mercoledì 8 giugno 2011

VEINTE Y SEIS. 26 "CENIZAS"

Salieron de casa de Leo. Él tenía que ir al hospital y Pat tenía que volver para arreglar todo lo referente a la función de “Grande y Pequeño. Al llegar a su casa después de casi dos horas, pues el tráfico había estado más pesado que de costumbre, Patricia se encontró con varios recados en la máquina contestadora:

-“Hola, Pat. Soy Otif. ¿Cuándo llegas de la playa? Tengo que hablar contigo, estuve pensando y creo sé por dónde puede ir la explicación de tus viajes. Háblame.”

-“Estimado cliente, le informamos que la fecha límite para pagar el recibo de su tarjeta está próxima a vencer; le pedimos atentamente que pase a cualquiera de nuestras cajas disponibles en nuestras más de 24 tiendas en el D.F. y área Metropolitana para liquidar su pago. Gracias.”

-“Hey, nena. ¿Dónde andas? Tengo más de una semana tratando de localizarte. ¿Te escapaste de nuevo? Háblame. Besos. Asul.”

-“Pat, te habla David. ¿Cuándo vamos a ir al teatro? Le dije a García, a Jorge y a Roberto. Sólo faltas tú. ¿Te parece el jueves? Llámanos. Abrazos.”

No llamó a nadie. En cambio, acomodó las cosas del viaje, re leyó sus textos, se cebó un mate, metió su ropa a lavar, limpió un poco su habitación y se recostó en su cama. De nuevo sus pensamientos se trasladaron hacia Leo. Mientras más trataba de que todo fuera sencillo con él, el rascacielos iba tomando más fuerza y más presencia en su vida obstinándose a permanecer en silencio al ladito de sus hombros.

En realidad, todo podía congelarse y acabar antes de lo previsto pero Pat aún podía durar lo que dura un minuto de verdad en las tablas de las otras dimensiones en las que caminaba, sólo tenía que saber por qué transitaba por esos universos y ver en cuál de ellos se quedaría. De pronto, parecía volver la tempestad y parecía que cada vez era más difícil que ella se salvara del naufragio. Otra vez todo se volvía pesado cuando no estaba cerca de él y la espalda volvía a quebrársele con el peso de la incertidumbre; la imposibilidad anticipada denotaba coordenadas confusas sobre los pocos minutos en tierra firme. No podía olvidar cómo caminar en el agua de las huellas de Leonardo ni el rumbo de éstas, que la llamaban a alcanzarlo aunque fuera en el fin del mundo. Preparaba sus pasos hacia lo que le recordaba su mirada y éstos la acercaban a quedarse superpuesta en la imagen detenida de su escenario perfectamente liminal entre lo real y lo ficticio.

Confiaba en que la brújula en las manos de Leo la guiara hacia algún tipo de respuesta y en que pudiera guardarse el mapita de su cuerpo para siempre saber por dónde volver.

La noche llegó. Otra vez lo hacía arrastrando a Pat hacia un sueño profundo que libraba una batalla con el insomnio acostumbrado a imperar. Tomó las gafas para leer. Le apeteció un mate, pero sabía que si lo bebía a esas horas, no iba a poder dormir, así que optó por un té verde. Sus ojos vagaban en las páginas de “El nombre de la rosa” sin prestar mucha atención. No lograba pasar del capítulo en el que se sabe que el nombre del caballo es “Brunello”. Se detenía allí, regresaba un par de páginas, trataba de concentrarse y sin conseguirlo, finalmente botaba el libro en repetidas ocasiones.

En medio de la noche y de una pelea contra ella misma y su falta de concentración, su celular sonó con el tono de mensaje de texto.

-“Cuac. Cansado. Recién llegando del hospi. Millones de pacientes sin ganas de curarse. Extrañándote en cama. Bebo agua en la taza en la que tomaste café a la mañana. ¿Vos?”

-“Té verde, intentando leer. No lo logro. Sueño. Tendría que besarte para poder dormir.”

-“Bésame siempre, pero mientras, ¿te viene bien si nos veamos mañana?, así subo a la superficie a respirar con vos. Quiero verte en el teatro. ¿Mañana das función?”

-“Sí, pero me da pena. Casi tres semanas sin subirme a las tablas. Ando desencanchada y seguro los demás actores también. ¿Todavía quieres?”

-“Por supuesto. Decime en qué teatro y a qué hora.”

-“Teatro “El Galeón” del Centro Cultural del Bosque. En reforma, atrás del Auditorio Nacional. ¿Ubicas? 6:00 pm.”

-“Dale, ubico perfecto. Estaré puntual. El día se me va a hacer eterno. Millones de besos.”

-“Descansa rascacielos. Hasta entonces. Cariños.”

Después de imaginárselo diciéndole “buenas noches” y de haber tenido un pequeño diálogo a través del teléfono y sus avances tecnológicos, pudo cerrar los ojos con un poquito de tranquilidad y dormir.

Al día siguiente despertó ya avanzada la mañana. No recordaba lo que había soñado, lo cual le pareció mucho mejor. Fue a trotar al parque, regresó a casa, desayunó, estudió sus parlamentos y la tarde fue acercándose poco a poco.

Partió al teatro y llegó dos horas antes de la función. Saludó a sus compañeros y a su director. Tuvieron una corta charla sobre la obra, hicieron juntos el calentamiento físico y se enchufó un disco con música de Arvo Part en el i-Pod.
La función comenzó. Ella estaba realmente nerviosa, sabía que Leo estaba sentado en las butacas siendo espectador de la ficción en la que se iba sumergiendo; él la observaría y sabría más de ella que lo que le hubiera gustado contarle. Las manos le temblaban y se moría de miedo por cometer algún error en escena, pero respiró, se concentró y todo marchó bien.

Tras bambalinas puso particular atención en la escena con la que había soñado hacía dos noches. Trató de ver si algo en esas palabras le daban algo de comprensión, así que la observó detalladamente. La nostalgia en la escena la hacía tener un sentimiento de empatía, pero no lograba comprenderla del todo. Aquellas palabras estaban llenas de ausencias. Había en Lotte, como en Patricia “un pretérito constante intentando alcanzar el presente”. Esa mujer podía perfectamente sentarse e intentar entablar una conversación con un completo desconocido y sin quererlo hablaba de todas sus ganas por acercarse a alguien, pero su soledad era ya tan grande que la había llevado al punto de ser incapaz de relacionarse con ninguna persona.

Pat se encontró buscando su propia voz en las palabras de Lotte como ese pulso incesante que siempre quiere más, como esa inquietud que es vida y que está en el enigma de lo que somos y de lo que queremos ser. Nadie volvía, evidentemente. Nadie volvía.

Llegaron los aplausos, había ido bastante gente y pese a que los actores habían perdido un poco de calor práctico por la falta de acción escénica debido a las vacaciones, hicieron un muy buen trabajo.

Patricia trató de buscar a Leo con la mirada entre la butaquería del teatro. Las luces no le permitían ver muy bien; fue tras bambalinas junto con los demás actores, se cambió, tomó sus cosas y salió al lobby.

Sentadito, con el programa de mano hecho rollito, Leo la esperaba. Cuando la vio, se levantó de un salto y corrió a abrazarla.

-¡Qué bien que estuviste, linda! De verdad que me gustó mucho la obra, la historia es triste pero bella a la vez, como vos.

-Hola, qué bueno que viniste. ¿Te fijaste que me atoré en una frase? Siempre me atoro en algo.

-No, ni se notó. Estuvo muy bien, te lo digo en serio. Sos buena, che.

-Estábamos súper nerviosos, pero creo que no nos fue tan mal.

-En absoluto. Mirá, que yo soy público difícil, no me la venden tan rápido, pero creo que es un muy buen montaje, me deja con necesidad de pensar acerca de mí mismo.

-Es buenísimo saber eso, no tienes idea de lo que significa que digas eso.

-Me pareció buenísimo eso que dijo el hombre en la escena de la habitación, algo así como: “El hecho de que haya alguien velando mientras dormís, es algo más bien tranquilizante”. Coincido totalmente con el personaje.

-Sí, y la mujer que está tan metida en ella que no se da cuenta de todo lo que pasa a su alrededor. Me parecen tan justas las palabras que la describen: “Esa mujer busca la alegría de vivir a cada paso y a cada saludo y entretanto se ha vuelto tan amargamente nerviosa que ya casi no aguanta el ruido que provoca la alegría.”

Espero no volverme así jamás.

-No, me parece que es cuestión de decidir y tener una postura ante la vida. Lotte la tiene; es triste, pero es como si hubiera decidido que tomaría la soledad para transitarla como camino de vida.

-Algún día quiero poder hacer un personaje como ése.

-Lo harás, estoy seguro. Tenés talento, cuac.

Caminaron hacia el coche. Patricia se sentía orgullosa y pensó que de verdad, ser actriz valía la pena si una tarde de teatro, un espectador iba y se regresaba a su casa totalmente distinto. No tenía que ver con el talento, sino con una postura coherente hacia su quehacer. Bueno, esa tarde realmente sintió que por lo menos una decisión en su vida había tomado un buen camino.

-Ahora decime linda, ¿de qué tenés ganas?

-Me muero de hambre.

-Yo también. ¿Qué querés cenar?

-Se me antoja pasta. ¿A ti?

-Dale, la pasta suena bien. ¿Conocés algún lugar por acá?

-En la Condesa hay un restaurantito en donde preparan una boloñesa que te mueres de lo rica que está.

-Llevame, esta tarde hacemos lo que a vos se te antoje.

Llegaron a un pequeño local ubicado en la calle de Michoacán esquina con Tamaulipas. Se sentaron en una de las mesas de afuera, ya que seguramente no podrían estar más de dos horas sin fumar, y encendieron el primer cigarrillo. Luego, pidieron una pasta boloñesa y unas crepas poblanas.

Terminando la comida tomaron café y postre de manzana. El tiempo que pasaban juntos era genial, podían platicar sin tapujos de cualquier tema y se daban la oportunidad de escuchar al otro y adivinar algún secreto a través del lenguaje corporal. Pat notó que al hablar de su abuela, Leo bajaba la mirada y parpadeaba más rápido, supo por esto que había algo en recordarla que le causaba una sensación de nostalgia. En parte por eso quería regresar, él ya se lo había dicho y cada vez que Pat se descubría a sí misma sonriendo por algo que decía o hacía Leo, trataba de ubicarse y pensar en que en pocos días el rascacielos regresaría a Argentina. Leo también pudo notar que a pesar de que ella trataba de manejarse por la vida de una manera sólida y firme, contaba con un sin fin de talones de Aquiles, que aunque trataba de ocultar de todas las formas posibles, se le filtraban a través de las palabras y los gestos.

Aquella noche la pasaron entre anécdotas, besos, música, planes individuales por supuesto, opiniones sobre libros, cine y dos cajetillas de cigarros que conforme avanzaron los minutos, se extinguieron paralelamente a la cantidad de tiempo que les quedaba para estar juntos. Disfrutaron aquellos cigarrillos como se disfrutan las horas que hacen de los días recuerdos dignos de guardar en la memoria y de dos desconocidos dos personas que sin razón deciden que van a permitirse amarse aunque sea por dos segundos.

