Patricia creció en una familia que se podría definir más o menos “disfuncional”. Sus padres se separaron cuando ella tenía dos o tres años de edad; no recordaba muy bien, pero sabía que la historia de su familia estaba cargada de momentos, que a pesar de los años y las miles de sesiones de terapia, cada vez que eran traídos al presente, seguían doliendo.
Tanto su padre como su madre siempre fueron estupendos con ella. Hicieron todo lo que estuvo en sus manos para que sus 4 hijos crecieran rodeados de cariño y respeto; se llevaban bien a pesar de que años antes, habían hecho de todo por destruirse mutuamente. Después del inminente y necesario divorcio, comenzaron a labrar algo muy parecido a una relación estrictamente cordial, e incluso, en ocasiones podían hablar de algo que no tuviera que ver directamente con los hijos. No eran precisamente amigos pero hacían todo lo posible por llevar la fiesta en paz.
Cuando murió la madre de Pat, los lazos entre sus hermanos y ella se fortalecieron. Su padre tuvo que hacer de todo para que su casa no se derrumbara. El primer año fue difícil para todos. Pat y Alex ya no vivían en la casa del papá, pero iban varias veces a la semana para ver cómo estaban sus hermanos Isabel y Enrique. Sentía que como era la segunda de mayor a menor, tenía que darles ánimo a sus hermanos más chicos y le sorprendía la madurez y fortaleza con la que habían enfrentado la muerte de su mamá.
Poco a poco el tiempo pasó. Los hijos tomaron su camino y el papá tuvo oportunidad de seguir con su vida. De cualquier modo, siempre estaba en los momentos en los que lo necesitaran cualquiera de sus cuatro hijos, quienes sabían que en cualquier situación, podían contar con él.
Pat también sanó; recordaba constantemente a su madre. Se la imaginaba en las ocasiones especiales, o un domingo por la tarde charlando y bebiendo té. Habían sido amigas y se habían tenido confianza y admiración mutua. A veces era realmente pesado no tenerla cerca.
Una vez, cuando Pat tenía 5 o 6 años, mientras jugaba en un parque cercano a su casa, se trepó en el columpio y comenzó a balancearse fuertemente. De repente perdió el control, se soltó de las cadenas que sujetan el juego y después de unos segundos se vio en el suelo rodeada de un charco de sangre. Tenía una enorme cortada en la parte posterior de la cabeza, había caído contra una piedra. Su madre, que estaba a unos 20 metros platicando con la mamá de algún niño que también jugaba en el parque, se acercó corriendo, la tomó entre sus brazos, la revisó, le cubrió la cortada con su suéter, la metió al coche, y la llevó al hospital, mientras intentaba mantenerla despierta.
Tomografía y 12 puntadas en forma de “U”. Le tuvieron que rapar el cabello en la parte donde estaba la herida para poder suturarla y que cicatrizara sin peligro de que pudiera infectarse. La madre de Pat le dijo que la cortada en su cabeza tenía la forma de un puente, sólo que el puente estaba al revés y que entonces eso explicaba que su niña estuviera tan loquita como para haberse soltado del columpio. Cuando le preguntó por qué había dejado de sujetarse del juego, Pat no pudo responder. Solamente sintió que de un minuto a otro, no tuvo consciencia del lugar en el que estaba ni de lo que hacía y que de repente había sentido un calor intenso y había escuchado un sonido muy fuerte.
Su madre la abrazó y con una voz tierna le dijo: “tienes que aprender a cuidarte Patita, tienes que mirar con atención y saber diferenciar lo que es peligroso; si vas columpiándote en el aire y te sueltas, te caes. Hoy tuviste una buena lección: si nos soltamos, nos caemos, pero solamente nos caemos para aprender a levantarnos y lo mejor de todo es que siempre podemos sacudirnos la tierra para volver a subirnos al juego”.
Pat abrazó a su madre y sintió que con ella nada podría hacerle daño. Había aprendido más o menos a diferenciar lo que era peligroso y lo que no y cada vez que se caía en la vida, recordaba aquellas palabras, y entonces retomaba fuerzas para levantarse y seguir jugando. Todavía le extrañaba, aún recordaba su aliento cercano a ella y la dulzura y el cariño infinito que siempre recibió de su mamá.
