Cuando caminas entre suposiciones y vuelas en una alfombra mágica construida de insensateces y te descubres dedicándole más tiempo del que deberías permitirte a un completo extraño, y no puedes dar un paso hacia atrás para verificar qué tan peligroso es que saltes hacia un acantilado porque te encuentras con que ya lo has hecho, no te queda más remedio que reír. Reírte de ti y de lo imbécil que pareces frente al espejo cada vez que pronuncias su nombre.
Pat rió. Esa noche se rió de sí misma hasta que le dolió el abdomen. Estaba enamorada. Se rió de verse y saberse habitando el estado en el que todo se trastoca por la presencia de alguien que llegaba soplándole el cuello diciendo hola y adiós al mismo tiempo.
Rió y poco a poco su risa se fue convirtiendo en llanto.
Al día siguiente ella y Alejandra partieron a la playa. Se quedaron de ver con Karin, la hermana de Ale para emprender el camino hacia Acapulco. El clima de la ciudad era extrañamente agradable y supusieron que los días en el puerto iban a estar realmente calurosos. Justo lo que necesitaba: palmeras, costa, ratos de ocio y un poco de fiesta.
Como habían planeado, llegaron para pasar la navidad y algunos días más. Luego irían a Chacahua. Estarían fuera de casa alrededor de dos semanas. El tiempo y el lugar precisos para relajarse, cargar pila y regresar con la tranquilidad necesaria al caos citadino. Si Pat no iba al menos una vez al año a la playa, comenzaba a sentir deseos de matar gente. Por eso se daba mínimo una semana lejos, ya fuera sola o con amigos. No quería convertirse en una asesina serial ni que sus impulsos le ganaran a su razón entrecortada.
Pasaron a almorzar a “Los cuatro vientos” y después de la cecina, los sopes y una Corona bien fría, se subieron al auto de Karin, quien le bajó el capote a su convertible deportivo y arrancó.
Pat tenía un buen presentimiento. Sabía que aquella visita al mar la ayudaría a calmar el oleaje que la había venido azotando contra las rocas como cangrejo que ha perdido las patitas en una pelea contra un pelícano.
La cena de navidad fue más o menos lo de siempre con la particularidad de que era la primera vez que Pat la celebraba sin su familia. No es que fuera muy asidua a este tipo de festividades, sin embargo extrañaba a su papá y a sus hermanos. Fue a dormirse relativamente temprano.
El día siguiente la despertó con el sonido de las aves de costa rondando la enorme casa en la que se hospedaban. Se levantó, fue al comedor y poco a poco fueron bajando Alejandra, su mamá, su hermana, su tía y su cuñado. “Linda gente para compartir desayuno y las vacaciones. Se han portado maravillosamente conmigo”, pensó.
Cuando terminaron de almorzar fueron a la alberca y se quedaron ahí todo el día. Qué buena sensación la de estar tirada con el sol saludándote desde arriba. Las horas transcurrieron rápidamente y pronto llegó la noche.
Estaban en el tradicional recalentado del bacalao y el pavo cuando el sonido de mensaje del celular de Pat sonó.
Eran las 2: 22 am.
Pensó que sería su padre o algún amigo para decir: “feliz navidad, perdona que no llamé ayer, bla, bla, bla.” Pero se encontró con que no era su padre. Tampoco era ninguno de sus hermanos, ni Otif para insistir en su teoría de mecánica cuántica.
“Cuac. Estoy de vuelta. No hay luz en casa. ¿Qué hacés? ¿Querés venir a encender una vela conmigo?”
Tuvo que sentarse. Casi se ahoga con el tonic que se estaba tomando. Se tardó en contestar. El remitente era de Leo. No se lo esperaba. A pesar de que todos los días pensaba en él, juró que como buen argentino desapegado, no iba a enviar mensaje alguno para preguntar cómo estaba ella. Pensó que no volvería a saber nada de aquel sujeto.
“Huy. Hola. Estoy llena de sal y tengo arena en los ojos. No puedo ir, pero ven tú. ¿Quieres?”
Claro, usaba las palabras más casuales y despreocupadas para disimular su total alegría histérica. Qué tierna que se veía sentadita en el borde de la alberca con los pies metidos en el agua toda emocionada.
