se trató de imaginar desde fuera y sonrió al verse acurrucada y pequeñita, por más de un metro ochenta. Él se le amoldaba al cuerpo como si supiera ya qué recoveco había elegido como su favorito, se le acomodó en los huesos y se hizo una guarida allí. Qué manera de dormir tan bella cuando se tienen unas manos cuidando de tus sueños. Estuvo atenta a la respiración de él, la sincronizó casi automáticamente y se quedó profundamente dormida. Estaba cansada, contenta, relajada.
La mañana avanzó, los rayos de sol se filtraban por las persianas de la habitación haciendo halos de luces de colores en la alfombra. Pat abrió los ojos y los cerró rápidamente, apretándolos y diciéndose: “que no haya sido un sueño, por favor, que no haya sido un sueño, que no me haya ido a quién sabe donde”. En eso estaba cuando sintió que un brazo la atraía despacio hacia un cuerpo. Era él. Ella se había movido un poco y medio dormido la volvía a abrazar. A Pat se le dibujó una sonrisa en el rostro, no había sido un sueño ni tampoco se había escapado a otra dimensión. Él estaba con ella, despertándose.
-Hola.
-Hola ¿Dormiste bien?
-Mmm. No sé si dormí.
-Sí, yo te vi. Dormiste, un poco tal vez, pero dormiste.
-¿Ah, si?
-Ajá.
-¿Y lo de hace rato fue un sueño o seguís acá?
-Justamente estaba pensando en eso. Sigo acá.
Leo la abrazó con tanta fuerza que sintió que se quebraba, luego le dio un beso en la mejilla y dijo:
-Quiero dormir otro rato. ¿Tenés algo que hacer pronto? ¿Qué hora es?
Leo no había dormido con nadie desde que había llegado a México. Las chicas con las que estuvo nunca pasaron de la sala de su casa y si él era el que iba a casa de ellas, jamás se quedaba a dormir. Terminando todo el asunto, tomaba sus cosas y se marchaba. Resultaba que con Pat había podido descansar como no lo había hecho nunca. Amanecía con ella y se sentía realmente cómodo.
-Son las 12:12. Durmamos otra vez. ¿Tú a qué hora tienes que moverte de aquí?
-Mmm. ¿Las 12:12? Qué extraño.
-¿Por qué extraño?
-No, nada, sentí que ya había pasado esa hora. Es sólo que… En un par de horas tengo que ir a laburar.
-Bueno, aprovechemos.
-¿Nos duchamos?
-Sí, al ratito.
Volvieron a dormir. Esta vez una siesta de ésas que son cortas y en las que descansas más que en toda la noche. Tenía la espalda de él en la nariz y se acercó más, se acercó como queriendo memorizar su olor, se pegó el rostro a las dorsales de él y se quedó ahí sin moverse. Aquella columna vertebral la hacía sentirse protegida de cualquier peligro; volvió a abandonarse al sueño de manera tranquila, pues sabía que él estaba ahí.
La despertó el sonido de la campana de la iglesia cercana a casa a la que jamás iba y el motor del camión de basura que llegaba a su cuadra. No era exactamente como le hubiera gustado volver a abrir los ojos, pero no le molestaba. No despertaba sola, al lado, despeinado y dormido, estaba él. Eso bastaba. Respiró profundamente y se estiró un poco. Se detuvo en un detalle más de los muchos que descubriría y que la atraparían después: a Leo le faltaba un trocito de la oreja derecha y tenía el cartílago más pequeño de lo normal.
Inmediatamente empezó a imaginar historias. Todo el tiempo hacía eso y ahora entre dormida y despierta vagaba en sus propios pensamientos intentando suponer por qué Leo tenía la oreja de ese modo.
Lo que Patricia no imaginó nunca era que tal vez en alguna otra época, posiblemente la última vez que se habían visto, se habían percatado de que tal vez no ser recordarían y de que tenían que crearse un signo, una señal para poder reconocerse cuando se volvieran a ver. A Leo se le había ocurrido darle un cachito de su oreja para que cuando lo volviera a ver pudiera comprobar si era él, verificando si el trozo de piel que Pat juró cuidar como a su vida, coincidía con el faltante. Era como un rompecabezas, como la última pieza que cuando es finalmente colocada, hace que la figura se pueda ver, abriéndose por completo la imagen y haciendo que las horas y la paciencia invertidas en la tarea de armarlo hayan valido la pena.
Pat continuó divagando mientras la vida afuera comenzaba un día cualquiera sin reparar en las casualidades.
Tampoco imaginaba que tal vez a cambio, ella le había dado a Leo una de sus arterias y la falta de ésta era la culpable de la arritmia que había tenido toda la vida. Sin embargo, pensó: “Por fin mi corazón va a latir con un pulso constante, me lo regresan”.
Leo despertó y con una sonrisa le dijo “buenos días”. Se despabiló, no quería que la sorprendiera pensando en idioteces que intentaban explicar que ella sintiera algo tan intenso por un desconocido.
-Hola otra vez. ¿Qué hacés?
Mientras Leo despertaba la tomó por sorpresa. Le cortó la película en la cabeza, como si de pronto la cinta en el proyector se hubiera detenido intempestivamente por una falla técnica. Mientras pensaba en todo el asunto y se percataba de que lo tenía al ladito, junto a ella, se había quedado sentada con la mirada clavada en el suelo. Parecía que le estaba dando una crisis severa de autismo, no se veía nada bien; los ojos perdidos y el gesto más idiota del mundo, la barbilla apoyada en las manos y la cabeza inclinada un poco a la derecha.
Cosa curiosa: Si Pat no se iba de viaje físicamente, se fugaba a otros lados con la mente.
-Nada, buscando algo, no sé qué a ciencia cierta. Sólo estoy dando vueltas en mi cabeza. -Contestó medio en automático todavía.
Tenía constantemente la sensación de que nunca acababa de encajar en ningún sitio así que siempre andaba en una constante búsqueda, yendo de un lado a otro con 17 preguntas nuevas cada vez que llegaba una respuesta. Todo había sido hasta ahora un cuestionamiento de ella misma a través de sus ojos y de los ojos del otro. Como en el teatro, es justamente en el otro en el que te verificas, pensaba, en el que te encuentras, quien te dice quién eres. Había aprendido mucho pero necesitaba compartirlo con alguien. ¿Sería posible que ese alguien se llamara Leonardo, que fuera él en el que podría verificarse como ser humano, quien por fin le ayudara a completar las frases que nunca terminaba, quien la complementara?
Estaba convencida de que a este mundo habíamos venido en dos. Era cursi, pero honesto. Hasta lo de Adán y Eva le parecía lógico desde algunos aspectos. Pensaba que es mucho menos penoso pasar por la vida si estás gratamente acompañado, podía hablar de lo que significaba estar sola, mucho tiempo lo pasaba en soledad. Durante niña solía aislarse, pues no encontraba la manera de relacionarse con los demás. Era demasiado callada o demasiado parlanchina, decían las mamás de sus amiguitos en la escuela. Nunca era constante, no se sabía con esa niña. A veces era de lo más sociable y de pronto parecía una total retraída, reaccionaba de manera extrañísima a los sucesos más normales. Siempre le sorprendían los acontecimientos cotidianos que sobrepasan a la ficción más desgarradora, más cruel, o más maravillosa. De pronto se quedaba más tiempo en la realidad y de pronto se iba de viaje.
En varias ocasiones pensó que estaba en el lugar equivocado, como cuando vas al teatro y entre la oscuridad no encuentras tu número de asiento y tienes que ir preguntando en la penumbra porque encima has perdido tu boleto. Acabas sentándote quién sabe donde solamente para que después de unos minutos alguien llegue y con boleto en mano te diga: Disculpa, estás sentada en mi lugar.
Siempre tuvo la sensación de no pertenecer a ningún lado, de no saber con certeza nada de su origen, pero estaba empeñada en construirse un lugar o en encontrarlo. Tal vez por eso viajaba. Cuando encontraba un equilibrio entre el imaginario tan real y la presencia total en la de este lado de la realidad, era cuando mejor podía estar en escena. Estaba convencida de que no podía decirse actriz si no era consciente de lo que pasaba en el mundo, sabía que no podía cambiarlo, sabía que el arte también estaba en constante crisis y que desde el teatro se podía hablar de ella; que era importante tocar temas que a todos nos atañen como humanos que cambian y se modifican a través del tiempo. Cada personaje que representaba la hacía saber más de ella misma y cada ficción en la que se sumergía mientras duraba la temporada de representaciones le hablaba de la persona que era y de la que estaba buscando.
Ahora tenía de nuevo una oportunidad en las narices y no quería ser de la gente que deja escapar aquello que la hace sentir bien porque le parece ilógico.
-Buscando. Mmm. Pará de buscar, encontrá. -Le decía él mientras le pasaba el pulgar por el contorno del muslo derecho.
Un poco desconcertada, trató de encontrar algo que decir pero solo atinó a soltar un balbuceo seguido de:
-Si, bueno, la cuestión es que no sé si encontré algo y lo volví a perder. ¿Te quieres duchar?
-¿A dónde te fuiste?
-A ningún lado, estoy aquí… No, la verdad medio que me escapé un rato. Perdona, me dan momentos en los que me desconecto.
-¿A vos también? Dale, a veces es necesario. Sí me quiero duchar. ¿Vos?
-Sí. Vamos.
-¿Tenés una toalla?
-Espera, que te doy una limpia.
domenica 20 giugno 2010
DOCE. 12 "LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ"
Pat llegó aquel martes a la casa en la que vivía Otif. Se percató de que ese hombre estaba más solo que un gato con sarna. El lugar era gigantesco y por la reja de la entrada se podía alcanzar a ver lo que había sido un jardín que ahora estaba repleto de hojas secas, algunas plantas moribundas y un espeso follaje de enredaderas que subían hasta las ventanas del segundo piso; claramente se notaba que ni de milagro pasaba un jardinero por aquel lugar.
Itares la hizo entrar después de un par de minutos, le advirtió de las lozas sueltas del suelo, diciéndole que tuviera cuidado en donde pisar, pues los bloques de lo que Pat pudo ver que había sido un mármol blanquísimo estaban ahora negros de tierra y moho y más resbaladizos que hielos en proceso de volverse líquido.
La puerta, que era de una madera que en algún momento tuvo elegancia y finura, se encontraba hinchada de humedad y con las marcas que la polilla deja a su paso; era difícil abrirla y más aún cerrarla, la chapa estaba descompuesta seguramente desde hacía años y solamente se podía abrir con un truco que sabía Otif.
-Es mejor saber abrir tus propias puertas sin que un cerrajero fisgón venga a hacer un supuesto trabajo en la cerradura. -Decía Otif mientras de un rodillazo terminaba de empujar el enorme portón.
Cuando Pat entró a la sala se encontró con varios cuadros apilados en el suelo. Las paredes estaban en un detenido proceso de ser re pintadas y el polvo daba la sensación de que habían pasado años desde que los cuadros, casi todos en tonos sepias, con paisajes, hombres en bares y mujeres sentadas con la mirada perdida, habían sido movidos de sus sitios para no recuperarlos nunca más.
-¿También pintas Otif? -Preguntó Patricia tratando de tener el tacto necesario, pues sintió que esas obras tenían un pasado doloroso.
Otif bajó la mirada, dio un gruñido casi imperceptible y contestó: -No. Son de mi mujer. Corrijo, de mi ex mujer. Quedó de venir por ellos hace más de diez años. Es la hora en que espero a que vuelva por lo menos por sus pinturas. Yo no me atrevo a hacer nada con ellas, no he podido tirarlas ni venderlas. Están aquí, recordándome que alguna vez, cuando nos conocimos, era sólo una estudiante de artes plásticas, una chica que tenía ilusión por la vida, la mirada tranquila y mucha paz para regalar, y no una tirana que se convirtió en la ególatra, egoísta y que se marchó diciéndome justamente en el marco de la puerta en la que estás paradita en este momento, que no podía más conmigo y con mi falta de sensibilidad artística y que su peor error fue haberse casado con un científico que no había logrado nada en su vida.
Pat, como de costumbre, no supo qué decir, pero se imaginó a Otif con la tirana en los buenos tiempos, tratando de ver cuál composición plástica quedaba mejor en el ala oeste del comedor, moviendo muebles y acomodando las plantas para que aquello fuera un lugar cómodo y acogedor para a disfrutar una tarde en compañía del ser al que se amaba.
Se sentaron en un sillón gris, enorme y viejísimo; éste lloraba cachos de tela roída por el paso de los años y cuando Pat se acomodó, fue como si le contara también sus tristezas, como si cada mueble guardara todas las palabras que Otif estuvo diciéndole a la ausencia de su ex mujer durante mucho tiempo. Le dio una curiosidad tremenda saber el nombre de aquella pintora y los detalles de su separación, pero prefirió guardar recato y no preguntar nada.
-¿Quieres tomar algo? ¿Te ofrezco un café? La verdad es que no sé si tenga algo más que café. ¿Quieres? -Le preguntaba Otif mientras trataba de poner orden en la enorme mesa del comedor que se encontraba llena de papeles, tazas sucias y periódicos de años pasados. Cambiaba todo de un lugar a otro, causando más desorden del que de por sí ya había, e intentaba moverse despacio cuando su impulso natural era el de hacer todo a una velocidad asombrosa.
-Sí, le agradezco.
-Por favor, no me hables de usted, llámame Otif. ¿Azúcar?
-Está bien. Te agradezco. Sin azúcar, por favor.
-Bien. Eres de las que saben tomar café. Yo no entiendo por qué la gente le pone azúcar a algo amargo como el café. Es como si quisieran negar su esencia con la mera simpleza del contrario. Ni siquiera es que se complementen, nada más el café y el azúcar no van. ¿No te parece una necedad?
-No lo sé… Supongo que es cuestión de gustos, nunca lo había pensado, pero sí, tal vez tengas razón. Tal vez tomar café con azúcar es como treparse a un simulador. A mí me gusta su sabor, no podría decir si es solamente amargo, tal vez sea por eso que lo tomo tan de vez en cuando. Con mi amargura tengo suficiente.
-Uy, y yo que pensé que yo era el que me ponía trágico. -Le dijo en un tono juguetón mientras se alejaba a la cocina. -¿Qué amargura puedes tener a tu edad? ¿Cuántos años tienes?
-24. Te sorprenderías, este mundo no me gusta mucho.
-A mí tampoco, pero qué le vamos a hacer. Todavía no me podido inventar una máquina para irme a otro y mucho menos para cambiarlo.
-Justo de eso quisiera hablarte. -Dijo Pat en voz baja.
Otif volvía de la cocina con dos tazas en las manos. Se sentó en una silla “old fashion” color naranja que no iba para nada con la decoración de la casa. Cuando Pat se fijó bien, aquel lugar parecía un colash. Ningún mueble coincidía con otro, todos eran de épocas y estilos diferentes. Parecía una venta de garage en la que te encuentras con el sillón y la mesita de leer que la abuela dejó como parte de su herencia y el juego de té chino que trajo un amigo de sus múltiples andadas.
