Desde hacía un tiempo, Pat se había encontrado suspendida en una oposición absurda entre el caos y el basurero, buscando en sacos rotos elementos de vida que fueran indispensables y necesarios que la ayudaran a trazar un camino para comenzar a transitarlo. Encontraba una extraña fascinación en las cosas que olían a recuerdo. Para ella, la vida no era sino una nostalgia en la que cada día había un principio en toda una eternidad y en el que siempre lo más bello era lo que podía recordarse.
Esa noche descubrió que aquello indispensable y mágico se encontraba justo en el lugar menos probable bajo circunstancias aparentemente comunes en las que, sin embargo, no cabía la menor normalidad.
Sintió un terremoto interno y subió la mirada para asegurarse de que no caían lámparas del techo y de que la gente no huía despavorida tratando de escapar por las salidas de emergencia, las cuales por cierto, nunca son lo suficientemente grandes.
Entonces lo vio. De pie, recargado en un muro, junto a una enorme bocina estaba él: Alto, flaco, con una chamarra ligera cerrada hasta el cuello, cabello corto un poco desaliñado, jeans, una bebida fluoresente en la mano y los ojos más tristes que Pat había visto en su 24 años de vida. Aquél sujeto la miró, ella lo vio, y en ese momento se dijeron todo. De pronto no había gente, o ella no la veía; sólo podía percatarse de que ése que la observaba tenía la capacidad de hacerla olvidar cómo articular la más simple de las frases. Ahí estaba Pat con un millón de vasos tequileros en la mano y con la necesidad en los pies de acercarse a ver esa tristeza en aquellos ojos. Le temblaban las manos. Se lo atribuyó todo al efecto del alcohol que ya empezaba a asomarse. Aún así, aguantó un segundo más la mirada. No pudo ni sonreír ni hacer gesto alguno; fue como si de pronto todo se quedara en silencio, como si el dj se hubiera dado cuenta de ese encuentro, hubiera cortado la música de golpe y hubiera puesto los reflectores en ellos dos. Fueron 2 o 3 segundos, no podía saberlo con certeza, pero pareció que el tiempo se detuvo exclusivamente en ese par de extraños que por mera coincidencia se habían regalado un momento solamente para ellos. Era como si en una noche de casino, el azar los hubiera escogido para un juego de ruleta; como si hubiera decretado que a partir de ese momento no tenían más opción que estar el uno con el otro y apostar hasta la última ficha sin usar el “bluff” como estrategia. Pat trató de concentrarse y recordar si ya lo había visto antes. No lo logró pero había algo que irremediablemente le llamaba a acercarse a él; se miraban como si tuvieran un asunto pendiente, como si tuvieran que darse un recado urgente.
Una vez, alguien dijo que cada trece millones de años dos planetas se mueren al mismo tiempo, en el mismo segundo dejan de existir, se esfuman en el sistema solar y ese espacio en donde solían estar les dice adiós prometiéndoles que nunca los olvidará. Se dice que si dos amantes se miran a los ojos en el instante en que esos planetas mueren, les heredan la vida y decretan que el destino de aquellos que realmente se miran es quedarse juntos, y que cada vez que hay una separación amorosa la probabilidad de que encuentres a esa persona que corresponde a tu andar, disminuye. La estadística en contra crece y el tiempo sigue corriendo. Es posible que pase otra vez esa cantidad de años y evidentemente, no te alcance la vida para que vivas ese encuentro.
Se dice que por eso hay mucha gente que se queda sola.
Ésa es la gente a la que se le fue la oportunidad y no pudo hacer nada, la que la tuvo en las narices pero se distrajo y la perdió; la gente que estuvo muy ocupada tratando de ser alguien no se percató que aquél que le diría quién era realmente, pasó un día a su lado, pero pensando en alguna estupidez, ni siquiera reparó en su presencia. Ésos son los que deambulan por las ciudades tratando de encontrar una segunda oportunidad, o una tercera, o una décima.
¿Qué probabilidad había en que el universo los eligiera justamente a ellos dos en un mundo con miles y miles de millones de habitantes? No lo sabían aún, pero las cartas ya estaban echadas, los números del juego del croupier los habían colocado en un momento extraordinario. Era posible pero poco probable que de esa noche naciera una historia muy peculiar y sin saberlo, habitaban el margen de lo poco probable con la inconsciencia necesaria para poder verse a los ojos y ponerse nerviosos.
Pat se mareó, atinó a dar otro trago a uno de los tequilas y se quedó inmóvil tratando de controlarse. No se sentía así desde la primera vez que había salido a escondidas a mojarse en la lluvia. La piel se le erizó, los sentidos se le agudizaron casi al punto de doler. Pudo verlo a través de la gente que pasaba, pudo olerlo desde lejos, pudo oírlo y suponerle la voz entre los escandalosos adolescentes tardíos que se encontraban en el bar y se cruzaban en el medio de todo contemplando el sub mundo del Perro sin decir palabra alguna. Pat necesitó enorme y repentinamente hablar con ese alguien que se le colaba entre la muchedumbre vendiéndole la sensación de tener la certeza de que aquello que sentía no era una señal más de que estaba volviéndose loca. Era como si necesitara del lenguaje hablado como ancla al mundo que entre empujones y pisadas, la expulsaba de sus confines con más indiferencia que la que tiene un vegetal ante una bolsa de papel estraza. Por extraño que pueda parecer, Pat necesitaba urgentemente preguntarle algo. No sabía qué pero él la miró de un modo tan particular, que hizo que a ella le pasara por la mente comenzar una charla estando los dos callados entre el supuesto vacío que los separaba en el bar; tuvo ganas de inventarse cualquier tema con tal de cruzar palabra con ese ser que le pareció de una belleza tan bizarra y que le causó la más extraña de las taquicardias.
El instante fue interrumpido por Alejandra, quien la había visto a Pat paradita con aspecto de estar perdida en medio de la pista. Se acercó y le dijo: -¿Qué haces loca? ¿Por qué te quedas parada? Vamos, estamos sedientas.
La arrastró hasta la mesa y el rostro de aquel sujeto se le perdió entre la multitud. Sacudió la cabeza, cerró los ojos y bebió otro trago de golpe.
-¿A quién veías? -Preguntó Alejandra.
-No sé. ¿Viste esos ojos? ¿Te fijaste? No había visto ojos así nunca.
¿O si?
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