mercoledì 8 giugno 2011

VEINTE Y CUATRO. 24 "LA OREJA DE VAN GOGH"

El calor la despertó. Era temprano. Abrió los ojos y se dio cuenta de que el rascacielos no estaba a su lado.

Pensó lo peor. Pensó que nuevamente se había ido a otra dimensión o que había alucinado todo lo ocurrido la noche anterior. A lo mejor nada había sido real, mejor dicho, muy probablemente nada había sucedido en esa playa ni en ese tiempo; ni la charla en la pequeña ladera junto al mar ni el filete de pescado que comieron con Berta.

La situación comenzaba a teñirse del color de la catástrofe cuando Pat se dio cuenta de que no amanecía en su tienda de campaña. Qué tonta, estaba en la cabaña de Leo.
Pero él seguía sin estar ahí. Tal vez habría ido al baño o a ver el amanecer o a trotar; lo que fuese era mil veces mejor que el hecho de que de tanto desearlo, se hubiera imaginado todo. Decidió que no se pondría histérica y que dormiría un poco más.

La puerta se entre abrió y Leo entró con un plato con unos típicos huevos rancheros y un vasote de jugo de toronja.

-Hola petisa. ¿Dormiste bien?

Uy. Ahí estaba el rascacielos. Con la barba dejada de un par de días y la piel a medio tostar, trayéndole el desayuno a la cama.

-Mejor que bien. ¿Tú?

-Como nunca. ¿Tenés hambre?

-Sí.

-Mirá lo que te traje.
-Qué rico, gracias.

Desayunaron y habiendo terminado, emprendieron la marcha hacia la playa. Caminaron por más una hora, se rentaron una tabla de surfing y se dirigieron hacia donde se veían buenas las olas.

-Vos me tenés que explicar cómo voy a hacer para no ahogarme, ¿dale?

-Sí. Como te dije, no soy una experta en esto, pero el chiste es pasarlo bien.
-Dale. Mientras no me muerda un tiburón, me conformo.

Antes de la primera lección de surf, se tendieron en la arena. La sensación era estupenda. Pat imaginaba los diálogos que tendrían las figuras de rostros que las nubes formaban en el cielo; todos hablaban de ella y Leo; los miraban desde arriba y se alegraban de que esos dos estuvieran echados en la playa sin la menor preocupación y con el mayor de los desenfados.

-Quiero dorarme un poco más, estoy pálido como pollo. -Decía Leo mientras le untaba bronceador a Pat. -De verdad que vos tenés un color re lindo.

-Gracias, aunque en poco tiempo se me caerá. Me voy a pelar toda y luego quedaré dispareja.

-¿Qué decís? ¿Cómo que toda dispareja?

-Sí, de color. Se me va a caer el bronceado y va a quedar un color normal.

-Ya. Pues igual, tu color normal es re lindo. Y el marrón de esos ojitos que tenés es más lindo todavía.

Se metieron al mar. Pat había estado imaginando cómo se vería él en una ola, cómo se sentiría su piel llena de arena y sal, cómo movería los brazos al nadar y cómo sería su mirada ante un atardecer en la playa.

Ahora podía observar todos esos detalles en los que había pensado. Era mucho mejor de lo que había construido en su cabeza.

Desde media mañana estuvieron intentando surfear. Leo parecía tener una habilidad nata y pronto entendió la técnica para quedarse en la tabla más de 10 segundos.
Después volvieron a tirarse en la arena. Pat fue hacia la tienda de campaña para buscar la novela que había estado leyendo y el libro que Leo traía. Se encontró con Alejandro, su hermano.

-¿Dónde estabas? -Le decía Alex, mientras jugaba al pókar con los demás amigos.

-Por ahí, fui a caminar. No me vas a creer. Adivina quién llegó ayer.

-¿Quién?

-Leo.

-¡Qué sorpresa! ¡Qué bueno! ¿Vino hasta aquí para verte? ¿Le dijiste ya que regresamos en dos días? ¿Se va a quedar más tiempo o se regresa con nosotros? ¿Viene solo? ¿Por qué está aquí? ¿Es una coincidencia o qué?

-Se regresa con nosotros. Sabe que serán sólo mañana y pasado, pero de todos modos quiso venir. Ahora voy a la playa con él. No existen las coincidencias. No lo puedo creer. Nos vemos al rato.

-Ok. Pásalo bien, salúdalo y no vayas a ahogarte.

-No, quédate tranquilo, todo anda mejor que bien.