“¿En dónde estás?”
“En el mar.”
“¿En serio? ¿Cuándo volvés?”
“En una semana y media.”
“Mucho tiempo. Vení, regalame un poquito de luz, aunque sea luz de vela. Estoy en un depa prestado. Entregué hoy el mío a la casera.”
“Ven tú. La playa está más que bonita.”Ç
“No puedo. Mañana tengo que ir al hospital. Envidio tus vacaciones. ¿Vas a quedarte la semana y media ahí?”
“No. En unos días vamos a Chacahua, en Oaxaca. ¿Conociste ahora que fuiste?”
“No, sólo estuve en la ciudad. ¿Es lejos?”
“Más o menos. ¿Cómo estás?”
“Bien… Pensando en vos… A obscuras… no sé… Cuac…”
“Sí. Yo también he pensado en ti. Estuve meditando. Sé que no conviene, pero quiero verte”. Algo me duele, tendrías que darme una sesión de terapia.”
“He estado soñando cosas tan raras… Como si te hubiera visto de antes y te viera ahora y… ¿será por eso que te extraño? ¿Me llamás cuando llegues a la ciudad? Se me ocurre invitarte a dormir una noche”.
Patricia se tapó la cara con las manos como si lo tuviera enfrente. Se sintió apenada de que le diera tanta alegría leerlo, de reaccionar como colegiala al saber que él también estaba pensando en ella, que también la extrañaba y quería verla.
“Te llamo cuando vuelva aunque si quieres me puedes alcanzar en el mar. Estaría genial meterme a una ola contigo”.
Se arrepintió un segundo después de haber mandado el mensaje. Era demasiado cursi. Si un diabético lo hubiera leído, seguro se muere por lo empalagoso de la frase.
“Mmm. A mí también me gustaría estar en el mar con vos. Es raro. Te pienso. Te huelo. Chau linda. Te espero. Caricias”.
La bahía reflejaba las luces de los barcos en el muelle, el cielo estaba colmado de estrellas, la brisa era tibia y si prestabas atención, podías reconocer el olor a brea que llegaba y se iba. Los grillos andaban de fiesta y cantaban especies de arrullos nocturnos, la temperatura era ideal para pasarse un hielo sobre la piel y refrescarse los poros.
Se quedó sentada durante un rato largo recordando que la última vez que lo había visto le había robado un deseo de una pestaña que se le había escapado del ojo derecho. Deseó que no se marchara. Los días que habían transcurrido sin que supiera nada de él habían sido como canciones para sordos y de pronto le parecía escuchar que el bandoneón se acercaba de nuevo con sus tonos en menor y un recuerdo que anticipaba en cada acorde la nostalgia que se guarda en una maletita que siempre ha tenido frío.
Aquella semana en el mar fue tranquila, familiar; llena de chistes y buenos ratos. De repente, la sorprendía la ansiedad y sentía ganas de regresar a México para encender una vela en el depa prestado de Leo y mirar una peli con él, pero se fumaba un cigarro, se echaba un chapuzón y otra vez quería quedarse en la playa. Pasó los días entre una sensación y otra.
El domingo siguiente, como había acordado Alex, su hermano mayor, pasó por las chicas para emprender la aventura a Chacahua. Traían todo el equipo para acampar: tienda, hielera, lámparas, repelente, bolsas de dormir, baraja, ajedrez, un par de libros por si su hermana se había acabado ya los que llevaba consigo y un arsenal tremendo con todas las bebidas alcohólicas que el hombre ha inventado.
-Va a estar buena la gastritis. -Dijo Alejandra cuando abrió la cajuela para guardar sus valijas y vio que aquello estaba lleno de botellas.
-Traigo anti ácidos para aventar hacia arriba. -Decía Alex ayudando a Alejandra con sus maletas.
-Ay Alex, no cambias.
-Va a estar buenísimo tocallita. -Contestó Alejandro dándole un abrazo a Alejandra.
-Sí. Ya sé. Qué bueno que estamos los tres.
Alex puso mirada pícara y le dijo a Pat, quien se peleaba con las 150 maletas que llevaba, tratando, a empujones de meterlas a la cajuela. -Date prisa. Te tengo una sorpresa.
