Esa mañana, todos habían quedado de ir del otro lado de la playa para ayudar a las tortugas recién nacidas a adentrarse en el mar. Les pareció que hacerlo en grupo sería una buena experiencia. Aunque Pat estaba disfrutando estar sola como pocas veces, dijo que iba con ellos. Volteó a ver el sol y supo que faltaba poco para el atardecer. Se habían quedado de ver a las seis de la tarde. Cerró el libro, dejó el mate y caminó hasta encontrarlos.
Cruzaron la laguna y al llegar al otro lado se toparon de frente el púrpura del cielo que los recibía junto con el coraje de la marea.
En varios contenedores estaban cientos de diminutas tortugas moviendo sus aletitas por instinto. Si te acercabas y las mirabas con atención cada una tenía una seña particular. Pat se encariñó con todas y le costó trabajo elegir una para liberar hacia el mar.
Se juntaron todos e hicieron una hilera, cada uno con su tortuguita en la mano. Las olas de verdad eran enormes. Esa parte de la playa era mar abierto, peligroso en extremo hasta para el mejor nadador. Ningún lugareño se atrevía a meterse pero era de donde tenían que salir las tortugas hacia su aventura en el océano. Los biólogos llevaban un registro perfectamente controlado del número de tortuguitas que volvían con el pasar de los años a su lugar de origen para reproducirse. Se memorizaban la ruta y después de unos años regresaban como para recordar quiénes eran y de dónde venían.
Si bien le iba, la tortuga de Pat volvería a esa playa para cumplir con el ciclo de la vida. De cada 100 tortugas sobreviven 8 o 9 así que Patricia le deseó suerte a la suya y la depositó en la arena. El primer golpe era el menos duro, pues solamente las regresaba haciéndolas rodar un poco. El peor era donde tronaban las olas. Si lograban pasar de eso, se convertirían en unos prodigios de la naturaleza.
Era impresionante el tamaño del océano en comparación con los cuerpos chiquititos de las tortugas, parecía imposible que sobrevivieran y sin embargo, algunas lo hacían. Patricia tuvo un sentimiento de empatía. Ella también se había sentido como luchando contra el mar, sobreviviendo por instinto. Se supo igual de frágil que “Manuelita”. Llamó así a su tortuga en honor a la de la canción de aquella que vivía en Pehuajó. Se acordó otra vez de Leo y se encontró triste de nuevo porque probablemente esto sería algo que jamás tendría oportunidad de contarle.
Poco a poco todas se fueron yendo. Unas tardaron menos que otras. A algunas las tuvieron que ayudar un poco más, pues se habían quedado enterradas en la arena, pero pasada una hora la playa estaba limpia, no había huellas de que hubieran estado por ahí. Ahora solo era cuestión de suerte, de probabilidad y de estadística.
Al final del día todos somos iguales, pensó Pat. Termina un día y lo único que puedes ver realmente es cuán frágiles somos. Granos de arena en la infinitud del universo. Ojalá que se acompañaran algunas y viajaran en grupo un ratito. Así podrían platicar de lo aprendido en el mar, así podrían cuidarse un poco más de los depredadores.
Todos se quedaron en silencio. Esa noche la luna no se vio, se quedó dormida y debido a esto, el plancton fosfórico del agua de la laguna brillaba fluorescente en la oscuridad. La estela que la lancha iba dejando iluminaba los rostros de los muchachos que volvían conmovidos sin querer hablar, cada uno guardándose para sí cualquier comentario sobre lo que acababan de vivir.
Llegaron al campamento. La noche iba a estar tranquila. Estaban sumergidos en sus propios pensamientos. Pat decidió irse a dormir temprano, buscaba su cepillo de dientes, cuando un niño la sorprendió por la espalda.
-Hola, tú.
-Hola. ¿Cómo te llamas?
-Yo soy Bambuchas. ¿Y tú?
-Me llamo Patricia. ¿Qué haces Bambuchas?
-Nada. ¿Quieres ir a caminar al mar?
-Es un poco tarde, ¿no crees? ¿No te da miedo?
-No, siempre camino por el mar. ¿Vienes?
-Sí. ¿Por qué no? Vamos.