Esos dos días que Pat y Leo estuvieron en Chacahua fueron más largos e intensos que ningún otro. Patricia pensó que no era conveniente que él hubiera ido para encontrarse con ella, pues de este modo, todo sería más difícil cuando se fuera, pero prefería mil veces estar ahí que extrañarlo. Estaban conociéndose, creando lazos, descubriendo aspectos el uno del otro que los sorprendían y los acercaban.

-Quiero un mate ahora. ¿Quieres tú?

-¿Te trajiste el mate a la playa? Resultaste peor que porteña.

-Sí, no lo iba a dejar en casa, dos semanas es mucho tiempo. ¿Quieres?

-No, la verdad es que no tomo mate, no me acostumbré del todo. Ya sé que es medio raro que siendo argentino no lo haga, pero ¿qué le vamos a hacer?

-Qué extraño…

-Dale, no puedo decir que jamás bebo, pero no lo hago como todo el mundo allá, que va con el termo y la yerba a todos lados.

-Es verdad… Ahora recuerdo que me dijiste que no tomabas mate.

-¿Te dije?

-¿No?
-¿Cuándo? No recuerdo.

-En mi casa, ¿no? Cuando fuiste.

-No. Más bien ninguno tomó mate aquella vez. ¿Recordás?

-Sí, es cierto. Entonces… ¿Cómo…

-Dale, qué importa. Si lo tomás vos, te acompaño. De pronto me apetece un poco.
Patricia se acercó hasta el campamento, tomó su termo de la mesa y puso el agua a calentar mientras trataba de recordar de dónde y de cuándo sabía que Leo no bebía mate. ¿Cómo era posible que tuviera esta información? Algo en esto la intrigaba. En efecto, él no le dijo que no le gustaba, ni que no estaba acostumbrado a tomarlo, y sin embargo, ella lo sabía.

Fue a la tienda de campaña y encontró abierto el cuaderno en el que había escrito la tarde en la que se había quedado sentada en la colina, cerca de la playa. El viento sopló y movió las páginas rápidamente hasta que se detuvo en una. Lo primero que Pat leyó fue lo siguiente:

“Tú, que no tomas mate… Divertido… Sí.”

Entre aquellas frases inconexas escritas por Pat, se había colado una que le daba un dato preciso. Cuando escribió aquello no lo hizo pensando en que tuviera sentido ni estructura alguna, solamente habían sido pensamientos que entintaban el papel para no ser olvidados, con la necesidad de quedarse en algún lado que no fuera solamente el interior de la cabeza de Pat.

Sabía algo del rascacielos que él mismo no le había dicho.

¿Era posible?

El agua calentó justo antes de hervir y Pat cebó el mate. La sensación era curiosa. Era un detalle sin importancia, pero a pesar de esto, a Patricia se le quedó rondando durante varias horas.

Se bebieron 2 litros y no volvieron a tocar el tema. En cambio hablaron de la familia de él, de sus hermanos, del barrio en el que había crecido. Sus padres estaban juntos desde hacía 32 años. Tenía un hermano mayor y otro menor, así que a él le había tocado vivir la poca atención que te dan tus viejos cuando eres el del medio. Entre la adolescencia del mayor y los requerimientos del más pequeño se las tuvo que arreglar solo en numerosas ocasiones.

-Sí, mirá, pasa que mi padre trabajaba todo el día. Estábamos Tadeo y yo. Tadeo es mi hermano mayor, tiene 31 años. Mi madre siempre estaba con nosotros. Era re linda y siempre jugaba y nos ayudaba con las cosas de la escuela. Luego, Tadeo entró en una edad difícil y, nada, le pusieron atención a él. Yo fui más tranquilo, nunca armé un verdadero kilombo en casa, excepto el tiempo que anduve en drogas.

-¿Fuiste un juncky atascado? Ya decía yo que tenías cara de loco.

-No, bueno, probé. Mi madre me descubrió y se re preocupó, pero se me pasó pronto. Después cuando todo se compuso con Tadeo y conmigo, nació Fidel, el pequeño, y de ahí no supe más de tener viejos.

-Ay, qué melodramático te pones.

-Si, ya sé. La verdad me vino bárbaro. Mis viejos igual siempre estuvieron cuando los necesité hasta que corté el cordón. Ahora, en lo que encuentro casa, vuelvo con ellos. Me tengo que conseguir un lugar apenas llegue allá. No quiero pedirles nada más. Ya hicieron bastante por mí.

-Deben estar todos muy contentos de tenerte de nuevo en tu casa.