Pat apagó su último cigarro y sintió como si ese tiempo que dedicaba a enamorarse de Leo, al final iría a parar a un viejo cenicero junto con más de 20 colillas aplastadas. Bastaba con cruzar la calle para pedir cigarrillos en la tienda de la esquina, eso no causaba ningún inconveniente, pero el tiempo hecho ceniza no era algo que pudiera comprar en ningún almacén en paquetitos dosificadores de momentos en los que deseas encontrar la fórmula para que duren por siempre.

Por cierto, a Pat no le entraron ganas de fumar más el resto de la noche.

Volvieron a Shakespeare 62. Leo la invitó a subir y a dormir con él. Entraron al depa prestado y fueron de inmediato a la habitación; Pat se sacó la ropa y se metió al lado derecho de la cama. Leo tardó un poco más. Daba vueltas en la sala y fumaba como maniático. Finalmente dio una última jalada al cigarro y entró a la habitación. A Pat le gustaba cómo olía después de fumar. Era raro, lo sabía, pero igual le gustaba, así que le tomó la mano y se la pegó a la nariz. Estaba quedándose dormida cuando súbitamente él le dijo:

-Creo que no debemos vernos más.

A Leo ya le estaba gustando meterle derechazos en la mandíbula. Bastaba una frase para que ella se viera de nuevo tirada en la lona con la cara despedazada. Pat bajó la guardia y después de un silencio largo le preguntó:

-¿Por qué?

-Porque mientras más pasa el tiempo, más siento que voy a extrañarte y va a ser mucho más complicado irme de acá; porque no me sentí así nunca y porque me duele que sea justo ahora que me marcho.

Pat estuvo a punto de encender un cigarro.

-¿Y no te parece que mejor deberíamos aprovechar el poco tiempo y dejar que las cosas sucedan como tengan que suceder?

-¿Cómo tienen que suceder?

-No lo sé. -Le frustraba profundamente no poder contestarle a esta sencilla pregunta.

-Pero me parece tonto que nos privemos de la oportunidad de estar juntos estos últimos días sólo porque sabemos que la despedida va a ser un horror. Hay tantas cosas que quiero preguntarte, hay tanto que quiero saber de ti… Y sé que no me va a alcanzar el tiempo, pero de igual forma me parece realmente imbécil que nos dejemos de ver y hagamos como si no nos hubiéramos conocido. Mi vida es otra desde aquél día que te vi parado con tu vaso fluorescente en la mano. No me preguntes por qué, yo ya dejé de hacerlo. Lo que sí valdría la pena preguntarse es si de verdad quieres dejar de verme. Si de verdad es así, tomo mis cosas y me voy. No voy a armarte una escena dramática, ni voy a gritarte, ni nada por el estilo. Tendrías que saber que podría odiarte en un par de meses y odiarme a mí misma por no hacer que te quedaras, pero no voy a venir a complicarte más las cosas. De verdad, si no quieres verme más, me voy. Que sea ésta la despedida, así nos ahorramos varias lágrimas.

-No es tan sencillo como lo acabas de plantear, Patricia. -Leo empezaba a subir la voz. -Por supuesto que quiero verte. Me siento tan bien cuando estoy con vos que podría adecuarme a ello y luego sentirme enfermo en el momento en que no estés más. Te veo y te escucho y te siento y quisiera quedarme acá. Hay algo en esto que me da miedo. ¿A vos no?

-Claro que me da miedo. Yo también pensé en algún momento que lo mejor sería no verte, alejarnos, no pasar más tiempo juntos, mandar todo al diablo… Hacer de esto un simple simulacro, como todo el mundo hace. Pero luego viene aquello que no sé que es y que me hace necesitarte, y simplemente no puedo poner una barrera. Tú me tiraste todos los muros, me dejaste sin defensa. Y es gracioso, no pretendo defenderme, no esta vez. Lo he hecho siempre y nunca he obtenido buenos resultados. -Pat hizo una pausa breve, metió la mano en su bolso para buscar algo que la ayudara a decir las palabras precisas. Inhaló, sacó la mano vacía del bolso y dijo de manera entre cortada: -desde que te conocí supe que ibas a doler, pero me has dado mucho más cosas lindas, de modo que el dolor metafórico y el dolor real son un simple trámite por el que hay que pasar.

Leo la observó y se dejó caer en un silloncito de la sala que le venía pequeño. Pat se quedó parada un instante, miró hacia la ventana, luego lo miró a Leo y le dijo:

-Bueno, de igual forma me voy, y de igual forma me dueles.

-Vos también Pat, y también siento que no tengo por qué defenderme de vos, pero sí de mí; es como si sintiera que desde ahora tengo que prepararme para cuando no estés.
-Pues entonces hazlo. Prepárate para una ausencia. Luego me dices cómo hacer, me pasas el dato, yo no he aprendido aún. A mí también me dan pavor los días que vienen. Pero nadie se va a morir, ¿no?, vamos a seguir con nuestras vidas. A ti algo te espera allá, y yo me quedo acá, igual que antes pero distinta. Eso en cierto modo, te lo agradezco. Me hiciste ver que sí se puede volver a sonreír. Gracias por eso.
Pat besó al rascacielos, tomó su abrigo, se puso las botas y salió del departamento.
Mientras intentaba abrir la puerta tratando no llorar, solamente pudo decir en voz baja: -Ya lo había pensado yo, era mejor cortar de tajo.

Tal vez sí hubiera sido mejor haber cortado de tajo. Y sin embargo qué linda es a veces la sensación que da el vértigo, ¿no?

Leo se quedó sentado en aquel silloncito cercano al umbral de la puerta queriendo decirle que volviera, que no se fuera, que había sido un idiota y que en realidad lo que sentía por ella era mucho más grande que su miedo de que todo se complicara. Sin embargo, se quedó paralizado y después de escuchar el rechinido de llantas del auto de Pat, lentamente cerró la puerta.

Qué bueno que no lo vería de nuevo. Qué bueno que Leo se marchaba… Qué bueno porque se había vuelto gigante ese olor a nostalgia que se anticipó desde el primer día, porque Pat no hubiera podido con sus manos, porque andaba rondando y desesperando a todo el mundo, porque se reían de ella, porque siempre le había gustado lanzarse desde lo alto, porque si sus manos entre página y página hubieran seguido pintando los minutos y lo volvía a ver a contra luz, no iban a poder soltarlo. Porque divagaba y no era clara, porque sonreía todo el tiempo, porque parpadeaba más de lo usual, porque lo ilógico se había vuelto convencional, porque pensaba en él todo el maldito día, porque quería entrelazarse los pies con los suyos, porque todo se había desplazado; porque pese a su armadura fabricada en un país nórdico, el rascacielos le estaba confundiendo el abecedario.

Qué bueno que se iba. Porque había sido sincero, porque ella podría haberse quedado a vivir en su ceño fruncido, en su nariz, porque le gustaba que no tuviera acento porteño, porque no huyó… Aunque ahora, que bueno que se iba, porque lo hubiera hecho pasar muy malos ratos, porque su neurosis y su aversión repentina a la gente era difícil de entender, porque a veces prefería quedarse callada cuando la situación ameritaba soltar una frase tajante; porque ella no sabía lo que quería, pero sí lo que no quería y explicarlo era siempre imposible; porque él se hubiera tenido que pichar sus crisis cuando el pánico escénico llega, porque la hubiera visto llorar por las cosas más estúpidas, es más, porque de hecho, la hacía llorar con mucha facilidad. Porque se hubiera hecho adicta a ducharse con él, a quedarse sola y sorprenderse con un “ring” del teléfono.

Qué bueno que se iba. Porque la pasión había pasado por allí y ni siquiera había reparado en los daños colaterales que había causado, porque era mejor que no viera los efectos secundarios en ella después de su partida, porque todo se quedaba en recuerdo y entonces era mejor, porque así no había modo de escucharlo gritar ni de verlo enojado o que él la escuchara decir una taradez realmente grande, de ésas que van decepcionando poco a poco. Porque la imposibilidad de arrancar el auto y conducir a su depa prestado era simplemente perfecta, porque estaba adivinándole la mirada mucho antes de que ella se diera cuenta; porque Pat no le pensaba contar ni al espejo cuánto tiempo lo había estado esperando, porque no podía cerrar los ojos y no verlo, porque habló de más y demasiado pronto y porque no se arrepentía.

Porque él hubiera conocido la parte más cursi que tenía y de verdad era horrorosa, ni ella se la aguantaba. Porque la había hecho pensar que no era real y luego la miró y supo que estaba encontrando a una persona en medio del caos, porque la hacía buscar pretextos detrás de los muebles para volver un día al sur y acurrucarse con él debajo de la luna invertida.

Qué bueno que se iba, porque le hizo ver que no era tan fuerte como pensaba, porque la dejó sin palabras, porque Pat le hubiera regalado su almohada favorita y porque a él le gustaba el otro lado de la cama del que le gustaba a ella. Porque complicó su andar, porque no tuvo que guardarse nada ni fingir, porque la tomó por sorpresa, porque aguantó la mirada, porque todavía no había visto que Pat era medio bizca y atarantada y que contaba chistes malísimos; porque la hubiera hecho faltar al trabajo más de un par de veces, porque ella se hubiera robado un cacho de mar para guardárselo y dárselo de no cumpleaños y entonces él hubiera tenido que ir a sacarla de la cárcel.

Qué bueno que se iba. Porque con el curso de los días seguramente iba a ver sus demonios, porque era totalmente absurdo haber creado códigos en tan poquito tiempo, cuac… Porque a ella le daba por ponerse trágica, y él había venido a repararle los sueños, las ideas; porque no creía en el amor pero creía en él, en lo que había visto, en lo que sentía. Porque había dejado guardado el orgullo en la alacena y un cuchillo se lo había cortado, porque Leo era dulce y salado y porque a ella le encantaba su amargura.

De verdad, qué bueno que se iba, porque hablando honestamente, necesitaba que un día volviera, porque así ella esperaría escuchar su voz para adivinarla de nuevo, porque de este modo, lo esperaban sus ganas de calma, porque se le había acabado su papel favorito, porque se había vuelto cenizas…

Porque estaba fumando más que nunca.

Comenzó a llover. Patricia intentaba manejar despacio. Durante el trayecto a su casa, tomó una ruta equivocada y se perdió. Detuvo el coche, trató de ver el nombre de la calle en la que se encontraba pero las gotas eran tan gruesas y pesadas, que no le permitían alcanzar a distinguir su ubicación.

Optó por esperar a que la lluvia cesara. Estacionó el coche un par de cuadras adelante, lo apagó y se quedó viendo el ir y venir de los limpiaparabrisas de su auto. Aquel sonido en el vidrio la iba regresando a su abismo personal.
No tuvo miedo. De todos modos el abismo siempre había estado allí y siempre iba a estar.

VEINTE Y CINCO. 25 "RETURN: THEATRE OF TRAGEDY"

Cuando Pat cumplió 12 años de edad, Isabel, la que era en ese entonces novia de su padre, le preguntó qué quería de regalo de cumpleaños. Patricia pensó en pedirle una bici o unos patines para hielo pero Isa, como solían llamarla, le hizo una oferta mucho más tentadora, a la cual Pat no pudo negarse:

-¿No querés mejor ir a Argentina? Te invito a conocer mi ciudad, es re linda. Te va a gustar mucho.

