mercoledì 8 giugno 2011

VEINTE Y TRES. 23. "LA LUNA INVERTIDA"

En efecto, la playa le estaba dando la serenidad necesaria para poder pensar acerca de los universos paralelos y de su investigación con Otif; para pensar en Leonardo, en si decirle o no que no quería dejar de verlo. No sabía si confesarle u ocultarle que estaba estúpidamente enamorada de él, no quería que se burlara de ella ni que la rechazara. Tal vez todo se le pasaría en cuanto volviera a México; seguramente aquellos sentimientos se quedarían enterrados en la arena por los miles de cangrejos que habitaban en ella.

Pat caminó lejos del barullo y fue a sentarse a una pequeña colina desde donde podría ver el atardecer e intentar escribir un poco; quería poner sobre papel esto que le pasaba para después leerlo y tratar de que le diera claridad en un momento confuso.
Estuvo más de una hora sentada viendo cómo el sol iba bajando hacia el mar para perderse en el centro del océano.

Eran las 4:44 pm cuando la pluma comenzó a tomar vida propia:

“El tiempo se quedó con la manita levantada y con cien preguntas atoradas en la tráquea. Y ahora que regresa esa nube de nostalgia, de esos instantes que me hicieron los días, que me los hacen todavía… te pienso rascacielos.

Dime algo…

¿Depende del azar lo que uno se guarda para sí y lo que uno decide olvidar?

Quisiera guardarme las imágenes en la gaveta junto al trocito de tu oreja derecha, junto al sonido de tus dedos… Librar una batalla contra el mismo azar que me hizo voltear a verte a los ojos aquella noche y que hace que me pierda en una ciudad que creí conocer y preguntarme si mi primer o mi segundo nombre pasan por tu cabeza, por casualidad o porque sí nada más… Ganarle al azar y no dejar que te vayas.

Hoy… Hago recuerdos con trozos de memoria, con ese olor que se escapa, con el insomnio…

A eso me dedico. A guardar en el archivo personal las veces que sonreíste; a desempolvar las repisas apolilladas y volver a traer al ahora la representación más clara de que el destino existe y de que, en efecto, se empeñó en jugarme una broma…
Tú… que no tomas mate… Divertido, sí.

Armo rompecabezas con el aliento que no alcanzó a ser palabra, con la goma de mascar que dejaste pegada en la T.V.

Juego rayuela con los mareos y con los nervios de las veces que te acercaste y me cambio el color de las uñas con el beso que robaste… con el que robé también.
Deposito sueños en la nevera. Te veo por todos lados y, carajo, pese a lo que puedas pensar, me das una paz muy extraña.

Y si es el azar el culpable de que te piense de una manera tan irracional, tan poco sana y civilizada, sin normativas tranquilas que se coloquen dentro del estándar, agradezco que me esté jugando esta pasada.

Buen comienzo… dos… dos segundos… Nada más…

Tenerte rompiéndome los huesos de la espina dorsal con la respiración mientras dormías o intentabas dormir… Con eso duermo yo hoy…

Y sí…

Sí estaría bien que supieras que me haces reír como no reía desde niña.

Estaría bien que supieras que me hubiera encantado volar una cometa contigo, tomar un whisky añejo, conseguirme una pintura roja y pintarte una tarde de lluvia…

Sí, bueno, algo tendría que decirse a estas alturas… Y yo no sé qué decirte… Ni siquiera estás… Ni siquiera estoy… Y entonces no digo nada ni guardo silencio… Y sin embargo…

Estaría bien que supieras que este remolino al que llamo coincidencia me deja mirándome en un reflejo de mar, dándome cuenta de que no soy la misma ya… De que acomodaste mis huesos y de que… ¿Por qué no decírtelo? Seguro que voy a extrañarte más de un par de noches a la semana.

No puedo irme, aunque quisiera. No todavía.

Estaría bien que supieras que me da pena escribir sobre ti, pero que la mano izquierda nada más no para de moverse…

Que ando desde hace días loca, inquieta y tristona y que repares o no repares en esto, te volviste importante en dos segundos.

Estaría mucho más que bien que no te percataras de mi fijación por tus clavículas y de mi obsesión por querer besarte los ojos para que no pensaras que soy una lunática pegadísima…

No estaría de más, por otro lado, fumarme otro cigarro contigo, ver una obra de teatro, escuchar lo que piensas de la vida de las hormigas, que me describieras con mímica el sonido de la carne cuando es cortada… ¿Pensaste que no te había hecho caso esa mañana mientras tomábamos café, verdad? Sólo que no supe qué contestarte… Nunca me había puesto a pensar en el sonido de la carne rompiéndose.

Tampoco estaría de más saltar un charco contigo, que me cuidaras una siesta…
Dime algo…

¿Depende del azar o de la probabilidad que se me quede tu rostro el mayor tiempo posible?