-Sí, Fidelito es el que más me echa de menos. Y mi vieja y mi abuela, por su puesto.

-¿Qué edad tiene Fidel?

-11 años.

-Así que eres el hermano grande.

-Sí, es re buen chico. Un poco malcriado, pero es lo más. Re sensible e inteligente, se lleva re bien con todos. Cristina lo quería mucho.

-¿Cristina?

-Ah sí, mi ex novia. -Dijo esto dándose cuenta de que medio que había pensado en voz alta.

Todo había estado bien hasta este punto. ¿Era necesario hablar de la novia o ex novia o lo que fuera, que seguramente estaría guapísima y tendría los ojos enormes y bonita sonrisa y linda piel y el cabello largo y perfecto, y buenísima genética como la mayoría de las argentinas?

Pat hubiera preferido no saber ni su nombre, pues ahora, su mentecilla loca, gastaría tiempo y energías en imaginar quién diantres era Cristina y si se habían separado porque Leo se iba a México o incluso, si ella había sido una más de las razones por las que él estuviera harto y quisiera marcharse. A lo mejor ya no se llevaban bien y se habían dejado de querer, así que habían decidido separarse y la propuesta del viaje y la estancia en México había venido a terminar de cerrar aquello. A lo mejor, ella de hecho, ya estaría con alguien más y seguramente nunca se acordaría de Leo.
O a lo mejor, era una loca desquiciada que amaba con pasión desbordada al rascacielos pero que no había podido ir con él de viaje porque estaba estudiando alguna especialidad médica complicadísima y estaba perfilándose para ser cirujana o cardióloga.

A Pat le entraron unas quinientas teorías en menos de sesenta segundos.

El peso de las ex mujeres es como acero quemado cuando tratas de imaginar las razones de la separación y quieres saber a toda costa, en qué términos quedó la relación. Si son amigos, buenísimo. De lo contrario, si no acabaron bien y se odian, la presencia o la ausencia del otro cobra mucha mayor importancia ante determinadas situaciones, como la de este momento incómodo, al mencionarla en la plática.

De todos modos, era inútil pensar en esto. Era entendible y obvio que Leo tuviera una relación amorosa con alguien allá y que al volver, las cosas se replantearan, pero igual, de la nada y repentinamente el nombre de Cristina le pareció espantoso.

Ahora estaría dándole vueltas en la cabeza. Precisamente de ese tipo de detalles era de los que Patricia no quería enterarse. Metió los dedos en la arena caliente, tomó un sorbo de mate y mordió fuertemente la boquilla con los dos dientes de enfrente.

-¿Estuvieron mucho tiempo juntos? ¿Ella y tú?

El morbo le ganaba, no podía evitarlo.

-Algunos meses. Ella como que no acababa de entender que había momentos en los que prefería estar solo, pero que no estaba ni molesto ni enojado con ella. Al final, en parte por eso vine, por querer estar conmigo y a la vez acompañado. Aunque rompimos antes, la cosa ya se había desgastado. Quedamos bien, igual.

-Sí, suele pasar. Oye, no me tienes que contar nada, de verdad.

-No, bueno, lo hago porque quiero. Acá en México nadie me gustó lo suficiente como para intentar algo; me lo pasé medio ermitaño, en realidad. Así quise estar, lo disfrutaba, pero también necesité cariño… Y nadie… Y luego llegás vos y me dejás sin saber qué hacer; de pronto me sorprendiste sonriendo por vos. Tenés algo, me gusta mucho esto, siento algo distinto cuando estoy con vos. No puedo explicártelo.

-No lo hagas. Lo entiendo, a mí también me pasa.

-De verdad que me cambiaste la visión de muchas cosas, de la ciudad, de la gente, de mí mismo. Se me hace tan chistoso que viví acá casi dos años y te conocí recién ahora. No puedo dejar de pensar en eso.

-Sí… Es una mala broma.

-Pues, ni hablar. Disfrutemos los días que nos quedan e intentemos dejar que el tiempo decida.

-Leo, dime una cosa: ¿por qué me enviaste el mensaje de texto la semana pasada?

-No sé… Me dio curiosidad, supongo. Quería ver cómo estabas. No paré de pensar en vos desde que salí de tu casa aquella mañana. Me sentí tan bien allí y extrañamente no me dieron ganas de irme corriendo apenas amaneció. Quise quedarme con vos y ahora siento lo mismo. Me das confianza, como si pudiera hablarte de cualquier cosa, como si supiera que hay alguien que escucha.