-¿Qué dijiste? Perdona, no te escuché. -Decía Otif mientras le soplaba a su taza y olía el humito que el café caliente desprendía haciendo figuras en el aire.
-Nada. La verdad es que no sé por dónde empezar pero quisiera comenzar pidiéndote que todo lo que estoy a punto de contarte quede entre exclusivamente entre tú y yo. Ni siquiera Ga lo puede saber. ¿Puede ser?
-Ay, me asustas. ¿Estás metida en un lío? ¿Te persigue la policía? ¿Estás enganchada con las drogas?
-No, no. Nada de eso. Es algo que no entiendo y que me sucede desde hace años. Necesito que me ayudes a encontrar la razón de ello.
Pat trataba de darle una explicación a todo acontecimiento en su vida. Aunque en ocasiones sus tesis carecieran del menor sentido, dedicaba horas enteras a construirse intentos de explicaciones en la cabeza. Sabía el destino final que tienen estos intentos arquitectónicos metafísicos y nada concretos, pero igual se los hacía. Era una manera que tenía para intentar fabricarse certezas, de saber que algunas cosas las podía acomodar. Sus teorías casi nunca resultaban atinadas y con esto que le pasaba no había sido capaz de resolver nada. Incluso por miedo, no había indagado mucho en ello; necesitaba que un profesional la ayudara a entender por qué ella, justo ella, tenía esa capacidad que se convertía en maldición en ocasiones, cuando viajaba a lugares que no eran para nada agradables, cuando, por ejemplo, se encontraba corriendo, de pronto, en un callejón empedrado y oscuro, vestida de la manera más extraña y sabiendo solamente que el hecho de que corriera lo más rápido posible era de total importancia para salvar su vida. Últimamente sus viajes habían pasado de ser incluso agradables, a una persecución que la asustaba.
-Está bien. Te prometo que todo lo que hablemos hoy se quedará sólo entre tú y yo. -Contestaba Otif inclinándose hacia delante como si quisiera ver los pensamientos de Pat a través de la piel de su frente. -Puedes confiar en mí.
Patricia dio un suspiro hondo y grande y dijo: -Pasa que, escucha, tal vez no vayas a creerme, pero sábete que necesito que lo hagas de inicio porque de lo contrario, no tengo manera aún de comprobar que lo que voy a decirte es verdad. -Después de un minuto de silencio, tratando de contarle de manera precisa dijo por fin:
-Pasa que desde hace algunos años…
El ring del teléfono la interrumpió. Otif se excusó con un gesto y dudó si atender o no.
-Contesta, contesta, que ahora te cuento. -Le decía Pat, mientras cruzaba una pierna y encendía un cigarro.
-Perdona, casi nadie me llama, es extraño que suene el teléfono ahora. Puedes tomar un cenicero de la cocina, seguro que hay uno por ahí.
Pat se dirigió hacia la cocina mientras Otif contestaba la llamada. Cuando buscaba el cenicero escuchó las palabras de Itares en el teléfono y por el tono en las que las dijo, supo que algo no andaba bien.
Fueron más o menos las siguientes:
-¿Hola? ¿Qué pasa? ¿Por qué llamas? ¿Todo bien? ¿En dónde están? ¿Qué? Salgo para allá en el primer vuelo que encuentre. Pero ¿cómo pasó? No puede ser. Ya. Sí. ¿Qué número de cuarto tiene? Está bien, salgo ahora mismo para el aeropuerto. Sí, anoto. 6 03 29… Está bien. Te llamo a ese número en cuanto sepa el horario de mi vuelo. Me das todos los datos allá. Sí, Nos vemos. Todo va a estar bien.
Pat salió de la cocina con el cigarro y una lata de atún vacía que tomó como cenicero.
-¿Todo bien? -Preguntó como anticipándose a la respuesta.
-No. Tengo que irme. Perdóname. Tengo que viajar en este instante hacia la India. No tengo tiempo de hacer maleta, es preciso que me vaya ahora. Nuestra charla tendrá que esperar. -Dijo con la voz entrecortada marcando un número en el teléfono. -Sí, señorita, necesito que mande un taxi a Amores 394. Sí, lo más rápido posible. Gracias.
Cortó y subió las escaleras. Pat no sabía qué hacer.
-¿Necesitas algo? ¿Hay algo que pueda hacer por ti? Si quieres te llevo al aeropuerto.
-No, gracias. En lo que llega el taxi tomo mi cepillo de dientes y una muda de ropa.
Patricia no se atrevió a preguntar qué era lo que ocurría, pero sabía que no era nada bueno. Se limitó a sentarse y terminar su cigarrillo. Cuando lo hizo, Otif bajaba las escaleras y tomaba de un cajón su pasaporte y un poco de dinero en efectivo.
-No sé cuando vuelva, te llamo en cuanto lo haga.
El sonido del claxon lo hizo salir corriendo y Pat tuvo que ingeniárselas para cerrar la enorme puerta. Le tomó casi media hora pero no podía dejarla abierta. Seguro Otif no volvería en por lo menos un par de días, así que se quedó allí hasta que pudo cerrarla.
Desconcertada se fue a casa. La curiosidad que tenía por saber quién había llamado y qué le había dicho a Otif era grande y, como de costumbre, comenzó a suponer teorías sobre el suceso. Tal vez su ex mujer, la pintora, se había quedado manca de la noche a la mañana, tal vez un elefante indú le había arrancado los dos brazos con la trompa durante el trayecto de una excursión a alguna atracción turística. ¿Por qué Otif no le había dicho nada? ¿Por qué tenía que viajar a la India?
Pasó una semana. Decidió que lo mejor era esperar a que volviera.
Durante esos días ella anduvo rara. Sus “viajes” fueron a cárceles abandonadas, pueblos fantasmas y conventos apartados de cualquier asomo de civilización. Los personajes con los que se encontraban le provocaban miedo, ninguno la miraba a los ojos; parecían los típicos zombies de las películas de terror. Eran ancianos moribundos, niños con extremidades amputadas, mujeres que sangraban por todos lados y hombres ebrios que le gritaban groserías desde sus tabernas malolientes. Encima, siempre tenía que estar corriendo con la sensación de que su vida estaba en peligro; siempre buscando a alguien que no encontraba. Ésa era la constante, tener todo el tiempo la sensación de que necesitaba urgentemente encontrar a alguien con identidad desconocida para salvar su pellejo; la angustia duraba todo el trayecto, incluso permanecía durante un rato cuando volvía a este lado del mundo. Esa angustia era mucho mayor a la curiosidad y Pat era cada vez más consciente de que quería resolver a toda costa este extraño misterio.
Itares la hizo entrar después de un par de minutos, le advirtió de las lozas sueltas del suelo, diciéndole que tuviera cuidado en donde pisar, pues los bloques de lo que Pat pudo ver que había sido un mármol blanquísimo estaban ahora negros de tierra y moho y más resbaladizos que hielos en proceso de volverse líquido.
La puerta, que era de una madera que en algún momento tuvo elegancia y finura, se encontraba hinchada de humedad y con las marcas que la polilla deja a su paso; era difícil abrirla y más aún cerrarla, la chapa estaba descompuesta seguramente desde hacía años y solamente se podía abrir con un truco que sabía Otif.
-Es mejor saber abrir tus propias puertas sin que un cerrajero fisgón venga a hacer un supuesto trabajo en la cerradura. -Decía Otif mientras de un rodillazo terminaba de empujar el enorme portón.
Cuando Pat entró a la sala se encontró con varios cuadros apilados en el suelo. Las paredes estaban en un detenido proceso de ser re pintadas y el polvo daba la sensación de que habían pasado años desde que los cuadros, casi todos en tonos sepias, con paisajes, hombres en bares y mujeres sentadas con la mirada perdida, habían sido movidos de sus sitios para no recuperarlos nunca más.
-¿También pintas Otif? -Preguntó Patricia tratando de tener el tacto necesario, pues sintió que esas obras tenían un pasado doloroso.
Otif bajó la mirada, dio un gruñido casi imperceptible y contestó: -No. Son de mi mujer. Corrijo, de mi ex mujer. Quedó de venir por ellos hace más de diez años. Es la hora en que espero a que vuelva por lo menos por sus pinturas. Yo no me atrevo a hacer nada con ellas, no he podido tirarlas ni venderlas. Están aquí, recordándome que alguna vez, cuando nos conocimos, era sólo una estudiante de artes plásticas, una chica que tenía ilusión por la vida, la mirada tranquila y mucha paz para regalar, y no una tirana que se convirtió en la ególatra, egoísta y que se marchó diciéndome justamente en el marco de la puerta en la que estás paradita en este momento, que no podía más conmigo y con mi falta de sensibilidad artística y que su peor error fue haberse casado con un científico que no había logrado nada en su vida.
Pat, como de costumbre, no supo qué decir, pero se imaginó a Otif con la tirana en los buenos tiempos, tratando de ver cuál composición plástica quedaba mejor en el ala oeste del comedor, moviendo muebles y acomodando las plantas para que aquello fuera un lugar cómodo y acogedor para a disfrutar una tarde en compañía del ser al que se amaba.
Se sentaron en un sillón gris, enorme y viejísimo; éste lloraba cachos de tela roída por el paso de los años y cuando Pat se acomodó, fue como si le contara también sus tristezas, como si cada mueble guardara todas las palabras que Otif estuvo diciéndole a la ausencia de su ex mujer durante mucho tiempo. Le dio una curiosidad tremenda saber el nombre de aquella pintora y los detalles de su separación, pero prefirió guardar recato y no preguntar nada.
-¿Quieres tomar algo? ¿Te ofrezco un café? La verdad es que no sé si tenga algo más que café. ¿Quieres? -Le preguntaba Otif mientras trataba de poner orden en la enorme mesa del comedor que se encontraba llena de papeles, tazas sucias y periódicos de años pasados. Cambiaba todo de un lugar a otro, causando más desorden del que de por sí ya había, e intentaba moverse despacio cuando su impulso natural era el de hacer todo a una velocidad asombrosa.
-Sí, le agradezco.
-Por favor, no me hables de usted, llámame Otif. ¿Azúcar?
-Está bien. Te agradezco. Sin azúcar, por favor.
-Bien. Eres de las que saben tomar café. Yo no entiendo por qué la gente le pone azúcar a algo amargo como el café. Es como si quisieran negar su esencia con la mera simpleza del contrario. Ni siquiera es que se complementen, nada más el café y el azúcar no van. ¿No te parece una necedad?
-No lo sé… Supongo que es cuestión de gustos, nunca lo había pensado, pero sí, tal vez tengas razón. Tal vez tomar café con azúcar es como treparse a un simulador. A mí me gusta su sabor, no podría decir si es solamente amargo, tal vez sea por eso que lo tomo tan de vez en cuando. Con mi amargura tengo suficiente.
-Uy, y yo que pensé que yo era el que me ponía trágico. -Le dijo en un tono juguetón mientras se alejaba a la cocina. -¿Qué amargura puedes tener a tu edad? ¿Cuántos años tienes?
-24. Te sorprenderías, este mundo no me gusta mucho.
-A mí tampoco, pero qué le vamos a hacer. Todavía no me podido inventar una máquina para irme a otro y mucho menos para cambiarlo.
-Justo de eso quisiera hablarte. -Dijo Pat en voz baja.
Otif volvía de la cocina con dos tazas en las manos. Se sentó en una silla “old fashion” color naranja que no iba para nada con la decoración de la casa. Cuando Pat se fijó bien, aquel lugar parecía un colash. Ningún mueble coincidía con otro, todos eran de épocas y estilos diferentes. Parecía una venta de garage en la que te encuentras con el sillón y la mesita de leer que la abuela dejó como parte de su herencia y el juego de té chino que trajo un amigo de sus múltiples andadas.
-¿Qué dijiste? Perdona, no te escuché. -Decía Otif mientras le soplaba a su taza y olía el humito que el café caliente desprendía haciendo figuras en el aire.
-Nada. La verdad es que no sé por dónde empezar pero quisiera comenzar pidiéndote que todo lo que estoy a punto de contarte quede entre exclusivamente entre tú y yo. Ni siquiera Ga lo puede saber. ¿Puede ser?
-Ay, me asustas. ¿Estás metida en un lío? ¿Te persigue la policía? ¿Estás enganchada con las drogas?
-No, no. Nada de eso. Es algo que no entiendo y que me sucede desde hace años. Necesito que me ayudes a encontrar la razón de ello.
Pat trataba de darle una explicación a todo acontecimiento en su vida. Aunque en ocasiones sus tesis carecieran del menor sentido, dedicaba horas enteras a construirse intentos de explicaciones en la cabeza. Sabía el destino final que tienen estos intentos arquitectónicos metafísicos y nada concretos, pero igual se los hacía. Era una manera que tenía para intentar fabricarse certezas, de saber que algunas cosas las podía acomodar. Sus teorías casi nunca resultaban atinadas y con esto que le pasaba no había sido capaz de resolver nada. Incluso por miedo, no había indagado mucho en ello; necesitaba que un profesional la ayudara a entender por qué ella, justo ella, tenía esa capacidad que se convertía en maldición en ocasiones, cuando viajaba a lugares que no eran para nada agradables, cuando, por ejemplo, se encontraba corriendo, de pronto, en un callejón empedrado y oscuro, vestida de la manera más extraña y sabiendo solamente que el hecho de que corriera lo más rápido posible era de total importancia para salvar su vida. Últimamente sus viajes habían pasado de ser incluso agradables, a una persecución que la asustaba.
-Está bien. Te prometo que todo lo que hablemos hoy se quedará sólo entre tú y yo. -Contestaba Otif inclinándose hacia delante como si quisiera ver los pensamientos de Pat a través de la piel de su frente. -Puedes confiar en mí.
Patricia dio un suspiro hondo y grande y dijo: -Pasa que, escucha, tal vez no vayas a creerme, pero sábete que necesito que lo hagas de inicio porque de lo contrario, no tengo manera aún de comprobar que lo que voy a decirte es verdad. -Después de un minuto de silencio, tratando de contarle de manera precisa dijo por fin:
-Pasa que desde hace algunos años…
El ring del teléfono la interrumpió. Otif se excusó con un gesto y dudó si atender o no.
-Contesta, contesta, que ahora te cuento. -Le decía Pat, mientras cruzaba una pierna y encendía un cigarro.
-Perdona, casi nadie me llama, es extraño que suene el teléfono ahora. Puedes tomar un cenicero de la cocina, seguro que hay uno por ahí.
Pat se dirigió hacia la cocina mientras Otif contestaba la llamada. Cuando buscaba el cenicero escuchó las palabras de Itares en el teléfono y por el tono en las que las dijo, supo que algo no andaba bien.