-¿Cómo se llama tu ciudad?

-Buenos Aires. ¿Te gustaría conocerla?

Los ojos de Pat se iluminaron y se llenaron de emoción. Nunca había salido de su país, en esta dimensión, por lo menos. Pensó que la idea era genial y de lo emocionada que estaba, sólo pudo mover la cabeza en sentido afirmativo. Isabel se encargó de comprar los boletos y avisar a su familia que llegaba a casa con un novio y un ejército de cuatro niños, porque aunque era cumpleaños de Pat, no quería irse sin sus hermanos y era evidente que toda la familia viajaría con ella.

Partieron un 19 de noviembre hacia Buenos Aires. Aunque Pat y sus hermanos ya habían viajado en avión en ocasiones anteriores, éste era el viaje más largo que hacían hasta ese momento. Estaban emocionadísimos, miraban por las ventanillas y jugueteaban con los botoncitos que había arriba de los asientos de la nave voladora.

Pat recuerda que cuando llegaron al aeropuerto de Argentina, estaba realmente agotada por el viaje. Todo el trayecto de Eze Iza a la ciudad se lo pasó dormida. Cuando bajó del taxi con sus hermanos y vio la cálida y bonita entrada de un edificio ubicado en Almagro, en la calle de Palestina, casi esquina con Av. Córdoba y observó que salía a recibirlos una señora amable y de buen ver, y que los abrazaba a todos como si los conociera de siempre, supo que iba a ser un viaje digno de recordarse.

Esa señora que salió a recibir a los viajantes mexicanos era Sofía, la mamá de Isabel; Mateo, su padre estaba dentro de la casa terminando de preparar las habitaciones para sus huéspedes. Después de los abrazos, dejaron el equipaje en la sala, tomaron un poco de limonada y Sofía los pasó a las dos habitaciones en las que se quedarían Pat, Isabel, Alex y Enrique.

Estaban rendidos. Se lavaron los dientes y durmieron. El padre de Pat e Isa se quedaron charlando un poco con los abuelos, como les llamaron los niños.

Los llevaron a conocer muchos sitios. Pat recuerda haber ido a Puerto Madero, a Palermo, a Caminito y a Recoleta. Se le hacía increíble cómo haciendo tanto frío en México, el clima en Argentina fuera caluroso y agradable en esa época del año. En Almagro visitaron el Parque del Centenario y Pat se sintió parte de ese lugar cuando vio que el nombre de la avenida que lo circundaba era el de “Patricias Argentinas”.
Eso nunca lo olvidó. Sabía que en ese país en el sur, había un lugar en el que sus minas homónimas la esperarían alegres cuando quisiera visitarlas.

Se llevó muy buenos recuerdos de Argentina. Prometió ir de nuevo cuando fuera grande para redescubrir las milongas y comer alfajores hasta reventar. Ese país la había dejado encantada y juró que regresaría. Sus tangos y su música la atrajeron y la hicieron sentir que de alguna manera, pertenecía a esas avenidas. No podía estar más agradecida. Ese país le había regalado cosas realmente bellas. Volvió a México con cientos de cosas aprendidas y miles de ganas de pisar otra vez esa parte del sur que la atrajo desde los 12 años.

Como todo lo que empieza, los días en la playa de Chacahua llegaron a su fin. Leo y ella regresaban a la ciudad. Esta vez volvieron solos, ya que Alex, Isabel y Enrique se quedaban un par de días más junto con Alejandra, quien había decidido quedarse por más tiempo; había conseguido un trabajo dando clases de inglés a los niños de la isla, y por lo menos no regresaría a casa en un par de meses.

Alex y Pat acordaron que ella se llevara el auto de regreso y que los demás se irían en el coche de otro amigo.

-Recuerda sis, tienen que tomar la carretera hacia Pinotepa y luego agarrar la desviación hacia México. Si se pasan, es un lío volver, así que pon atención y no andes distraída. ¿Sí? -Le decía Alex mientras la ayudaba a guardar su tienda de campaña en el diminuto empaque en el que venía al principio.

-No te preocupes. En cuanto tenga señal el celular, te mando un mensaje y voy diciéndote por dónde vamos. ¿Va?

-Perfecto, a ver si lo puedo leer. Sólo cuídense, ¿si? Leo, Buen viaje, conduzcan con cuidado. Te la encargo. Yo sé que anda sola por todos lados y que sabe cuidarse, pero sigue siendo mi hermana menor.

-Dale, yo te la cuido. Disfrutá la playa, che. Nos estamos viendo.

Era temprano. Se despidieron de todos, tomaron la lanchita para cruzar la laguna, subieron las maletas al auto y emprendieron el camino de regreso.

-Che, ¿como cuánto tiempo haremos hasta México? ¿Estás segura de conocer el camino de regreso?

-Sí, he venido aquí muchas veces. Calculo que unas 12 horas.

-Perfecto. Llegaremos por la noche, entonces.

El paisaje de la carretera era hermoso. Pat y Leo se turnaban el volante para poder apreciar los distintos tonos de verde que el camino al lado les iba regalando. La carretera estaba llena de curvas, era de un solo carril y como Pat la conocía mucho mejor, fue ella la que manejó el tramo más largo.

-¿Te gusta conducir, verdad? –Le decía Leo, mientras cambiaba la música.

-Sí. Me hace pensar, me relaja. Me gusta tomar el volante y pensar en el camino.

-Lo hacés muy bien. Eres toda una profesional.

-Si, bueno, mis amigos me llaman “la ruta 100”.

Llegaron al poblado de Pinotepa y Pat se puso en contacto con su hermano para decirle que todo iba bien. Esperaba que pudiera leer el mensaje de texto en el que le informaba de su paradero.

Comieron allí y siguieron con su viaje de regreso a la ciudad.

Llegaron a media noche. Las luces de los edificios les mostraban que estaban cerca de llegar a casa.

-¿Quieres que te deje en el depa de tu amigo?

-Sí. ¿Vos qué vas a hacer? ¿Vas a ir a tu casa? ¿Querés quedarte conmigo?

-Pensaba ir a casa a sacar todo el equipaje, pero la verdad quiero dormir contigo.

-Ya está. Vamos a mi depa prestado. Tenés que tomar Circuito Interior. Te voy diciendo. Hay que salirnos en Mariano Escobedo y dar vuelta a la izquierda en Mazarick. ¿Ubicás?

-Eso es Polanco, ¿no?

-Exacto.

-Sí, creo que sé cómo llegar.

El depa prestado de Leo estaba en la calle de Shakespeare, número 62, en el tercer piso de un edificio de 6. Era pequeño y muy acogedor. Allí vivía Pablo, un amigo de Leonardo que estaba de visita en Argentina y que no volvería hasta el 18 de enero.

Leo tendría por dos semanas el departamento para él solo y para estar con Pat.

Pat se acostó en la cama de la habitación. Estaba exhausta, había manejado un largo trayecto y en cuanto puso la cabeza en la almohada, rápidamente se quedó dormida. Leo la cobijó y se acostó junto a ella; la vio dormir y se sintió ligero y tranquilo; le besó la frente, luego las mejillas y por último, le dijo “buenas noches” dándole un beso en los labios. A los pocos minutos, él también durmió.

Leonardo se sentía cómodo y contento al lado de Pat, se sentía como si hubiera estado esperando mucho para poder dormir; la había estado esperado a ella y por fin, al lado de su piel, podía cerrar los ojos y abandonarse sin preocupación.

Durante la noche, Pat tuvo un sueño. Estaba en un escenario totalmente sola, sin espectadores ni más actores. Las butacas estaban vacías y solamente una luz que caía de un lico en una vara le ayudaba a ver por dónde caminaba. Llevaba puesta una gabardina, zapatos altos, el cabello suelto y los labios pintados de escarlata.

Caminaba de un lado a otro del escenario vacío mientras el personaje que representaba, con angustia soltaba frases sin aparente conexión la una con la otra:
“No hay respuesta, debería haberme quedado hace tiempo. No debo olvidar que tengo ganas de irme, tal y como estoy aquí sentada. Norte, sur, este, oeste. Todo en un lugar… Lejanía inimaginable, un grado, una raya si no hay nadie… Entonces un grado, dos rayas… Cielo o infierno, libro o mar, no sabría decir dónde pueden estar metidas las rosas de los vientos y la rosa de la calma, además. Ese es el círculo o el óvalo de la existencia. Me encontré totalmente en el vacío y no quiero quedarme tan blanca como el libro. Cualquier paso puede ser en falso. ¿Adónde ir en este universo? Suponiendo que sepa por dónde empezar… antes era incapaz de olvidar… Ahora se va… para siempre… Las cosas se diluyen, hasta aquí, esto es todo lo que sabe la ciencia… Las cosas se diluyen, lo mismo que todo el universo explota con lentitud infinita, nosotros nos caemos como en los sueños, nos separamos estallando hacia arriba… ¿Podrá oírme? Depende… En el oeste, tal vez, donde acaba América y comienza el este. Nadie vuelve, evidentemente. Es lo que se dice. Hasta hoy, nadie, pero tú… Sólo tú y yo seguimos aquí plantados. Tú sobre la tierra, yo sobre ti. ¡Siempre hay algo que está a punto de ocurrir! No sabía que estabas tan cerca… No soy esa por la que tú me tomas, sólo he metido un poco la pata. No lo pensé, fue sin ninguna intención… Pero no puedo cargar encima con usted… No soy bastante fuerte… ¿Ese es mi castigo? ¿Solamente porque he estado hablando un poquito conmigo misma? ¿Por qué me sangra la espalda? ¿Por qué no he estado más atenta? No puede ser, no puede ser. ¿Por qué me sangra la espalda?”

Aquellas palabras las había escuchado más de 20 veces. Las escuchaba en cada función de “Grande y pequeño”. Estos no eran sus parlamentos, estas frases pertenecían a Lotte. Todo aquello había sido articulado por Botho Strauss cuando escribió la obra y ahora era como si le revelaran una parte de lo que le pasaba, se salían de su contexto y se le acomodaban en el sueño, como la gabardina que había sido mandada a hacer a su medida. Eran demasiadas coincidencias. La ficción, los recuerdos y los sueños se mezclaban como queriéndole decir algo en un lenguaje difícil de descifrar.
Mientras dormía y soñaba, comenzó a decir estas palabras en voz alta. Leo las escuchó. Pat sudaba y se movía bruscamente en la cama. Él tuvo que despertarla.

-Patita, Patita, despertá, despertá. Estás soñando, despertá.

-¿Por qué me sangra la espalda? -Todavía no volvía del sueño.

-No nena, pará. Todo está bien, tranquila. Despertá, bonita.

Leo tuvo que sacudirla de los hombros. Patricia abrió los ojos y aguantó la respiración. Se dio cuenta de que ya no estaba en el escenario y de que Leonardo la había despertado.

-¿Qué pasó? -Dijo todavía con los puños apretados.

-Soñabas, al parecer tuviste una pesadilla. ¿Dónde estabas?

Pat se incorporó. Leonardo le sirvió un vaso con agua, se lo bebió de un jalón.

