Cuando Pat cumplió 12 años de edad, Isabel, la que era en ese entonces novia de su padre, le preguntó qué quería de regalo de cumpleaños. Patricia pensó en pedirle una bici o unos patines para hielo pero Isa, como solían llamarla, le hizo una oferta mucho más tentadora, a la cual Pat no pudo negarse:
-¿No querés mejor ir a Argentina? Te invito a conocer mi ciudad, es re linda. Te va a gustar mucho.
-¿Cómo se llama tu ciudad?
-Buenos Aires. ¿Te gustaría conocerla?
Los ojos de Pat se iluminaron y se llenaron de emoción. Nunca había salido de su país, en esta dimensión, por lo menos. Pensó que la idea era genial y de lo emocionada que estaba, sólo pudo mover la cabeza en sentido afirmativo. Isabel se encargó de comprar los boletos y avisar a su familia que llegaba a casa con un novio y un ejército de cuatro niños, porque aunque era cumpleaños de Pat, no quería irse sin sus hermanos y era evidente que toda la familia viajaría con ella.
Partieron un 19 de noviembre hacia Buenos Aires. Aunque Pat y sus hermanos ya habían viajado en avión en ocasiones anteriores, éste era el viaje más largo que hacían hasta ese momento. Estaban emocionadísimos, miraban por las ventanillas y jugueteaban con los botoncitos que había arriba de los asientos de la nave voladora.
Pat recuerda que cuando llegaron al aeropuerto de Argentina, estaba realmente agotada por el viaje. Todo el trayecto de Eze Iza a la ciudad se lo pasó dormida. Cuando bajó del taxi con sus hermanos y vio la cálida y bonita entrada de un edificio ubicado en Almagro, en la calle de Palestina, casi esquina con Av. Córdoba y observó que salía a recibirlos una señora amable y de buen ver, y que los abrazaba a todos como si los conociera de siempre, supo que iba a ser un viaje digno de recordarse.
Esa señora que salió a recibir a los viajantes mexicanos era Sofía, la mamá de Isabel; Mateo, su padre estaba dentro de la casa terminando de preparar las habitaciones para sus huéspedes. Después de los abrazos, dejaron el equipaje en la sala, tomaron un poco de limonada y Sofía los pasó a las dos habitaciones en las que se quedarían Pat, Isabel, Alex y Enrique.
Estaban rendidos. Se lavaron los dientes y durmieron. El padre de Pat e Isa se quedaron charlando un poco con los abuelos, como les llamaron los niños.
Los llevaron a conocer muchos sitios. Pat recuerda haber ido a Puerto Madero, a Palermo, a Caminito y a Recoleta. Se le hacía increíble cómo haciendo tanto frío en México, el clima en Argentina fuera caluroso y agradable en esa época del año. En Almagro visitaron el Parque del Centenario y Pat se sintió parte de ese lugar cuando vio que el nombre de la avenida que lo circundaba era el de “Patricias Argentinas”.
Eso nunca lo olvidó. Sabía que en ese país en el sur, había un lugar en el que sus minas homónimas la esperarían alegres cuando quisiera visitarlas.
Se llevó muy buenos recuerdos de Argentina. Prometió ir de nuevo cuando fuera grande para redescubrir las milongas y comer alfajores hasta reventar. Ese país la había dejado encantada y juró que regresaría. Sus tangos y su música la atrajeron y la hicieron sentir que de alguna manera, pertenecía a esas avenidas. No podía estar más agradecida. Ese país le había regalado cosas realmente bellas. Volvió a México con cientos de cosas aprendidas y miles de ganas de pisar otra vez esa parte del sur que la atrajo desde los 12 años.
Como todo lo que empieza, los días en la playa de Chacahua llegaron a su fin. Leo y ella regresaban a la ciudad. Esta vez volvieron solos, ya que Alex, Isabel y Enrique se quedaban un par de días más junto con Alejandra, quien había decidido quedarse por más tiempo; había conseguido un trabajo dando clases de inglés a los niños de la isla, y por lo menos no regresaría a casa en un par de meses.
Alex y Pat acordaron que ella se llevara el auto de regreso y que los demás se irían en el coche de otro amigo.
