Salieron de casa de Leo. Él tenía que ir al hospital y Pat tenía que volver para arreglar todo lo referente a la función de “Grande y Pequeño. Al llegar a su casa después de casi dos horas, pues el tráfico había estado más pesado que de costumbre, Patricia se encontró con varios recados en la máquina contestadora:
-“Hola, Pat. Soy Otif. ¿Cuándo llegas de la playa? Tengo que hablar contigo, estuve pensando y creo sé por dónde puede ir la explicación de tus viajes. Háblame.”
-“Estimado cliente, le informamos que la fecha límite para pagar el recibo de su tarjeta está próxima a vencer; le pedimos atentamente que pase a cualquiera de nuestras cajas disponibles en nuestras más de 24 tiendas en el D.F. y área Metropolitana para liquidar su pago. Gracias.”
-“Hey, nena. ¿Dónde andas? Tengo más de una semana tratando de localizarte. ¿Te escapaste de nuevo? Háblame. Besos. Asul.”
-“Pat, te habla David. ¿Cuándo vamos a ir al teatro? Le dije a García, a Jorge y a Roberto. Sólo faltas tú. ¿Te parece el jueves? Llámanos. Abrazos.”
No llamó a nadie. En cambio, acomodó las cosas del viaje, re leyó sus textos, se cebó un mate, metió su ropa a lavar, limpió un poco su habitación y se recostó en su cama. De nuevo sus pensamientos se trasladaron hacia Leo. Mientras más trataba de que todo fuera sencillo con él, el rascacielos iba tomando más fuerza y más presencia en su vida obstinándose a permanecer en silencio al ladito de sus hombros.
En realidad, todo podía congelarse y acabar antes de lo previsto pero Pat aún podía durar lo que dura un minuto de verdad en las tablas de las otras dimensiones en las que caminaba, sólo tenía que saber por qué transitaba por esos universos y ver en cuál de ellos se quedaría. De pronto, parecía volver la tempestad y parecía que cada vez era más difícil que ella se salvara del naufragio. Otra vez todo se volvía pesado cuando no estaba cerca de él y la espalda volvía a quebrársele con el peso de la incertidumbre; la imposibilidad anticipada denotaba coordenadas confusas sobre los pocos minutos en tierra firme. No podía olvidar cómo caminar en el agua de las huellas de Leonardo ni el rumbo de éstas, que la llamaban a alcanzarlo aunque fuera en el fin del mundo. Preparaba sus pasos hacia lo que le recordaba su mirada y éstos la acercaban a quedarse superpuesta en la imagen detenida de su escenario perfectamente liminal entre lo real y lo ficticio.
Confiaba en que la brújula en las manos de Leo la guiara hacia algún tipo de respuesta y en que pudiera guardarse el mapita de su cuerpo para siempre saber por dónde volver.
La noche llegó. Otra vez lo hacía arrastrando a Pat hacia un sueño profundo que libraba una batalla con el insomnio acostumbrado a imperar. Tomó las gafas para leer. Le apeteció un mate, pero sabía que si lo bebía a esas horas, no iba a poder dormir, así que optó por un té verde. Sus ojos vagaban en las páginas de “El nombre de la rosa” sin prestar mucha atención. No lograba pasar del capítulo en el que se sabe que el nombre del caballo es “Brunello”. Se detenía allí, regresaba un par de páginas, trataba de concentrarse y sin conseguirlo, finalmente botaba el libro en repetidas ocasiones.
En medio de la noche y de una pelea contra ella misma y su falta de concentración, su celular sonó con el tono de mensaje de texto.
-“Cuac. Cansado. Recién llegando del hospi. Millones de pacientes sin ganas de curarse. Extrañándote en cama. Bebo agua en la taza en la que tomaste café a la mañana. ¿Vos?”
-“Té verde, intentando leer. No lo logro. Sueño. Tendría que besarte para poder dormir.”
-“Bésame siempre, pero mientras, ¿te viene bien si nos veamos mañana?, así subo a la superficie a respirar con vos. Quiero verte en el teatro. ¿Mañana das función?”
-“Sí, pero me da pena. Casi tres semanas sin subirme a las tablas. Ando desencanchada y seguro los demás actores también. ¿Todavía quieres?”
-“Por supuesto. Decime en qué teatro y a qué hora.”
-“Teatro “El Galeón” del Centro Cultural del Bosque. En reforma, atrás del Auditorio Nacional. ¿Ubicas? 6:00 pm.”