-¿Una sorpresa?
-Sí, Ahora la van a ver.
Salieron del fraccionamiento, tomaron la Av. Escénica y esperándolos en una gasolinera, cual enjambre de abejas estaban todos: Sus otros dos hermanos Isabel y Enrique, Sandra, Oscar, Rodrigo, Javier, y Rubén. Su otra familia.
Pat saltó y los abrazó a todos. Hacía un buen rato que no veía a algunos y le dio un gusto enorme estar con sus tres hermanos. No habían ido de vacaciones juntos desde hacía muchos años. Los niños habían crecido, cada quien había tomado su camino y no habían podido coincidir. Este viaje se anunciaba como algo fenomenal. Se acomodaron en los tres autos que parecían una caravana de locos y durante el camino se iban cambiando de lugar para platicar y ponerse al día de las últimas noticias; de las mudanzas, las carreras terminadas, las abandonadas, los torneos de soccer perdidos y los nuevos proyectos.
Después de casi diez horas, acalorados, atarantados y hambrientos llegaron a Chacahua. La vista era impresionante. Pat experimentó el síndrome de Sthendal, como cada vez que acudía a ese lugar para cerciorarse de que habías cosas en la vida que valían mucho la pena. Se quedó parada tratando de registrar la forma en la que los manglares rodeaban la laguna que se unía al mar teniendo en medio nada más que rocas enormes, vegetación, pelícanos y gaviotas. Se supo afortunada.
Tuvieron que tomar cuatro de las pequeñas lanchitas que sirven como transporte para cruzar la laguna, porque eran demasiados y traían equipaje como si fueran a quedarse un mes.
Armar las tiendas fue todo un lío pero ya instalados se sentaron a comer. Aquello era un convivio total. La comida tardó horas en llegar, pues el ritmo de la playa es pausado, lento, tranquilo. En cuanto terminaron se hicieron sub grupos. Unos se quedaron a reposar la comida, otros se echaron en las hamacas y Pat y Alejandra se enfundaron el traje de baño y fueron al mar. Qué buena sensación la de estar en el agua y dejarse golpear por la marea. Las olas estaban bravas, pero las corrientes de esa playa no te llevaban dentro. Si te empeñabas en morir en esas aguas, el mar solamente se burlaba de ti y te escupía hacia tierra firme, no sin antes meterte un susto y darte una buena revolcada de la que salías con el traje de baño movido, algas en la cara, agua salada en la nariz y la mayor vergüenza si alguien te había visto. En cambio, si hacías pacto con él y nunca le dabas la espalda, te trataba bien, te acogía, escuchaba paciente lo que tuvieras que contarle y te aconsejaba. Pat pensaba que ir al mar era similar a ir a consultar el oráculo de Delfos. “Conócete a ti mismo” también dice el océano cada tarde cuando se guarda al sol dentro de la línea invisible que hay entre su azul y el del cielo.
La playa estaba llena, eran vacaciones y Pat se encontró mínimo con 10 o 15 amigos que como ella, se daban una escapada a una de los pocos lugares que quedan en México en donde todo está permitido mientras no neurotices al prójimo con tu stress citadino. Era un lugar apartado de todo, el cual contaba con un pequeño centro de salud, una cancha de fut bol y kilómetros y kilómetros de arena para caminar hasta agotarse.
Todos lo estaban pasando bien. El ambiente estaba tranquilo, el aire era tibio pero refrescaba. De pronto, algo en la atmósfera se movió, los perros comenzaron a ladrar y el mar se quedó quieto.
Eran las 3: 33 pm. La segunda tarde en la playa. Mientras se leía “Diario” de Palahniuck en la hamaca y le daba sorbos al mate, volvió a pensar en él. Repentinamente volvió a extrañarlo. Se mareó y de nuevo sintió un hueco en el estómago, sus sentidos se adormecieron como preparándola para un desmayo profundo. Sin embargo, se puso de pie tratando de entender qué le pasaba a su cuerpo. No quería irse a ningún lado y menos cuando Otif le había contado ya de los agujeros negros.