-En un teatro. Era viejo, estaba abandonado, había miles de butacas vacías. Yo representaba una escena de la obra “Grande y pequeño”. Era Lotte, pero yo no soy Lotte. Era yo, y una mujer que en algún lugar he… Y Lotte… Y hablaba sola, y nadie llegaba, era angustiante, no había ni un solo espectador, nadie a quien pudiera decirle nada.

-Ya, ya pasó. Yo estoy acá, podés decirme lo que quieras. Vení, sólo fue un mal sueño.

Leonardo prendió la luz y la abrazó. Se dio cuenta de que estaba empapada en sudor.
-Tenés que ponerte una remera seca, te vas a enfermar.

Sacó del clóset una camiseta suya, la ayudó a quitarse la otra y cuando se disponía a ponerle la playera limpia, vio unas marcas en su espalda.

-Patita, ¿qué fue lo que te pasó en la espalda? Esas cicatrices no las vi antes.

Pat se levantó de la cama y se vio en el espejo que estaba detrás de la puerta de la habitación. Las cicatrices que aquél tipo del otro universo le había dejado en la piel se hacían más claras y presentes, como si apenas estuviera recuperándose y recién hubieran comenzado a cicatrizar.

-Es algo que me da en la piel, un tipo de dermatitis. Me pasa cuando estoy muy nerviosa. Tal vez fue por lo que soñé hace un momento. Seguro que mañana ya están como si nada.

-Qué raro, no vi nunca una dermatitis de estas características. ¿Te duele? ¿Por eso decías eso en tu sueño?

-No lo sé, eso es parte de lo que dice el personaje en la obra, pienso que no tiene nada que ver, despreocúpate. Yo creo que se me cruzaron los cables. A veces sucede, estás pensando mucho en una cosa y se te cuela a otro mundo.

-Bueno, ya, tranquila. Dormí un poco, igual también es porque estás cansada del viaje. ¿Querés que te traiga algo? ¿Estás segura de estar bien? Me voy a quedar despierto hasta que duermas otra vez.

-Sí, estoy cansada del viaje, de los viajes… Solamente ven y duerme conmigo.

-Sí nena, me asustaste, che. Menos mal que fue un sueño.

-Sí, menos mal…

Pat volvió a acomodarse en la cama junto a Leo.

-Oye, ¿Qué hora es?

Leo buscó su pequeño reloj despertador entre los libros que estaban en la mesita de noche.

-Parece que se quedó sin pila. Se detuvo marcando las 5:55 am. Está a punto de amanecer. ¿Vos tenés reloj acá? Tal vez sea un poco más temprano.

-Sí, en mi celular. Ahora veo.

Pat sacó de su bolso su teléfono.

-También en éste se detuvo a las 5:55. Qué raro, igual, anda fallando desde que se me cayó a la piscina en Acapulco. Lo dejé todo un día al sol, pero estas cosas ya no vuelven a servir bien después de mojarse o caerse.

-Bueno, intentá dormir un poco, llamo al servicio de despertador. ¿Dale?

Leonardo llamó al 030 y pidió que lo despertaran temprano en la mañana. Apagó la luz y cuidó de Pat hasta que volvió a quedarse dormida.

Despertaron al día siguiente. Dos minutos después de que Leo abrió los ojos, Pat amanecía ya sin dolor en la espalda. Las marcas en su piel habían desaparecido casi por completo.

Él tenía que ir al hospital, ella a su casa y luego a ensayo. Leo preparó la cafetera mientras Pat trataba de ver cómo funcionaban las llaves del agua en la ducha del departamento.

-¿Cuál es la caliente, loco?

-La izquierda. -Le contestaba Leo desde la cocina. -Pero esperá un poco, que tarda en calentarse.

-Ok. Creo que ya va.

Se bañaron juntos. No tardaron mucho, tenían prisa. La mañana auguraba tráfico por las calles de la ciudad.

Leo le revisó la espalda a Pat y vio que ya casi no tenía nada.

-Oye nena, pero igual, ¿qué te pasó acá? Tenés unas buenas cicatrices, casi no se ven pero ahí están.

-Mmm. No sé, no me acuerdo. Creo que me lastimé con una enredadera cuando niña pero como todo el tiempo me raspaba las rodillas y me caía de todos lados, no recuerdo de dónde vienen éstas.

Evidentemente se lo estaba inventando para no decirle que un sujeto en otro universo la había encadenado y luego la había agarrado a golpes.

-No se notan, tenés una piel re linda, de verdad que no me fijé antes.

Salieron del baño, se vistieron, Leo llevó a la cocina las tazas vacías en las que habían tomado café y Pat abrió su maleta para guardar su camiseta aún húmeda de sudor por el sueño de la noche anterior. La sacudió, la dobló y vio algo que le pareció extraño:

La camiseta de algodón sin mangas color hueso estaba pintada color escarlata en la parte del cuello. Era lápiz labial, lo reconoció de inmediato. Le pasó encima la palma de la mano y cuando vio su anular e índice, el color del labial entre sus dedos, se diluyó.

VEINTE Y CUATRO. 24 "LA OREJA DE VAN GOGH"

El calor la despertó. Era temprano. Abrió los ojos y se dio cuenta de que el rascacielos no estaba a su lado.

Pensó lo peor. Pensó que nuevamente se había ido a otra dimensión o que había alucinado todo lo ocurrido la noche anterior. A lo mejor nada había sido real, mejor dicho, muy probablemente nada había sucedido en esa playa ni en ese tiempo; ni la charla en la pequeña ladera junto al mar ni el filete de pescado que comieron con Berta.

La situación comenzaba a teñirse del color de la catástrofe cuando Pat se dio cuenta de que no amanecía en su tienda de campaña. Qué tonta, estaba en la cabaña de Leo.
Pero él seguía sin estar ahí. Tal vez habría ido al baño o a ver el amanecer o a trotar; lo que fuese era mil veces mejor que el hecho de que de tanto desearlo, se hubiera imaginado todo. Decidió que no se pondría histérica y que dormiría un poco más.

La puerta se entre abrió y Leo entró con un plato con unos típicos huevos rancheros y un vasote de jugo de toronja.

-Hola petisa. ¿Dormiste bien?

Uy. Ahí estaba el rascacielos. Con la barba dejada de un par de días y la piel a medio tostar, trayéndole el desayuno a la cama.

-Mejor que bien. ¿Tú?

-Como nunca. ¿Tenés hambre?

-Sí.

-Mirá lo que te traje.
-Qué rico, gracias.

Desayunaron y habiendo terminado, emprendieron la marcha hacia la playa. Caminaron por más una hora, se rentaron una tabla de surfing y se dirigieron hacia donde se veían buenas las olas.

-Vos me tenés que explicar cómo voy a hacer para no ahogarme, ¿dale?

-Sí. Como te dije, no soy una experta en esto, pero el chiste es pasarlo bien.
-Dale. Mientras no me muerda un tiburón, me conformo.

Antes de la primera lección de surf, se tendieron en la arena. La sensación era estupenda. Pat imaginaba los diálogos que tendrían las figuras de rostros que las nubes formaban en el cielo; todos hablaban de ella y Leo; los miraban desde arriba y se alegraban de que esos dos estuvieran echados en la playa sin la menor preocupación y con el mayor de los desenfados.

-Quiero dorarme un poco más, estoy pálido como pollo. -Decía Leo mientras le untaba bronceador a Pat. -De verdad que vos tenés un color re lindo.

-Gracias, aunque en poco tiempo se me caerá. Me voy a pelar toda y luego quedaré dispareja.

-¿Qué decís? ¿Cómo que toda dispareja?

-Sí, de color. Se me va a caer el bronceado y va a quedar un color normal.

-Ya. Pues igual, tu color normal es re lindo. Y el marrón de esos ojitos que tenés es más lindo todavía.

Se metieron al mar. Pat había estado imaginando cómo se vería él en una ola, cómo se sentiría su piel llena de arena y sal, cómo movería los brazos al nadar y cómo sería su mirada ante un atardecer en la playa.

Ahora podía observar todos esos detalles en los que había pensado. Era mucho mejor de lo que había construido en su cabeza.

Desde media mañana estuvieron intentando surfear. Leo parecía tener una habilidad nata y pronto entendió la técnica para quedarse en la tabla más de 10 segundos.
Después volvieron a tirarse en la arena. Pat fue hacia la tienda de campaña para buscar la novela que había estado leyendo y el libro que Leo traía. Se encontró con Alejandro, su hermano.

-¿Dónde estabas? -Le decía Alex, mientras jugaba al pókar con los demás amigos.

-Por ahí, fui a caminar. No me vas a creer. Adivina quién llegó ayer.

-¿Quién?

-Leo.

-¡Qué sorpresa! ¡Qué bueno! ¿Vino hasta aquí para verte? ¿Le dijiste ya que regresamos en dos días? ¿Se va a quedar más tiempo o se regresa con nosotros? ¿Viene solo? ¿Por qué está aquí? ¿Es una coincidencia o qué?

-Se regresa con nosotros. Sabe que serán sólo mañana y pasado, pero de todos modos quiso venir. Ahora voy a la playa con él. No existen las coincidencias. No lo puedo creer. Nos vemos al rato.

-Ok. Pásalo bien, salúdalo y no vayas a ahogarte.

-No, quédate tranquilo, todo anda mejor que bien.

Esos dos días que Pat y Leo estuvieron en Chacahua fueron más largos e intensos que ningún otro. Patricia pensó que no era conveniente que él hubiera ido para encontrarse con ella, pues de este modo, todo sería más difícil cuando se fuera, pero prefería mil veces estar ahí que extrañarlo. Estaban conociéndose, creando lazos, descubriendo aspectos el uno del otro que los sorprendían y los acercaban.

-Quiero un mate ahora. ¿Quieres tú?

-¿Te trajiste el mate a la playa? Resultaste peor que porteña.

-Sí, no lo iba a dejar en casa, dos semanas es mucho tiempo. ¿Quieres?

-No, la verdad es que no tomo mate, no me acostumbré del todo. Ya sé que es medio raro que siendo argentino no lo haga, pero ¿qué le vamos a hacer?

-Qué extraño…

-Dale, no puedo decir que jamás bebo, pero no lo hago como todo el mundo allá, que va con el termo y la yerba a todos lados.

-Es verdad… Ahora recuerdo que me dijiste que no tomabas mate.

-¿Te dije?

-¿No?
-¿Cuándo? No recuerdo.

-En mi casa, ¿no? Cuando fuiste.

-No. Más bien ninguno tomó mate aquella vez. ¿Recordás?

-Sí, es cierto. Entonces… ¿Cómo…

-Dale, qué importa. Si lo tomás vos, te acompaño. De pronto me apetece un poco.
Patricia se acercó hasta el campamento, tomó su termo de la mesa y puso el agua a calentar mientras trataba de recordar de dónde y de cuándo sabía que Leo no bebía mate. ¿Cómo era posible que tuviera esta información? Algo en esto la intrigaba. En efecto, él no le dijo que no le gustaba, ni que no estaba acostumbrado a tomarlo, y sin embargo, ella lo sabía.