-“Dale, ubico perfecto. Estaré puntual. El día se me va a hacer eterno. Millones de besos.”
-“Descansa rascacielos. Hasta entonces. Cariños.”
Después de imaginárselo diciéndole “buenas noches” y de haber tenido un pequeño diálogo a través del teléfono y sus avances tecnológicos, pudo cerrar los ojos con un poquito de tranquilidad y dormir.
Al día siguiente despertó ya avanzada la mañana. No recordaba lo que había soñado, lo cual le pareció mucho mejor. Fue a trotar al parque, regresó a casa, desayunó, estudió sus parlamentos y la tarde fue acercándose poco a poco.
Partió al teatro y llegó dos horas antes de la función. Saludó a sus compañeros y a su director. Tuvieron una corta charla sobre la obra, hicieron juntos el calentamiento físico y se enchufó un disco con música de Arvo Part en el i-Pod.
La función comenzó. Ella estaba realmente nerviosa, sabía que Leo estaba sentado en las butacas siendo espectador de la ficción en la que se iba sumergiendo; él la observaría y sabría más de ella que lo que le hubiera gustado contarle. Las manos le temblaban y se moría de miedo por cometer algún error en escena, pero respiró, se concentró y todo marchó bien.
Tras bambalinas puso particular atención en la escena con la que había soñado hacía dos noches. Trató de ver si algo en esas palabras le daban algo de comprensión, así que la observó detalladamente. La nostalgia en la escena la hacía tener un sentimiento de empatía, pero no lograba comprenderla del todo. Aquellas palabras estaban llenas de ausencias. Había en Lotte, como en Patricia “un pretérito constante intentando alcanzar el presente”. Esa mujer podía perfectamente sentarse e intentar entablar una conversación con un completo desconocido y sin quererlo hablaba de todas sus ganas por acercarse a alguien, pero su soledad era ya tan grande que la había llevado al punto de ser incapaz de relacionarse con ninguna persona.
Pat se encontró buscando su propia voz en las palabras de Lotte como ese pulso incesante que siempre quiere más, como esa inquietud que es vida y que está en el enigma de lo que somos y de lo que queremos ser. Nadie volvía, evidentemente. Nadie volvía.
Llegaron los aplausos, había ido bastante gente y pese a que los actores habían perdido un poco de calor práctico por la falta de acción escénica debido a las vacaciones, hicieron un muy buen trabajo.
Patricia trató de buscar a Leo con la mirada entre la butaquería del teatro. Las luces no le permitían ver muy bien; fue tras bambalinas junto con los demás actores, se cambió, tomó sus cosas y salió al lobby.
Sentadito, con el programa de mano hecho rollito, Leo la esperaba. Cuando la vio, se levantó de un salto y corrió a abrazarla.
-¡Qué bien que estuviste, linda! De verdad que me gustó mucho la obra, la historia es triste pero bella a la vez, como vos.
-Hola, qué bueno que viniste. ¿Te fijaste que me atoré en una frase? Siempre me atoro en algo.
-No, ni se notó. Estuvo muy bien, te lo digo en serio. Sos buena, che.
-Estábamos súper nerviosos, pero creo que no nos fue tan mal.
-En absoluto. Mirá, que yo soy público difícil, no me la venden tan rápido, pero creo que es un muy buen montaje, me deja con necesidad de pensar acerca de mí mismo.
-Es buenísimo saber eso, no tienes idea de lo que significa que digas eso.
-Me pareció buenísimo eso que dijo el hombre en la escena de la habitación, algo así como: “El hecho de que haya alguien velando mientras dormís, es algo más bien tranquilizante”. Coincido totalmente con el personaje.
-Sí, y la mujer que está tan metida en ella que no se da cuenta de todo lo que pasa a su alrededor. Me parecen tan justas las palabras que la describen: “Esa mujer busca la alegría de vivir a cada paso y a cada saludo y entretanto se ha vuelto tan amargamente nerviosa que ya casi no aguanta el ruido que provoca la alegría.”
Espero no volverme así jamás.
-No, me parece que es cuestión de decidir y tener una postura ante la vida. Lotte la tiene; es triste, pero es como si hubiera decidido que tomaría la soledad para transitarla como camino de vida.
-Algún día quiero poder hacer un personaje como ése.
-Lo harás, estoy seguro. Tenés talento, cuac.