-Recuerda sis, tienen que tomar la carretera hacia Pinotepa y luego agarrar la desviación hacia México. Si se pasan, es un lío volver, así que pon atención y no andes distraída. ¿Sí? -Le decía Alex mientras la ayudaba a guardar su tienda de campaña en el diminuto empaque en el que venía al principio.
-No te preocupes. En cuanto tenga señal el celular, te mando un mensaje y voy diciéndote por dónde vamos. ¿Va?
-Perfecto, a ver si lo puedo leer. Sólo cuídense, ¿si? Leo, Buen viaje, conduzcan con cuidado. Te la encargo. Yo sé que anda sola por todos lados y que sabe cuidarse, pero sigue siendo mi hermana menor.
-Dale, yo te la cuido. Disfrutá la playa, che. Nos estamos viendo.
Era temprano. Se despidieron de todos, tomaron la lanchita para cruzar la laguna, subieron las maletas al auto y emprendieron el camino de regreso.
-Che, ¿como cuánto tiempo haremos hasta México? ¿Estás segura de conocer el camino de regreso?
-Sí, he venido aquí muchas veces. Calculo que unas 12 horas.
-Perfecto. Llegaremos por la noche, entonces.
El paisaje de la carretera era hermoso. Pat y Leo se turnaban el volante para poder apreciar los distintos tonos de verde que el camino al lado les iba regalando. La carretera estaba llena de curvas, era de un solo carril y como Pat la conocía mucho mejor, fue ella la que manejó el tramo más largo.
-¿Te gusta conducir, verdad? –Le decía Leo, mientras cambiaba la música.
-Sí. Me hace pensar, me relaja. Me gusta tomar el volante y pensar en el camino.
-Lo hacés muy bien. Eres toda una profesional.
-Si, bueno, mis amigos me llaman “la ruta 100”.
Llegaron al poblado de Pinotepa y Pat se puso en contacto con su hermano para decirle que todo iba bien. Esperaba que pudiera leer el mensaje de texto en el que le informaba de su paradero.
Comieron allí y siguieron con su viaje de regreso a la ciudad.
Llegaron a media noche. Las luces de los edificios les mostraban que estaban cerca de llegar a casa.
-¿Quieres que te deje en el depa de tu amigo?
-Sí. ¿Vos qué vas a hacer? ¿Vas a ir a tu casa? ¿Querés quedarte conmigo?
-Pensaba ir a casa a sacar todo el equipaje, pero la verdad quiero dormir contigo.
-Ya está. Vamos a mi depa prestado. Tenés que tomar Circuito Interior. Te voy diciendo. Hay que salirnos en Mariano Escobedo y dar vuelta a la izquierda en Mazarick. ¿Ubicás?
-Eso es Polanco, ¿no?
-Exacto.
-Sí, creo que sé cómo llegar.
El depa prestado de Leo estaba en la calle de Shakespeare, número 62, en el tercer piso de un edificio de 6. Era pequeño y muy acogedor. Allí vivía Pablo, un amigo de Leonardo que estaba de visita en Argentina y que no volvería hasta el 18 de enero.
Leo tendría por dos semanas el departamento para él solo y para estar con Pat.
Pat se acostó en la cama de la habitación. Estaba exhausta, había manejado un largo trayecto y en cuanto puso la cabeza en la almohada, rápidamente se quedó dormida. Leo la cobijó y se acostó junto a ella; la vio dormir y se sintió ligero y tranquilo; le besó la frente, luego las mejillas y por último, le dijo “buenas noches” dándole un beso en los labios. A los pocos minutos, él también durmió.
Leonardo se sentía cómodo y contento al lado de Pat, se sentía como si hubiera estado esperando mucho para poder dormir; la había estado esperado a ella y por fin, al lado de su piel, podía cerrar los ojos y abandonarse sin preocupación.
Durante la noche, Pat tuvo un sueño. Estaba en un escenario totalmente sola, sin espectadores ni más actores. Las butacas estaban vacías y solamente una luz que caía de un lico en una vara le ayudaba a ver por dónde caminaba. Llevaba puesta una gabardina, zapatos altos, el cabello suelto y los labios pintados de escarlata.