Fue a la tienda de campaña y encontró abierto el cuaderno en el que había escrito la tarde en la que se había quedado sentada en la colina, cerca de la playa. El viento sopló y movió las páginas rápidamente hasta que se detuvo en una. Lo primero que Pat leyó fue lo siguiente:

“Tú, que no tomas mate… Divertido… Sí.”

Entre aquellas frases inconexas escritas por Pat, se había colado una que le daba un dato preciso. Cuando escribió aquello no lo hizo pensando en que tuviera sentido ni estructura alguna, solamente habían sido pensamientos que entintaban el papel para no ser olvidados, con la necesidad de quedarse en algún lado que no fuera solamente el interior de la cabeza de Pat.

Sabía algo del rascacielos que él mismo no le había dicho.

¿Era posible?

El agua calentó justo antes de hervir y Pat cebó el mate. La sensación era curiosa. Era un detalle sin importancia, pero a pesar de esto, a Patricia se le quedó rondando durante varias horas.

Se bebieron 2 litros y no volvieron a tocar el tema. En cambio hablaron de la familia de él, de sus hermanos, del barrio en el que había crecido. Sus padres estaban juntos desde hacía 32 años. Tenía un hermano mayor y otro menor, así que a él le había tocado vivir la poca atención que te dan tus viejos cuando eres el del medio. Entre la adolescencia del mayor y los requerimientos del más pequeño se las tuvo que arreglar solo en numerosas ocasiones.

-Sí, mirá, pasa que mi padre trabajaba todo el día. Estábamos Tadeo y yo. Tadeo es mi hermano mayor, tiene 31 años. Mi madre siempre estaba con nosotros. Era re linda y siempre jugaba y nos ayudaba con las cosas de la escuela. Luego, Tadeo entró en una edad difícil y, nada, le pusieron atención a él. Yo fui más tranquilo, nunca armé un verdadero kilombo en casa, excepto el tiempo que anduve en drogas.

-¿Fuiste un juncky atascado? Ya decía yo que tenías cara de loco.

-No, bueno, probé. Mi madre me descubrió y se re preocupó, pero se me pasó pronto. Después cuando todo se compuso con Tadeo y conmigo, nació Fidel, el pequeño, y de ahí no supe más de tener viejos.

-Ay, qué melodramático te pones.

-Si, ya sé. La verdad me vino bárbaro. Mis viejos igual siempre estuvieron cuando los necesité hasta que corté el cordón. Ahora, en lo que encuentro casa, vuelvo con ellos. Me tengo que conseguir un lugar apenas llegue allá. No quiero pedirles nada más. Ya hicieron bastante por mí.

-Deben estar todos muy contentos de tenerte de nuevo en tu casa.

-Sí, Fidelito es el que más me echa de menos. Y mi vieja y mi abuela, por su puesto.

-¿Qué edad tiene Fidel?

-11 años.

-Así que eres el hermano grande.

-Sí, es re buen chico. Un poco malcriado, pero es lo más. Re sensible e inteligente, se lleva re bien con todos. Cristina lo quería mucho.

-¿Cristina?

-Ah sí, mi ex novia. -Dijo esto dándose cuenta de que medio que había pensado en voz alta.

Todo había estado bien hasta este punto. ¿Era necesario hablar de la novia o ex novia o lo que fuera, que seguramente estaría guapísima y tendría los ojos enormes y bonita sonrisa y linda piel y el cabello largo y perfecto, y buenísima genética como la mayoría de las argentinas?

Pat hubiera preferido no saber ni su nombre, pues ahora, su mentecilla loca, gastaría tiempo y energías en imaginar quién diantres era Cristina y si se habían separado porque Leo se iba a México o incluso, si ella había sido una más de las razones por las que él estuviera harto y quisiera marcharse. A lo mejor ya no se llevaban bien y se habían dejado de querer, así que habían decidido separarse y la propuesta del viaje y la estancia en México había venido a terminar de cerrar aquello. A lo mejor, ella de hecho, ya estaría con alguien más y seguramente nunca se acordaría de Leo.
O a lo mejor, era una loca desquiciada que amaba con pasión desbordada al rascacielos pero que no había podido ir con él de viaje porque estaba estudiando alguna especialidad médica complicadísima y estaba perfilándose para ser cirujana o cardióloga.

A Pat le entraron unas quinientas teorías en menos de sesenta segundos.

El peso de las ex mujeres es como acero quemado cuando tratas de imaginar las razones de la separación y quieres saber a toda costa, en qué términos quedó la relación. Si son amigos, buenísimo. De lo contrario, si no acabaron bien y se odian, la presencia o la ausencia del otro cobra mucha mayor importancia ante determinadas situaciones, como la de este momento incómodo, al mencionarla en la plática.

De todos modos, era inútil pensar en esto. Era entendible y obvio que Leo tuviera una relación amorosa con alguien allá y que al volver, las cosas se replantearan, pero igual, de la nada y repentinamente el nombre de Cristina le pareció espantoso.

Ahora estaría dándole vueltas en la cabeza. Precisamente de ese tipo de detalles era de los que Patricia no quería enterarse. Metió los dedos en la arena caliente, tomó un sorbo de mate y mordió fuertemente la boquilla con los dos dientes de enfrente.

-¿Estuvieron mucho tiempo juntos? ¿Ella y tú?

El morbo le ganaba, no podía evitarlo.

-Algunos meses. Ella como que no acababa de entender que había momentos en los que prefería estar solo, pero que no estaba ni molesto ni enojado con ella. Al final, en parte por eso vine, por querer estar conmigo y a la vez acompañado. Aunque rompimos antes, la cosa ya se había desgastado. Quedamos bien, igual.

-Sí, suele pasar. Oye, no me tienes que contar nada, de verdad.

-No, bueno, lo hago porque quiero. Acá en México nadie me gustó lo suficiente como para intentar algo; me lo pasé medio ermitaño, en realidad. Así quise estar, lo disfrutaba, pero también necesité cariño… Y nadie… Y luego llegás vos y me dejás sin saber qué hacer; de pronto me sorprendiste sonriendo por vos. Tenés algo, me gusta mucho esto, siento algo distinto cuando estoy con vos. No puedo explicártelo.

-No lo hagas. Lo entiendo, a mí también me pasa.

-De verdad que me cambiaste la visión de muchas cosas, de la ciudad, de la gente, de mí mismo. Se me hace tan chistoso que viví acá casi dos años y te conocí recién ahora. No puedo dejar de pensar en eso.

-Sí… Es una mala broma.

-Pues, ni hablar. Disfrutemos los días que nos quedan e intentemos dejar que el tiempo decida.

-Leo, dime una cosa: ¿por qué me enviaste el mensaje de texto la semana pasada?

-No sé… Me dio curiosidad, supongo. Quería ver cómo estabas. No paré de pensar en vos desde que salí de tu casa aquella mañana. Me sentí tan bien allí y extrañamente no me dieron ganas de irme corriendo apenas amaneció. Quise quedarme con vos y ahora siento lo mismo. Me das confianza, como si pudiera hablarte de cualquier cosa, como si supiera que hay alguien que escucha.

Tal vez si Pat no hubiera sabido que Leo sentía esto por ella, hubiera sido mucho más fácil verlo irse, pero todo lo que acababan de decirse seguramente terminaría de complicar el asunto cuando llegara el momento de decir adiós.

Ella trató de encontrar algo horrible en su persona, algo que no le gustara, una excusa para dejarlo ir. No había nada. Todo en él era buenísimo. Intentó ponerse exigente y ver si no tenía caries, si roncaba, si le olían los pies, si no se cortaba las uñas, si fumaba demasiado, cosa que no tenía mucho sentido, pues Pat fumaba como locomotora también; si cantaba mal, si tenía una deformidad oculta, pero hasta las orejas extrañas de Leo, le parecían geniales. No había algo que pudiera encontrar desagradable, se dio por vencida. Incluso le gustaban los momentos en los que se quedaba callado y parecía no percatarse de la presencia de nadie. A Pat le encantaba verlo cuando se le perdía la mirada en un punto fijo imaginario y se quedaba así un rato; disfrutaban cuando hablaban, cuando se tocaban, cuando se besaban. Cuando caminaban juntos todo en ellos y todo a su alrededor cobraba una fuerza gigante y vital.

-¿Tienes idea de cómo voy a quedarme cuando te vayas?

-Como yo. Triste porque me voy, alegre porque nos conocimos. Sintiendo que algo te arrancan y que no hay nada que lo sustituya.

-Sí… Como solvente derramado, como un personaje olvidado en un viejo film, con nada más que mis cientos de realidades equivocadas. Riéndome con una risa que no quiero oír.

El leve sonido del romper de las olas se confundía con la figura que dibujaba el altísimo cuerpo de Leonardo y sus palabras eran como un banco de peces nadando rápidamente contra la corriente, esquivando arrecifes y corales para permanecer a salvo. Su voz era como música proveniente del fondo del mar.

-Patricia, escuchame, tenés que saber que sólo bastó un poquito de vos para que me tuvieras dándome golpes en la pared del hospi y del depa por no fijarme hacia dónde camino. Nadie comprende. Ni tú misma tenés idea de lo que me hacés sentir. Ni yo tampoco, ni Mephisto que aparece cuando no estás y se burla de mí como de Fausto. ¿Sabés que anduve perdido y vos me encontraste? La salida a todo esto podría ser pedirte un mapa de vos para regresar y darte uno yo para que puedas encontrarme.

-Entonces, te dibujo uno para que puedas volver y saber donde encontrarme y así me construyo un lado del puente.

-Hablando de puentes, mirá, vení. Tocá mi cabeza, si apartás un poco el pelo, podrás ver que tengo una cicatriz en forma de arco, es como un puente. Casi nunca la veo, pero decime vos si parece un puente o no.

Pat se acercó a Leo, buscó entre el cabello y vio su cicatriz. Efectivamente, tenía la forma de un arco, como un puentecito que cruza un lago.

-Sí, sí es como un puente, chiquito pero sólido.

-Sólida la roca contra la que me pegué aquella vez. Tenía como 7 años, estaba jugando y me solté de un volantín. Mi cabeza fue a dar contra una piedra enorme. Me acuerdo que me salió muchísima sangre, pero no me dolió tanto.

-¿Quieres que te enseñe algo?

-A ver, ¿qué cosa?

-Cuando yo era chica, un día estaba jugando en un columpio, me balanceé hasta lo más alto y luego me solté. Me caí también, también mi cabeza fue a dar contra una roca, también me la abrí y también tengo una cicatriz. Mi mamá solía decir que mi herida era como un puente, pero que estaba invertido, como tu luna. Mira, haz igual, aparta un poco el cabello y fíjate.

Leo hizo la misma operación que Pat con él. Buscó entre el largo cabello y vio que una cicatriz muy parecida a la de él.

-¿Viste, nena? Tenés la misma herida pero al revés. ¡Qué loco! Fijate, si las uniéramos, se cerraría un círculo. Hasta la tenés a la misma altura que yo. Si las cicatrices son la verificación corporal de nuestra historia, vos venís a completármela. No se me hace raro que te tenga tan dentro.

-Sí, mientras más tiempo estoy contigo, más me convenzo de que eres especial, y también de que me va a doler mucho cuando ya no estés. Eres justo la otra parte del puente, ahora sé que hay alguien sujetándolo del otro lado. Y lo gracioso es que te vas.