No supo por qué ni cómo se soltó del columpio, no recordaba ese momento. No lo hizo a propósito ni quería lastimarse pero por más que intentaba, no podía recordar cómo había ido a parar al suelo.
A Pat le sucedía algo poco usual desde la infancia. Resulta que se desconectaba por tiempo indefinido de esta realidad y totalmente despierta y consciente viajaba a lugares que nunca en su vida había visto. Como en especies de “flash-backs”, de pronto se encontraba teniendo un diálogo corto y aparentemente cotidiano con personas que no conocía, y de la misma manera en la que se había ido, volvía. No sabía si era al pasado, al futuro o a un presente alterno y tampoco sabía el motivo de estos viajes. Se iba a lugares que no conocía, en esta realidad nunca había estado en el parque Güell y sin embargo, sabía perfectamente cómo era, podía describir los colores y las formas como si hubiera estado allí en numerosas ocasiones. Inexplicablemente sabía cómo cocinar comida china o el funcionamiento del motor de un Masserati; de pronto conocía algunas palabras en otros idiomas que luego olvidaba. Al principio, cuando niña, estos “desprendimientos” no duraban más que un par de minutos, y pudo suponer tiempo después, que el incidente del columpio había tenido que ver con esto de alguna manera. Durante la adolescencia estos sucesos pararon casi por completo, pero después las estancias inexplicables en otras dimensiones se fueron volviendo cada vez más largas y continuas.
Siempre pensó que se lo imaginaba, o que era una chica muy distraída, hasta que un día, después de haber cumplido 22 años, volvió de alguna otra realidad con una pierna rota causada por una caída de caballo en una carrera en la orilla del río Sena. Esa ocasión tuvo que decirles a todos que se había tropezado en las escaleras de casa mientras bajaba corriendo, pues siempre llegaba tarde a todos lados. Pero había descubierto que lo que le pasaba en los viajes tenía repercusiones físicas en esta realidad; se estaba haciendo un cereal en la cocina de su casa y en un abrir y cerrar de ojos, se vio en el suelo con la leche y las hojuelas endulzadas sobre ella debido a la caída en la otra dimensión.
Debido al accidente estuvo 4 semanas en cama con la pierna enyesada y durante el tiempo de recuperación, todavía sin poder mover la pierna, se fue a dar un paseo a las montañas. Su doctor no se explicaba que tuviera en las mejillas la marca de las enormes gafas para esquiar y la piel quemada por la nieve cuando no podía ni siquiera ponerse de pie. Ella trataba de desviar el tema a la menor pregunta y el doctor, como buen doctor occidental, nunca prestó mucha atención a ello.
Olvidaba casi todo al día siguiente. No podía registrar por completo en dónde había estado. Sus recuerdos alternos eran como polaroids quemadas en un incendio en las cuales se alcanza a ver apenas la mitad de un rostro y como fondo hay un bar o una sala de cine del que no se termina de alcanzar a distinguir el nombre y tienes, por lo tanto, que adivinar cuál es el sitio que aparece en la foto a partir de las letras incompletas del letrero detrás de la escena fotografiada. Con frecuencia tenía que preguntar si había estado en tal o cual escuela y cerciorarse de alguna anécdota, pues no estaba segura de si la había vivido de este lado del mundo o en su imaginario real.
¿Y tú desde cuándo hablas alemán? -Le preguntó una vez uno de sus hermanos, cuando Pat de la nada comenzó hablarle en ese idioma.
-No sé… He estado viendo muchas películas. -Se excusó para no tener que dar explicaciones.
Solamente Alejandra y Asul lo sabían. Se tardó mucho en podérselo contar a alguien. No había ido con ningún especialista ni se había hecho ningún examen, pues pensaba que nadie le creería. Tenía miedo de que le sucediera en el escenario mientras representaba alguna obra, pero era como si el tiempo de la ficción fuera respetado por aquellos lapsus. Hasta ahora, solamente le sucedía en soledad y nunca por períodos lo suficientemente extensos como para poder quedarse e indagar las razones por las que se iba a otros lados.