¿De qué depende el hecho de tener momentos a lo largo del día en el que me dan unas ganas enormes de quedarme en cama contigo y detener el instante y saborearte los deseos, y robártelos de las pestañas y quedarme con tus huellas digitales en la piel y no contarte nada para que no te asustes?

Dos segundos…

¿Dónde andabas?

Seguro contestarías: Fui por el pan.

Y yo me reiría mucho y pensaría que la vida vale la pena porque las cosas simples son las que se quedan, las que se vuelven inmortales.

No estaría nada mal que supieras que no sé despedirme, que soy políticamente incorrecta, que soy medio torpe y atarantada, que muero por saber antes de que te vayas cuál es tu sabor favorito…

Y tú… Sábete que hago trampa en el pókar porque no soporto perder con un par de reinas…

Que Dios me parece insoportable, sobre todo cuando las horas son interminables… Pero como ahora estoy en la playa… Entonces lo aguanto un poco más…

Que las mañanas quemaron hasta que te vi…

No lo sabes y tal vez estaría bien que lo supieras…

Y yo… No sabía…

No sabía que me ibas a hacer respirar, que me iba a conmover tanto tu angustia escondida en el cuello, que si te veo otra vez… que si leo tu cuerpo, Leo… Mi bestiario personal va a ser completamente indetenible.

Estaría bien… No sé… Besarte otra vez, encontrarnos de nuevo en un tiempo, en otros dos segundos e intentar maniáticamente de descifrarte.

Si depende del azar el haberme topado contigo y si depende del destino el que vuelvas, y si es ese maldito azar el que me haga encontrarte algún día, estaré eternamente agradecida con sus caprichos, como estoy hoy por haber tenido tu mirada encima de la mía.

Estaría mejor… También… Que supieras que vas a tener que darme una tregua, que las despedidas me salen muy mal, que nunca sé qué hacer ni decir y que me sudan las manos y me tiemblan las rodillas cuando el adiós se me va a escapar de la boca… Ese adiós que llega, que opone resistencia y entonces digo que voy… Y voy… Y ya desde allí el adiós es estúpido y triste.

No lo sabes…

Pero estaría bien que supieras que te quedas aquí dentro. Que tendré más de un par de razones para buscarte en mis sueños…

No lo sabes…

Y yo tampoco tenía manera de saber que de pronto un día ibas a estar habitando mis silencios…

Que me confundo con la semántica, que tengo ataques de hiperlalia, que me gusta arrancar costras, que podría comerme tus dedos meñiques, que sería perfectamente capaz de correr tras el avión en el que te vas para agitar la mano desde la pista, perseguida por el personal de seguridad, sólo para verte una última vez…

Y yo…

No tenía manera de saber que ibas a causar que mi cuerpo necesitara un tratamiento completo de rehabilitación después de que dormimos juntos... Que iba a querer borrar del diccionario el verbo olvidar para que no te me olvides, para que no me olvides.

Estaría bien, a estas alturas, que supieras que es muy probable que te hubiera amado como la historia no ha visto jamás amar a nadie.

Y si es cierto eso de que el rostro que nunca olvidamos es el de la gente a la que le decimos adiós, pese a que soy pésima para eso, me despido… con un beso… o con dos…
Te quedas en mis ficciones, en mis múltiples realidades, en mis pupilas, en mi baja espalda.

Sábete que te quedas un rato irrumpiendo en mi arritmia cotidiana".

Cerró el cuaderno. La mano le dolía debido a la fuerza que había ejercido contra el papel, escribió tan rápido que los dedos se le quedaron engarrotados. Atardeció y ni siquiera se había dado cuenta. La última señal de luz se alejaba en el horizonte violáceo y se ocultaba tras el enorme risco que se divisaba a lo lejos.

Sembrar esperanzas en la imposibilidad es tan absurdo como cosechar dientes de león en un terreno arruinado por la sequía. Y como todo aquello que nos es imposible alcanzar, este sinsentido parecía potenciar la necesidad que Pat tenía por la presencia del rascacielos.

Obscureció.

Patricia quiso quedarse un rato más sentada esperando a que la luna apareciera.

Por fin lo hizo, pero no venía sola.

Con ella se trajo una voz que sorprendió por completo a Pat. Esa voz se escuchó como el eco de las lágrimas que no han sido lloradas todavía, como un murmullo que te rompe los tímpanos de tanto haber deseado escucharlo, como una nota olvidada en un viejo pentagrama que suena a desdicha y a dulzura al mismo tiempo.

-Hey, ¿te digo una cosa? Del lado opuesto de la línea ecuatoriana vemos la otra cara de la luna. En el sur, cuando anochece lo que podés ver es esta luna pero invertida. Fue lo primero en lo que reparé la primera noche que pasé en México. Si te fijás bien allá, podés ver que el conejito está al revés que el de acá.