-Dale, pero sigo sosteniéndolo y me guardo el mapa para no sentirme desterrado. Me quedo con vos. Recordá esto por siempre. Mirá el mar y recordá siempre que su color es distinto, y que su fuerza hace que todo aquello que se va, tarde o temprano regrese. Eso lo sé de cierto.

Atardeció. El tiempo pasó volando como en un tapete persa y mientras jugueteaba entre ellos, les decía adiós con su manita. Estaba advirtiéndoles que no sería fácil dejarse y que de nuevo, se verían cada uno en su lado del mundo, necesitando estar con el otro.

-Yo también te dibujo un mapita, por si un día, querés verme.

Patricia bajó la mirada y se encontró con sus pies. Se dio cuenta de que esos pies tenían todavía una larga distancia por caminar. Luego vio los de Leo, que eran como del doble del tamaño. Lo recorrió con la vista. Pasó por las rodillas, las piernas, la cadera, las manos; se detuvo en los meñiques, subió a los antebrazos, al pecho, a los hombros, al cuello, al mentón, a los labios afilados que guardaban detrás una sonrisa; jugó un poco con su barba, le tocó la nariz, le besó el par de ojos, le pasó los dedos por el cabello y bajó con el índice por las sienes hasta las orejas. Se detuvo ahí.

El viento sopló, las olas embravecieron, la marea subió. El agua les llegó hasta las rodillas, en realidad a Pat le llegó hasta la parte alta de los muslos. No se movieron.

-¿Dónde dejaste este cachito de cartílago de que te hace falta aquí?

-No me acuerdo. Lo he de haber perdido por ahí. Tal vez cuando nací el doctor me jaló de la oreja derecha y me lo arrancó, o tal vez como Van Gogh, se lo regalé a una mujer que me volvió loco. O a lo mejor se me cayó en la playa y anda entre los caracoles de mar. ¿Me ayudás a buscarlo?

Ese pedazo de piel cartilaginosa que formaba un hueco en la parte superior de la oreja del rascacielos se resguardaba en un lugar muy preciso. No se sabía en donde, aunque eso no significaba que estuviera perdido.

-Si lo encuentro antes que tú, me das un premio. ¿De acuerdo? -Le dijo Pat, mientras corría por la playa.

-¿Qué querés de premio?

-Mmm… Una canción.

-¿Una canción? No se me ocurre cuál podría ser.

-Una que inventes tú.

-Está bien, si lo encontrás primero, te hago una canción. ¿Y si lo encuentro antes? ¿Cuál es mi regalo?

-A ver, dime, ¿Qué quieres de premio?

-Es sencillo: volver a verte.

Hubiera sido realmente genial que volvieran a verse, pero había un pequeño detalle que Leo no conocía: Pat no estaba segura de si cuando él volviera a México, si es que lo hacía, ella estaría todavía en este universo. Leonardo no tenía la menor idea de que era probable que una tarde, o un día o una noche, habiéndose ido a otra dimensión, ella fuera la que no pudiera regresar.

Volver a verla era de hecho, algo nada sencillo, pero Leo había decidido confiar en que alguna vez, algún día, se encontrarían de nuevo.

Pat removió un montón de conchitas que una ola había traído hasta la orilla de la playa, se quedó inmóvil y tomó una entre sus manos. Leo la veía desde una distancia corta. Ella encontró un caracol que el tiempo había ahuecado; la corriente y su curso le habían dado una forma rarísima, la curva que hizo de casa alguna vez había sido disuelta por las rocas y las algas de mar, de modo que podía ponérselo en el oído y escuchar lo que pasaba del otro lado; era un agujero en el que se podía asomar y ver la eternidad en un instante breve. Leo se acercó, vio el caracol en la oreja de Pat y pegó la suya a la de ella. El caracol quedó en medio de los dos.

-Lo encontraste, Patita. Ese cachito que me falta lo tenés vos.

-Me debes una canción Leo.

Una luz incandescente ardió en el cielo. Eran juegos pirotécnicos. El año nuevo había llegado y ellos dos lo recibían juntos en medio de un caracol que los unía y los comunicaba. Se quedaron viendo aquellas luces de colores que iluminaban el cielo y se confundían con las estrellas. A lo lejos se escuchaban los festejos de la gente. Ellos permanecieron apartados de todo, con el sonido de las olas recordándoles que habían creado una brújula para guiarse en el mapa y que en cualquier lugar en el que se encontraran, la aguja indicaría la dirección en la que tendrían que caminar para volver.

Eran necesarios en la vida del otro y lo sabían. El mar les reiteraba que aunque caminaran hacia ningún lugar, ya no podrían separarse.

VEINTE Y TRES. 23. "LA LUNA INVERTIDA"

En efecto, la playa le estaba dando la serenidad necesaria para poder pensar acerca de los universos paralelos y de su investigación con Otif; para pensar en Leonardo, en si decirle o no que no quería dejar de verlo. No sabía si confesarle u ocultarle que estaba estúpidamente enamorada de él, no quería que se burlara de ella ni que la rechazara. Tal vez todo se le pasaría en cuanto volviera a México; seguramente aquellos sentimientos se quedarían enterrados en la arena por los miles de cangrejos que habitaban en ella.

Pat caminó lejos del barullo y fue a sentarse a una pequeña colina desde donde podría ver el atardecer e intentar escribir un poco; quería poner sobre papel esto que le pasaba para después leerlo y tratar de que le diera claridad en un momento confuso.
Estuvo más de una hora sentada viendo cómo el sol iba bajando hacia el mar para perderse en el centro del océano.

Eran las 4:44 pm cuando la pluma comenzó a tomar vida propia:

“El tiempo se quedó con la manita levantada y con cien preguntas atoradas en la tráquea. Y ahora que regresa esa nube de nostalgia, de esos instantes que me hicieron los días, que me los hacen todavía… te pienso rascacielos.

Dime algo…

¿Depende del azar lo que uno se guarda para sí y lo que uno decide olvidar?

Quisiera guardarme las imágenes en la gaveta junto al trocito de tu oreja derecha, junto al sonido de tus dedos… Librar una batalla contra el mismo azar que me hizo voltear a verte a los ojos aquella noche y que hace que me pierda en una ciudad que creí conocer y preguntarme si mi primer o mi segundo nombre pasan por tu cabeza, por casualidad o porque sí nada más… Ganarle al azar y no dejar que te vayas.

Hoy… Hago recuerdos con trozos de memoria, con ese olor que se escapa, con el insomnio…

A eso me dedico. A guardar en el archivo personal las veces que sonreíste; a desempolvar las repisas apolilladas y volver a traer al ahora la representación más clara de que el destino existe y de que, en efecto, se empeñó en jugarme una broma…
Tú… que no tomas mate… Divertido, sí.

Armo rompecabezas con el aliento que no alcanzó a ser palabra, con la goma de mascar que dejaste pegada en la T.V.

Juego rayuela con los mareos y con los nervios de las veces que te acercaste y me cambio el color de las uñas con el beso que robaste… con el que robé también.
Deposito sueños en la nevera. Te veo por todos lados y, carajo, pese a lo que puedas pensar, me das una paz muy extraña.

Y si es el azar el culpable de que te piense de una manera tan irracional, tan poco sana y civilizada, sin normativas tranquilas que se coloquen dentro del estándar, agradezco que me esté jugando esta pasada.

Buen comienzo… dos… dos segundos… Nada más…

Tenerte rompiéndome los huesos de la espina dorsal con la respiración mientras dormías o intentabas dormir… Con eso duermo yo hoy…

Y sí…

Sí estaría bien que supieras que me haces reír como no reía desde niña.

Estaría bien que supieras que me hubiera encantado volar una cometa contigo, tomar un whisky añejo, conseguirme una pintura roja y pintarte una tarde de lluvia…

Sí, bueno, algo tendría que decirse a estas alturas… Y yo no sé qué decirte… Ni siquiera estás… Ni siquiera estoy… Y entonces no digo nada ni guardo silencio… Y sin embargo…

Estaría bien que supieras que este remolino al que llamo coincidencia me deja mirándome en un reflejo de mar, dándome cuenta de que no soy la misma ya… De que acomodaste mis huesos y de que… ¿Por qué no decírtelo? Seguro que voy a extrañarte más de un par de noches a la semana.

No puedo irme, aunque quisiera. No todavía.

Estaría bien que supieras que me da pena escribir sobre ti, pero que la mano izquierda nada más no para de moverse…

Que ando desde hace días loca, inquieta y tristona y que repares o no repares en esto, te volviste importante en dos segundos.

Estaría mucho más que bien que no te percataras de mi fijación por tus clavículas y de mi obsesión por querer besarte los ojos para que no pensaras que soy una lunática pegadísima…

No estaría de más, por otro lado, fumarme otro cigarro contigo, ver una obra de teatro, escuchar lo que piensas de la vida de las hormigas, que me describieras con mímica el sonido de la carne cuando es cortada… ¿Pensaste que no te había hecho caso esa mañana mientras tomábamos café, verdad? Sólo que no supe qué contestarte… Nunca me había puesto a pensar en el sonido de la carne rompiéndose.

Tampoco estaría de más saltar un charco contigo, que me cuidaras una siesta…
Dime algo…

¿Depende del azar o de la probabilidad que se me quede tu rostro el mayor tiempo posible?

¿De qué depende el hecho de tener momentos a lo largo del día en el que me dan unas ganas enormes de quedarme en cama contigo y detener el instante y saborearte los deseos, y robártelos de las pestañas y quedarme con tus huellas digitales en la piel y no contarte nada para que no te asustes?

Dos segundos…

¿Dónde andabas?

Seguro contestarías: Fui por el pan.

Y yo me reiría mucho y pensaría que la vida vale la pena porque las cosas simples son las que se quedan, las que se vuelven inmortales.

No estaría nada mal que supieras que no sé despedirme, que soy políticamente incorrecta, que soy medio torpe y atarantada, que muero por saber antes de que te vayas cuál es tu sabor favorito…

Y tú… Sábete que hago trampa en el pókar porque no soporto perder con un par de reinas…

Que Dios me parece insoportable, sobre todo cuando las horas son interminables… Pero como ahora estoy en la playa… Entonces lo aguanto un poco más…

Que las mañanas quemaron hasta que te vi…

No lo sabes y tal vez estaría bien que lo supieras…

Y yo… No sabía…

No sabía que me ibas a hacer respirar, que me iba a conmover tanto tu angustia escondida en el cuello, que si te veo otra vez… que si leo tu cuerpo, Leo… Mi bestiario personal va a ser completamente indetenible.

Estaría bien… No sé… Besarte otra vez, encontrarnos de nuevo en un tiempo, en otros dos segundos e intentar maniáticamente de descifrarte.

Si depende del azar el haberme topado contigo y si depende del destino el que vuelvas, y si es ese maldito azar el que me haga encontrarte algún día, estaré eternamente agradecida con sus caprichos, como estoy hoy por haber tenido tu mirada encima de la mía.

Estaría mejor… También… Que supieras que vas a tener que darme una tregua, que las despedidas me salen muy mal, que nunca sé qué hacer ni decir y que me sudan las manos y me tiemblan las rodillas cuando el adiós se me va a escapar de la boca… Ese adiós que llega, que opone resistencia y entonces digo que voy… Y voy… Y ya desde allí el adiós es estúpido y triste.