Caminaron hacia el coche. Patricia se sentía orgullosa y pensó que de verdad, ser actriz valía la pena si una tarde de teatro, un espectador iba y se regresaba a su casa totalmente distinto. No tenía que ver con el talento, sino con una postura coherente hacia su quehacer. Bueno, esa tarde realmente sintió que por lo menos una decisión en su vida había tomado un buen camino.
-Ahora decime linda, ¿de qué tenés ganas?
-Me muero de hambre.
-Yo también. ¿Qué querés cenar?
-Se me antoja pasta. ¿A ti?
-Dale, la pasta suena bien. ¿Conocés algún lugar por acá?
-En la Condesa hay un restaurantito en donde preparan una boloñesa que te mueres de lo rica que está.
-Llevame, esta tarde hacemos lo que a vos se te antoje.
Llegaron a un pequeño local ubicado en la calle de Michoacán esquina con Tamaulipas. Se sentaron en una de las mesas de afuera, ya que seguramente no podrían estar más de dos horas sin fumar, y encendieron el primer cigarrillo. Luego, pidieron una pasta boloñesa y unas crepas poblanas.
Terminando la comida tomaron café y postre de manzana. El tiempo que pasaban juntos era genial, podían platicar sin tapujos de cualquier tema y se daban la oportunidad de escuchar al otro y adivinar algún secreto a través del lenguaje corporal. Pat notó que al hablar de su abuela, Leo bajaba la mirada y parpadeaba más rápido, supo por esto que había algo en recordarla que le causaba una sensación de nostalgia. En parte por eso quería regresar, él ya se lo había dicho y cada vez que Pat se descubría a sí misma sonriendo por algo que decía o hacía Leo, trataba de ubicarse y pensar en que en pocos días el rascacielos regresaría a Argentina. Leo también pudo notar que a pesar de que ella trataba de manejarse por la vida de una manera sólida y firme, contaba con un sin fin de talones de Aquiles, que aunque trataba de ocultar de todas las formas posibles, se le filtraban a través de las palabras y los gestos.
Aquella noche la pasaron entre anécdotas, besos, música, planes individuales por supuesto, opiniones sobre libros, cine y dos cajetillas de cigarros que conforme avanzaron los minutos, se extinguieron paralelamente a la cantidad de tiempo que les quedaba para estar juntos. Disfrutaron aquellos cigarrillos como se disfrutan las horas que hacen de los días recuerdos dignos de guardar en la memoria y de dos desconocidos dos personas que sin razón deciden que van a permitirse amarse aunque sea por dos segundos.
Pat apagó su último cigarro y sintió como si ese tiempo que dedicaba a enamorarse de Leo, al final iría a parar a un viejo cenicero junto con más de 20 colillas aplastadas. Bastaba con cruzar la calle para pedir cigarrillos en la tienda de la esquina, eso no causaba ningún inconveniente, pero el tiempo hecho ceniza no era algo que pudiera comprar en ningún almacén en paquetitos dosificadores de momentos en los que deseas encontrar la fórmula para que duren por siempre.
Por cierto, a Pat no le entraron ganas de fumar más el resto de la noche.
Volvieron a Shakespeare 62. Leo la invitó a subir y a dormir con él. Entraron al depa prestado y fueron de inmediato a la habitación; Pat se sacó la ropa y se metió al lado derecho de la cama. Leo tardó un poco más. Daba vueltas en la sala y fumaba como maniático. Finalmente dio una última jalada al cigarro y entró a la habitación. A Pat le gustaba cómo olía después de fumar. Era raro, lo sabía, pero igual le gustaba, así que le tomó la mano y se la pegó a la nariz. Estaba quedándose dormida cuando súbitamente él le dijo:
-Creo que no debemos vernos más.
A Leo ya le estaba gustando meterle derechazos en la mandíbula. Bastaba una frase para que ella se viera de nuevo tirada en la lona con la cara despedazada. Pat bajó la guardia y después de un silencio largo le preguntó:
-¿Por qué?
-Porque mientras más pasa el tiempo, más siento que voy a extrañarte y va a ser mucho más complicado irme de acá; porque no me sentí así nunca y porque me duele que sea justo ahora que me marcho.
Pat estuvo a punto de encender un cigarro.
-¿Y no te parece que mejor deberíamos aprovechar el poco tiempo y dejar que las cosas sucedan como tengan que suceder?
-¿Cómo tienen que suceder?
-No lo sé. -Le frustraba profundamente no poder contestarle a esta sencilla pregunta.