Se tardó en reconocer si estaba alucinando, imaginando o verdaderamente escuchando esas palabras que sonaban tan reales detrás de su espalda. Sintió un escalofrío que reconoció de inmediato, lentamente giró su mirada hacia atrás y permaneció callada.

-Hola, linda. Tardé siglos en encontrarte. Pensé que ya te habrías ido, pero pregunté por vos y un pibe re simpático me dijo que andabas por acá todavía, que ayer estuviste caminando en el mar con él y que seguramente andarías por ahí. Me preguntó una cosa curiosa. Me preguntó si yo era el que se iba para siempre muy lejos de acá. Luego me dijo que estabas triste por eso y que a él le pesaba que unos ojos tan lindos anduvieran tan tristes. ¿Cómo estás, cuac?

No. No era posible que hubiera ido hasta allá para verla. Pensó que estaba divagando. No abrió la boca. Terminó de enfocar los ojos en la silueta detrás de ella, volteó todo el cuerpo y se puso de pie. Sentía que los brazos se le fugaban del cuerpo y que las piernas se le volvían líquido para pulir piedras.

-¿Leo? ¿Eres tú?

-¿Quién más va a ser, Patita?

-¿Cómo llegaste hasta aquí?

- Y caminando. Bue, primero investigué dónde estaba este paraíso, luego llamé a una aerolínea para hacer una reserva en un vuelo hasta Puerto Escondido, me compré un pasaje, llegué a Puerto y tomé un bus hasta acá. Después, un señor con una lancha me trajo hasta la playa cruzando la laguna y ahí fue en donde caminé para ver si podía tener la suerte de encontrarte. Hay menos gente de la que imaginé. No es raro, llegar hasta a esta playa es toda una odisea.

No sabía qué contestar. Solamente quería abrazarlo. Se sintió tan contenta que seguía creyendo que no era posible que estuviera ahí.

-¡Qué bueno verte! No tienes idea de cuánto he estado pensando en ti. He hablado con todos de lo que me pasa cuando te pienso y ahora que te tengo enfrente no sé que hacer.

-Un beso podría ser una buena opción.

Lo besó y… ¡Uy! Ese beso nada más vino a rectificarle a Pat que no tendría opción, que no podría huir ni ocultar lo que sentía por él. Leo tampoco estaba ocultándolo.

El hecho de estar allí le dejaba claro que él también la necesitaba.

-Espera, ¿no me dijiste que tenías que estar en el hospital estos días?

-Sí. Me escapé. Arreglé todo con Dani para que se ocupara de mis pacientes y sin pensarlo demasiado, tomé una valija y metí en ella lo primero que se me ocurrió. Quería venir. En el camino pensé que la posibilidad de encontrarte era baja pero no es una playa tan grande. Algo me decía que iba a verte, por eso vine.

-No sé qué decirte, estoy en shock. De verdad. Si supieras todo lo que está pasando dentro de mí en este momento, sabrías, tú que entiendes de medicina, que está a punto de darme un paro cardíaco o un colapso nervioso.

-No, qué te va a dar un paro cardíaco. Si justo vengo para ver cómo anda tu corazón, para hacerle cariños. El mío anda acelerado. Podría decirte que es por el trayecto, pero mejor no te miento y te digo que es por vos.

-Leonardo… No hagas esto.

-Pata… Sí que lo hago.

-Cuac.

-Cuac. Qué lindo que es escucharte.

-Jamás me pasó por la cabeza que vinieras. He estado haciendo todo un esfuerzo por no pensar en ti.

-Buenísimo. Ahora vengo a complicarte las cosas así como vos complicaste lo mío.
-¿Yo qué hice?

-No sé con exactitud, pero me gusta.

-A mí me gusta que estés aquí. Ven, acércate un poco más, quiero cerciorarme de que no estoy pirada.

-¿Cómo pirada? Estás lindísima. Qué buen color que agarraste ya.

-No. Pirada, loca, turulata, bala- bala, chifladísima, etcétera.

-Bueno. Estás loca, sin duda, pero yo también. Buena pareja de locos. Arlt nos debió haber metido en su libro junto con los otros siete.

-¿Quién? ¿Cuál libro?

-Ah, Roberto Arlt. Es un escritor argentino que tiene un libro que se llama “Los siete locos” Te lo tienes que leer. Re copado.

-¿De qué va?

-Lo tenés que leer. Te va a gustar mucho.

-Ya está. Lo leeré. No acabo de creer que estás aquí.

-Yo tampoco. Pero llegué sin avisar, así como suelo hacerlo. Tenés que saber que también suelo irme sin avisar.

-No, merezco que por lo menos me dejes decir adiós como se debe.