Esto tenía sus ventajas y sus desventajas. Lo mejor era cuando volaba. Un día, en uno de esos viajes, sin planearlo, se fue a visitar a García, viejo amigo de la universidad que la introdujo al mundo laberíntico de Cortázar y le compartió la complejidad y la belleza en la sencillez de las palabras de Benedetti. Ga, como solían llamarle los amigos, se sabía de memoria Rayuela y varios poemas del uruguayo y no paraba de decirlos mientras compartían caminatas o cuando sencillamente se cansaba de quedarse en silencio. Cuando Pat andaba tristona García atinaba a soltar algún poema mientras cruzaban la calle de Higuera en la plaza de la Conchita o iban en el auto rumbo al cine o al teatro. Más de una vez, de verdad que García le arregló el día a Patricia. Recuerda un pedazo de poema de Benedetti que le recitó una tarde de otoño en la que parecía hacer más frío que nunca, mientras se frotaban las manos para darse calor, tomaban moka blanco, rompían las hojas secas del suelo con la tranquilidad con la que se rompen las horas en los otoños color maple y esperaban sentados en una banca la siguiente clase. García trataba de imitar el acento uruguayo que le salía malísimo y le quitaba cualquier intento de solemnidad a las palabras:
-“No me refiero sólo a que de pronto digas voy a llorar y yo con un discreto nudo en la garganta, bueno llorá y que un lindo aguacero invisible nos ampare y quizá por eso salga enseguida el sol.”
García seguía y ante su no tener qué decirle a Patricia, se esforzaba tratando de hacerla sentir mejor. -“El amor es una bahía linda y generosa que se ilumina y se oscurece según venga la vida. Una bahía donde los barcos llegan y se van. Llegan con pájaros y augurios y se van con sirenas y nubarrones. Una bahía linda y generosa donde los barcos llegan y se van. Pero vos por favor, no te vayas”.
Y no se fue. Se hicieron grandes amigos. Ahora no se veían tan a menudo, pero por lo menos se llamaban una vez a la semana para preguntar cómo iba la vida.
Aquella vez, cuando viajó y lo vio, más que visitarlo, lo espió. Cerró lo ojos, respiró profundamente, llegó a su apartamento y se posó en su ventana. García leía y tomaba una taza café. Se sirvió dos más y cerró el libro en la página 232. No la vio. Pat guardó estos números en su memoria para poderlos cotejar cuando volviera. 3 cafés, 232 páginas leídas. De pronto, sin poder controlarlo, regresó; se vio de nuevo en su habitación acomodando sus discos. Iba y venía sin que pudiera decidir la duración de su estancia ni los lugares a los que viajaba y ésa era la primera vez que se encontraba con alguien conocido.
Acto seguido lo llamó por teléfono a García.
-Hola “García”. ¿Qué haces?
-Nada. Estoy en Querétaro. Todo tranquilo.
-Ya. Oye… Dime algo. -Fue directa. No tenía tiempo para sutilezas. -¿En qué número de página vas?
-¿Qué?
-Estás leyendo. Lo sé. Quiero saber en qué número de página vas. Te apuesto lo que quieras a que vas en la 232 o cerquita y que estás leyendo a Bukowsky.
-Mmm. Sí. Estoy terminando la 232. ¿Por qué? ¿Dónde estás? ¿Qué pasa?
No era inusual que García estuviera leyendo. Era un devorador de libros, pero esto no fue lo que lo sorprendió, sino el hecho de que Pat adivinara la página y el autor. Volteó a ver las paredes de su alcoba pero era evidente que no había nadie ahí. Luego se asomó a la ventana, pero igual, era un 5º piso y no era posible que Pat se hubiera montado en un teleférico para verlo.
-Nada, oye, dime otra cosa, ¿ya te tomaste la tercera taza de café?
-No. Se me cayó hace 2 o 3 minutos. Ya dime ¿dónde estás?
-2 o 3 minutos, Ajá. Estoy en México, en mi cuarto.
El tiempo coincidía, a pesar de que ella no vio cuando García derramó el café y tuvo que levantarse para ir por un trapo y limpiar, los números eran los que había registrado.
-¿Qué demonios estás haciendo? –Le decía García mientras buscaba debajo de su cama y dentro del clóset.
-Nada. Matando el ocio con cálculos matemáticos. Tengo que cortar. ¿Cuándo vuelves?