El romper de las olas se dejó de escuchar desde una distancia suficiente para regalar la calma acostumbrada. Las risas de los niños que acompañaban el sonido del mar desaparecieron. Dejó de ser una tarde tranquila en las que se podía simplemente meter los pies en la arena y relajarse. Patricia se levantó y caminó con dificultad hacia donde encontró la mayor cantidad de gente; se quedó allí hasta que se repuso, se metió al mar para refrescarse y luego se tendió en la playa viendo cómo las nubes se movían a capricho del viento.
Cerró los ojos y se supo sola en medio de todos aquellos que disfrutaban del mar.
De pronto una tranquilidad inesperada llegó junto con la espuma de las olas y la hizo sentir mejor. Esa tranquilidad se avecinó anunciando que por un buen tiempo, el viento no amainaría.
Ronroneo a domicilio, desfibrilizadores en el bolso y morfina caduca. Sip. Esto es lo que hay...
giovedì 13 gennaio 2011
lunedì 3 gennaio 2011
VEINTE. 20. "TAKE A BREATH, TAKE A DEEP BREATH"
Despertó. Había oscurecido. Mientras dormía, soñó que finalmente estaba con aquella persona de la que tanto le hablaban. Seguía sin poderle ver el rostro y sin saber quién era. Su identidad seguía cubierta por un velo de pensamientos e imágenes que se entremezclaban con recuerdos y momentos imaginarios. Estaba confundida. Necesitaba que alguien le diera información concreta; encontrar en las palabras el sentido que la hiciera tener un eje, una dirección que le diera algún fundamento.
Esto resultaría difícil. Últimamente se había acrecentado su aversión por tener cualquier tipo de contacto con gente que no la miraba a los ojos cuando hablaba y por aquellos que intentaban tratarla como si fuera una retrasada mental. No soportaba la cortesía falsa, odiaba la amabilidad disfrazada y los “buenos” modales. En varias ocasiones explotó, tirando un par de palabras, que de haber sido un poco inteligentes aquellos a quienes se dirigía, hubiera haberlos herido bastante. Esta era la razón de que en los últimos días anduviera como un “lamedvadnik”. Parecía que en cualquier lado al que llegara, su presencia resultaba incómoda.
Qué triste le parecía el mundo social en el que se encontraba en este lado. Lleno de gente tratando por cualquier medio, de esconder su soledad tras sonrisas fingidas y proyectos de vida adquiridos en el Wal - Mart. Se sentía como un verde chillante en medio de un sembradío holandés el día en el que cientos de tulipanes artificiales abren sus pétalos. Quiso irse a la playa en ese instante y dedicarse un tiempo a pintar crepúsculos con lo que suponía que diría aquella persona extraviada que tanto había estado buscando en el momento de pararse en el umbral de su puerta y timbrar.
Caminaba taciturna, sin saber para dónde mirar y sin haber acabado de sufrir un proceso de cambio. Tenía el pensamiento fijo en otro clima, todo parecía ilógico, nada tenía un gramo de claridad. La fabricación de certezas que se había hecho, ahora la lanzaba a la calle de una patada. Todo se pintaba de un fatalismo que estaba mucho más allá del alcance de sus dedos. Mientras más información obtenía, los nudos en la madeja de estambre se hacían más complicados de desenredar.
Tomó sus cosas y salió de casa de Otif. Se había despertado con una enorme necesidad de estar sola y de pensar. Antes de salir le dejó una nota:
Otif:
Me voy. Todo da vueltas. Creo que necesito un tiempo para pensar en lo que ha sucedido. No te preocupes, seguro se me pasa en un par de días y volvemos con las investigaciones. Estaré fuera de la ciudad por un tiempo. Espero que estés bien. Lo digo de verdad. Tal vez tú también necesites un rato para estar solo. Por favor, cuídate. Estamos en contacto. Otra vez, muchas gracias por todo.
Con cariño, Pat.
Tomó su auto y fue a casa. Al llegar, se encerró en su habitación. Se puso el “The division bell” de Pink Floyd, encendió un cigarro, inhaló y mientras sacaba el humo, de nuevo le daba vueltas al laberinto. Trató de guardar como fotografías las imágenes de la corta ruta recorrida. Su corazón trotaba lejos de ella para no ser alcanzado. Se le escapaba hacia donde necesitaba urgentemente estar. De nuevo pensó en Leo. Era con él a donde se le fugaban los latidos.
