venerdì 9 aprile 2010

DOS. 2. "LAS TEJEDORAS DEL MAL"

Durante todo el proceso de separación que Pat vivió por primera vez, las locas de sus amigas no pararon de repetirle que dejara a aquel chico; que sentían que había cambiado, que no era la misma, que no salía, que estaba totalmente concentrada en todo lo que tenía que ver con él; que entendían que estuviera entusiasmada como nunca, pero que no la veían feliz, que los celos no se acaban nada más porque sí, y que este chico era de verdad re celoso, que no se sorprendiera si un día, de pronto, ya no la dejaba salir. Y sí, también fueron ellas las que aguantaron los arranques de la nena cuando les dijo en más de una ocasión que no se metieran en su vida, que era su decisión, que la dejaran en paz, y las que un par de días después de que Pat les soltara un portazo en la cara, atendieran a su llamado por el último pleito con el chico en cuestión.

Esas peleas en donde ella se sentía poco menos que una prostituta que tiene que dar explicaciones por algo que no ha hecho y al final es la que acaba pidiendo perdón sin saber exactamente por qué, habían sido mucho más seguido de lo que finalmente pudo soportar.

Fueron ellas las que llegaron con más de un six- pack de Tecate y camionetas prestadas, las cuales no sabían conducir del todo bien, para ayudarle a bajar de un 4° piso los pocos muebles, sus libros, la ropa y un montón de sueños tirados a la basura sin que ni siquiera les pasara por la cabeza decirle: “Te lo dije, eres una tarada”; las que no habían parado de bromear con ella y las que habían cargado la nevera hasta la planta baja ese jueves en el que Patricia sentía por primera vez la sensación enorme del fracaso sobre sus hombros. Fue Alejandra la que la escuchó dejar sus últimas lágrimas, encerrada en el baño de lo que había sido su departamento; la que la abrazó y supo, como sólo saben hacer los buenos amigos, guardar silencio y decir con la mirada que están ahí, dispuestos a todo sin chistar, sin dudarlo ni un instante. Fue María la que cerró por última vez la puerta, la que se guardó las llaves de lo que Patricia había intentado convertir en una casa con sólo 22 años a cuestas y poquísima habilidad para despedirse. También fueron ellas, Asul en particular, la que la alentó a terminar de escribir su tesis en teatro latinoamericano y dejar de deprimirse por su situación emocional, la que llamaba más de tres veces al día para preguntarle si todo andaba bien y la que celebró con ella cuando, dos meses después de todos sus compañeros de generación, finalmente se graduó.

Fueron ellas las que organizaron todo un viaje a la playa en verano, trabajando como esclavas para ahorrar y poderse dar una semanita de relax en el mar. Las que corrían como locas tras un taxi en medio de los autos para poder llegar a tiempo al aeropuerto, a pesar de que iban re tarde por culpa otra vez de la Pato. Fue Erika la que compartiendo un atardecer en la piscina del hotel, con una de esas frases de abuela que solía soltar en el momento más pertinente, la hizo reír como hacía meses no reía: “No te apures reina, hay más allá adelantito”.

Fue Alejandra la que llegó a dormir con ella a su casa de la infancia esa primera noche, la que instaló la lavadora, la que guardó la mitad de los platos en los anaqueles, la que se trajo todas sus cosas en su auto para quedarse por tiempo indefinido a vivir con ella. Su cómplice más grande, la que hacía esfuerzos titánicos por no dejar trastes en la cocina porque sabe que la Pato es una maniática de limpieza y se pone realmente mal si hay una cuchara que no esté lavada. Es justamente Alejandra la que entiende todo con sólo mirarla a Patricia, la que la conoce mejor que nadie, la que sabía que Pat no diría que no iba aquella noche al bar del Perro.

También fueron ellas las que estuvieron todo el tiempo cuando la mamá de la Pato no pudo con el cáncer. Fueron ellas las que le ayudaron a guardar todas las cosas de la madre, las que se pasaron las últimas noches en el hospital con ella, las que llegaban con una taza de café y todo el ánimo del universo para hacer lo que se tuviera que hacer; las que enterraron con Pat a su otra mejor amiga, que se iba, de pronto, habiéndose ya despedido de todas.

Eran más que buenas chicas, más que buenas hermanas. Habían compartido todo desde el primer año de la carrera de actuación, cuando llegaron todas con 18 o 19 años a la puerta de la que sería su segunda casa. Cuando se vieron por primera vez, muertas de nervios, delante de la maestra alemana que medía como 1.90 y hablaba rarísimo y que les hizo la entrevista de admisión y les preguntó de todo hasta hacerlas llorar. Patricia recordó la sensación de vértigo de la primera clase de actuación. No era para nada lo que se había imaginado. No entendía un carajo por qué tenía que correr por el espacio como ménade poseída por Baco pero igual lo hizo, cómplice de las demás.