Tal vez si Pat no hubiera sabido que Leo sentía esto por ella, hubiera sido mucho más fácil verlo irse, pero todo lo que acababan de decirse seguramente terminaría de complicar el asunto cuando llegara el momento de decir adiós.

Ella trató de encontrar algo horrible en su persona, algo que no le gustara, una excusa para dejarlo ir. No había nada. Todo en él era buenísimo. Intentó ponerse exigente y ver si no tenía caries, si roncaba, si le olían los pies, si no se cortaba las uñas, si fumaba demasiado, cosa que no tenía mucho sentido, pues Pat fumaba como locomotora también; si cantaba mal, si tenía una deformidad oculta, pero hasta las orejas extrañas de Leo, le parecían geniales. No había algo que pudiera encontrar desagradable, se dio por vencida. Incluso le gustaban los momentos en los que se quedaba callado y parecía no percatarse de la presencia de nadie. A Pat le encantaba verlo cuando se le perdía la mirada en un punto fijo imaginario y se quedaba así un rato; disfrutaban cuando hablaban, cuando se tocaban, cuando se besaban. Cuando caminaban juntos todo en ellos y todo a su alrededor cobraba una fuerza gigante y vital.

-¿Tienes idea de cómo voy a quedarme cuando te vayas?

-Como yo. Triste porque me voy, alegre porque nos conocimos. Sintiendo que algo te arrancan y que no hay nada que lo sustituya.

-Sí… Como solvente derramado, como un personaje olvidado en un viejo film, con nada más que mis cientos de realidades equivocadas. Riéndome con una risa que no quiero oír.

El leve sonido del romper de las olas se confundía con la figura que dibujaba el altísimo cuerpo de Leonardo y sus palabras eran como un banco de peces nadando rápidamente contra la corriente, esquivando arrecifes y corales para permanecer a salvo. Su voz era como música proveniente del fondo del mar.

-Patricia, escuchame, tenés que saber que sólo bastó un poquito de vos para que me tuvieras dándome golpes en la pared del hospi y del depa por no fijarme hacia dónde camino. Nadie comprende. Ni tú misma tenés idea de lo que me hacés sentir. Ni yo tampoco, ni Mephisto que aparece cuando no estás y se burla de mí como de Fausto. ¿Sabés que anduve perdido y vos me encontraste? La salida a todo esto podría ser pedirte un mapa de vos para regresar y darte uno yo para que puedas encontrarme.

-Entonces, te dibujo uno para que puedas volver y saber donde encontrarme y así me construyo un lado del puente.

-Hablando de puentes, mirá, vení. Tocá mi cabeza, si apartás un poco el pelo, podrás ver que tengo una cicatriz en forma de arco, es como un puente. Casi nunca la veo, pero decime vos si parece un puente o no.

Pat se acercó a Leo, buscó entre el cabello y vio su cicatriz. Efectivamente, tenía la forma de un arco, como un puentecito que cruza un lago.

-Sí, sí es como un puente, chiquito pero sólido.

-Sólida la roca contra la que me pegué aquella vez. Tenía como 7 años, estaba jugando y me solté de un volantín. Mi cabeza fue a dar contra una piedra enorme. Me acuerdo que me salió muchísima sangre, pero no me dolió tanto.

-¿Quieres que te enseñe algo?

-A ver, ¿qué cosa?

-Cuando yo era chica, un día estaba jugando en un columpio, me balanceé hasta lo más alto y luego me solté. Me caí también, también mi cabeza fue a dar contra una roca, también me la abrí y también tengo una cicatriz. Mi mamá solía decir que mi herida era como un puente, pero que estaba invertido, como tu luna. Mira, haz igual, aparta un poco el cabello y fíjate.

Leo hizo la misma operación que Pat con él. Buscó entre el largo cabello y vio que una cicatriz muy parecida a la de él.

-¿Viste, nena? Tenés la misma herida pero al revés. ¡Qué loco! Fijate, si las uniéramos, se cerraría un círculo. Hasta la tenés a la misma altura que yo. Si las cicatrices son la verificación corporal de nuestra historia, vos venís a completármela. No se me hace raro que te tenga tan dentro.

-Sí, mientras más tiempo estoy contigo, más me convenzo de que eres especial, y también de que me va a doler mucho cuando ya no estés. Eres justo la otra parte del puente, ahora sé que hay alguien sujetándolo del otro lado. Y lo gracioso es que te vas.