Caminaba de un lado a otro del escenario vacío mientras el personaje que representaba, con angustia soltaba frases sin aparente conexión la una con la otra:
“No hay respuesta, debería haberme quedado hace tiempo. No debo olvidar que tengo ganas de irme, tal y como estoy aquí sentada. Norte, sur, este, oeste. Todo en un lugar… Lejanía inimaginable, un grado, una raya si no hay nadie… Entonces un grado, dos rayas… Cielo o infierno, libro o mar, no sabría decir dónde pueden estar metidas las rosas de los vientos y la rosa de la calma, además. Ese es el círculo o el óvalo de la existencia. Me encontré totalmente en el vacío y no quiero quedarme tan blanca como el libro. Cualquier paso puede ser en falso. ¿Adónde ir en este universo? Suponiendo que sepa por dónde empezar… antes era incapaz de olvidar… Ahora se va… para siempre… Las cosas se diluyen, hasta aquí, esto es todo lo que sabe la ciencia… Las cosas se diluyen, lo mismo que todo el universo explota con lentitud infinita, nosotros nos caemos como en los sueños, nos separamos estallando hacia arriba… ¿Podrá oírme? Depende… En el oeste, tal vez, donde acaba América y comienza el este. Nadie vuelve, evidentemente. Es lo que se dice. Hasta hoy, nadie, pero tú… Sólo tú y yo seguimos aquí plantados. Tú sobre la tierra, yo sobre ti. ¡Siempre hay algo que está a punto de ocurrir! No sabía que estabas tan cerca… No soy esa por la que tú me tomas, sólo he metido un poco la pata. No lo pensé, fue sin ninguna intención… Pero no puedo cargar encima con usted… No soy bastante fuerte… ¿Ese es mi castigo? ¿Solamente porque he estado hablando un poquito conmigo misma? ¿Por qué me sangra la espalda? ¿Por qué no he estado más atenta? No puede ser, no puede ser. ¿Por qué me sangra la espalda?”
Aquellas palabras las había escuchado más de 20 veces. Las escuchaba en cada función de “Grande y pequeño”. Estos no eran sus parlamentos, estas frases pertenecían a Lotte. Todo aquello había sido articulado por Botho Strauss cuando escribió la obra y ahora era como si le revelaran una parte de lo que le pasaba, se salían de su contexto y se le acomodaban en el sueño, como la gabardina que había sido mandada a hacer a su medida. Eran demasiadas coincidencias. La ficción, los recuerdos y los sueños se mezclaban como queriéndole decir algo en un lenguaje difícil de descifrar.
Mientras dormía y soñaba, comenzó a decir estas palabras en voz alta. Leo las escuchó. Pat sudaba y se movía bruscamente en la cama. Él tuvo que despertarla.
-Patita, Patita, despertá, despertá. Estás soñando, despertá.
-¿Por qué me sangra la espalda? -Todavía no volvía del sueño.
-No nena, pará. Todo está bien, tranquila. Despertá, bonita.
Leo tuvo que sacudirla de los hombros. Patricia abrió los ojos y aguantó la respiración. Se dio cuenta de que ya no estaba en el escenario y de que Leonardo la había despertado.
-¿Qué pasó? -Dijo todavía con los puños apretados.
-Soñabas, al parecer tuviste una pesadilla. ¿Dónde estabas?
Pat se incorporó. Leonardo le sirvió un vaso con agua, se lo bebió de un jalón.
-En un teatro. Era viejo, estaba abandonado, había miles de butacas vacías. Yo representaba una escena de la obra “Grande y pequeño”. Era Lotte, pero yo no soy Lotte. Era yo, y una mujer que en algún lugar he… Y Lotte… Y hablaba sola, y nadie llegaba, era angustiante, no había ni un solo espectador, nadie a quien pudiera decirle nada.
-Ya, ya pasó. Yo estoy acá, podés decirme lo que quieras. Vení, sólo fue un mal sueño.
Leonardo prendió la luz y la abrazó. Se dio cuenta de que estaba empapada en sudor.
-Tenés que ponerte una remera seca, te vas a enfermar.
Sacó del clóset una camiseta suya, la ayudó a quitarse la otra y cuando se disponía a ponerle la playera limpia, vio unas marcas en su espalda.