Recordaba, mientras escuchaba del otro lado del teléfono a Sara, quien no paraba de pelearse con el taxista porque había tomado otra ruta e iban a llegar más tarde, que esos años habían sido los mejores. Una ráfaga de melancolía le golpeó los ojos cuando sintió como si fuera ayer que las había conocido. Las primeras veces de fumar hierba, de conseguir merca y metérsela toda, de probar todo lo que viniera delante, de llegar crudísimas a clase de música teatral, de compartir opiniones y leerse mutuamente los trabajos y ensayos encargados, de darse ánimos cuando un ejercicio actoral no salía, cuando no entendían una escena, cuando alguna estaba a punto de tirar la toalla y de decir: “No soy actriz, qué le vamos a hacer, me rindo”. Ninguna se rindió y sabían todas que el hecho de haber seguido, de haberse mantenido agarradas a una tabla de madera en lo que muchas veces pareció un naufragio, era gracias a que siempre habían estado juntas. No sabía por qué había creado esos lazos, pero se sabía parte de algo, tenía su “axis mundi” guardado en cada uno de los corazones de Las Erinias, como solía llamarlas en honor a los seres mitológicos griegos que causan el peor de los horrores a sus víctimas. Eran indetenibles, apasionadas, luchonas, ingenuas, cada una con una particularidad que Patricia encontraba entrañable y única. Asul era dedicada, creativa, generosa. Sara ocurrente, divertida, tierna. Erika siempre le ayudó a mantenerse centrada y Alejandra le enseñaba día con día la belleza en las cosas simples; eran sencillamente solidarias, geniales, neuróticas, capaces de adaptarse a las situaciones más inverosímiles. Por eso las quería, por eso las respetaba y a pesar de no estar de acuerdo con muchos aspectos de ver el mundo desde una manera profesional e individual y de pelear por tonterías o por cuestiones medulares, habían aprendido a reconocerse y a estimarse por las diferencias. Estaban ahí, con unos deseos enormes de construirse un mundo para ellas. Atiborrándose todo lo que se les ponía enfrente.

-Sara, deja de pelear con el señor, no hay prisa, las espero.

Cortó y fue a darse un vistazo al espejo. Estaba hecha una garra. Después de darse un baño rapidísimo, cargó pila, se lavó los dientes, se enchufó unos jeans, blusa negra, abrigo corto, botas sin tacón (no estaba de humor como para caminar entaconada esa noche entre la multitud), se ató el pelo enmarañadísimo y aún húmedo, se pasó el lápiz negro por los párpados y bálsamo regenerador sabor durazno en los labios. Todo el ritual de “arreglarse” para salir había sido reducido a 10 minutos de higiene personal y nada de preocupación detallada por su aspecto. Ni siquiera recordó ponerse su perfume favorito. Atinó solamente a echarse crema humectante y a pasarse el roll-on. Esta noche no iba de cacería. No había escotes ni pantalones entallados. No había rímel en las pestañas ni sombras de colores pero hubo una repentina sensación de querer tomarse un vodka tonic con sus amigas y mover un poco el cuerpo. Las voces histéricas del otro lado del teléfono la habían animado. Además sabía que un trago y un buen brindis no se le niegan a nadie. Fue como si la sensación gris y apesadumbrada que había estado sintiendo todo el día se esfumara poco a poco. Se miró en el espejo y se gustó.

Encendió un cigarro con el mechero guarrísimo que tenía la forma de dos tetas enormes por las que salían simultáneamente dos llamitas que le había traído Asul de una de sus últimas visitas a bares de mala muerte.

Sus pensamientos esa noche eran como troncos retorcidos que van de un lado a otro tratando de encontrar sus raíces, enredándose más en cada recorrido hasta verse hechos una madeja de nudos de madera con olor a humedad. No podía saber de dónde venían ni cómo conducirlos y mientras jugueteaba con el cigarro entre los dedos y cerraba los ojos tratando de que una idea se le quedara y no se escapara como ladrón que roba a media noche, recordó la manera en la que había ido a parar a sus manos ese encendedor:

-Cuando lo vi, pensé en ti y me dije: tengo que comprárselo, se va a mear de la risa. -Le había dicho Asul sacándose el encendedor del bolso, dándoselo con una enorme sonrisa y esperando la reacción de Patricia con la corporalidad de una niña de 6 años que hace su primer dibujo y se lo regala a su padre. –Te lo traje del “33”.
-Está buenísimo, gracias, te adoro. Oye, ¿de verdad todas piensan que soy la más guarra del grupo?
-Lo eres nena. Sabía que te iba a gustar.
-Sí bueno, lo sé, asumo mi rol en el clan. Gracias otra vez.

Patricia rió y se guardó el encendedor en la cigarrera. Lo tenía como un amuleto de la buena suerte, no salía sin él. Raramente prendía un cigarro con otro encendedor o con cerillos, sentía que usando el par de tetas brillantes, la nicotina y el alquitrán se disfrutaban más. En efecto, era la más guarra del grupo.