Fueron más o menos las siguientes:
-¿Hola? ¿Qué pasa? ¿Por qué llamas? ¿Todo bien? ¿En dónde están? ¿Qué? Salgo para allá en el primer vuelo que encuentre. Pero ¿cómo pasó? No puede ser. Ya. Sí. ¿Qué número de cuarto tiene? Está bien, salgo ahora mismo para el aeropuerto. Sí, anoto. 6 03 29… Está bien. Te llamo a ese número en cuanto sepa el horario de mi vuelo. Me das todos los datos allá. Sí, Nos vemos. Todo va a estar bien.
Pat salió de la cocina con el cigarro y una lata de atún vacía que tomó como cenicero.
-¿Todo bien? -Preguntó como anticipándose a la respuesta.
-No. Tengo que irme. Perdóname. Tengo que viajar en este instante hacia la India. No tengo tiempo de hacer maleta, es preciso que me vaya ahora. Nuestra charla tendrá que esperar. -Dijo con la voz entrecortada marcando un número en el teléfono. -Sí, señorita, necesito que mande un taxi a Amores 394. Sí, lo más rápido posible. Gracias.
Cortó y subió las escaleras. Pat no sabía qué hacer.
-¿Necesitas algo? ¿Hay algo que pueda hacer por ti? Si quieres te llevo al aeropuerto.
-No, gracias. En lo que llega el taxi tomo mi cepillo de dientes y una muda de ropa.
Patricia no se atrevió a preguntar qué era lo que ocurría, pero sabía que no era nada bueno. Se limitó a sentarse y terminar su cigarrillo. Cuando lo hizo, Otif bajaba las escaleras y tomaba de un cajón su pasaporte y un poco de dinero en efectivo.
-No sé cuando vuelva, te llamo en cuanto lo haga.
El sonido del claxon lo hizo salir corriendo y Pat tuvo que ingeniárselas para cerrar la enorme puerta. Le tomó casi media hora pero no podía dejarla abierta. Seguro Otif no volvería en por lo menos un par de días, así que se quedó allí hasta que pudo cerrarla.
Desconcertada se fue a casa. La curiosidad que tenía por saber quién había llamado y qué le había dicho a Otif era grande y, como de costumbre, comenzó a suponer teorías sobre el suceso. Tal vez su ex mujer, la pintora, se había quedado manca de la noche a la mañana, tal vez un elefante indú le había arrancado los dos brazos con la trompa durante el trayecto de una excursión a alguna atracción turística. ¿Por qué Otif no le había dicho nada? ¿Por qué tenía que viajar a la India?
Pasó una semana. Decidió que lo mejor era esperar a que volviera.
Durante esos días ella anduvo rara. Sus “viajes” fueron a cárceles abandonadas, pueblos fantasmas y conventos apartados de cualquier asomo de civilización. Los personajes con los que se encontraban le provocaban miedo, ninguno la miraba a los ojos; parecían los típicos zombies de las películas de terror. Eran ancianos moribundos, niños con extremidades amputadas, mujeres que sangraban por todos lados y hombres ebrios que le gritaban groserías desde sus tabernas malolientes. Encima, siempre tenía que estar corriendo con la sensación de que su vida estaba en peligro; siempre buscando a alguien que no encontraba. Ésa era la constante, tener todo el tiempo la sensación de que necesitaba urgentemente encontrar a alguien con identidad desconocida para salvar su pellejo; la angustia duraba todo el trayecto, incluso permanecía durante un rato cuando volvía a este lado del mundo. Esa angustia era mucho mayor a la curiosidad y Pat era cada vez más consciente de que quería resolver a toda costa este extraño misterio.
"TRUCO O FULL CON TERCIA"
Tres personas en una partida de cartas.
Se sientan a la mesa.
-¿Cuál es el juego?- Dice 1.
-Truco. -Dice 2.
-Viuda. –Dice 3.
1 revuelve las cartas. 2 descorcha un vino y sirve 3 vasos. 3 se toma el 1er vaso, el 2º.
Juegan 3 manos. En la 1ª gana 2. En la 2ª pierde 1 y 3 deja caer los billetes mientras lentamente se bebe el 3er vaso de vino. La 3era partida tiene como comodín al 2. 3 se olvida y deja ir un buen par, que conjuntando con el juego sobre la mesa, hubiera podido conformar una quintilla.
-Era el dos. –Dice 1.
-Sí, me olvidé. –Dice 3.
-De verdad que podríamos jugar otra cosa, ¿no les parece? Ustedes saben que no soy muy hábil en este juego. –Dice 2.
-Da igual lo que juguemos. –Dice 3.
-¿Tienes que ser tan imbécil? ¿Por qué haces todo más difícil? -Dice 2.
-¿Y eso? –Dice 1.
-¿A qué viniste?- Dice 3.
-A matarte. –Dice 2.
-A matarme. -Dice 3.
-Sí. -Dice 2.
-¿Me perdí de algo en lo que fui al kiosko? Yo sabía que debía traer el vino, pero me olvidé. –Dice 1.
2 se levanta, saca del abrigo colgado en el perchero una pistola con silenciador. Se pone de frente a 3, quien sigue sentado y toma vino.
-¿Todo esto es porque no jugamos truco? –Dice 3 de manera tranquila.
-Sabes muy bien por qué es esto. -Contesta 2.
1 toma las cartas, se sienta despacio, se sirve un vaso de manera cas imperceptible. Bebe.
-Podemos jugar truco si quieren. No tiene que haber disparos hoy. -Dice 1.
-Eres tú o soy yo. Lo sabes. -Dice 2.
-Si, lo sé. Sos vos o soy yo. Así es. -Dice 3.
-Envido. Real envido, quiero y re truco. -Dice 1.
-¿Cuánto tenés? –Dice 3.
-32, creo. A ver… Sí. 32. –Dice 1.
-Buen número.- Dice 3.
-Falta el 4. No se puede sin el 4. -Dice 2 sin mover la pistola de la frente de 3.
-Se puede con 2.- Dice 3.
-Podemos turnarnos, nadie tiene que morir hoy. -Dice 1.
-Se puede con dos. El 3 siempre está de más, así que jalá de una el gatillo.- Dice 3
-¿Por qué lo hiciste? –Dice 2.
-Porque tenía que hacerlo. –Dice 3.
-¿Hacer qué? –Dice 1.
-¿Tenías que hacerlo? ¿Tenías que salir y buscarla y acabar con todo? ¿Tenías que hacerlo? –Dice 2.
-Fueron órdenes. Y no sabía. Yo no sabía de ustedes 2. –Dice 3.
-¿Es una disculpa?- Dice 2.
-No. ¿Querés jalar el gatillo o me da tiempo de tomar otro vaso? Yo no supe de ustedes 2 hasta ahora. Y no, no es una disculpa. -Dice 3.
-¿De cuáles 2? ¿Somos 4 entonces? Alguien debería explicarme qué es lo que sucede. Comienzo a ponerme nerviosa. -Dice 1.
-Pídeme perdón.- Dice 2.
-No. -Dice 3.
-Pídeme perdón y te quedas con tu vida. Desapareces y no volvemos a saber nada de nadie. -Dice 2.
-No. No es así de sencillo. No puedo simplemente desaparecer. –Dice 3.
-Tengo full con reinas. -Dice 1.
-Ganaste. –Dice 3.
-Sólo di esa palabra. Sólo pídeme perdón. –Dice 2.
-¿En serio pensás que me interesa, que me importa si me matas ahora? –Dice 3.
-Falta un jugador. No podemos jugar así.- Dice 1.
-O sobra una persona. No podemos jugar 3. – Dice 2.
-Entonces dispará. Dos pájaros de un tiro. –Dice 3.
-Pídeme perdón y luego vete. -Dice 2.
-No voy a pedirte perdón. Seguí órdenes. –Dice 3.
-Pero ya lo sabías, sé que lo sabías. Yo la quería. –Dice 2.
-¿La querías? Debiste haber pensado en eso cuando viniste a jugar la primera vez. O salirte a la segunda vez. –Dice 3.
-Entonces, no vamos a seguir con la partida. Tengo dinero que ganar, ¿saben? estoy comenzando a irritarme. –Dice 1.
-¿Qué quieres decir con que debí haber pensado en eso desde la primera vez? -Dice 2.
-Tenemos prohibido involucrarnos, supiste siempre que había riesgo. El azar es así. Me tocó a mí matarla, pero pudo haber sido él o ella, incluso tú. –Dice 3.
-¿El azar? A la mierda el azar. –Tú te diste cuenta desde antes. Pudiste haberme advertido. -Dice 2.
-Fue demasiado tarde. No voy a pedirte perdón, eso no va a hacer que regrese. –Dice 3
-Tengo dinero que ganar. Juguemos a lo que quieran, pero hagámoslo ya. Tengo una cita importante. Hay demasiado en riesgo. –Dice 1.
-Ya está. Dale, tirá. -Dice 3.
1 empieza a repartir las cartas. 2 hace varios intentos por disparar. No puede. 1 mira su reloj de pulsera. Se levanta, va hacia 2.
-A ver, déjame a mí. -Dice 1.
1 le quita la pistola a 2 sin mucho esfuerzo.
-¿Vos sí? -Dice 3.
-No me hiciste nada a mí,no te conozco, no sé de qué están hablando, yo vine a jugar. Perdonen, pero no tengo más tiempo que perder y de verdad que me metieron de muy mal humor. -Dice 1.
1 dispara en la cabeza de 3. 3 cae al suelo. 2 lo mira en silencio. 1 dispara en la cabeza de 2. 2 cae. 1 deja el arma en la mesa, se sirve un vaso de vino, revuelve las cartas y juega solitario. Termina la partida, toma el dinero de la apuesta, se guarda el arma y sale.
5 o 6 botellas de vino, un arma que no fue invitada, un asunto inconcluso. Al final de la noche nadie ha ganado la partida y sólo sale 1 de un pequeño monoambiente en una ciudad en un verano insoportable.
Se sientan a la mesa.
-¿Cuál es el juego?- Dice 1.
-Truco. -Dice 2.
-Viuda. –Dice 3.
1 revuelve las cartas. 2 descorcha un vino y sirve 3 vasos. 3 se toma el 1er vaso, el 2º.
Juegan 3 manos. En la 1ª gana 2. En la 2ª pierde 1 y 3 deja caer los billetes mientras lentamente se bebe el 3er vaso de vino. La 3era partida tiene como comodín al 2. 3 se olvida y deja ir un buen par, que conjuntando con el juego sobre la mesa, hubiera podido conformar una quintilla.
-Era el dos. –Dice 1.
-Sí, me olvidé. –Dice 3.
-De verdad que podríamos jugar otra cosa, ¿no les parece? Ustedes saben que no soy muy hábil en este juego. –Dice 2.
-Da igual lo que juguemos. –Dice 3.
-¿Tienes que ser tan imbécil? ¿Por qué haces todo más difícil? -Dice 2.
-¿Y eso? –Dice 1.
-¿A qué viniste?- Dice 3.
-A matarte. –Dice 2.
-A matarme. -Dice 3.
-Sí. -Dice 2.
-¿Me perdí de algo en lo que fui al kiosko? Yo sabía que debía traer el vino, pero me olvidé. –Dice 1.
2 se levanta, saca del abrigo colgado en el perchero una pistola con silenciador. Se pone de frente a 3, quien sigue sentado y toma vino.
-¿Todo esto es porque no jugamos truco? –Dice 3 de manera tranquila.
-Sabes muy bien por qué es esto. -Contesta 2.
1 toma las cartas, se sienta despacio, se sirve un vaso de manera cas imperceptible. Bebe.
-Podemos jugar truco si quieren. No tiene que haber disparos hoy. -Dice 1.
-Eres tú o soy yo. Lo sabes. -Dice 2.
-Si, lo sé. Sos vos o soy yo. Así es. -Dice 3.
-Envido. Real envido, quiero y re truco. -Dice 1.
-¿Cuánto tenés? –Dice 3.
-32, creo. A ver… Sí. 32. –Dice 1.
-Buen número.- Dice 3.
-Falta el 4. No se puede sin el 4. -Dice 2 sin mover la pistola de la frente de 3.
-Se puede con 2.- Dice 3.
-Podemos turnarnos, nadie tiene que morir hoy. -Dice 1.
-Se puede con dos. El 3 siempre está de más, así que jalá de una el gatillo.- Dice 3
-¿Por qué lo hiciste? –Dice 2.
-Porque tenía que hacerlo. –Dice 3.
-¿Hacer qué? –Dice 1.
-¿Tenías que hacerlo? ¿Tenías que salir y buscarla y acabar con todo? ¿Tenías que hacerlo? –Dice 2.
-Fueron órdenes. Y no sabía. Yo no sabía de ustedes 2. –Dice 3.
-¿Es una disculpa?- Dice 2.
-No. ¿Querés jalar el gatillo o me da tiempo de tomar otro vaso? Yo no supe de ustedes 2 hasta ahora. Y no, no es una disculpa. -Dice 3.
-¿De cuáles 2? ¿Somos 4 entonces? Alguien debería explicarme qué es lo que sucede. Comienzo a ponerme nerviosa. -Dice 1.
-Pídeme perdón.- Dice 2.
-No. -Dice 3.
-Pídeme perdón y te quedas con tu vida. Desapareces y no volvemos a saber nada de nadie. -Dice 2.
-No. No es así de sencillo. No puedo simplemente desaparecer. –Dice 3.
-Tengo full con reinas. -Dice 1.
-Ganaste. –Dice 3.
-Sólo di esa palabra. Sólo pídeme perdón. –Dice 2.
-¿En serio pensás que me interesa, que me importa si me matas ahora? –Dice 3.
-Falta un jugador. No podemos jugar así.- Dice 1.
-O sobra una persona. No podemos jugar 3. – Dice 2.
-Entonces dispará. Dos pájaros de un tiro. –Dice 3.
-Pídeme perdón y luego vete. -Dice 2.
-No voy a pedirte perdón. Seguí órdenes. –Dice 3.
-Pero ya lo sabías, sé que lo sabías. Yo la quería. –Dice 2.
-¿La querías? Debiste haber pensado en eso cuando viniste a jugar la primera vez. O salirte a la segunda vez. –Dice 3.
-Entonces, no vamos a seguir con la partida. Tengo dinero que ganar, ¿saben? estoy comenzando a irritarme. –Dice 1.
-¿Qué quieres decir con que debí haber pensado en eso desde la primera vez? -Dice 2.
-Tenemos prohibido involucrarnos, supiste siempre que había riesgo. El azar es así. Me tocó a mí matarla, pero pudo haber sido él o ella, incluso tú. –Dice 3.
-¿El azar? A la mierda el azar. –Tú te diste cuenta desde antes. Pudiste haberme advertido. -Dice 2.
-Fue demasiado tarde. No voy a pedirte perdón, eso no va a hacer que regrese. –Dice 3
-Tengo dinero que ganar. Juguemos a lo que quieran, pero hagámoslo ya. Tengo una cita importante. Hay demasiado en riesgo. –Dice 1.