-Mañana. Oye, hay que vernos un día de éstos. ¿En qué andas metida ahora? Me tienes que explicar eso de los cálculos matemáticos. ¿Me estás espiando? ¿Cómo sabes qué página estaba leyendo? Si no se me hubiera caído el café iría en la siguiente taza, en la siguiente página y entonces no le hubieras atinado, ¿cómo sabes que el libro es de Bukowsky? Es el que me regalaste, por cierto.
-Supongo que es coincidencia, nada más. Pensé que a estas horas te encontrarías leyendo.
-Las coincidencias no existen, muchachita. Todo está acomodado para que suceda lo que tenga que suceder, sólo que a veces estamos muy distraídos para que nos demos cuenta de ello. Pero dime, ¿cómo diantres supiste? ¿De verdad soy tan predecible?
-No, tranquilo, tal vez te cuente luego. Con respecto a los de las coincidencias, puede que tengas razón, luego platicamos. Un beso. Chau.
-Chau. Te llamo cuando vuelva y nos tomamos un café.
García cortó desconcertado. No pudo seguir concentrado en su lectura; volvió a buscar a Patricia para ver si no estaba escondida en alguna parte de su casa y le estuviera jugando una broma, pero Pat, tal como había dicho, estaba en México, acomodando sus discos compactos por género y orden alfabético.
No había ni una pizca de cálculos matemáticos. Pat no quiso explicar ni darle detalles a García. Era asombroso, había estado ahí y lo había visto. Era la primera vez, después de la caída del caballo, que verificaba si esto pasaba en su mente o no. No sabía si también se había quedado en su habitación, si se había dividido de ella misma o si completa había ido hasta la ventana de su amigo. La cabeza le punzaba como si un inexperto en acupuntura le estuviera clavando agujas a diestra y siniestra. Esto le ocurría cada vez que se iba. Al volver la cabeza le dolía como si tuviera la peor de las migrañas.
La idea de la esquizofrenia le pasó por la mente… Luego, un tiempo sin que sucediera de nuevo. Andaba muy ocupada. Entre ensayos y trabajo no tenía oportunidad para poder quedarse sola un ratito. Estaba trabajando en el montaje de la obra “Grande y pequeño” de Botho Strouss. A ella le hubiera gustado ser Lotte, pero el papel se lo habían dado a una actriz de renombre. Estaba feliz igual, interpretando a Meggy del otro lado del interfono, experimentando los procesos imaginativos en los tiempos y en las palabras que no aparecen en escena, descubriendo en cada función que hay un sinfín de sutilezas para expresar el dolor, que éste necesita de un lenguaje muy preciso para darle valor a lo anticlimático y la justa capacidad de síntesis ante la intensidad de las situaciones; poco a poco le iba quedando claro que el tiempo entre una escena y otra está siempre marcado porque algo extraordinario ha sucedido.
Y justamente algo extraordinario le estaba sucediendo en la vida. Lo que pasaba en los desprendimientos la hacían volver a esta realidad de una manera nueva y distinta. Pensó en lo que podría hacer si aprendía a manejar esto que le pasaba. Si era posible, sería capaz de conocer a quien quisiera. Lo primero que pensó fue irse tras bambalinas de todas las obras de teatro que se representaban en el mundo. Poder observar todo el “pre” de un montaje, el calentamiento de los actores y su concentración; vivir con ellos el vértigo que da un segundo antes de poner un pie en el escenario. Podría viajar gratis, conocerse el mundo entero. Una infinidad de probabilidades se daban paso en el terreno de lo que se podría convertir en algo posible. Era escalofriante y maravilloso, peligroso y emocionante. Como no sabía los alcances que podría tener ni las razones de este fenómeno, decidió no precipitarse ni forzar nada; no angustiarse. Ya lo había comprobado, no se lo estaba imaginando. Tenía que saber cuándo estaba divagando y cuándo de verdad habitaba otros sitios.
¿Por qué le estaba sucediendo esto?
No lo sabía, pero las palabras de García le retumbarían en los oídos tiempo después. “No existen las coincidencias”. Se decidió a buscar a alguien que conociera del tema, pero no tenía idea de dónde ni cómo; no conocía a nadie que supiera sobre ello y mucho menos a alguien con quien tuviera la confianza suficiente para contarle su secreto.
Patricia no se esperaba lo que venía. Más pronto de lo que ella pensaba la explicación a todo esto aparecería.
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