-Patita, ¿qué fue lo que te pasó en la espalda? Esas cicatrices no las vi antes.
Pat se levantó de la cama y se vio en el espejo que estaba detrás de la puerta de la habitación. Las cicatrices que aquél tipo del otro universo le había dejado en la piel se hacían más claras y presentes, como si apenas estuviera recuperándose y recién hubieran comenzado a cicatrizar.
-Es algo que me da en la piel, un tipo de dermatitis. Me pasa cuando estoy muy nerviosa. Tal vez fue por lo que soñé hace un momento. Seguro que mañana ya están como si nada.
-Qué raro, no vi nunca una dermatitis de estas características. ¿Te duele? ¿Por eso decías eso en tu sueño?
-No lo sé, eso es parte de lo que dice el personaje en la obra, pienso que no tiene nada que ver, despreocúpate. Yo creo que se me cruzaron los cables. A veces sucede, estás pensando mucho en una cosa y se te cuela a otro mundo.
-Bueno, ya, tranquila. Dormí un poco, igual también es porque estás cansada del viaje. ¿Querés que te traiga algo? ¿Estás segura de estar bien? Me voy a quedar despierto hasta que duermas otra vez.
-Sí, estoy cansada del viaje, de los viajes… Solamente ven y duerme conmigo.
-Sí nena, me asustaste, che. Menos mal que fue un sueño.
-Sí, menos mal…
Pat volvió a acomodarse en la cama junto a Leo.
-Oye, ¿Qué hora es?
Leo buscó su pequeño reloj despertador entre los libros que estaban en la mesita de noche.
-Parece que se quedó sin pila. Se detuvo marcando las 5:55 am. Está a punto de amanecer. ¿Vos tenés reloj acá? Tal vez sea un poco más temprano.
-Sí, en mi celular. Ahora veo.
Pat sacó de su bolso su teléfono.
-También en éste se detuvo a las 5:55. Qué raro, igual, anda fallando desde que se me cayó a la piscina en Acapulco. Lo dejé todo un día al sol, pero estas cosas ya no vuelven a servir bien después de mojarse o caerse.
-Bueno, intentá dormir un poco, llamo al servicio de despertador. ¿Dale?
Leonardo llamó al 030 y pidió que lo despertaran temprano en la mañana. Apagó la luz y cuidó de Pat hasta que volvió a quedarse dormida.
Despertaron al día siguiente. Dos minutos después de que Leo abrió los ojos, Pat amanecía ya sin dolor en la espalda. Las marcas en su piel habían desaparecido casi por completo.
Él tenía que ir al hospital, ella a su casa y luego a ensayo. Leo preparó la cafetera mientras Pat trataba de ver cómo funcionaban las llaves del agua en la ducha del departamento.
-¿Cuál es la caliente, loco?
-La izquierda. -Le contestaba Leo desde la cocina. -Pero esperá un poco, que tarda en calentarse.
-Ok. Creo que ya va.
Se bañaron juntos. No tardaron mucho, tenían prisa. La mañana auguraba tráfico por las calles de la ciudad.
Leo le revisó la espalda a Pat y vio que ya casi no tenía nada.
-Oye nena, pero igual, ¿qué te pasó acá? Tenés unas buenas cicatrices, casi no se ven pero ahí están.
-Mmm. No sé, no me acuerdo. Creo que me lastimé con una enredadera cuando niña pero como todo el tiempo me raspaba las rodillas y me caía de todos lados, no recuerdo de dónde vienen éstas.
Evidentemente se lo estaba inventando para no decirle que un sujeto en otro universo la había encadenado y luego la había agarrado a golpes.
-No se notan, tenés una piel re linda, de verdad que no me fijé antes.
Salieron del baño, se vistieron, Leo llevó a la cocina las tazas vacías en las que habían tomado café y Pat abrió su maleta para guardar su camiseta aún húmeda de sudor por el sueño de la noche anterior. La sacudió, la dobló y vio algo que le pareció extraño:
La camiseta de algodón sin mangas color hueso estaba pintada color escarlata en la parte del cuello. Era lápiz labial, lo reconoció de inmediato. Le pasó encima la palma de la mano y cuando vio su anular e índice, el color del labial entre sus dedos, se diluyó.
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