La noche se prestaba como para llamarlo y pedirle que fuera a darle un poquito de paz, a charlar, a hablar de lo que fuera, a ver una peli, a quedarse viendo sin decir nada, a cocinar una pasta. Cualquier cosa en su presencia aminoraba en buena medida este sentimiento que le avisaba que todo iba en dirección contraria.
No había estrellas y la luna se escondía tras los enormes edificios de la ciudad. A lo lejos se escuchaba un danzón romántico y despechado. Los perros ladraban al tiempo que la noche le iba cerrando los ojos como telón cuando acaba la función.
Se fue a la cama e intentó dormir. Antes de que lo lograra, recordó ese beso que la había hecho sentir viva. Recordó las manos de Leo acurrucándola y pensó que después de todo, iba a estar bien.
El día siguiente no paró de pensar en él. Estuvo a punto de llamarlo en numerosas ocasiones. Esperaba a que se detuvieran los insultos que le propinaba el reloj, marcaba su número y antes de que entrara la llamada, cortaba. Había recibido un mensaje de texto la tarde siguiente de la última vez que se habían visto:
“Hola patita, ¿Cómo estás? ¿Todo bien? Espero que no lo hayas pasado tan mal. Te mando besos. Leo.”
Al cual, había respondido ella:
“Hola rascacielos. Todo bien. Gracias. ¿Tú qué tal?”
“Bien. Ando en Oaxaca escuchando música duranguense.”
“Ja!!! Pásalo suave. Un beso.”
No le preguntó cuándo volvía ni si podían encontrarse de nuevo y sin embargo quería escuchar su voz, quería oírlo. Sobre todo, quería verlo. Se hacía duro respirar. El sólo hecho de saber que se iba, la hacía necesitar encontrarlo una última vez pero esperó a que se le pasara. La playa le caería bien. El mar siempre la había ayudado a despejarse la mente. Se iba a descansar, a pasar el tiempo haciendo nada.
Los viajes se detuvieron. A pesar de que Pat estuvo mucho tiempo sola no pudo irse a ningún lado. Era como si tuviera dos grilletes de 150 kg. de acero en cada pie que no le permitían moverse. Por un lado, mejor. Estaba cansada, se había dado por vencida. Pensaba en resignarse a quedarse sin saber nada. No le importaba encontrar a nadie y no quería pasar por esto de nuevo. Necesitaba agua salada y arena para curarse de ella misma. Todavía ni siquiera sabía quién era y ya estaban apareciendo otras Patricias en universos paralelos.
Por si fuera poco, había otro elemento que la hacía querer alejarse lo más rápido posible de todo. Sentía un raro dolor de tendones, una fiebre que no la dejaba pensar, cierta ruptura en la columna, cierto estallamiento interior, un enorme tumor en la mirada, palpitaciones detenidas, la presión a tres cuartos de desaparecer, alergias al entorno completo, un indetenible temblor de manos, delirio de persecución, alucinaciones y todos los síntomas de una enferma terminal. Cuando pensaba en aquél sujeto apodado “rascacielos” todo dentro de ella se removía; por el modo en el que se le metía en la cabeza a cada rato haciéndole cosquillas entre el occipital y el parietal y por la cara de tonta que ponía cada vez que hablaba de él, pudo darse cuenta de algo en lo que no resultaba nada favorecida bajo las circunstancias ya mencionadas del trágico abandono pre meditado:
Estaba enamorada. ¡Uups!
Se sentía débil y enferma aunque de salud se encontraba perfectamente bien. Se había enamorado de un tipo que había visto una sola vez, del que no sabía prácticamente nada, y que se iba al otro lado del mundo. Bueno, no del mundo. No exageremos, al otro lado del continente. Estaba enamorada como no lo había estado antes, de un alguien que en muy poco tiempo se regresaba a su país porque la condición de “meteco” había roto los propios límites de convivencia. En palabras más claras, se volvía porque estaba harto.