-Pero me parece tonto que nos privemos de la oportunidad de estar juntos estos últimos días sólo porque sabemos que la despedida va a ser un horror. Hay tantas cosas que quiero preguntarte, hay tanto que quiero saber de ti… Y sé que no me va a alcanzar el tiempo, pero de igual forma me parece realmente imbécil que nos dejemos de ver y hagamos como si no nos hubiéramos conocido. Mi vida es otra desde aquél día que te vi parado con tu vaso fluorescente en la mano. No me preguntes por qué, yo ya dejé de hacerlo. Lo que sí valdría la pena preguntarse es si de verdad quieres dejar de verme. Si de verdad es así, tomo mis cosas y me voy. No voy a armarte una escena dramática, ni voy a gritarte, ni nada por el estilo. Tendrías que saber que podría odiarte en un par de meses y odiarme a mí misma por no hacer que te quedaras, pero no voy a venir a complicarte más las cosas. De verdad, si no quieres verme más, me voy. Que sea ésta la despedida, así nos ahorramos varias lágrimas.
-No es tan sencillo como lo acabas de plantear, Patricia. -Leo empezaba a subir la voz. -Por supuesto que quiero verte. Me siento tan bien cuando estoy con vos que podría adecuarme a ello y luego sentirme enfermo en el momento en que no estés más. Te veo y te escucho y te siento y quisiera quedarme acá. Hay algo en esto que me da miedo. ¿A vos no?
-Claro que me da miedo. Yo también pensé en algún momento que lo mejor sería no verte, alejarnos, no pasar más tiempo juntos, mandar todo al diablo… Hacer de esto un simple simulacro, como todo el mundo hace. Pero luego viene aquello que no sé que es y que me hace necesitarte, y simplemente no puedo poner una barrera. Tú me tiraste todos los muros, me dejaste sin defensa. Y es gracioso, no pretendo defenderme, no esta vez. Lo he hecho siempre y nunca he obtenido buenos resultados. -Pat hizo una pausa breve, metió la mano en su bolso para buscar algo que la ayudara a decir las palabras precisas. Inhaló, sacó la mano vacía del bolso y dijo de manera entre cortada: -desde que te conocí supe que ibas a doler, pero me has dado mucho más cosas lindas, de modo que el dolor metafórico y el dolor real son un simple trámite por el que hay que pasar.
Leo la observó y se dejó caer en un silloncito de la sala que le venía pequeño. Pat se quedó parada un instante, miró hacia la ventana, luego lo miró a Leo y le dijo:
-Bueno, de igual forma me voy, y de igual forma me dueles.
-Vos también Pat, y también siento que no tengo por qué defenderme de vos, pero sí de mí; es como si sintiera que desde ahora tengo que prepararme para cuando no estés.
-Pues entonces hazlo. Prepárate para una ausencia. Luego me dices cómo hacer, me pasas el dato, yo no he aprendido aún. A mí también me dan pavor los días que vienen. Pero nadie se va a morir, ¿no?, vamos a seguir con nuestras vidas. A ti algo te espera allá, y yo me quedo acá, igual que antes pero distinta. Eso en cierto modo, te lo agradezco. Me hiciste ver que sí se puede volver a sonreír. Gracias por eso.
Pat besó al rascacielos, tomó su abrigo, se puso las botas y salió del departamento.
Mientras intentaba abrir la puerta tratando no llorar, solamente pudo decir en voz baja: -Ya lo había pensado yo, era mejor cortar de tajo.
Tal vez sí hubiera sido mejor haber cortado de tajo. Y sin embargo qué linda es a veces la sensación que da el vértigo, ¿no?
Leo se quedó sentado en aquel silloncito cercano al umbral de la puerta queriendo decirle que volviera, que no se fuera, que había sido un idiota y que en realidad lo que sentía por ella era mucho más grande que su miedo de que todo se complicara. Sin embargo, se quedó paralizado y después de escuchar el rechinido de llantas del auto de Pat, lentamente cerró la puerta.
Qué bueno que no lo vería de nuevo. Qué bueno que Leo se marchaba… Qué bueno porque se había vuelto gigante ese olor a nostalgia que se anticipó desde el primer día, porque Pat no hubiera podido con sus manos, porque andaba rondando y desesperando a todo el mundo, porque se reían de ella, porque siempre le había gustado lanzarse desde lo alto, porque si sus manos entre página y página hubieran seguido pintando los minutos y lo volvía a ver a contra luz, no iban a poder soltarlo. Porque divagaba y no era clara, porque sonreía todo el tiempo, porque parpadeaba más de lo usual, porque lo ilógico se había vuelto convencional, porque pensaba en él todo el maldito día, porque quería entrelazarse los pies con los suyos, porque todo se había desplazado; porque pese a su armadura fabricada en un país nórdico, el rascacielos le estaba confundiendo el abecedario.