No lo sabes…

Pero estaría bien que supieras que te quedas aquí dentro. Que tendré más de un par de razones para buscarte en mis sueños…

No lo sabes…

Y yo tampoco tenía manera de saber que de pronto un día ibas a estar habitando mis silencios…

Que me confundo con la semántica, que tengo ataques de hiperlalia, que me gusta arrancar costras, que podría comerme tus dedos meñiques, que sería perfectamente capaz de correr tras el avión en el que te vas para agitar la mano desde la pista, perseguida por el personal de seguridad, sólo para verte una última vez…

Y yo…

No tenía manera de saber que ibas a causar que mi cuerpo necesitara un tratamiento completo de rehabilitación después de que dormimos juntos... Que iba a querer borrar del diccionario el verbo olvidar para que no te me olvides, para que no me olvides.

Estaría bien, a estas alturas, que supieras que es muy probable que te hubiera amado como la historia no ha visto jamás amar a nadie.

Y si es cierto eso de que el rostro que nunca olvidamos es el de la gente a la que le decimos adiós, pese a que soy pésima para eso, me despido… con un beso… o con dos…
Te quedas en mis ficciones, en mis múltiples realidades, en mis pupilas, en mi baja espalda.

Sábete que te quedas un rato irrumpiendo en mi arritmia cotidiana".

Cerró el cuaderno. La mano le dolía debido a la fuerza que había ejercido contra el papel, escribió tan rápido que los dedos se le quedaron engarrotados. Atardeció y ni siquiera se había dado cuenta. La última señal de luz se alejaba en el horizonte violáceo y se ocultaba tras el enorme risco que se divisaba a lo lejos.

Sembrar esperanzas en la imposibilidad es tan absurdo como cosechar dientes de león en un terreno arruinado por la sequía. Y como todo aquello que nos es imposible alcanzar, este sinsentido parecía potenciar la necesidad que Pat tenía por la presencia del rascacielos.

Obscureció.

Patricia quiso quedarse un rato más sentada esperando a que la luna apareciera.

Por fin lo hizo, pero no venía sola.

Con ella se trajo una voz que sorprendió por completo a Pat. Esa voz se escuchó como el eco de las lágrimas que no han sido lloradas todavía, como un murmullo que te rompe los tímpanos de tanto haber deseado escucharlo, como una nota olvidada en un viejo pentagrama que suena a desdicha y a dulzura al mismo tiempo.

-Hey, ¿te digo una cosa? Del lado opuesto de la línea ecuatoriana vemos la otra cara de la luna. En el sur, cuando anochece lo que podés ver es esta luna pero invertida. Fue lo primero en lo que reparé la primera noche que pasé en México. Si te fijás bien allá, podés ver que el conejito está al revés que el de acá.

Se tardó en reconocer si estaba alucinando, imaginando o verdaderamente escuchando esas palabras que sonaban tan reales detrás de su espalda. Sintió un escalofrío que reconoció de inmediato, lentamente giró su mirada hacia atrás y permaneció callada.

-Hola, linda. Tardé siglos en encontrarte. Pensé que ya te habrías ido, pero pregunté por vos y un pibe re simpático me dijo que andabas por acá todavía, que ayer estuviste caminando en el mar con él y que seguramente andarías por ahí. Me preguntó una cosa curiosa. Me preguntó si yo era el que se iba para siempre muy lejos de acá. Luego me dijo que estabas triste por eso y que a él le pesaba que unos ojos tan lindos anduvieran tan tristes. ¿Cómo estás, cuac?

No. No era posible que hubiera ido hasta allá para verla. Pensó que estaba divagando. No abrió la boca. Terminó de enfocar los ojos en la silueta detrás de ella, volteó todo el cuerpo y se puso de pie. Sentía que los brazos se le fugaban del cuerpo y que las piernas se le volvían líquido para pulir piedras.

-¿Leo? ¿Eres tú?

-¿Quién más va a ser, Patita?

-¿Cómo llegaste hasta aquí?

- Y caminando. Bue, primero investigué dónde estaba este paraíso, luego llamé a una aerolínea para hacer una reserva en un vuelo hasta Puerto Escondido, me compré un pasaje, llegué a Puerto y tomé un bus hasta acá. Después, un señor con una lancha me trajo hasta la playa cruzando la laguna y ahí fue en donde caminé para ver si podía tener la suerte de encontrarte. Hay menos gente de la que imaginé. No es raro, llegar hasta a esta playa es toda una odisea.

No sabía qué contestar. Solamente quería abrazarlo. Se sintió tan contenta que seguía creyendo que no era posible que estuviera ahí.

-¡Qué bueno verte! No tienes idea de cuánto he estado pensando en ti. He hablado con todos de lo que me pasa cuando te pienso y ahora que te tengo enfrente no sé que hacer.

-Un beso podría ser una buena opción.

Lo besó y… ¡Uy! Ese beso nada más vino a rectificarle a Pat que no tendría opción, que no podría huir ni ocultar lo que sentía por él. Leo tampoco estaba ocultándolo.

El hecho de estar allí le dejaba claro que él también la necesitaba.

-Espera, ¿no me dijiste que tenías que estar en el hospital estos días?

-Sí. Me escapé. Arreglé todo con Dani para que se ocupara de mis pacientes y sin pensarlo demasiado, tomé una valija y metí en ella lo primero que se me ocurrió. Quería venir. En el camino pensé que la posibilidad de encontrarte era baja pero no es una playa tan grande. Algo me decía que iba a verte, por eso vine.

-No sé qué decirte, estoy en shock. De verdad. Si supieras todo lo que está pasando dentro de mí en este momento, sabrías, tú que entiendes de medicina, que está a punto de darme un paro cardíaco o un colapso nervioso.

-No, qué te va a dar un paro cardíaco. Si justo vengo para ver cómo anda tu corazón, para hacerle cariños. El mío anda acelerado. Podría decirte que es por el trayecto, pero mejor no te miento y te digo que es por vos.

-Leonardo… No hagas esto.

-Pata… Sí que lo hago.

-Cuac.

-Cuac. Qué lindo que es escucharte.

-Jamás me pasó por la cabeza que vinieras. He estado haciendo todo un esfuerzo por no pensar en ti.

-Buenísimo. Ahora vengo a complicarte las cosas así como vos complicaste lo mío.
-¿Yo qué hice?

-No sé con exactitud, pero me gusta.

-A mí me gusta que estés aquí. Ven, acércate un poco más, quiero cerciorarme de que no estoy pirada.

-¿Cómo pirada? Estás lindísima. Qué buen color que agarraste ya.

-No. Pirada, loca, turulata, bala- bala, chifladísima, etcétera.

-Bueno. Estás loca, sin duda, pero yo también. Buena pareja de locos. Arlt nos debió haber metido en su libro junto con los otros siete.

-¿Quién? ¿Cuál libro?

-Ah, Roberto Arlt. Es un escritor argentino que tiene un libro que se llama “Los siete locos” Te lo tienes que leer. Re copado.

-¿De qué va?

-Lo tenés que leer. Te va a gustar mucho.

-Ya está. Lo leeré. No acabo de creer que estás aquí.

-Yo tampoco. Pero llegué sin avisar, así como suelo hacerlo. Tenés que saber que también suelo irme sin avisar.

-No, merezco que por lo menos me dejes decir adiós como se debe.

-¿Cómo se dice adiós como se debe?

-No sé, ya lo averiguaremos. ¿Cuándo te vas?

-Te dije.

-No me acuerdo, no he querido pensar en eso.

-21 de enero. La hora no la sé aún.

-Bueno, pues ya veremos qué se hará. Lo que importa es que estás aquí. Llegaste otra vez. Más bien no te me has ido.

-No quiero irme, Pat.

Patricia deseó pedirle que no se fuera. No lo hizo. No supo por qué, pero no lo hizo. No quería delatarse más vulnerada de lo que evidentemente ya estaba. No tenía ninguna razón lógica para siquiera atreverse a insinuarle que no se marchara.

-¿Vas a quedarte en el mar conmigo?

-Sí, y nos vamos a meter juntos a una ola como dijiste.

Ush, qué cursi que era él también.

-¿Estás cansado? ¿Quieres dormir un poco?

-Sí. Antes de encontrarte acá me renté una cabañita re linda. Quisiera sacarme la remera y los jeans, ponerme algo más fresco, comer y andar a la cama con vos.

-Bueno. Bajemos y si quieres le digo a Berta que prepare algo para un hambriento aventurero.

-Dale. Buenísimo. ¿Quién es Berta?

-Una señora bien linda que tiene unas enramadas acá en la playa. Estoy quedándome con ella. Cocina delicioso, ya vas a ver.

Pat le contó brevemente la historia a Berta y ella, con todo el ánimo del mundo, les cocinó.

-Quiero conocerlo. -le decía a Pat mientras cortaba un tomate fresco y ponía varias verduras en el asador.

-Ahora viene, creo que se está dando un baño.

Pocos minutos después, Leo apareció repuesto y relajado por la puerta de la pequeña cocina que estaba en casa de Berta. Tuvo que bajar la cabeza para no pegarse contra el techo.

-Hola. Buenas noches.

-Hola, mijo. Pásale. Tú debes ser Leonardo.

-Sí, soy yo.

-Yo me llamo Berta.

-Encantado Berta. Qué rico que huele.

-Ya está, hicimos unos filetes que vas a ver, quedaron riquísimos.

-Gracias. Qué hambre.

Cenaron pescado a la talla y bebieron bohemia obscura. La noche era perfecta. Patricia sintió pánico cuando pensó que esa noche perfecta podría ser también una noche imaginaria o una noche en una dimensión de la cual desaparecería. Ya no sabía que esperar.

Pero no. Estaban en el universo “normal”. No habían personajes raros y nadie le decía que se fuera de allí y nadie la golpeaba.

Terminaron de cenar y Berta les dio un poco de mezcal para que el sueño les viniera mejor.

Leo abrió la puerta de la cabaña que había rentado, Pat fue hacia su tienda de campaña, recogió un suéter, pues las madrugadas tendían a ponerse frías a pesar del clima del lugar, y regresó.

-Vení, calentá la cama conmigo.

Pat se metió debajo del edredón ligero, se acomodó el cuerpo con el de él y se quedaron así un rato.

-¿Cuándo pensás volverte a la ciudad? -Dijo Leo acomodando la cabeza en el abdomen de Pat.
-En dos o tres días. ¿Vuelves conmigo?

-Sí. Me vino bien haber dejado el hospi unos días, estoy un poco cansado. Y me vino mejor poder pasar un tiempo con vos en el mar.

-Mañana va a estar buenísimo. Podemos ir a surfear. ¿Quieres?

-¿Vos hacés surfing?

-No, bueno. No soy una profesional, pero me defiendo. Tengo un amigo que puede prestarnos una tabla.

-Suena bien. Mañana iremos a surfear, entonces. Ahora quiero hacer el amor con vos y dormir con vos y soñar con vos, y mañana despertar con vos y desayunar con vos, y andar al mar con vos y escucharte a vos y besarte a vos y tocarte a vos y quererte a vos y que me quieras vos.