Sin meditarlo, buscarlo, ni planearlo, incluso sin desearlo, aquella chica se dejó llevar por el sonido de todas aquellas palabras que no se dijeron la última noche, por la mirada cálida de él y por sus manos que parecían saberla guiar hacia un intenso y doloroso bienestar.
Estaba perdida entre lo ilógico de sus sentimientos, lo absurdo de la situación y lo patético de la posición en la que la colocó ese maldito argentino con ojos de ángel disidente, que tuvo la capacidad de mantenerle la respiración tibia y que ahora la dejaba sumergida en medio de un pantano.
Sabía que no acabaría en nada bueno, sabía que no tenía pa´ donde ir todo esto que comenzaba a sentir por él, y aún así no hizo nada para detenerlo.
Esto resultaría difícil. Últimamente se había acrecentado su aversión por tener cualquier tipo de contacto con gente que no la miraba a los ojos cuando hablaba y por aquellos que intentaban tratarla como si fuera una retrasada mental. No soportaba la cortesía falsa, odiaba la amabilidad disfrazada y los “buenos” modales. En varias ocasiones explotó, tirando un par de palabras, que de haber sido un poco inteligentes aquellos a quienes se dirigía, hubiera haberlos herido bastante. Esta era la razón de que en los últimos días anduviera como un “lamedvadnik”. Parecía que en cualquier lado al que llegara, su presencia resultaba incómoda.
Qué triste le parecía el mundo social en el que se encontraba en este lado. Lleno de gente tratando por cualquier medio, de esconder su soledad tras sonrisas fingidas y proyectos de vida adquiridos en el Wal - Mart. Se sentía como un verde chillante en medio de un sembradío holandés el día en el que cientos de tulipanes artificiales abren sus pétalos. Quiso irse a la playa en ese instante y dedicarse un tiempo a pintar crepúsculos con lo que suponía que diría aquella persona extraviada que tanto había estado buscando en el momento de pararse en el umbral de su puerta y timbrar.
Caminaba taciturna, sin saber para dónde mirar y sin haber acabado de sufrir un proceso de cambio. Tenía el pensamiento fijo en otro clima, todo parecía ilógico, nada tenía un gramo de claridad. La fabricación de certezas que se había hecho, ahora la lanzaba a la calle de una patada. Todo se pintaba de un fatalismo que estaba mucho más allá del alcance de sus dedos. Mientras más información obtenía, los nudos en la madeja de estambre se hacían más complicados de desenredar.
Tomó sus cosas y salió de casa de Otif. Se había despertado con una enorme necesidad de estar sola y de pensar. Antes de salir le dejó una nota:
Otif:
Me voy. Todo da vueltas. Creo que necesito un tiempo para pensar en lo que ha sucedido. No te preocupes, seguro se me pasa en un par de días y volvemos con las investigaciones. Estaré fuera de la ciudad por un tiempo. Espero que estés bien. Lo digo de verdad. Tal vez tú también necesites un rato para estar solo. Por favor, cuídate. Estamos en contacto. Otra vez, muchas gracias por todo.
Con cariño, Pat.
Tomó su auto y fue a casa. Al llegar, se encerró en su habitación. Se puso el “The division bell” de Pink Floyd, encendió un cigarro, inhaló y mientras sacaba el humo, de nuevo le daba vueltas al laberinto. Trató de guardar como fotografías las imágenes de la corta ruta recorrida. Su corazón trotaba lejos de ella para no ser alcanzado. Se le escapaba hacia donde necesitaba urgentemente estar. De nuevo pensó en Leo. Era con él a donde se le fugaban los latidos.
La noche se prestaba como para llamarlo y pedirle que fuera a darle un poquito de paz, a charlar, a hablar de lo que fuera, a ver una peli, a quedarse viendo sin decir nada, a cocinar una pasta. Cualquier cosa en su presencia aminoraba en buena medida este sentimiento que le avisaba que todo iba en dirección contraria.
No había estrellas y la luna se escondía tras los enormes edificios de la ciudad. A lo lejos se escuchaba un danzón romántico y despechado. Los perros ladraban al tiempo que la noche le iba cerrando los ojos como telón cuando acaba la función.