-¿Cómo se dice adiós como se debe?

-No sé, ya lo averiguaremos. ¿Cuándo te vas?

-Te dije.

-No me acuerdo, no he querido pensar en eso.

-21 de enero. La hora no la sé aún.

-Bueno, pues ya veremos qué se hará. Lo que importa es que estás aquí. Llegaste otra vez. Más bien no te me has ido.

-No quiero irme, Pat.

Patricia deseó pedirle que no se fuera. No lo hizo. No supo por qué, pero no lo hizo. No quería delatarse más vulnerada de lo que evidentemente ya estaba. No tenía ninguna razón lógica para siquiera atreverse a insinuarle que no se marchara.

-¿Vas a quedarte en el mar conmigo?

-Sí, y nos vamos a meter juntos a una ola como dijiste.

Ush, qué cursi que era él también.

-¿Estás cansado? ¿Quieres dormir un poco?

-Sí. Antes de encontrarte acá me renté una cabañita re linda. Quisiera sacarme la remera y los jeans, ponerme algo más fresco, comer y andar a la cama con vos.

-Bueno. Bajemos y si quieres le digo a Berta que prepare algo para un hambriento aventurero.

-Dale. Buenísimo. ¿Quién es Berta?

-Una señora bien linda que tiene unas enramadas acá en la playa. Estoy quedándome con ella. Cocina delicioso, ya vas a ver.

Pat le contó brevemente la historia a Berta y ella, con todo el ánimo del mundo, les cocinó.

-Quiero conocerlo. -le decía a Pat mientras cortaba un tomate fresco y ponía varias verduras en el asador.

-Ahora viene, creo que se está dando un baño.

Pocos minutos después, Leo apareció repuesto y relajado por la puerta de la pequeña cocina que estaba en casa de Berta. Tuvo que bajar la cabeza para no pegarse contra el techo.

-Hola. Buenas noches.

-Hola, mijo. Pásale. Tú debes ser Leonardo.

-Sí, soy yo.

-Yo me llamo Berta.

-Encantado Berta. Qué rico que huele.

-Ya está, hicimos unos filetes que vas a ver, quedaron riquísimos.

-Gracias. Qué hambre.

Cenaron pescado a la talla y bebieron bohemia obscura. La noche era perfecta. Patricia sintió pánico cuando pensó que esa noche perfecta podría ser también una noche imaginaria o una noche en una dimensión de la cual desaparecería. Ya no sabía que esperar.

Pero no. Estaban en el universo “normal”. No habían personajes raros y nadie le decía que se fuera de allí y nadie la golpeaba.

Terminaron de cenar y Berta les dio un poco de mezcal para que el sueño les viniera mejor.

Leo abrió la puerta de la cabaña que había rentado, Pat fue hacia su tienda de campaña, recogió un suéter, pues las madrugadas tendían a ponerse frías a pesar del clima del lugar, y regresó.

-Vení, calentá la cama conmigo.

Pat se metió debajo del edredón ligero, se acomodó el cuerpo con el de él y se quedaron así un rato.

-¿Cuándo pensás volverte a la ciudad? -Dijo Leo acomodando la cabeza en el abdomen de Pat.
-En dos o tres días. ¿Vuelves conmigo?

-Sí. Me vino bien haber dejado el hospi unos días, estoy un poco cansado. Y me vino mejor poder pasar un tiempo con vos en el mar.

-Mañana va a estar buenísimo. Podemos ir a surfear. ¿Quieres?

-¿Vos hacés surfing?

-No, bueno. No soy una profesional, pero me defiendo. Tengo un amigo que puede prestarnos una tabla.

-Suena bien. Mañana iremos a surfear, entonces. Ahora quiero hacer el amor con vos y dormir con vos y soñar con vos, y mañana despertar con vos y desayunar con vos, y andar al mar con vos y escucharte a vos y besarte a vos y tocarte a vos y quererte a vos y que me quieras vos.

-Te quiero, Leo.

-Te quiero, Pata.

Como ya se dijo antes, la noche fue maravillosa. Ella volvía a tenerlo ahí, dormido y cansado, como la última vez.

No había cambiado el hecho de que Leo se regresaba a Argentina, pero sí cambió todo saber que se querían y que les pesaba separarse.

Tendrían casi tres semanas para hacer lo que fuera por aceptar la idea de que él tenía que regresar por compromisos de trabajo en un hospital en el que ya tenía pacientes programados y de que a ella le quedaban varias funciones y nuevos ensayos del próximo montaje en el que estaría.

Esa noche, después de hacer el amor, se fumaron un cigarro; Marlboro él, Montana ella. Después de regalarse sonrisas y miradas que decían todo lo que no se atrevían a soltar con palabras, sencillamente se abrazaron y durmieron.

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