-Ya está. Dale, tirá. -Dice 3.
1 empieza a repartir las cartas. 2 hace varios intentos por disparar. No puede. 1 mira su reloj de pulsera. Se levanta, va hacia 2.
-A ver, déjame a mí. -Dice 1.
1 le quita la pistola a 2 sin mucho esfuerzo.
-¿Vos sí? -Dice 3.
-No me hiciste nada a mí,no te conozco, no sé de qué están hablando, yo vine a jugar. Perdonen, pero no tengo más tiempo que perder y de verdad que me metieron de muy mal humor. -Dice 1.
1 dispara en la cabeza de 3. 3 cae al suelo. 2 lo mira en silencio. 1 dispara en la cabeza de 2. 2 cae. 1 deja el arma en la mesa, se sirve un vaso de vino, revuelve las cartas y juega solitario. Termina la partida, toma el dinero de la apuesta, se guarda el arma y sale.
5 o 6 botellas de vino, un arma que no fue invitada, un asunto inconcluso. Al final de la noche nadie ha ganado la partida y sólo sale 1 de un pequeño monoambiente en una ciudad en un verano insoportable.
venerdì 18 giugno 2010
"TIENEN TODA LA RAZÒN"
Tienen algo en comùn todos ellos. En todas las historias la mala soy yo.
De madrugada siempre llegué en silencio para no tener que decir "sabes, esta vez creo que tienes razón".
Por la puerta trasera pasò de todo... Jugué a la tranquilidad de la seguridad, al doctor, a la extranjera, a la buena, a la puta, a la peor, a la que dice apretando las manos "no eres tú, soy yo". A la que toma el té por la mañana y dos horas después cierra la puerta y se va en un tren; la que se queda sentadita en la escalera, la que conoce las salas de espera, la que no pide ni da una sola explicación.
Tienen razón, toda la razòn... La mala siempre he sido yo. De puntitas y en silencio besé uno a uno los cerrojos que acabarían en adiós.
Sé bien a lo que saben las lágrimas escondidas en la bañera, el abismo en la cuchara del azúcar, el recado en la contestadora equivocándome de nombre y los silencios eternos en el auto.
Tienen toda la razòn... Tenía toda la razón... Supe ya lo que es tomar por desayuno un biscocho con traición.
Tal vez es que tienen razòn... Debí haber dicho la verdad.
Tomar la película de antes y proyectarla en la sala de estar.
Tal vez debí olvidar el cepillo de dientes y guardar un par de medias en el placard. No echarlos antes del amanecer ni dar teléfonos falsos.
Tienen toda la razón. Soy cruel y tarada...
No fui nunca de decir llámame uno de estos días, aunque me muriera de ganas...
Tienen toda la razòn... Mi tranquilidad por la ausencia de vínculos apresurados hace mucho más fácil la dura tarea de odiar y decir que hubiera sido mejor no hablarme esa noche, no invitarme a dormir.
Porque siempre al final resulta que me equivoco. Cuando quiero no estar sola un noviembre tampoco hay a quien quiera llamar.
No pido perdón porque sé que no importa. Cuando no dejas una huella tan poco profunda para ser llorada el proximo fin de semana entre reproches y alcohol puedes salir a media madrugada sin la preocupación de ser recordada.
No pongo una sola queja. y no acepto un no.
Porque tienen razòn mis amantes... la mala del cuento siempre he sido yo.
Sòlo entonces pregunto, ¿por què diablos siguen llamando?
De madrugada siempre llegué en silencio para no tener que decir "sabes, esta vez creo que tienes razón".
Por la puerta trasera pasò de todo... Jugué a la tranquilidad de la seguridad, al doctor, a la extranjera, a la buena, a la puta, a la peor, a la que dice apretando las manos "no eres tú, soy yo". A la que toma el té por la mañana y dos horas después cierra la puerta y se va en un tren; la que se queda sentadita en la escalera, la que conoce las salas de espera, la que no pide ni da una sola explicación.
Tienen razón, toda la razòn... La mala siempre he sido yo. De puntitas y en silencio besé uno a uno los cerrojos que acabarían en adiós.
Sé bien a lo que saben las lágrimas escondidas en la bañera, el abismo en la cuchara del azúcar, el recado en la contestadora equivocándome de nombre y los silencios eternos en el auto.
Tienen toda la razòn... Tenía toda la razón... Supe ya lo que es tomar por desayuno un biscocho con traición.
Tal vez es que tienen razòn... Debí haber dicho la verdad.
Tomar la película de antes y proyectarla en la sala de estar.
Tal vez debí olvidar el cepillo de dientes y guardar un par de medias en el placard. No echarlos antes del amanecer ni dar teléfonos falsos.
Tienen toda la razón. Soy cruel y tarada...
No fui nunca de decir llámame uno de estos días, aunque me muriera de ganas...
Tienen toda la razòn... Mi tranquilidad por la ausencia de vínculos apresurados hace mucho más fácil la dura tarea de odiar y decir que hubiera sido mejor no hablarme esa noche, no invitarme a dormir.
Porque siempre al final resulta que me equivoco. Cuando quiero no estar sola un noviembre tampoco hay a quien quiera llamar.
No pido perdón porque sé que no importa. Cuando no dejas una huella tan poco profunda para ser llorada el proximo fin de semana entre reproches y alcohol puedes salir a media madrugada sin la preocupación de ser recordada.
No pongo una sola queja. y no acepto un no.
Porque tienen razòn mis amantes... la mala del cuento siempre he sido yo.
Sòlo entonces pregunto, ¿por què diablos siguen llamando?
Hojas de papel tiradas en las vías del tren.
Abro la nevera...
Me encuentro con varias cosas echadas a perder. Hay un litro de helado de dulce de leche con moho, una lata de conservas vacía y una carta que dice que te iba a echar de menos cuando me fuera para volver, de nuevo para estar sola. Hay un tarro de miel imposible de abrir y un vasito con salsa golf. Una o dos canciones escritas atrás de la cerveza quemada. Inacabadas y húmedas... la nevera las tararea... y dan frío...
Se ahogaba todo en una habitación y yo... no estaba... Y no quise que se ahogara todo lo que era verdad, pero al final fueron más las cosas no ciertas. Y no quise ver. Me compré una licencia, una que expiró ya. Y debo impuestos, y tengo el jean manchado de salsa de soya. Y debo más de un par de explicaciones. Pero no hubo tiempo ni palabras... No las hay aún.
Estuve muy cerca para ver lo que estaba quemándome las manos... Estaba muy cerca y muy lejos para verme.
Abro la nevera y pienso en cómo podría haber sido…
No en cómo fue ni en cómo es. La cabeza no me da. Como en este momento hay demasiadas libélulas que han escapado de la nevera y hacen quilombo en el patio trasero, sólo puedo pensar en aquello que queda fracturando el tiempo entre alitas mojadas en el ponche del último asado y antenas descompuestas.
Pasa que las libélulas vuelan ciegas y chocan unas con otras. Es imposible no pensarlas posadas en los árboles, como es imposible saberlas tranquilas en el ocaso. Por eso sólo puedo apenas imaginar cómo hubiera podido ser si no hubieran salido todas juntas. Es que sí, pueden salir pero no se puede todas a la vez… Pero yo las encerré y ahora entre los zumbidos, el viento y la confusión, sólo se miran remolinos que escarchan los ojos. Eso es absurdo, que se estampen mientras vuelan, y que sigan; que la única manera de volar sea estamparse. Como es absurdo haber salido a correr con el tobillo roto, como es absurdo haber intentado dormir de un lado de la cama cuando no se puede dormir en absoluto.
O simplemente decir que todo anda bien, salir a la calle y cruzar una avenida sin fijarte a ambos lados, y volver a decir que todo anda bien. O despertarse apretando la mandíbula, con trozos de dientes rotos y volver a decir que todo anda bien, o no contar las cosas, o contarlas a medias, darte un baño, pasarte el lápiz de ojos y volver a decir que todo está bien. Otro fernet y todo bien.
Es absurdo ¿no? Es absurdo pensar en algo que pasó de ser una posibilidad a un tarro de helado caduco en la nevera. Es totalmente encabronante mirar a la probabilidad quemarse por una serie de descuidos y observar a las gaviotas a lo lejos comiéndose los restos sabiendo que van a intoxicarse. Es absurdo, es triste darte cuenta de que el mar, ese mar que se veía por la ventana es sólo una muy buena litografía hecha en China.
Apenas abres la puerta las libélulas entran con todo el caos a las habitaciones y se acomodan en los armarios y en las gavetas para hacerte buscarlas y preguntarles qué carajos les sucede. Y están llenas de arena. Y de petróleo. Y la combinación es una masa que necesita un baño urgente de solvente.
Y por ahí un pájaro muerto que dice que también he sido yo.
Un poco difícil decir lo que está pasando.
No sé si es solamente absurdo y triste, y otra cosa y mil cosas más y luego...
Busco adjetivos para tratar de definir algo con un toque mínimo de claridad. Pero es que los adjetivos no vienen siempre en ambulancia ante una emergencia. Es sobre todo por esto que no puedo desperdiciar palabras y tendría que quedarme callada.
¿Y cómo terminar de caer cuando eres sostenida por un par de libélulas necias y moribundas?
¿Cómo pretender abrir la nevera de una casa que no existe?
Todo aquello que se construyó, todos los recuerdos de cierto espacio sólo son ahora hojas de papel tiradas en las vías del tren, en calles con nombres que no recuerdo.
Y con todo sé que éste es justo el lugar menos adecuado para pensar en ti… Y somos necios, siempre pensamos en lo que pudo haber sido.
Es totalmente absurdo. Porque no sé quién es la que piensa. Si la que se sabe, la que se pierde, la que se sabe perdida y se esconde, la que se encuentra escondida, o la que se esconde sin saberse, o simplemente la que se pierde pensando que sabe en dónde está. O la que se quedó paradita al lado de un bote de basura después de escuchar aquello que dijiste. La que no se defendió porque no había nada que defender porque la propia integridad estaba perdida en alguno de esos botes, en alguna ciudad.
Nunca supe bien cómo hacer para seguir manuales.
Con todo y mi ejército de libélulas dije: “a quemar las naves”. Tendí las velas y aceleré la marcha. Y así ha sido. Acelerar… sin mirar... y era evidente el golpe, era evidente el naufragio... Pero seguí en la tormenta que yo misma hice, como una limonada que se agita con el único propósito de refescar pero que acaba por ser amarga.
Me hubiera gustado salir a mirar a las libélulas de una a una pero vinieron a volar dentro y vinieron furiosas.
Porque digo que Moiras, pero son más bien Erinias.
Es curioso, trato o tal vez sólo digo que trato de encontrar un trozo de tierra firme y apenas siento que salgo de la base petrolera que es una especie de isla, sólo que un poco más fea, vuelvo a zarpar y me quedo en mi barco y vuelvo a decir que todo está bien. Se rompe el timón y todo está bien. Se pierde la brújula y se rasgan las velas… Y todo está bien. Y el escorbuto anda en la atmósfera, y todo está bien.
Y no. No todo bien. Pero eso se supo ya.
El concepto de bárbaro como extranjero me queda tan bien estos días. Navego con la nave quemada. Meteca que regresa con una sensación parecida a la de auto destierro. ¿Existe eso? Bue, lo patento.
La sensación de fracaso es parecida a la que da cuando comes de ese helado y sabe mal porque lo has dejado fuera. Y nada bueno en la nevera. Y estaría bien un delivery de comida china...
Y pesa mucho en la maleta. Y es porque dice éste nombre. Tá bueno, me banco el exceso de equipaje, los zapatos no los dejo ni en pedo. Por el momento me pego el post it de persona peligrosa. Mantenerse alejado. De una me pongo un warning en el cinturón.
A vos, un par de lágrimas ahora. Por el pudo haber sido. Y muchas sonrisas por los momentos que fueron.
Una nota del congelador. Allí me meto un rato.
Me encuentro con varias cosas echadas a perder. Hay un litro de helado de dulce de leche con moho, una lata de conservas vacía y una carta que dice que te iba a echar de menos cuando me fuera para volver, de nuevo para estar sola. Hay un tarro de miel imposible de abrir y un vasito con salsa golf. Una o dos canciones escritas atrás de la cerveza quemada. Inacabadas y húmedas... la nevera las tararea... y dan frío...
Se ahogaba todo en una habitación y yo... no estaba... Y no quise que se ahogara todo lo que era verdad, pero al final fueron más las cosas no ciertas. Y no quise ver. Me compré una licencia, una que expiró ya. Y debo impuestos, y tengo el jean manchado de salsa de soya. Y debo más de un par de explicaciones. Pero no hubo tiempo ni palabras... No las hay aún.
Estuve muy cerca para ver lo que estaba quemándome las manos... Estaba muy cerca y muy lejos para verme.
Abro la nevera y pienso en cómo podría haber sido…
No en cómo fue ni en cómo es. La cabeza no me da. Como en este momento hay demasiadas libélulas que han escapado de la nevera y hacen quilombo en el patio trasero, sólo puedo pensar en aquello que queda fracturando el tiempo entre alitas mojadas en el ponche del último asado y antenas descompuestas.
Pasa que las libélulas vuelan ciegas y chocan unas con otras. Es imposible no pensarlas posadas en los árboles, como es imposible saberlas tranquilas en el ocaso. Por eso sólo puedo apenas imaginar cómo hubiera podido ser si no hubieran salido todas juntas. Es que sí, pueden salir pero no se puede todas a la vez… Pero yo las encerré y ahora entre los zumbidos, el viento y la confusión, sólo se miran remolinos que escarchan los ojos. Eso es absurdo, que se estampen mientras vuelan, y que sigan; que la única manera de volar sea estamparse. Como es absurdo haber salido a correr con el tobillo roto, como es absurdo haber intentado dormir de un lado de la cama cuando no se puede dormir en absoluto.
O simplemente decir que todo anda bien, salir a la calle y cruzar una avenida sin fijarte a ambos lados, y volver a decir que todo anda bien. O despertarse apretando la mandíbula, con trozos de dientes rotos y volver a decir que todo anda bien, o no contar las cosas, o contarlas a medias, darte un baño, pasarte el lápiz de ojos y volver a decir que todo está bien. Otro fernet y todo bien.
Es absurdo ¿no? Es absurdo pensar en algo que pasó de ser una posibilidad a un tarro de helado caduco en la nevera. Es totalmente encabronante mirar a la probabilidad quemarse por una serie de descuidos y observar a las gaviotas a lo lejos comiéndose los restos sabiendo que van a intoxicarse. Es absurdo, es triste darte cuenta de que el mar, ese mar que se veía por la ventana es sólo una muy buena litografía hecha en China.
Apenas abres la puerta las libélulas entran con todo el caos a las habitaciones y se acomodan en los armarios y en las gavetas para hacerte buscarlas y preguntarles qué carajos les sucede. Y están llenas de arena. Y de petróleo. Y la combinación es una masa que necesita un baño urgente de solvente.