Cogió una manzana de la nevera y mientras la mordía y fumaba, se sentó en la cochera de su casa a esperar a las chicas. Llegaron después de pocos minutos. Venían, como era de esperarse, bebiéndose como treinta latas de cerveza y molestando al taxista con sus voces altísimas y los movimientos torpes que el alcohol les iba otorgando. Fue todo un espectáculo de “clown” verlas bajar del vocho. Parecía que no cabían en ese auto chiquitito y que iban saliendo quién sabe de dónde. Alejandra, la más alta, había venido todo el camino con las piernas dobladas, y cuando por fin pudo salir, simplemente no le funcionaron y acabó en el suelo provocando una risotada general.

-¡Se me durmieron las piernas! Llevo media hora con las piernas dobladas. ¿Cómo no querían que se me durmieran?

Entre risas y gritos que nadie alcanzaba a entender, Erika pagó al taxista, pidió disculpas por el comportamiento de todas, miró a Patricia que también reía y le dijo:
-Estás más guapa que nunca.

Erika tenía la capacidad mágica de hacer sentir tan bien a alguien o de hacerlo pedazos con unas cuantas palabras, que cada vez que abría la boca todo el mundo prestaba atención. Patricia le agradeció con la mirada, tomó las llaves del auto y besó a cada una en la mejilla.

-Me da un gusto enorme que estén aquí. -Dijo, y como si no las hubiera visto en 10 años, las abrazó. Cada una tenía un estilo particular de andar por la vida, auténtico, original, y cada una compartía todo lo que era con las otras.

Sara abrió una cerveza que sacó del bolso y dándosela a Patricia dijo: -Vas. Te vamos ganando. El pre copeo empezó hace como dos horas, nos tienes que alcanzar.
-Pero si va a conducir ella. -La parte maternal de Erika se asomaba.

-Sí, pero si te toma una, no se va emborrachar, cálmate tía Erika. -Alejandra abría otra cerveza mientras se subía al auto y le daba un empujón a Asul.

Fue toda una hazaña hacer que se metieran en el coche. Patricia arrancó y empezaron a contarse lo que habían hecho en la semana. Hablaban todas al mismo tiempo. Sara movía el espejo retrovisor para checarse el maquillaje, Alejandra cambiaba la música desde el asiento trasero del auto, Asul iba adelante y no dejaba de mirarla a Patricia, quien iba extrañamente callada. Erika iba viendo la guía roji tratando de ver cuál era la ruta más corta.

-¿Han parado las visiones? -preguntó Asul en voz baja.

-De pronto paran, de pronto vuelven. -Dijo Pat tratando de no ser escuchada.

-¿Nos vamos a ir por Churubusco? -Preguntó Erika, alzando muchísimo la voz entre la música, el ruido de afuera y las voces de las chicas.

-¿Por qué por Churubusco? Está cerrado. Tenemos que tomar Gabriel Mancera y luego Patriotismo, dar la vuelta y agarrar Revolución un poquito antes del bar para no encontrar tanto tráfico. -Respondía Alejandra.

-No, ya no está cerrado. -Decía Sara mientras se terminaba de arreglar el cabello. -Lo abrieron el miércoles, ya terminaron las obras de reparación.

-Buenísimo, toma entonces Churubusco, Pat.

Erika cerró la guía roji y emberrinchada la aventó hacia Alejandra.

Las probabilidades de que llegaran antes si tomaban Churubusco eran mayores. Llegarían 3 veces más rápido por esa ruta que por Gabriel Mancera debido a que cada alto dura aproximadamente 2 minutos y medio y en Churubusco no hay semáforos. Pero, si se encontraban con tráfico tardarían 3 veces y media más de tiempo en llegar al bar.

-Uy, qué dilema. Ser o no ser. Churubusco o Gabriel Mancera. Ésa es la cuestión, qué difícil decidir. -Erika se burlaba de la cara de indecisión que tenía Sara mientras volteaba de un lado a otro como si pudiera ver los dos caminos y ver cuál estaba menos atiborrado de autos.

Tomaron Churubusco, pasaron a un OXXO por cigarros y, como era de suponerse, demoraron más de 15 minutos en subir de nuevo al auto. Sara estaba desesperada e intentaba hacerlas subir a todas. Decía que si se hacía más tarde, la fila para entrar iba a ser inmensa.

-Sí, pero igual la Pat consigue entrar siempre rápido. -Dijo Asul apagando una colilla de cigarro en una lata de cerveza vacía.

Se miraron como si quisieran hablar de algo pero no lo pudieran hacer en ese momento ni en ese lugar.
Asul sabía que Pat no andaba bien, que algo nada agradable la rondaba; los ojos de Patricia emanaban una mezcla de preocupación y tristeza y la manera en la que hablaba y caminaba solamente denotaba una profunda desesperación.

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