sabato 17 aprile 2010

TRES. 3. "¿CUÁNTOS AÑOS TIENES? 20 ¿Y TÚ?

Llegaron al bar después de unos quince minutos. El tránsito no había sido pesado, así que la predicción de Erika había sido correcta y lo celebraba diciendo: -Ya ven, les dije, pero nunca me hacen caso. Siempre tengo razón.

Dejaron el coche en el valet-parking y se pusieron en marcha hasta la entrada del bar. En efecto, el lugar estaba llenísimo. Era viernes y a pesar de que el cover no era nada barato, había multitudes de chavitos queriendo entrar. Podías encontrar de todo. Desde lo más fresa, hasta lo más pandroso. Un par de generaciones se mezclaban en el interior del lugar con la única intensión de encontrar un trozo de identidad, de sentirse parte de un grupo, de marcar tendencia en una moda. Era todo un híbrido, un lugar perfecto para un grupo de sociólogos que están investigando sobre los efectos del mundo moderno en las nuevas generaciones. Si prestabas atención, las charlas no pasaban de si fulanito había llegado con fulanita, o de si alguna le había bajado el galán a otra alguna.

Los jóvenes clase medieros mexicanos que se han aburrido de ser hijos de familia y que optan por actitud rebelde tomarse 4 o 5 tragos simultáneamente, fijaban su status en conocer al cadenero, en que los dejaran entrar sin hacer fila, en el auto en el que llegaban, en la gente con la que se hacían acompañar, en dejar clarísimo la marca de sus camisas perfectamente planchadas y de sus zapatos italianos o, por el otro lado, en ver quién traía los tennis más rotos y quién se llevaba el premio al mejor disfraz de desadaptado. Todos asumían estas convenciones, todos jugaban este juego. Era toda una competencia llegar hasta la entrada y ver quién tardaba menos en acceder al famosísimo bar del Perro. Las chicas se encontraron de pronto con cientos de miradas que iban a ningún lado en particular y con codazos de niñas súper pintadas que morían por entrar y sentarse en la mesa más cercana al escenario.

Las Erinias habían pasado por esto millones de veces. Se fastidiaban un poco, pero bueno, iban a ver al novio en turno de Sara, quien desesperada y emocionada a la vez le dijo a Pat: -Haz lo tuyo, métenos.

Patricia se acercó a la puerta y saludó a Oscar, el dueño del Perro, antiguo vecino y compañero de estudios que había comprado desde hacía algunos años en el bar, cuando nadie lo conocía y no se paraba ni un alma por ahí. Oscar le regaló una sonrisa enorme, apartó a la chaviza con sus dos enormes brazos e hizo pasar a las muchachas. Después de los abrazos y los saludos, entraron al antro.

Mientras Pat pagaba su carísimo boleto, vio sentada en una de las mesas del lugar a una mujer que atrajo su atención. Su edad era indefinida, vestía un traje púrpura, gabardina y zapatos altos; llevaba el cabello suelto y largo, sus facciones eran borrosas, Pat no alcanzaba a verlas del todo bien; tenía los ojos grandes y los labios delgados iban pintados de escarlata. Pat se detuvo a observarla, estaba sentada con la pierna derecha cruzada sobre la izquierda, bebía un martini y de vez en cuando volteaba a mirar a su alrededor. Era un personaje totalmente fuera de lugar en aquel bar, jamás iban ese tipo de mujeres al Perro. Había algo en su mirada que le hizo sentir desconfianza; esa mujer la vio fijamente y pronunció algo en voz baja, mientras masticaba una aceituna. Patricia terminó de pagarle al cajero, recibió el cambio y su boletito canjeable por un trago, se hizo a un lado para que el siguiente en la fila pudiera hacer la misma operación y cuando volvió a voltear hacia el sitio en donde estaba sentada aquella figura, se encontró con que en vez de ella, habían 5 o 6 muchachitos charlando y bebiendo un par de cervezas. Sólo había sido un instante el que dejó de observarla; la buscó rápidamente entre aquellos chicos que se divertían, pero no la vio más.

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