-Dale, pero sigo sosteniéndolo y me guardo el mapa para no sentirme desterrado. Me quedo con vos. Recordá esto por siempre. Mirá el mar y recordá siempre que su color es distinto, y que su fuerza hace que todo aquello que se va, tarde o temprano regrese. Eso lo sé de cierto.

Atardeció. El tiempo pasó volando como en un tapete persa y mientras jugueteaba entre ellos, les decía adiós con su manita. Estaba advirtiéndoles que no sería fácil dejarse y que de nuevo, se verían cada uno en su lado del mundo, necesitando estar con el otro.

-Yo también te dibujo un mapita, por si un día, querés verme.

Patricia bajó la mirada y se encontró con sus pies. Se dio cuenta de que esos pies tenían todavía una larga distancia por caminar. Luego vio los de Leo, que eran como del doble del tamaño. Lo recorrió con la vista. Pasó por las rodillas, las piernas, la cadera, las manos; se detuvo en los meñiques, subió a los antebrazos, al pecho, a los hombros, al cuello, al mentón, a los labios afilados que guardaban detrás una sonrisa; jugó un poco con su barba, le tocó la nariz, le besó el par de ojos, le pasó los dedos por el cabello y bajó con el índice por las sienes hasta las orejas. Se detuvo ahí.

El viento sopló, las olas embravecieron, la marea subió. El agua les llegó hasta las rodillas, en realidad a Pat le llegó hasta la parte alta de los muslos. No se movieron.

-¿Dónde dejaste este cachito de cartílago de que te hace falta aquí?

-No me acuerdo. Lo he de haber perdido por ahí. Tal vez cuando nací el doctor me jaló de la oreja derecha y me lo arrancó, o tal vez como Van Gogh, se lo regalé a una mujer que me volvió loco. O a lo mejor se me cayó en la playa y anda entre los caracoles de mar. ¿Me ayudás a buscarlo?

Ese pedazo de piel cartilaginosa que formaba un hueco en la parte superior de la oreja del rascacielos se resguardaba en un lugar muy preciso. No se sabía en donde, aunque eso no significaba que estuviera perdido.

-Si lo encuentro antes que tú, me das un premio. ¿De acuerdo? -Le dijo Pat, mientras corría por la playa.

-¿Qué querés de premio?

-Mmm… Una canción.

-¿Una canción? No se me ocurre cuál podría ser.

-Una que inventes tú.

-Está bien, si lo encontrás primero, te hago una canción. ¿Y si lo encuentro antes? ¿Cuál es mi regalo?

-A ver, dime, ¿Qué quieres de premio?

-Es sencillo: volver a verte.

Hubiera sido realmente genial que volvieran a verse, pero había un pequeño detalle que Leo no conocía: Pat no estaba segura de si cuando él volviera a México, si es que lo hacía, ella estaría todavía en este universo. Leonardo no tenía la menor idea de que era probable que una tarde, o un día o una noche, habiéndose ido a otra dimensión, ella fuera la que no pudiera regresar.

Volver a verla era de hecho, algo nada sencillo, pero Leo había decidido confiar en que alguna vez, algún día, se encontrarían de nuevo.

Pat removió un montón de conchitas que una ola había traído hasta la orilla de la playa, se quedó inmóvil y tomó una entre sus manos. Leo la veía desde una distancia corta. Ella encontró un caracol que el tiempo había ahuecado; la corriente y su curso le habían dado una forma rarísima, la curva que hizo de casa alguna vez había sido disuelta por las rocas y las algas de mar, de modo que podía ponérselo en el oído y escuchar lo que pasaba del otro lado; era un agujero en el que se podía asomar y ver la eternidad en un instante breve. Leo se acercó, vio el caracol en la oreja de Pat y pegó la suya a la de ella. El caracol quedó en medio de los dos.

-Lo encontraste, Patita. Ese cachito que me falta lo tenés vos.

-Me debes una canción Leo.

Una luz incandescente ardió en el cielo. Eran juegos pirotécnicos. El año nuevo había llegado y ellos dos lo recibían juntos en medio de un caracol que los unía y los comunicaba. Se quedaron viendo aquellas luces de colores que iluminaban el cielo y se confundían con las estrellas. A lo lejos se escuchaban los festejos de la gente. Ellos permanecieron apartados de todo, con el sonido de las olas recordándoles que habían creado una brújula para guiarse en el mapa y que en cualquier lugar en el que se encontraran, la aguja indicaría la dirección en la que tendrían que caminar para volver.

Eran necesarios en la vida del otro y lo sabían. El mar les reiteraba que aunque caminaran hacia ningún lugar, ya no podrían separarse.

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