-Te quiero, Leo.

-Te quiero, Pata.

Como ya se dijo antes, la noche fue maravillosa. Ella volvía a tenerlo ahí, dormido y cansado, como la última vez.

No había cambiado el hecho de que Leo se regresaba a Argentina, pero sí cambió todo saber que se querían y que les pesaba separarse.

Tendrían casi tres semanas para hacer lo que fuera por aceptar la idea de que él tenía que regresar por compromisos de trabajo en un hospital en el que ya tenía pacientes programados y de que a ella le quedaban varias funciones y nuevos ensayos del próximo montaje en el que estaría.

Esa noche, después de hacer el amor, se fumaron un cigarro; Marlboro él, Montana ella. Después de regalarse sonrisas y miradas que decían todo lo que no se atrevían a soltar con palabras, sencillamente se abrazaron y durmieron.

VEINTE Y DOS. 22 "UN POQUITO CAMINANDO Y OTRO POQUITITO A PIE"

Esa mañana, todos habían quedado de ir del otro lado de la playa para ayudar a las tortugas recién nacidas a adentrarse en el mar. Les pareció que hacerlo en grupo sería una buena experiencia. Aunque Pat estaba disfrutando estar sola como pocas veces, dijo que iba con ellos. Volteó a ver el sol y supo que faltaba poco para el atardecer. Se habían quedado de ver a las seis de la tarde. Cerró el libro, dejó el mate y caminó hasta encontrarlos.

Cruzaron la laguna y al llegar al otro lado se toparon de frente el púrpura del cielo que los recibía junto con el coraje de la marea.
En varios contenedores estaban cientos de diminutas tortugas moviendo sus aletitas por instinto. Si te acercabas y las mirabas con atención cada una tenía una seña particular. Pat se encariñó con todas y le costó trabajo elegir una para liberar hacia el mar.

Se juntaron todos e hicieron una hilera, cada uno con su tortuguita en la mano. Las olas de verdad eran enormes. Esa parte de la playa era mar abierto, peligroso en extremo hasta para el mejor nadador. Ningún lugareño se atrevía a meterse pero era de donde tenían que salir las tortugas hacia su aventura en el océano. Los biólogos llevaban un registro perfectamente controlado del número de tortuguitas que volvían con el pasar de los años a su lugar de origen para reproducirse. Se memorizaban la ruta y después de unos años regresaban como para recordar quiénes eran y de dónde venían.

Si bien le iba, la tortuga de Pat volvería a esa playa para cumplir con el ciclo de la vida. De cada 100 tortugas sobreviven 8 o 9 así que Patricia le deseó suerte a la suya y la depositó en la arena. El primer golpe era el menos duro, pues solamente las regresaba haciéndolas rodar un poco. El peor era donde tronaban las olas. Si lograban pasar de eso, se convertirían en unos prodigios de la naturaleza.

Era impresionante el tamaño del océano en comparación con los cuerpos chiquititos de las tortugas, parecía imposible que sobrevivieran y sin embargo, algunas lo hacían. Patricia tuvo un sentimiento de empatía. Ella también se había sentido como luchando contra el mar, sobreviviendo por instinto. Se supo igual de frágil que “Manuelita”. Llamó así a su tortuga en honor a la de la canción de aquella que vivía en Pehuajó. Se acordó otra vez de Leo y se encontró triste de nuevo porque probablemente esto sería algo que jamás tendría oportunidad de contarle.

Poco a poco todas se fueron yendo. Unas tardaron menos que otras. A algunas las tuvieron que ayudar un poco más, pues se habían quedado enterradas en la arena, pero pasada una hora la playa estaba limpia, no había huellas de que hubieran estado por ahí. Ahora solo era cuestión de suerte, de probabilidad y de estadística.
Al final del día todos somos iguales, pensó Pat. Termina un día y lo único que puedes ver realmente es cuán frágiles somos. Granos de arena en la infinitud del universo. Ojalá que se acompañaran algunas y viajaran en grupo un ratito. Así podrían platicar de lo aprendido en el mar, así podrían cuidarse un poco más de los depredadores.
Todos se quedaron en silencio. Esa noche la luna no se vio, se quedó dormida y debido a esto, el plancton fosfórico del agua de la laguna brillaba fluorescente en la oscuridad. La estela que la lancha iba dejando iluminaba los rostros de los muchachos que volvían conmovidos sin querer hablar, cada uno guardándose para sí cualquier comentario sobre lo que acababan de vivir.

Llegaron al campamento. La noche iba a estar tranquila. Estaban sumergidos en sus propios pensamientos. Pat decidió irse a dormir temprano, buscaba su cepillo de dientes, cuando un niño la sorprendió por la espalda.

-Hola, tú.

-Hola. ¿Cómo te llamas?

-Yo soy Bambuchas. ¿Y tú?

-Me llamo Patricia. ¿Qué haces Bambuchas?

-Nada. ¿Quieres ir a caminar al mar?

-Es un poco tarde, ¿no crees? ¿No te da miedo?

-No, siempre camino por el mar. ¿Vienes?

-Sí. ¿Por qué no? Vamos.

Las caminatas en la arena sirven de mucho cuando tienes pensamientos inútiles por tirar. Cuando los ojos te duelen y necesitas que el agua salada te los limpie, no hay más que meterse al mar y dejar que te aliviane las penas.

Pat sentía que lo que estaba viviendo era como una obra en dos actos en la que después del intermedio el actor principal ha desparecido misteriosamente, haciendo imposible que la función siga y no hay reemplazos ni suplentes para alguien que te ha conmovido de una manera tan inexplicable.

Sin embargo la pregunta se quedaba en el aire: ¿Por qué se va aquél a quien tienes que decirle tantas cosas sobre su magnífica interpretación, a quien tienes que agradecer por haberte hecho descubrir que todavía eres capaz de conmoverte?
Bambuchas tomó de la mano a Pat. Caminaron varios metros. De pronto, el niño se detuvo, la miró fijamente y le preguntó:

-¿Por qué tienes ojos tan tristes y bonitos?

-Para verte mejorooor.
Bambuchas frunció el ceño y le sacó la lengua en señal de desagrado.

-Ay, inventa otra cosa. Eso es de Caperucita Roja.

-¿Te parece que mis ojos son bonitos? Gracias.

-Sí son bonitos, pero también están tristes. ¿Por qué? ¿Por qué estás triste?

-No estoy triste… No sé…

-Sí sabes. ¿No me quieres decir, verdad? Porque piensas que si me dices, te vas a poner más triste.

-A lo mejor. Creo que estoy triste porque quiero mucho a alguien que pronto se va a ir muy lejos de aquí.

-¿De aquí de Chacahua?

-No, de aquí del país.

-Mmm. ¿Y se va de vacaciones o se va para siempre?

-Pienso que se va para siempre.

-¿Para nunca volver?

-No sé. Tal vez sí vuelva, pero tal vez cuando vuelva yo ya no sea la misma y ya no esté aquí.

-¿Cómo?

-Sí, mira. Las personas vamos cambiando y estoy triste porque ahora se va y no sé si cuando vuelva yo esté en el mismo lugar y podamos volver a vernos y a seguir con lo que ahora inició.

-Pues es muy fácil. Lo vas a visitar un día y ya, aunque no seas la misma. Mi mamá siempre le dice a mi abuelo que él a pesar de los años, sigue siendo el mismo.

-Sí. Eso puede ser, pero de todos modos sólo voy a ir de visita. Es más difícil de lo que parece. No es nada más que lo vaya a visitar sino que no puedo quedarme todo el tiempo que quiero. Además no sé si él quiera que vaya a visitarlo.

-Pues pregúntale.

-Es que me da pena preguntarle.

-Pues que se te quite la pena. Si es un amigo que quieres mucho no lo dejes ir así.
Pregúntale si puedes ir algún día y así no se dejan de ver tanto tiempo.

-Sabes Bambuchas, creo que tienes razón. Total, lo peor que puede pasar es que me diga que no y ya está.

-No te va a decir que no. Vas a ver. Cuando te diga que sí puedes irlo a ver, te vas a acordar de mí. Aquí todo el tiempo viene gente de la que me hago amigo que luego se va, pero los que dicen que vuelven, siempre lo hacen. Entonces, si él vuelve, tú vuelve también.

Regresaron a la tienda de campaña, cenaron camarones a la diabla que había preparado la mamá de Bambuchas y se fueron a dormir.

Al día siguiente quiso llamarlo solamente para preguntarle cómo andaba todo, para verificar si no había cambiado de opinión y había decidido quedarse en México. No había señal. Su celular estaba inservible, como el de todos los demás y el único teléfono de la isla estaba en reparación.

En lugar de hablar con él no paró de hablar de él con todo el mundo. Si alguien se acercaba a la fogata en la noche para decir “hola”, ella comenzaba a contar la historia. A todos les pareció increíble. “Es demasiado bonita”. Evidentemente se ahorró algunos detalles. “Lo tienes que volver a ver, despedirse como deber ser.” “No importa que te parezca ilógico, cuando alguien se enamora no hay nada más que hacer que seguir lo que el corazón dice”. “Lo tienes que dejar en el aeropuerto, de menos”, le decían todos.

Le dieron ánimos para buscarlo de nuevo en cuanto volviera a la ciudad y le aconsejaron que mientras, disfrutara los días en la playa.

El destino diría qué pasaría.

giovedì 2 giugno 2011

Every body knows...

You can just make it worst
or ask and then make it a little bit better…
so, why don´t ya just stop looking at me?
Let yourself down and shut up or…
make it better and shout it loud!

MADERA PICADA

Uniendo signos en el poco espacio que quedaba sin ser arrasado por la arena y la sal logró salir de aquella ola que la arrastró hasta la playa. Recordó el temor disfrazado de armadura hecha de corales marinos. La botella con el mensaje milenario estaba vacía y el corcho en su boca se reía de la soberbia confundida con tenacidad. Marea roja y sol escupiendo rayos de sal fue lo único que hubo. No te metas al mar si no sabes nadar, le dijo el pescador al alba. Era más de medio día. Un trozo de madera picada le avisó que estaba con vida. Ahora sabía lo que era un naufragio de verdad, todo antes había sido sólo un simulacro. Si quieres descifrar un mensaje dentro de una botella, espera a que baje la marea, le dijo el pescador al alba. Pero no hizo caso y se metió igual. Llovió.

ES QUE LA GENTE SE CASA

Y resulta que de pronto mandas un mail después de mucho tiempo, sueltas la normal y típica pregunta "¿en qué andas, cómo estás?...

Y resulta que la gente se casa...

Y en la compu vienen las letras como en batalla formando contingentes en el mail que te va a hacer parpadear un par de veces antes de tomarlo verosímil.

Y en muy poquitas palabras puedes ver que están felices y entonces te da felicidad a ti también. Y te maravilla que la gente se case... más que por el casamiento en sí, por lo que significa querer esperar a alguien a que llegue del trabajo. Quererlo hacer para siempre.

El para siempre. El dos y el uno. Un instante que se transforma en una vida porque dos lo deciden así.

Y te haces un té, y te vas a dormir... Pero no te duermes...

Y es que sí, la gente se casa.

C´è un tempo perfetto per fare silenzio...