Qué bueno que se iba. Porque había sido sincero, porque ella podría haberse quedado a vivir en su ceño fruncido, en su nariz, porque le gustaba que no tuviera acento porteño, porque no huyó… Aunque ahora, que bueno que se iba, porque lo hubiera hecho pasar muy malos ratos, porque su neurosis y su aversión repentina a la gente era difícil de entender, porque a veces prefería quedarse callada cuando la situación ameritaba soltar una frase tajante; porque ella no sabía lo que quería, pero sí lo que no quería y explicarlo era siempre imposible; porque él se hubiera tenido que pichar sus crisis cuando el pánico escénico llega, porque la hubiera visto llorar por las cosas más estúpidas, es más, porque de hecho, la hacía llorar con mucha facilidad. Porque se hubiera hecho adicta a ducharse con él, a quedarse sola y sorprenderse con un “ring” del teléfono.
Qué bueno que se iba. Porque la pasión había pasado por allí y ni siquiera había reparado en los daños colaterales que había causado, porque era mejor que no viera los efectos secundarios en ella después de su partida, porque todo se quedaba en recuerdo y entonces era mejor, porque así no había modo de escucharlo gritar ni de verlo enojado o que él la escuchara decir una taradez realmente grande, de ésas que van decepcionando poco a poco. Porque la imposibilidad de arrancar el auto y conducir a su depa prestado era simplemente perfecta, porque estaba adivinándole la mirada mucho antes de que ella se diera cuenta; porque Pat no le pensaba contar ni al espejo cuánto tiempo lo había estado esperando, porque no podía cerrar los ojos y no verlo, porque habló de más y demasiado pronto y porque no se arrepentía.
Porque él hubiera conocido la parte más cursi que tenía y de verdad era horrorosa, ni ella se la aguantaba. Porque la había hecho pensar que no era real y luego la miró y supo que estaba encontrando a una persona en medio del caos, porque la hacía buscar pretextos detrás de los muebles para volver un día al sur y acurrucarse con él debajo de la luna invertida.
Qué bueno que se iba, porque le hizo ver que no era tan fuerte como pensaba, porque la dejó sin palabras, porque Pat le hubiera regalado su almohada favorita y porque a él le gustaba el otro lado de la cama del que le gustaba a ella. Porque complicó su andar, porque no tuvo que guardarse nada ni fingir, porque la tomó por sorpresa, porque aguantó la mirada, porque todavía no había visto que Pat era medio bizca y atarantada y que contaba chistes malísimos; porque la hubiera hecho faltar al trabajo más de un par de veces, porque ella se hubiera robado un cacho de mar para guardárselo y dárselo de no cumpleaños y entonces él hubiera tenido que ir a sacarla de la cárcel.
Qué bueno que se iba. Porque con el curso de los días seguramente iba a ver sus demonios, porque era totalmente absurdo haber creado códigos en tan poquito tiempo, cuac… Porque a ella le daba por ponerse trágica, y él había venido a repararle los sueños, las ideas; porque no creía en el amor pero creía en él, en lo que había visto, en lo que sentía. Porque había dejado guardado el orgullo en la alacena y un cuchillo se lo había cortado, porque Leo era dulce y salado y porque a ella le encantaba su amargura.
De verdad, qué bueno que se iba, porque hablando honestamente, necesitaba que un día volviera, porque así ella esperaría escuchar su voz para adivinarla de nuevo, porque de este modo, lo esperaban sus ganas de calma, porque se le había acabado su papel favorito, porque se había vuelto cenizas…
Porque estaba fumando más que nunca.
Comenzó a llover. Patricia intentaba manejar despacio. Durante el trayecto a su casa, tomó una ruta equivocada y se perdió. Detuvo el coche, trató de ver el nombre de la calle en la que se encontraba pero las gotas eran tan gruesas y pesadas, que no le permitían alcanzar a distinguir su ubicación.
Optó por esperar a que la lluvia cesara. Estacionó el coche un par de cuadras adelante, lo apagó y se quedó viendo el ir y venir de los limpiaparabrisas de su auto. Aquel sonido en el vidrio la iba regresando a su abismo personal.
No tuvo miedo. De todos modos el abismo siempre había estado allí y siempre iba a estar.
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