Se fue a la cama e intentó dormir. Antes de que lo lograra, recordó ese beso que la había hecho sentir viva. Recordó las manos de Leo acurrucándola y pensó que después de todo, iba a estar bien.
El día siguiente no paró de pensar en él. Estuvo a punto de llamarlo en numerosas ocasiones. Esperaba a que se detuvieran los insultos que le propinaba el reloj, marcaba su número y antes de que entrara la llamada, cortaba. Había recibido un mensaje de texto la tarde siguiente de la última vez que se habían visto:
“Hola patita, ¿Cómo estás? ¿Todo bien? Espero que no lo hayas pasado tan mal. Te mando besos. Leo.”
Al cual, había respondido ella:
“Hola rascacielos. Todo bien. Gracias. ¿Tú qué tal?”
“Bien. Ando en Oaxaca escuchando música duranguense.”
“Ja!!! Pásalo suave. Un beso.”
No le preguntó cuándo volvía ni si podían encontrarse de nuevo y sin embargo quería escuchar su voz, quería oírlo. Sobre todo, quería verlo. Se hacía duro respirar. El sólo hecho de saber que se iba, la hacía necesitar encontrarlo una última vez pero esperó a que se le pasara. La playa le caería bien. El mar siempre la había ayudado a despejarse la mente. Se iba a descansar, a pasar el tiempo haciendo nada.
Los viajes se detuvieron. A pesar de que Pat estuvo mucho tiempo sola no pudo irse a ningún lado. Era como si tuviera dos grilletes de 150 kg. de acero en cada pie que no le permitían moverse. Por un lado, mejor. Estaba cansada, se había dado por vencida. Pensaba en resignarse a quedarse sin saber nada. No le importaba encontrar a nadie y no quería pasar por esto de nuevo. Necesitaba agua salada y arena para curarse de ella misma. Todavía ni siquiera sabía quién era y ya estaban apareciendo otras Patricias en universos paralelos.
Por si fuera poco, había otro elemento que la hacía querer alejarse lo más rápido posible de todo. Sentía un raro dolor de tendones, una fiebre que no la dejaba pensar, cierta ruptura en la columna, cierto estallamiento interior, un enorme tumor en la mirada, palpitaciones detenidas, la presión a tres cuartos de desaparecer, alergias al entorno completo, un indetenible temblor de manos, delirio de persecución, alucinaciones y todos los síntomas de una enferma terminal. Cuando pensaba en aquél sujeto apodado “rascacielos” todo dentro de ella se removía; por el modo en el que se le metía en la cabeza a cada rato haciéndole cosquillas entre el occipital y el parietal y por la cara de tonta que ponía cada vez que hablaba de él, pudo darse cuenta de algo en lo que no resultaba nada favorecida bajo las circunstancias ya mencionadas del trágico abandono pre meditado:
Estaba enamorada. ¡Uups!
Se sentía débil y enferma aunque de salud se encontraba perfectamente bien. Se había enamorado de un tipo que había visto una sola vez, del que no sabía prácticamente nada, y que se iba al otro lado del mundo. Bueno, no del mundo. No exageremos, al otro lado del continente. Estaba enamorada como no lo había estado antes, de un alguien que en muy poco tiempo se regresaba a su país porque la condición de “meteco” había roto los propios límites de convivencia. En palabras más claras, se volvía porque estaba harto.
Sin meditarlo, buscarlo, ni planearlo, incluso sin desearlo, aquella chica se dejó llevar por el sonido de todas aquellas palabras que no se dijeron la última noche, por la mirada cálida de él y por sus manos que parecían saberla guiar hacia un intenso y doloroso bienestar.
Estaba perdida entre lo ilógico de sus sentimientos, lo absurdo de la situación y lo patético de la posición en la que la colocó ese maldito argentino con ojos de ángel disidente, que tuvo la capacidad de mantenerle la respiración tibia y que ahora la dejaba sumergida en medio de un pantano.
Sabía que no acabaría en nada bueno, sabía que no tenía pa´ donde ir todo esto que comenzaba a sentir por él, y aún así no hizo nada para detenerlo.
Iscriviti a:
Post (Atom)