Y por ahí un pájaro muerto que dice que también he sido yo.
Un poco difícil decir lo que está pasando.
No sé si es solamente absurdo y triste, y otra cosa y mil cosas más y luego...
Busco adjetivos para tratar de definir algo con un toque mínimo de claridad. Pero es que los adjetivos no vienen siempre en ambulancia ante una emergencia. Es sobre todo por esto que no puedo desperdiciar palabras y tendría que quedarme callada.
¿Y cómo terminar de caer cuando eres sostenida por un par de libélulas necias y moribundas?
¿Cómo pretender abrir la nevera de una casa que no existe?
Todo aquello que se construyó, todos los recuerdos de cierto espacio sólo son ahora hojas de papel tiradas en las vías del tren, en calles con nombres que no recuerdo.
Y con todo sé que éste es justo el lugar menos adecuado para pensar en ti… Y somos necios, siempre pensamos en lo que pudo haber sido.
Es totalmente absurdo. Porque no sé quién es la que piensa. Si la que se sabe, la que se pierde, la que se sabe perdida y se esconde, la que se encuentra escondida, o la que se esconde sin saberse, o simplemente la que se pierde pensando que sabe en dónde está. O la que se quedó paradita al lado de un bote de basura después de escuchar aquello que dijiste. La que no se defendió porque no había nada que defender porque la propia integridad estaba perdida en alguno de esos botes, en alguna ciudad.
Nunca supe bien cómo hacer para seguir manuales.
Con todo y mi ejército de libélulas dije: “a quemar las naves”. Tendí las velas y aceleré la marcha. Y así ha sido. Acelerar… sin mirar... y era evidente el golpe, era evidente el naufragio... Pero seguí en la tormenta que yo misma hice, como una limonada que se agita con el único propósito de refescar pero que acaba por ser amarga.
Me hubiera gustado salir a mirar a las libélulas de una a una pero vinieron a volar dentro y vinieron furiosas.
Porque digo que Moiras, pero son más bien Erinias.
Es curioso, trato o tal vez sólo digo que trato de encontrar un trozo de tierra firme y apenas siento que salgo de la base petrolera que es una especie de isla, sólo que un poco más fea, vuelvo a zarpar y me quedo en mi barco y vuelvo a decir que todo está bien. Se rompe el timón y todo está bien. Se pierde la brújula y se rasgan las velas… Y todo está bien. Y el escorbuto anda en la atmósfera, y todo está bien.
Y no. No todo bien. Pero eso se supo ya.
El concepto de bárbaro como extranjero me queda tan bien estos días. Navego con la nave quemada. Meteca que regresa con una sensación parecida a la de auto destierro. ¿Existe eso? Bue, lo patento.
La sensación de fracaso es parecida a la que da cuando comes de ese helado y sabe mal porque lo has dejado fuera. Y nada bueno en la nevera. Y estaría bien un delivery de comida china...
Y pesa mucho en la maleta. Y es porque dice éste nombre. Tá bueno, me banco el exceso de equipaje, los zapatos no los dejo ni en pedo. Por el momento me pego el post it de persona peligrosa. Mantenerse alejado. De una me pongo un warning en el cinturón.
A vos, un par de lágrimas ahora. Por el pudo haber sido. Y muchas sonrisas por los momentos que fueron.
Una nota del congelador. Allí me meto un rato.
venerdì 11 giugno 2010
Charlé con Al Pacino. Dijo que nada podìa estar peor. Bue, se equivocó.
"Las luces van enciendièndose en la ciudad, yo manejo un auto imaginario y estiro el brazo para alcanzar un martini que no està".
Tuvo que ser domingo. No podría haber sido otro día. El domingo tenía que venir a pedirme revancha pues en la última partida gané y me lo había pasado realmente bien.
Este domingo es verdaderamente un asco.
Las fronteras, las aduanas, los impuestos, los formularios... Los números de asiento, la gente que insiste en ser platicadora a pesar de la mirada de muerte que mandaste para que no se le ocurriera comenzar a charlar. Primer parte del vuelo y todo más o menos. Eso tomando en cuenta que las circunstancias no son nada favorecedoras. Que vuelves sin ir, que regresas sin haber estado. Que si tarta de manzana o de verduras, que si jugo o café, que si ventanilla o pasillo, que si es un vuelo de no fumar, que gracias a Zeus porque no hay nadie en medio tuyo y el señor platicón y él ha entendido a regañadientes que no tienes la menor intención de cruzar palabra con nadie, que no puedes. Que si el avión se cae sería genial. Acéptalo, por un momento pasa por tu mente esa idea. Por eso no haces caso de las indicaciones de cómo ponerte la mascarita de aire en caso de emergencia. Además de que es aburrido y lo has visto ya muchas veces. Cierras la persiana y te das vuelta. Y te da risa, te imaginas poniéndote la mascarita de aire enmedio de una despresurización... y el avión cayendo a miles de km por hora. Y te da risa, sí, medio raro, pero te da risa.
Piensas en la mascarita de aire y en la despresurización rompiéndote los oídos. Y la imagen es bella, es ingenua. Una bolsita de plástico salvándote del impacto. Y te suena la idea, la acción te es conocida. Piensas en la asfixia versus el cartelito guardado en el asiento de en frente junto al catálogo de productos y destinos vacacionales, con instrucciones de qué hacer en caso de una situación de emergencia.
Tres o cuatro horas. Piernas dormidas y aún falta más de la mitad. Bajas del avión. No, no se ha caído.
Luego una cara, una cara conocida en medio de la fila de aduana, abordaje o desabordaje (si no existe esa palabra, me importa un carajo, la invento). Una cara conocida que te saluda, incluso se acuerda de tu nombre y te pregunta si vas de paseo mientras tratas de ubicar de dónde diantres te es familiar aquél rostro que te sonríe buscando que no pase un segundo más sin que hagas como que lo ubicas perfecto. Una cara que te llena la cabeza de polaroids. Un rostro que se aleja cuando finalmente se percata de que no sabes quién es. Un recuerdo de otra sala de frontera. Y en esta sala no quieres ser descortés, pero bueno, estás a punto de echarte a llorar porque el hecho de no acordarte de esa cara te recuerda que no te acuerdas de mucho. Das un adiós con el seño fruncido intentando todavía que te de alguna pista. No eres de las que se olvidaban del nombre de la gente. Tampoco eres de las que suelen tener episodios de pánico antes de subir al avión, ni durante, ni después... Pero por el momento te concentras sólo en tratar de reconocer ese rostro mientras se va.
Y luego una border con un oficial.
Y si, Border, ése ha sido uno de los nombres que definen lo que es arrebatado de la silla de la línea divisoria para venir a ser simplemente tú un domingo atorada, sí, atorada tal cual, en un aeropuerto del mundo a punto de gritarle al empleado de la aerolínea que te dice que lo de tu boleto es un bajón mientras se come una dona. Border. Frontera. Empiezas a sudar y te vuelve a dar miedo. Debes aceptarlo, no es algo que te encante. No es algo que ayude en absoluto a tu estado emocional. Es una broma. Una muy mala broma, te repites. Y te ríes. Y sólo lo haces para no ponerte a llorar porque cuando lo hagas, como no lo hiciste antes, va a ser indetenible, pero todavía hay algo de ti que te dice que éste no es el lugar para hacerlo. Es una mala broma, lo sabes. El cambio de moneda, la marcación numeral, las salas para fumadores más deprimentes que los mismos que se encuentran en ellas, el free shop, la gente que te pasa por encima, la maleta que pesa como nunca, los alfajores, los pies rotos, la clave del internet wi fi, la tarjeta y el pin, los documentos que se escurren en el bolso que también pesa como si trajera un centenar de historias sin ser relatadas todavía. La angustia, la culpa, la decepción, el coraje, los impuestos.
En migración suena la alarma. Vienes caminando países. Vienes caminando y cada paso es peligroso. En el túnel que registra los metales, los medidores se desconciertan y emiten ruidos raros. El oficial te observa, la fila es enorme y tú, con la voz entrecortada dices que probablemente sea el cinturón, que te olvidaste de sacártelo. Dices esto y sabes en el fondo que que los medidores éstos están a dos de romperse porque no han sido diseñados para detectar desasosiego, que es eso y que has dormido menos de 8 horas en la última semana. Es desasosiego, insomnio y una profunda tristeza. Es lo único que tu cuerpo vestido carga en este momento. Es más denso que el metal y mucho más peligroso que un arma de alto calibre.
De nuevo en un lugar que no es un lugar. De nuevo en un espacio liminal. De nuevo creyendo haber dibujado líneas directas y firmes, de nuevo en un espiral enrevesado. Engañada por ti. Y en el espejo del baño hay una desconocida. Y no sabes si sabías que te decían a tí porque te llamaban por tu nombre en el altoparlante. Tuviste ganas de no ser tú. Y la sensación no fue nueva. Tuviste ganas de que aquella que llamaban por el altoparlante, pues algo sucedía con tu lugar en el vuelo después de la escala, no fuera tú, ésa que se acomodaba el pelo enmarañado. Tuviste y tienes ganas de no estar tan lejos, de no estar habitando salas de limbos con internet de banda ancha.
Y sí. Eres tú. No puedes subir al avión. Te quedas por ahora en la sala de aduanas. Y si te toca el foquito rojo, qué embole. Y si el verde, da igual. Respiras y te repites que todo va a estar mejor, que a partir de ahora, todo va a estar mejor. No puedes subir al avión por un error en la reserva, por una falla en el sistema, por una confusión. Esta vez, pese a lo que pienses, no tiene que ver contigo, la confusión. La confusión no tiene que ver contigo. Pero sí porque no puedes subir al siguiente avión.
Mandas un mail y avisas. Escribes direcciones y arrobas. Avisas que te está llevando el diablo, avisas que está a punto de darte otro episodio, que lo sientes acercarse, que vas reconociéndolo, que sería tal vez el 4o o el 5o pero que son inconfundibles. Que ya sabes cómo comienzan a temblar las manos y las rodillas, y a cerrarse la garganta y a cortarse el oxígeno. Avisas y vas al lavabo y te mojas la cara y te sientas en un café y disimulas porque sabes cómo hacerlo, y pides un té y un biscocho, y quieres dejar la maleta tirada por allí, y nadie te dice en dónde puedes hacer una llamada, y suena jazz de fondo. En el café del aeropuerto suena jazz de fondo y eso te calma un poco. Sí, y piensas que vas a quedarte allí hasta que recibas respuesta del próximo vuelo, del por qué estás sentada en un café y por qué no vas trepada en un avión hacia otro país. Que tienes amenazas serias si no te vuelves pronto. Y te acuerdas de hace dos noches, o tres ya no sabes muy bien. Y te ríes, te ríes de la posibilidad convertida en un pote de arena en una base petrolera.
Y el jazz te calma un poco. Sí.
Recuerdas que hace no tanto, cuando charlaste con Pacino, te dijo que nada podría ponerse más negro de lo que ya estaba. Que lo peor había pasado.
Y te mete màs trsite saber que Pacino andarà ahora en bolsillos rotos.
Dos minutos después, tal vez menos, piensas: "Bastardo, te equivocaste". Cuando te cuentan que no hay vuelos hasta dentro de dos días, que lo sienten, que es una cuestión de cupo, sabes que sí que puede ponerse peor. Que estás fuera del avión, fuera de tu país, fuera de ti misma porque es un error en la reserva, un error en el sistema.
Y sabes, y Pacino también. El error más grande es que sigas caminando entre la gente... porque tendrían que sujetarte los brazos. Sí, así te sientes.
Y Sí, así es.
Tuvo que ser domingo. No podría haber sido otro día. El domingo tenía que venir a pedirme revancha pues en la última partida gané y me lo había pasado realmente bien.
Este domingo es verdaderamente un asco.
Las fronteras, las aduanas, los impuestos, los formularios... Los números de asiento, la gente que insiste en ser platicadora a pesar de la mirada de muerte que mandaste para que no se le ocurriera comenzar a charlar. Primer parte del vuelo y todo más o menos. Eso tomando en cuenta que las circunstancias no son nada favorecedoras. Que vuelves sin ir, que regresas sin haber estado. Que si tarta de manzana o de verduras, que si jugo o café, que si ventanilla o pasillo, que si es un vuelo de no fumar, que gracias a Zeus porque no hay nadie en medio tuyo y el señor platicón y él ha entendido a regañadientes que no tienes la menor intención de cruzar palabra con nadie, que no puedes. Que si el avión se cae sería genial. Acéptalo, por un momento pasa por tu mente esa idea. Por eso no haces caso de las indicaciones de cómo ponerte la mascarita de aire en caso de emergencia. Además de que es aburrido y lo has visto ya muchas veces. Cierras la persiana y te das vuelta. Y te da risa, te imaginas poniéndote la mascarita de aire enmedio de una despresurización... y el avión cayendo a miles de km por hora. Y te da risa, sí, medio raro, pero te da risa.
Piensas en la mascarita de aire y en la despresurización rompiéndote los oídos. Y la imagen es bella, es ingenua. Una bolsita de plástico salvándote del impacto. Y te suena la idea, la acción te es conocida. Piensas en la asfixia versus el cartelito guardado en el asiento de en frente junto al catálogo de productos y destinos vacacionales, con instrucciones de qué hacer en caso de una situación de emergencia.
Tres o cuatro horas. Piernas dormidas y aún falta más de la mitad. Bajas del avión. No, no se ha caído.
Luego una cara, una cara conocida en medio de la fila de aduana, abordaje o desabordaje (si no existe esa palabra, me importa un carajo, la invento). Una cara conocida que te saluda, incluso se acuerda de tu nombre y te pregunta si vas de paseo mientras tratas de ubicar de dónde diantres te es familiar aquél rostro que te sonríe buscando que no pase un segundo más sin que hagas como que lo ubicas perfecto. Una cara que te llena la cabeza de polaroids. Un rostro que se aleja cuando finalmente se percata de que no sabes quién es. Un recuerdo de otra sala de frontera. Y en esta sala no quieres ser descortés, pero bueno, estás a punto de echarte a llorar porque el hecho de no acordarte de esa cara te recuerda que no te acuerdas de mucho. Das un adiós con el seño fruncido intentando todavía que te de alguna pista. No eres de las que se olvidaban del nombre de la gente. Tampoco eres de las que suelen tener episodios de pánico antes de subir al avión, ni durante, ni después... Pero por el momento te concentras sólo en tratar de reconocer ese rostro mientras se va.
Y luego una border con un oficial.