Las caminatas en la arena sirven de mucho cuando tienes pensamientos inútiles por tirar. Cuando los ojos te duelen y necesitas que el agua salada te los limpie, no hay más que meterse al mar y dejar que te aliviane las penas.
Pat sentía que lo que estaba viviendo era como una obra en dos actos en la que después del intermedio el actor principal ha desparecido misteriosamente, haciendo imposible que la función siga y no hay reemplazos ni suplentes para alguien que te ha conmovido de una manera tan inexplicable.
Sin embargo la pregunta se quedaba en el aire: ¿Por qué se va aquél a quien tienes que decirle tantas cosas sobre su magnífica interpretación, a quien tienes que agradecer por haberte hecho descubrir que todavía eres capaz de conmoverte?
Bambuchas tomó de la mano a Pat. Caminaron varios metros. De pronto, el niño se detuvo, la miró fijamente y le preguntó:
-¿Por qué tienes ojos tan tristes y bonitos?
-Para verte mejorooor.
Bambuchas frunció el ceño y le sacó la lengua en señal de desagrado.
-Ay, inventa otra cosa. Eso es de Caperucita Roja.
-¿Te parece que mis ojos son bonitos? Gracias.
-Sí son bonitos, pero también están tristes. ¿Por qué? ¿Por qué estás triste?
-No estoy triste… No sé…
-Sí sabes. ¿No me quieres decir, verdad? Porque piensas que si me dices, te vas a poner más triste.
-A lo mejor. Creo que estoy triste porque quiero mucho a alguien que pronto se va a ir muy lejos de aquí.
-¿De aquí de Chacahua?
-No, de aquí del país.
-Mmm. ¿Y se va de vacaciones o se va para siempre?
-Pienso que se va para siempre.
-¿Para nunca volver?
-No sé. Tal vez sí vuelva, pero tal vez cuando vuelva yo ya no sea la misma y ya no esté aquí.
-¿Cómo?
-Sí, mira. Las personas vamos cambiando y estoy triste porque ahora se va y no sé si cuando vuelva yo esté en el mismo lugar y podamos volver a vernos y a seguir con lo que ahora inició.
-Pues es muy fácil. Lo vas a visitar un día y ya, aunque no seas la misma. Mi mamá siempre le dice a mi abuelo que él a pesar de los años, sigue siendo el mismo.
-Sí. Eso puede ser, pero de todos modos sólo voy a ir de visita. Es más difícil de lo que parece. No es nada más que lo vaya a visitar sino que no puedo quedarme todo el tiempo que quiero. Además no sé si él quiera que vaya a visitarlo.
-Pues pregúntale.
-Es que me da pena preguntarle.
-Pues que se te quite la pena. Si es un amigo que quieres mucho no lo dejes ir así.
Pregúntale si puedes ir algún día y así no se dejan de ver tanto tiempo.
-Sabes Bambuchas, creo que tienes razón. Total, lo peor que puede pasar es que me diga que no y ya está.
-No te va a decir que no. Vas a ver. Cuando te diga que sí puedes irlo a ver, te vas a acordar de mí. Aquí todo el tiempo viene gente de la que me hago amigo que luego se va, pero los que dicen que vuelven, siempre lo hacen. Entonces, si él vuelve, tú vuelve también.
Regresaron a la tienda de campaña, cenaron camarones a la diabla que había preparado la mamá de Bambuchas y se fueron a dormir.
Al día siguiente quiso llamarlo solamente para preguntarle cómo andaba todo, para verificar si no había cambiado de opinión y había decidido quedarse en México. No había señal. Su celular estaba inservible, como el de todos los demás y el único teléfono de la isla estaba en reparación.
En lugar de hablar con él no paró de hablar de él con todo el mundo. Si alguien se acercaba a la fogata en la noche para decir “hola”, ella comenzaba a contar la historia. A todos les pareció increíble. “Es demasiado bonita”. Evidentemente se ahorró algunos detalles. “Lo tienes que volver a ver, despedirse como deber ser.” “No importa que te parezca ilógico, cuando alguien se enamora no hay nada más que hacer que seguir lo que el corazón dice”. “Lo tienes que dejar en el aeropuerto, de menos”, le decían todos.
Le dieron ánimos para buscarlo de nuevo en cuanto volviera a la ciudad y le aconsejaron que mientras, disfrutara los días en la playa.
El destino diría qué pasaría.
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