Y si, Border, ése ha sido uno de los nombres que definen lo que es arrebatado de la silla de la línea divisoria para venir a ser simplemente tú un domingo atorada, sí, atorada tal cual, en un aeropuerto del mundo a punto de gritarle al empleado de la aerolínea que te dice que lo de tu boleto es un bajón mientras se come una dona. Border. Frontera. Empiezas a sudar y te vuelve a dar miedo. Debes aceptarlo, no es algo que te encante. No es algo que ayude en absoluto a tu estado emocional. Es una broma. Una muy mala broma, te repites. Y te ríes. Y sólo lo haces para no ponerte a llorar porque cuando lo hagas, como no lo hiciste antes, va a ser indetenible, pero todavía hay algo de ti que te dice que éste no es el lugar para hacerlo. Es una mala broma, lo sabes. El cambio de moneda, la marcación numeral, las salas para fumadores más deprimentes que los mismos que se encuentran en ellas, el free shop, la gente que te pasa por encima, la maleta que pesa como nunca, los alfajores, los pies rotos, la clave del internet wi fi, la tarjeta y el pin, los documentos que se escurren en el bolso que también pesa como si trajera un centenar de historias sin ser relatadas todavía. La angustia, la culpa, la decepción, el coraje, los impuestos.
En migración suena la alarma. Vienes caminando países. Vienes caminando y cada paso es peligroso. En el túnel que registra los metales, los medidores se desconciertan y emiten ruidos raros. El oficial te observa, la fila es enorme y tú, con la voz entrecortada dices que probablemente sea el cinturón, que te olvidaste de sacártelo. Dices esto y sabes en el fondo que que los medidores éstos están a dos de romperse porque no han sido diseñados para detectar desasosiego, que es eso y que has dormido menos de 8 horas en la última semana. Es desasosiego, insomnio y una profunda tristeza. Es lo único que tu cuerpo vestido carga en este momento. Es más denso que el metal y mucho más peligroso que un arma de alto calibre.
De nuevo en un lugar que no es un lugar. De nuevo en un espacio liminal. De nuevo creyendo haber dibujado líneas directas y firmes, de nuevo en un espiral enrevesado. Engañada por ti. Y en el espejo del baño hay una desconocida. Y no sabes si sabías que te decían a tí porque te llamaban por tu nombre en el altoparlante. Tuviste ganas de no ser tú. Y la sensación no fue nueva. Tuviste ganas de que aquella que llamaban por el altoparlante, pues algo sucedía con tu lugar en el vuelo después de la escala, no fuera tú, ésa que se acomodaba el pelo enmarañado. Tuviste y tienes ganas de no estar tan lejos, de no estar habitando salas de limbos con internet de banda ancha.
Y sí. Eres tú. No puedes subir al avión. Te quedas por ahora en la sala de aduanas. Y si te toca el foquito rojo, qué embole. Y si el verde, da igual. Respiras y te repites que todo va a estar mejor, que a partir de ahora, todo va a estar mejor. No puedes subir al avión por un error en la reserva, por una falla en el sistema, por una confusión. Esta vez, pese a lo que pienses, no tiene que ver contigo, la confusión. La confusión no tiene que ver contigo. Pero sí porque no puedes subir al siguiente avión.
Mandas un mail y avisas. Escribes direcciones y arrobas. Avisas que te está llevando el diablo, avisas que está a punto de darte otro episodio, que lo sientes acercarse, que vas reconociéndolo, que sería tal vez el 4o o el 5o pero que son inconfundibles. Que ya sabes cómo comienzan a temblar las manos y las rodillas, y a cerrarse la garganta y a cortarse el oxígeno. Avisas y vas al lavabo y te mojas la cara y te sientas en un café y disimulas porque sabes cómo hacerlo, y pides un té y un biscocho, y quieres dejar la maleta tirada por allí, y nadie te dice en dónde puedes hacer una llamada, y suena jazz de fondo. En el café del aeropuerto suena jazz de fondo y eso te calma un poco. Sí, y piensas que vas a quedarte allí hasta que recibas respuesta del próximo vuelo, del por qué estás sentada en un café y por qué no vas trepada en un avión hacia otro país. Que tienes amenazas serias si no te vuelves pronto. Y te acuerdas de hace dos noches, o tres ya no sabes muy bien. Y te ríes, te ríes de la posibilidad convertida en un pote de arena en una base petrolera.
Y el jazz te calma un poco. Sí.
Recuerdas que hace no tanto, cuando charlaste con Pacino, te dijo que nada podría ponerse más negro de lo que ya estaba. Que lo peor había pasado.
Y te mete màs trsite saber que Pacino andarà ahora en bolsillos rotos.
Dos minutos después, tal vez menos, piensas: "Bastardo, te equivocaste". Cuando te cuentan que no hay vuelos hasta dentro de dos días, que lo sienten, que es una cuestión de cupo, sabes que sí que puede ponerse peor. Que estás fuera del avión, fuera de tu país, fuera de ti misma porque es un error en la reserva, un error en el sistema.
Y sabes, y Pacino también. El error más grande es que sigas caminando entre la gente... porque tendrían que sujetarte los brazos. Sí, así te sientes.
Y Sí, así es.
giovedì 10 giugno 2010
una foto
Mi hanno detto... sorride, mi hanno detto. La forza non mi dá oggi, scusate.
Me han dicho que escriba. Ha sido una indicación específica por parte de la gente que me trata en estos momentos. Como no he sido nunca demasiado disciplinada para empastillarme, les advierto a ellos que sólo haré intentos de escribir. Y de hacerlo con el único sentido de que alguien lo lea. Sin publicidad, ni nada. Escribir y decir que no me importa si alguien lo lee, es como regar salsa de tomate en el congelador. cosíche scrivo.
Mi hanno detto di parlare. Ma non posso, né voglio. Voglio fermarmi e cominciare affinché sentirmi capace di dire qualcosa con un po´di senso. Affinché ricordarmi di che cosa ho fatto oggi, per essempio o ieri.
Non so piú chi scrive questa volta. Y sin embargo, lo hago.
Come poter´ parlare quando l´unico che vuoi é gridare? non trovo il posto per farlo. Non ancora. E a volte penso che sono stata cercando nei posti incoretti. E voglio andarmene da tutti e da me stessa, ma ogni notte mi trovo again. mi trovo e mi vedo persa.
Dicevo sempre che il teatro é l´unico che mi fa sentirmi veramete viva. Ma ora pensare nel teatro é anche assurdo. Sono una grande buggiarda, mi pare. E non posso fare teatro con buggie. Troppe cose da capire e soltanto una testa... amalatta.
e queste mani stanche. E questi occhi che non vogliono piangere ma lo fanno.
Mi hanno detto di tornare. Allora lo faccio. Mi hanno detto troppe cose. Ma soltanto vorrei sentire una voce.
Ci sará tempo per riuscire a fare un riasunto. Ora vedo l´origine di tutto. Mi lancio, carajo.
Buenos Aires, Argentina.
Mi hanno detto di scattare una foto. E va be... non stá per guardarla adesso.
Me han dicho que escriba. Ha sido una indicación específica por parte de la gente que me trata en estos momentos. Como no he sido nunca demasiado disciplinada para empastillarme, les advierto a ellos que sólo haré intentos de escribir. Y de hacerlo con el único sentido de que alguien lo lea. Sin publicidad, ni nada. Escribir y decir que no me importa si alguien lo lee, es como regar salsa de tomate en el congelador. cosíche scrivo.
Mi hanno detto di parlare. Ma non posso, né voglio. Voglio fermarmi e cominciare affinché sentirmi capace di dire qualcosa con un po´di senso. Affinché ricordarmi di che cosa ho fatto oggi, per essempio o ieri.
Non so piú chi scrive questa volta. Y sin embargo, lo hago.
Come poter´ parlare quando l´unico che vuoi é gridare? non trovo il posto per farlo. Non ancora. E a volte penso che sono stata cercando nei posti incoretti. E voglio andarmene da tutti e da me stessa, ma ogni notte mi trovo again. mi trovo e mi vedo persa.
Dicevo sempre che il teatro é l´unico che mi fa sentirmi veramete viva. Ma ora pensare nel teatro é anche assurdo. Sono una grande buggiarda, mi pare. E non posso fare teatro con buggie. Troppe cose da capire e soltanto una testa... amalatta.
e queste mani stanche. E questi occhi che non vogliono piangere ma lo fanno.
Mi hanno detto di tornare. Allora lo faccio. Mi hanno detto troppe cose. Ma soltanto vorrei sentire una voce.
Ci sará tempo per riuscire a fare un riasunto. Ora vedo l´origine di tutto. Mi lancio, carajo.
Buenos Aires, Argentina.
Mi hanno detto di scattare una foto. E va be... non stá per guardarla adesso.
ONCE. 11 "DIMENSIONES PARA - LELAS"
De cosas rotas y descompuestas Pat tenía un doctorado. Podía dar una cátedra sobre todo aquello que guardamos esperando poder arreglar aunque no tenga solución y se sabía de memoria el catálogo de los materiales de reparación que nunca tienen el efecto esperado.
De presentes y tiempos alternos vistos desde una manera científica no tuvo idea hasta que conoció por García a Otif Itares. Otif era un tío que Ga no veía hace mucho, y que en cuanto Pat le contó a medias lo de los cálculos matemáticos, le presentó al sujeto que había dedicado parte de su vida precisamente a este tema de los viajes en el tiempo. A Otif le pareció maravilloso que alguien estuviera interesado en el asunto.
Se conocieron una noche en casa de García. Él la había invitado a cenar tomando como pretexto que hacía mucho no se veían y resultó que muy casualmente, el tío llegó inesperadamente a visitar a su sobrino.
Otif era un señor cercano a los sesenta, que conservaba una juventud bastante lúdica. Era más bien flaco, con la barba dejada de por lo menos dos semanas antes y que vestía sin apuro por seguir ninguna pauta marcada por la moda. Parecía que se ponía lo primero que encontraba. Tenía ojos pequeños y, contrario a lo que Pat hubiera pensado, no usaba anteojos. Todo el tiempo tenía que estar en movimiento alguna parte de su cuerpo, así que súbitamente se levantaba a caminar alrededor de la sala mientras continuaba hablando.
El tema de los universos paralelos se coló en la conversación poco a poco y Pat sintió la suficiente confianza como para preguntarle acerca de sus teorías. Él hablaba fluida y apasionadamente, movía las manos como si fueran dos molinos gigantescos y hacía las pausas justas para que Pat pudiera irle siguiendo el hilo a la conversación.
-¿Y tú por qué estás interesada en estos temas? -Le preguntó Otif a Pat, mientras movía las piernas como si estuviera pedaleando una bicicleta.
-Mera curiosidad, un actor tiene que saber de todo, ¿no le parece?
-Creo que tienes razón. No sabes si algún día te toque interpretar a alguien que se fuga a otras dimensiones o que vive vidas paralelas.
-Dígame algo Otif, ¿alguna vez ha comprobado alguna de sus teorías?
-No, hasta ahora son fórmulas matemáticas comprobables y refutables, pero no creas muchachita, me parece que estoy cerca de llegar a un momento de revelación.
Pat pensó que este hombre era el indicado para ayudarla a entender sus desprendimientos de la realidad sólo que no sabía si le creería o no. En todo caso, era lo de menos, seguro le parecerían interesantes los datos que Pat podría proporcionarle.
García hizo todo aquella noche para que estos dos se quedaran charlando el mayor tiempo posible. Parecía que su tío no salía muy seguido de su casa y Pat se lo imaginaba metido en un laboratorio lleno de fórmulas pegadas en las paredes, tazas de café y bocetos de máquinas y cacharros que no había podido llevar a cabo por lo costosos que serían.
Estuvo muy atenta a las teorías desarrolladas por el físico-matemático y quedaron en verse de nuevo. Otif se marchó aquella noche, habiendo acordado la hora de la siguiente sesión. Se verían en la casa de él, el martes por la tarde.
Después de conocer a Otif, en el camino a su casa, Pat se detuvo para comprar cigarrillos. La noche estaba avanzada y comenzó a hacer frío. Estacionó el coche y se acercó a una tienda de abarrotes, pidió unos Montana, salió del establecimiento, volvió a subirse al auto, se puso el cinturón de seguridad y acomodó el espejo retrovisor. Encendió el motor y se dispuso a arrancar.
Vio entonces la silueta de lo que parecía ser una figura femenina que estaba justo detrás del auto. Volvió a mirar, esta vez con atención, y la figura permaneció allí. A través del espejo retrovisor pudo ver que iba enfundada en una gabardina y que llevaba los labios pintados color escarlata. Rápidamente recordó. Era la misma mujer que había visto en el bar del Perro. De un movimiento, apagó el motor, se quitó el cinturón de seguridad y bajó del coche; quería saber quién era y por qué estaba parada en medio de la calle detrás de su auto.
Envalentonada, caminó un par de pasos, se dirigió hacia ella para interrogarla y acto seguido, se dio cuenta de que no había nadie. Volteó hacia todas direcciones pero sólo se veían a lo lejos un par de perros merodeando las casas y alguna que otra luz encendida. Del rastro de aquella mujer, simplemente nada.
De nuevo esa persona con la que había cruzado una mirada en el bar que ahora volvía a encontrarse desaparecía como un suspiro entre la niebla.
De presentes y tiempos alternos vistos desde una manera científica no tuvo idea hasta que conoció por García a Otif Itares. Otif era un tío que Ga no veía hace mucho, y que en cuanto Pat le contó a medias lo de los cálculos matemáticos, le presentó al sujeto que había dedicado parte de su vida precisamente a este tema de los viajes en el tiempo. A Otif le pareció maravilloso que alguien estuviera interesado en el asunto.
Se conocieron una noche en casa de García. Él la había invitado a cenar tomando como pretexto que hacía mucho no se veían y resultó que muy casualmente, el tío llegó inesperadamente a visitar a su sobrino.
Otif era un señor cercano a los sesenta, que conservaba una juventud bastante lúdica. Era más bien flaco, con la barba dejada de por lo menos dos semanas antes y que vestía sin apuro por seguir ninguna pauta marcada por la moda. Parecía que se ponía lo primero que encontraba. Tenía ojos pequeños y, contrario a lo que Pat hubiera pensado, no usaba anteojos. Todo el tiempo tenía que estar en movimiento alguna parte de su cuerpo, así que súbitamente se levantaba a caminar alrededor de la sala mientras continuaba hablando.
El tema de los universos paralelos se coló en la conversación poco a poco y Pat sintió la suficiente confianza como para preguntarle acerca de sus teorías. Él hablaba fluida y apasionadamente, movía las manos como si fueran dos molinos gigantescos y hacía las pausas justas para que Pat pudiera irle siguiendo el hilo a la conversación.
-¿Y tú por qué estás interesada en estos temas? -Le preguntó Otif a Pat, mientras movía las piernas como si estuviera pedaleando una bicicleta.
-Mera curiosidad, un actor tiene que saber de todo, ¿no le parece?
-Creo que tienes razón. No sabes si algún día te toque interpretar a alguien que se fuga a otras dimensiones o que vive vidas paralelas.
-Dígame algo Otif, ¿alguna vez ha comprobado alguna de sus teorías?
-No, hasta ahora son fórmulas matemáticas comprobables y refutables, pero no creas muchachita, me parece que estoy cerca de llegar a un momento de revelación.
Pat pensó que este hombre era el indicado para ayudarla a entender sus desprendimientos de la realidad sólo que no sabía si le creería o no. En todo caso, era lo de menos, seguro le parecerían interesantes los datos que Pat podría proporcionarle.
García hizo todo aquella noche para que estos dos se quedaran charlando el mayor tiempo posible. Parecía que su tío no salía muy seguido de su casa y Pat se lo imaginaba metido en un laboratorio lleno de fórmulas pegadas en las paredes, tazas de café y bocetos de máquinas y cacharros que no había podido llevar a cabo por lo costosos que serían.
Estuvo muy atenta a las teorías desarrolladas por el físico-matemático y quedaron en verse de nuevo. Otif se marchó aquella noche, habiendo acordado la hora de la siguiente sesión. Se verían en la casa de él, el martes por la tarde.
Después de conocer a Otif, en el camino a su casa, Pat se detuvo para comprar cigarrillos. La noche estaba avanzada y comenzó a hacer frío. Estacionó el coche y se acercó a una tienda de abarrotes, pidió unos Montana, salió del establecimiento, volvió a subirse al auto, se puso el cinturón de seguridad y acomodó el espejo retrovisor. Encendió el motor y se dispuso a arrancar.
Vio entonces la silueta de lo que parecía ser una figura femenina que estaba justo detrás del auto. Volvió a mirar, esta vez con atención, y la figura permaneció allí. A través del espejo retrovisor pudo ver que iba enfundada en una gabardina y que llevaba los labios pintados color escarlata. Rápidamente recordó. Era la misma mujer que había visto en el bar del Perro. De un movimiento, apagó el motor, se quitó el cinturón de seguridad y bajó del coche; quería saber quién era y por qué estaba parada en medio de la calle detrás de su auto.
Envalentonada, caminó un par de pasos, se dirigió hacia ella para interrogarla y acto seguido, se dio cuenta de que no había nadie. Volteó hacia todas direcciones pero sólo se veían a lo lejos un par de perros merodeando las casas y alguna que otra luz encendida. Del rastro de aquella mujer, simplemente nada.
De nuevo esa persona con la que había cruzado una mirada en el bar que ahora volvía a encontrarse desaparecía como un suspiro entre la niebla.
domenica 6 giugno 2010
DIEZ. 10 "Y CUANDO ALGUIEN TE DEJE SIN ALIENTO, QUÉDATE. NO INTENTES CORRER"
Comenzaba a amanecer. Salieron al jardín, se recostaron en la hamaca y cuando Pat apoyó su cabeza en el hombro de Leo, el cansancio de toda la vida se le esfumó.
-¿Está de sobra el mate ahora, no? -Leo le pasaba los dedos por el cabello.
-Sí. Es muy tarde, o muy temprano, no sé. Qué lindo amanecer.
-Más lindo porque estás vos acá.
No era para nada lindo el amanecer. El sol estaba más intenso que nunca y los sonidos que comenzaban a despertar con la ciudad eran de los frenones y claxons de los autos. La luz era tan molesta que Leo y Pat tenían que entre cerrar los ojos para poder ver algo; el cielo era más bien grisáceo y si alzabas la mirada, en vez de nubes, te encontrabas con un par de aviones que apenas se alcanzaban a ver a través de la nata asquerosa de contaminación. De pronto hacía un calor horroroso; los pájaros se acercaban volando torpemente, amodorrados todavía, con las plumas grises llenas de humo de camiones y los ojos rojos e intoxicados por la polución; cantaban como si hubieran estado perdiendo el sentido de orientación debido a la vida de stress que llevan en los cables de luz de las calles.
Pero a Pat no le importaba que el amanecer no fuera el ideal y tampoco le importaba la hora. No sabía si el movimiento de rotación de la tierra se había detenido. Podría haber llegado el momento de la batalla en Armagedón o sonado las 7 trompetas del Apocalipsis y ella hubiera decidido quedarse allí, con la cabeza inclinada en el hombro de Leo, siendo testigo desde el jardín de su casa de la lluvia fuego y granizo y de la llegada de las plagas del juicio final sin tener la menor intensión de moverse de ahí.
Leo la miró directamente a los ojos, parpadeó 2 veces y le dijo:
-Quiero estar con vos.
Patricia respiró y sin decir palabra, lo besó. Sabía que era muy probable que este amanecer llegara a mucho más de un beso, lo había meditado desde el bar. Se había atrevido. No le interesaba si Leo pensaba que era una chica fácil, sabía ella que en realidad no era nada fácil, era mucho más complicada de lo que le hubiera gustado. Ya en ese momento estaba pensando: “Qué tal si no le gusto, si se echa para atrás, si se arrepiente.” Leonardo la tomó de la cintura y con el cuerpo le contó que él también la había estado esperando y que no quería esperar más.
Subieron a su habitación. Caminaron hacia las escaleras y en el tercer escalón, un golpe de adrenalina le pintó las uñas a Pat. Tenía mucho de no besar a nadie, de no estar con nadie. Estaba nerviosa, como si fuera la primera vez.
Fue todo lento y sin apuro. Él le quitó el pudor con cada prenda, la tristeza se le fue en las botas, la angustia acumulada se le escurrió en los jeans y los complejos se le escaparon al tiempo que la blusa. El encuentro fue largo, tierno y apasionado. Se recorrían mutuamente adivinándose los caminos; todo tan nuevo y todo tan familiar a la vez. Le parecía increíble sentir que lo conocía tanto; ahora solamente estaban recordando el cuerpo del otro en un presente que Pat deseó que no terminara. El tiempo se detuvo para ser testigo del encuentro que se estaba formando en una situación que nadie hubiera podido imaginar sino hasta hacía unas horas.
Pensó en la posibilidad de que no le estuviera pasando en este momento ni en esta realidad, de que fuera otro más de sus viajes. Paró de imaginar idioteces y asumió que algo bueno le estaba sucediendo. No quería dormir y no quería que este día que se asomaba, se acabara tan sólo con una resaca más en el cuerpo.
Algo en él la hacía saber que ese presente era real y tangible; que sucediera lo que sucediera, no se le escaparía como lo hace el agua a través de un grifo roto.
-¿Está de sobra el mate ahora, no? -Leo le pasaba los dedos por el cabello.
-Sí. Es muy tarde, o muy temprano, no sé. Qué lindo amanecer.
-Más lindo porque estás vos acá.
No era para nada lindo el amanecer. El sol estaba más intenso que nunca y los sonidos que comenzaban a despertar con la ciudad eran de los frenones y claxons de los autos. La luz era tan molesta que Leo y Pat tenían que entre cerrar los ojos para poder ver algo; el cielo era más bien grisáceo y si alzabas la mirada, en vez de nubes, te encontrabas con un par de aviones que apenas se alcanzaban a ver a través de la nata asquerosa de contaminación. De pronto hacía un calor horroroso; los pájaros se acercaban volando torpemente, amodorrados todavía, con las plumas grises llenas de humo de camiones y los ojos rojos e intoxicados por la polución; cantaban como si hubieran estado perdiendo el sentido de orientación debido a la vida de stress que llevan en los cables de luz de las calles.
Pero a Pat no le importaba que el amanecer no fuera el ideal y tampoco le importaba la hora. No sabía si el movimiento de rotación de la tierra se había detenido. Podría haber llegado el momento de la batalla en Armagedón o sonado las 7 trompetas del Apocalipsis y ella hubiera decidido quedarse allí, con la cabeza inclinada en el hombro de Leo, siendo testigo desde el jardín de su casa de la lluvia fuego y granizo y de la llegada de las plagas del juicio final sin tener la menor intensión de moverse de ahí.
Leo la miró directamente a los ojos, parpadeó 2 veces y le dijo:
-Quiero estar con vos.
Patricia respiró y sin decir palabra, lo besó. Sabía que era muy probable que este amanecer llegara a mucho más de un beso, lo había meditado desde el bar. Se había atrevido. No le interesaba si Leo pensaba que era una chica fácil, sabía ella que en realidad no era nada fácil, era mucho más complicada de lo que le hubiera gustado. Ya en ese momento estaba pensando: “Qué tal si no le gusto, si se echa para atrás, si se arrepiente.” Leonardo la tomó de la cintura y con el cuerpo le contó que él también la había estado esperando y que no quería esperar más.
Subieron a su habitación. Caminaron hacia las escaleras y en el tercer escalón, un golpe de adrenalina le pintó las uñas a Pat. Tenía mucho de no besar a nadie, de no estar con nadie. Estaba nerviosa, como si fuera la primera vez.
Fue todo lento y sin apuro. Él le quitó el pudor con cada prenda, la tristeza se le fue en las botas, la angustia acumulada se le escurrió en los jeans y los complejos se le escaparon al tiempo que la blusa. El encuentro fue largo, tierno y apasionado. Se recorrían mutuamente adivinándose los caminos; todo tan nuevo y todo tan familiar a la vez. Le parecía increíble sentir que lo conocía tanto; ahora solamente estaban recordando el cuerpo del otro en un presente que Pat deseó que no terminara. El tiempo se detuvo para ser testigo del encuentro que se estaba formando en una situación que nadie hubiera podido imaginar sino hasta hacía unas horas.
Pensó en la posibilidad de que no le estuviera pasando en este momento ni en esta realidad, de que fuera otro más de sus viajes. Paró de imaginar idioteces y asumió que algo bueno le estaba sucediendo. No quería dormir y no quería que este día que se asomaba, se acabara tan sólo con una resaca más en el cuerpo.
Algo en él la hacía saber que ese presente era real y tangible; que sucediera lo que sucediera, no se le escaparía como lo hace el agua a través de un grifo roto.
NUEVE. 9 "CUANDO TE QUEDES SIN ALIENTO, QUÍTASELO A ALGUIEN"
Se fue haciendo tarde. Asul se encontró con un amigo y se fue a seguir la fiesta a otro lado, no sin antes despedirse de todas enérgica y cariñosamente. Se acercó a Pat, la tomó del brazo y le dijo al oído:
-Este chico está muy bien. Tonta si no lo vuelves a ver. Tiene algo, no sé, me da buena espina.
-Sí, ya sé. Tenemos un chorro de tiempo platicando y no se ha aburrido de lo que le cuento. Le gusta Lynch también.
-Pues te lo llevas a casa, comparten el amanecer y le sacas el teléfono. ¿Estamos?
-No sé, ya veremos. A ver qué pasa.
Asul tomó su abrigo, caminó con dificultad hasta la salida en donde ya la esperaban; se subió a un auto lleno de gente y se fue.
Las otras chicas andaban regadas por el lugar. De vez en cuando volvían al sitio en donde estaban aquellos dos, charlando como un par de amigos en la escuela primaria con la única intensión de saber quién era el otro; le hacían gestos a Pat para ver si todo andaba bien y luego volvían a perderse. Habían quedado de volver juntas pero en noches como ésa, sabían que los planes podrían cambiar.
De pronto, sin avisar, Leo la tomó de la mano, la llevó a un ventanal que estaba apartado de todo, se acomodó tranquilo, le tomó el rostro despacio con las dos manos y sin trámites ni aspavientos, la besó.
Pat sintió que volaba. De verdad tuvo que hacer un esfuerzo por no despegar los pies del suelo, asunto que era medio difícil pues estaba parada de puntitas para alcanzarlo, era altísimo y ella bajita. Sintió cómo se iba prendiendo cada órgano de su cuerpo, cómo los músculos le comenzaban a funcionar por fin; rogó a los dioses que ese instante se detuviera, que durara para siempre. Lo besó y le pareció haberse estado aliviando de una enfermedad incurable que había padecido desde hacía varios meses; se dio tiempo para conocerle la boca completa, para entrelazarse los dedos con los de él, para soltárselos e inmediatamente llevarlos a su cuello, para percatarse de que el corazón le latía con la fuerza de la turbina de un avión, con la velocidad del motor de un trasatlántico. Él le acariciaba las mejillas con los pulgares, a Pat hacía mucho que nadie le hacía una caricia de ese tipo. Nunca la habían tocado, no como él lo hizo. No sabía si estaba mareada por todo lo que había bebido o porque finalmente estaba con él, porque por fin podía descifrarle la voz. Había echado de menos besarlo y saborearle el tabaco de los labios sin haberlo besado antes, había extrañado fumarse un cigarro con él en las noches en las que salía descalza a conseguir unos Camel o unos Montana y regresaba horas más tarde, sola, sin cajetilla, con los pies partidos de tanto caminar, exceso de nicotina en las manos, sobredosis de alquitrán en la tráquea y lágrimas que parecían provenir de la nostalgia que habita en un par de zapatos que se han extraviado.
Esa noche lo tenía ahí, paradito, mirándola con esos ojos que Pat no olvidaría nunca. Leo le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y en ese segundo se percató de que de verdad hacía siglos que lo había estado esperando.
Casi sin quererlo, separaron poco a poco los labios. Todavía estaban tomados de la mano y Pat se tardó un poco en poder abrir los ojos. Cuando lo hizo se encontró con su mirada, supo que tenía enfrente a alguien que no era un alguien cualquiera y desde ese momento supo también que aquél chico por alguna u otra razón, le iba a robar muchas lágrimas.
Sonó el teléfono de Pat. Se tardó siglos en encontrarlo dentro del bolso, que como siempre, era un desastre. Atendió, era Asul diciendo que había llegado bien, que no se preocupara nadie y que la llamaría en la semana; que no olvidara lo que le había dicho hacía un rato, que no fuera idiota y que dejara la timidez a un lado.
Todavía tenían un tiempo antes de que cerraran el lugar. Sara llegó diciendo que Alejandra y Erika se habían ido ya, que a Erika le había dado un mareo espantoso y habían tomado un taxi de regreso y que Alejandra se iría a dormir con ella. Se quedaron en el bar Leo, Pat, Sara y Dani, el amigo de Leo, un chico bonachón que le echó ojo a Sara, con quien estuvo charlando un buen rato. Diego se había ido porque tenía que arreglar algo con la banda, así que Sara se volvía a casa con Pat. A ella esto no le dio ningún inconveniente, aunque estaba pensando que quería quedarse despierta, hacer caso del consejo de Asul y ver el amanecer con Leo. Decidió que los minutos hablaran. Bajaron a la pista y Pat supo mágicamente que aquél chico no era precisamente bailador pero que su amigo Dani sí, así que bailó con él mientras Sara platicaba con Leo y se bebía otro trago. Un par de canciones y volvió a los brazos del muchacho altísimo. La levantó sin esfuerzo y volvieron a besarse en medio de pista de baile que ya estaba casi desértica; se eligió para ese momento su propia música de fondo, su propio sound track para guardárselo en la película de su memoria por siempre. Sintió una fuerza extraña, arrebatada, y como si las palabras se le escaparan de la boca le dijo:
-¿Quieres ir a tomar un mate a casa?
-¿Tomás mate?
-Sí. Mi padre tuvo una novia argentina que vivió en casa varios años y nos dejó el gusto por el mate, por Charly García y por el tango. Buena mina aquella. Isabel se llamaba, era pintora, una genia.
-Qué lindo. Sí, vamos a tu casa. ¿Está lejos?
-No, a esta hora hacemos como 10 minutos.
-Buenísimo. ¿Qué hacemos con Dani y tu amiga? ¿Vienen?
-¡Claro!
Salieron del bar del Perro los cuatro juntos. Pat tenía cierta tranquilidad, pues Sara, siendo consciente de la situación, había hecho migas inmediatamente con Dani y aunque no iban a pasar de una charla grata, dado que Sara andaba re enamorada de su rock star, se dio la oportunidad de saber un poco de lo que se trataba la rehabilitación en la fisioterapia. Él y Leo trabajaban juntos. Dani hablaba y Sara lo dejaba estar. Pat lo sintió como un enorme favor y le agradeció en silencio. Ni ella ni Leo tenían que preocuparse por sus respectivos amigos.
Cuando cruzaron la puerta, todo el lugar se re significó. Había ido miles de veces ahí, tenía cientos de recuerdos depositados en los muros y en los asientos incomodísimos del bar; había sido lugar de cumpleaños, celebraciones, noches de juerga, peleas, mala copas y festejos; pero aquella madrugada de sábado de pronto supo que no iba a ser posible volver sin tener todo el tiempo presente a ese argentino medio raro y antisocial, que este suceso la había marcado para siempre aunque sólo durara un amanecer y no lo volviera a ver nunca más. No pudo evitarlo, pensó en lo triste y maravilloso que puede llegar a ser lo efímero que dura un instante pero que es en ese instante en donde se te va la vida o en donde la recuperas; como el teatro, que una vez acabada la función, ¡pum! se va, no vuelve más, es única. Que si te equivocas no hay manera de decir “corte, se repite”. No, si te equivocas sigues, asumes, cambias, corriges en presente; que no hay lugar para los indecisos. Las palabras que tanto había escuchado “Estar aquí y ahora” cobraron un sentido total. Estaba dispuesta a estar con los nervios y las inseguridades que tenía en ese momento. Decidió que no le iba a esconder nada, que no iba a cuidarse de decir cosas incorrectas. No sintió temor, algo le decía que Leo no era un psicópata y que no le iba a hacer daño; que de algún lado se conocían. Sabía una cosa: no era una noche de borrachera, no era una aventura. Tenían algo que resolver, a ella misma le parecía inusual, no lo podía explicar con palabras, por eso se lo calló.
El auto llegó. Pat podía conducir perfectamente. Todo saldría bien si no se topaban con el puesto policíaco de revisión de nivel de alcohol de los conductores que estaba un par de cuadras adelante, porque a pesar de que no estaba ni cerca de estar borracha, sí había bebido más de lo permitido por la ley para poder conducir. Se había tomado mucho más de dos cervezas.
Tuvieron suerte, los oficiales en el puesto de revisión no le pidieron que se detuviera. Otra señal de que la noche debía continuar tal como iba. Condujo hasta casa con la mano de Leo danzando entre su hombro y su cuello. El trayecto estuvo tranquilo. El rocío de los árboles de la ciudad le hablaba a través de la ventana de su auto compacto y la guiaba por las avenidas, el ambiente era húmedo y seguía haciendo mucho frío. A Pat le tiritaban los dientes, y no sabía si era por la temperatura o por el suceso de tener a Leo al lado. Pasaron por otro six-pack al OXXO de pacífico y eje 10. Era tradición hacer una escala técnica en aquel local y abastecer la provisión de cervezas antes de llegar a casa. A Sara le entraron náuseas y tuvo que bajarse a tomar un poco de aire. Leo, Pat y Dani se divertían con las muecas que hacía Sara mientras trataba de mantenerse en pie. En poco tiempo se sintió mejor y se volvió a encaramar al auto, de ahí 3 minutos máximo hasta casa.
Pat abrió la puerta y los hizo entrar. Rápidamente prendió la luz caminando por la sala a obscuras como un ciego que ha memorizado su recorrido de todos los días. Conocía perfectamente cada rincón de esa casa, sabía qué le sonaba, cómo olía. Se acomodaron en la mesa en la que siempre se sentaba Pat sola o acompañada y ahora le parecía como si fuera nueva, como si no la hubiera visto nunca, como si la estuviera estrenando. Se guardó la sensación para ella, sabía que no podía andar por la vida diciendo este tipo de cosas.
Sara quedó rendida en uno de los sillones. Parecía un maniquí embalado listo para ser usado en una intervención teatral de un grupo de la vanguardia sesentera. Pat le quitó los zapatos y la cubrió con una frazada, Puso un disco de INXS, luego Portishead y Massive Atack. Dani se fumaba un cigarrillo tras otro. Dijo que estaba intentando dejarlo pero nada más no lo lograba. Pasado poco más de una hora, se marchó excusándose: Tenía que ir a trabajar en un par de horas.
Se quedaron solos, al fin.
-Este chico está muy bien. Tonta si no lo vuelves a ver. Tiene algo, no sé, me da buena espina.
-Sí, ya sé. Tenemos un chorro de tiempo platicando y no se ha aburrido de lo que le cuento. Le gusta Lynch también.
-Pues te lo llevas a casa, comparten el amanecer y le sacas el teléfono. ¿Estamos?
-No sé, ya veremos. A ver qué pasa.
Asul tomó su abrigo, caminó con dificultad hasta la salida en donde ya la esperaban; se subió a un auto lleno de gente y se fue.
Las otras chicas andaban regadas por el lugar. De vez en cuando volvían al sitio en donde estaban aquellos dos, charlando como un par de amigos en la escuela primaria con la única intensión de saber quién era el otro; le hacían gestos a Pat para ver si todo andaba bien y luego volvían a perderse. Habían quedado de volver juntas pero en noches como ésa, sabían que los planes podrían cambiar.
De pronto, sin avisar, Leo la tomó de la mano, la llevó a un ventanal que estaba apartado de todo, se acomodó tranquilo, le tomó el rostro despacio con las dos manos y sin trámites ni aspavientos, la besó.
Pat sintió que volaba. De verdad tuvo que hacer un esfuerzo por no despegar los pies del suelo, asunto que era medio difícil pues estaba parada de puntitas para alcanzarlo, era altísimo y ella bajita. Sintió cómo se iba prendiendo cada órgano de su cuerpo, cómo los músculos le comenzaban a funcionar por fin; rogó a los dioses que ese instante se detuviera, que durara para siempre. Lo besó y le pareció haberse estado aliviando de una enfermedad incurable que había padecido desde hacía varios meses; se dio tiempo para conocerle la boca completa, para entrelazarse los dedos con los de él, para soltárselos e inmediatamente llevarlos a su cuello, para percatarse de que el corazón le latía con la fuerza de la turbina de un avión, con la velocidad del motor de un trasatlántico. Él le acariciaba las mejillas con los pulgares, a Pat hacía mucho que nadie le hacía una caricia de ese tipo. Nunca la habían tocado, no como él lo hizo. No sabía si estaba mareada por todo lo que había bebido o porque finalmente estaba con él, porque por fin podía descifrarle la voz. Había echado de menos besarlo y saborearle el tabaco de los labios sin haberlo besado antes, había extrañado fumarse un cigarro con él en las noches en las que salía descalza a conseguir unos Camel o unos Montana y regresaba horas más tarde, sola, sin cajetilla, con los pies partidos de tanto caminar, exceso de nicotina en las manos, sobredosis de alquitrán en la tráquea y lágrimas que parecían provenir de la nostalgia que habita en un par de zapatos que se han extraviado.
Esa noche lo tenía ahí, paradito, mirándola con esos ojos que Pat no olvidaría nunca. Leo le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y en ese segundo se percató de que de verdad hacía siglos que lo había estado esperando.
Casi sin quererlo, separaron poco a poco los labios. Todavía estaban tomados de la mano y Pat se tardó un poco en poder abrir los ojos. Cuando lo hizo se encontró con su mirada, supo que tenía enfrente a alguien que no era un alguien cualquiera y desde ese momento supo también que aquél chico por alguna u otra razón, le iba a robar muchas lágrimas.
Sonó el teléfono de Pat. Se tardó siglos en encontrarlo dentro del bolso, que como siempre, era un desastre. Atendió, era Asul diciendo que había llegado bien, que no se preocupara nadie y que la llamaría en la semana; que no olvidara lo que le había dicho hacía un rato, que no fuera idiota y que dejara la timidez a un lado.
Todavía tenían un tiempo antes de que cerraran el lugar. Sara llegó diciendo que Alejandra y Erika se habían ido ya, que a Erika le había dado un mareo espantoso y habían tomado un taxi de regreso y que Alejandra se iría a dormir con ella. Se quedaron en el bar Leo, Pat, Sara y Dani, el amigo de Leo, un chico bonachón que le echó ojo a Sara, con quien estuvo charlando un buen rato. Diego se había ido porque tenía que arreglar algo con la banda, así que Sara se volvía a casa con Pat. A ella esto no le dio ningún inconveniente, aunque estaba pensando que quería quedarse despierta, hacer caso del consejo de Asul y ver el amanecer con Leo. Decidió que los minutos hablaran. Bajaron a la pista y Pat supo mágicamente que aquél chico no era precisamente bailador pero que su amigo Dani sí, así que bailó con él mientras Sara platicaba con Leo y se bebía otro trago. Un par de canciones y volvió a los brazos del muchacho altísimo. La levantó sin esfuerzo y volvieron a besarse en medio de pista de baile que ya estaba casi desértica; se eligió para ese momento su propia música de fondo, su propio sound track para guardárselo en la película de su memoria por siempre. Sintió una fuerza extraña, arrebatada, y como si las palabras se le escaparan de la boca le dijo:
-¿Quieres ir a tomar un mate a casa?
-¿Tomás mate?
-Sí. Mi padre tuvo una novia argentina que vivió en casa varios años y nos dejó el gusto por el mate, por Charly García y por el tango. Buena mina aquella. Isabel se llamaba, era pintora, una genia.
-Qué lindo. Sí, vamos a tu casa. ¿Está lejos?
-No, a esta hora hacemos como 10 minutos.
-Buenísimo. ¿Qué hacemos con Dani y tu amiga? ¿Vienen?
-¡Claro!
Salieron del bar del Perro los cuatro juntos. Pat tenía cierta tranquilidad, pues Sara, siendo consciente de la situación, había hecho migas inmediatamente con Dani y aunque no iban a pasar de una charla grata, dado que Sara andaba re enamorada de su rock star, se dio la oportunidad de saber un poco de lo que se trataba la rehabilitación en la fisioterapia. Él y Leo trabajaban juntos. Dani hablaba y Sara lo dejaba estar. Pat lo sintió como un enorme favor y le agradeció en silencio. Ni ella ni Leo tenían que preocuparse por sus respectivos amigos.
Cuando cruzaron la puerta, todo el lugar se re significó. Había ido miles de veces ahí, tenía cientos de recuerdos depositados en los muros y en los asientos incomodísimos del bar; había sido lugar de cumpleaños, celebraciones, noches de juerga, peleas, mala copas y festejos; pero aquella madrugada de sábado de pronto supo que no iba a ser posible volver sin tener todo el tiempo presente a ese argentino medio raro y antisocial, que este suceso la había marcado para siempre aunque sólo durara un amanecer y no lo volviera a ver nunca más. No pudo evitarlo, pensó en lo triste y maravilloso que puede llegar a ser lo efímero que dura un instante pero que es en ese instante en donde se te va la vida o en donde la recuperas; como el teatro, que una vez acabada la función, ¡pum! se va, no vuelve más, es única. Que si te equivocas no hay manera de decir “corte, se repite”. No, si te equivocas sigues, asumes, cambias, corriges en presente; que no hay lugar para los indecisos. Las palabras que tanto había escuchado “Estar aquí y ahora” cobraron un sentido total. Estaba dispuesta a estar con los nervios y las inseguridades que tenía en ese momento. Decidió que no le iba a esconder nada, que no iba a cuidarse de decir cosas incorrectas. No sintió temor, algo le decía que Leo no era un psicópata y que no le iba a hacer daño; que de algún lado se conocían. Sabía una cosa: no era una noche de borrachera, no era una aventura. Tenían algo que resolver, a ella misma le parecía inusual, no lo podía explicar con palabras, por eso se lo calló.
El auto llegó. Pat podía conducir perfectamente. Todo saldría bien si no se topaban con el puesto policíaco de revisión de nivel de alcohol de los conductores que estaba un par de cuadras adelante, porque a pesar de que no estaba ni cerca de estar borracha, sí había bebido más de lo permitido por la ley para poder conducir. Se había tomado mucho más de dos cervezas.
Tuvieron suerte, los oficiales en el puesto de revisión no le pidieron que se detuviera. Otra señal de que la noche debía continuar tal como iba. Condujo hasta casa con la mano de Leo danzando entre su hombro y su cuello. El trayecto estuvo tranquilo. El rocío de los árboles de la ciudad le hablaba a través de la ventana de su auto compacto y la guiaba por las avenidas, el ambiente era húmedo y seguía haciendo mucho frío. A Pat le tiritaban los dientes, y no sabía si era por la temperatura o por el suceso de tener a Leo al lado. Pasaron por otro six-pack al OXXO de pacífico y eje 10. Era tradición hacer una escala técnica en aquel local y abastecer la provisión de cervezas antes de llegar a casa. A Sara le entraron náuseas y tuvo que bajarse a tomar un poco de aire. Leo, Pat y Dani se divertían con las muecas que hacía Sara mientras trataba de mantenerse en pie. En poco tiempo se sintió mejor y se volvió a encaramar al auto, de ahí 3 minutos máximo hasta casa.
Pat abrió la puerta y los hizo entrar. Rápidamente prendió la luz caminando por la sala a obscuras como un ciego que ha memorizado su recorrido de todos los días. Conocía perfectamente cada rincón de esa casa, sabía qué le sonaba, cómo olía. Se acomodaron en la mesa en la que siempre se sentaba Pat sola o acompañada y ahora le parecía como si fuera nueva, como si no la hubiera visto nunca, como si la estuviera estrenando. Se guardó la sensación para ella, sabía que no podía andar por la vida diciendo este tipo de cosas.
Sara quedó rendida en uno de los sillones. Parecía un maniquí embalado listo para ser usado en una intervención teatral de un grupo de la vanguardia sesentera. Pat le quitó los zapatos y la cubrió con una frazada, Puso un disco de INXS, luego Portishead y Massive Atack. Dani se fumaba un cigarrillo tras otro. Dijo que estaba intentando dejarlo pero nada más no lo lograba. Pasado poco más de una hora, se marchó excusándose: Tenía que ir a trabajar en un par de horas.
Se quedaron solos, al fin.
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