Despertó. Había oscurecido. Mientras dormía, soñó que finalmente estaba con aquella persona de la que tanto le hablaban. Seguía sin poderle ver el rostro y sin saber quién era. Su identidad seguía cubierta por un velo de pensamientos e imágenes que se entremezclaban con recuerdos y momentos imaginarios. Estaba confundida. Necesitaba que alguien le diera información concreta; encontrar en las palabras el sentido que la hiciera tener un eje, una dirección que le diera algún fundamento.
Esto resultaría difícil. Últimamente se había acrecentado su aversión por tener cualquier tipo de contacto con gente que no la miraba a los ojos cuando hablaba y por aquellos que intentaban tratarla como si fuera una retrasada mental. No soportaba la cortesía falsa, odiaba la amabilidad disfrazada y los “buenos” modales. En varias ocasiones explotó, tirando un par de palabras, que de haber sido un poco inteligentes aquellos a quienes se dirigía, hubiera haberlos herido bastante. Esta era la razón de que en los últimos días anduviera como un “lamedvadnik”. Parecía que en cualquier lado al que llegara, su presencia resultaba incómoda.
Qué triste le parecía el mundo social en el que se encontraba en este lado. Lleno de gente tratando por cualquier medio, de esconder su soledad tras sonrisas fingidas y proyectos de vida adquiridos en el Wal - Mart. Se sentía como un verde chillante en medio de un sembradío holandés el día en el que cientos de tulipanes artificiales abren sus pétalos. Quiso irse a la playa en ese instante y dedicarse un tiempo a pintar crepúsculos con lo que suponía que diría aquella persona extraviada que tanto había estado buscando en el momento de pararse en el umbral de su puerta y timbrar.
Caminaba taciturna, sin saber para dónde mirar y sin haber acabado de sufrir un proceso de cambio. Tenía el pensamiento fijo en otro clima, todo parecía ilógico, nada tenía un gramo de claridad. La fabricación de certezas que se había hecho, ahora la lanzaba a la calle de una patada. Todo se pintaba de un fatalismo que estaba mucho más allá del alcance de sus dedos. Mientras más información obtenía, los nudos en la madeja de estambre se hacían más complicados de desenredar.
Tomó sus cosas y salió de casa de Otif. Se había despertado con una enorme necesidad de estar sola y de pensar. Antes de salir le dejó una nota:
Otif:
Me voy. Todo da vueltas. Creo que necesito un tiempo para pensar en lo que ha sucedido. No te preocupes, seguro se me pasa en un par de días y volvemos con las investigaciones. Estaré fuera de la ciudad por un tiempo. Espero que estés bien. Lo digo de verdad. Tal vez tú también necesites un rato para estar solo. Por favor, cuídate. Estamos en contacto. Otra vez, muchas gracias por todo.
Con cariño, Pat.
Tomó su auto y fue a casa. Al llegar, se encerró en su habitación. Se puso el “The division bell” de Pink Floyd, encendió un cigarro, inhaló y mientras sacaba el humo, de nuevo le daba vueltas al laberinto. Trató de guardar como fotografías las imágenes de la corta ruta recorrida. Su corazón trotaba lejos de ella para no ser alcanzado. Se le escapaba hacia donde necesitaba urgentemente estar. De nuevo pensó en Leo. Era con él a donde se le fugaban los latidos.
La noche se prestaba como para llamarlo y pedirle que fuera a darle un poquito de paz, a charlar, a hablar de lo que fuera, a ver una peli, a quedarse viendo sin decir nada, a cocinar una pasta. Cualquier cosa en su presencia aminoraba en buena medida este sentimiento que le avisaba que todo iba en dirección contraria.
No había estrellas y la luna se escondía tras los enormes edificios de la ciudad. A lo lejos se escuchaba un danzón romántico y despechado. Los perros ladraban al tiempo que la noche le iba cerrando los ojos como telón cuando acaba la función.
Se fue a la cama e intentó dormir. Antes de que lo lograra, recordó ese beso que la había hecho sentir viva. Recordó las manos de Leo acurrucándola y pensó que después de todo, iba a estar bien.
El día siguiente no paró de pensar en él. Estuvo a punto de llamarlo en numerosas ocasiones. Esperaba a que se detuvieran los insultos que le propinaba el reloj, marcaba su número y antes de que entrara la llamada, cortaba. Había recibido un mensaje de texto la tarde siguiente de la última vez que se habían visto:
“Hola patita, ¿Cómo estás? ¿Todo bien? Espero que no lo hayas pasado tan mal. Te mando besos. Leo.”
Al cual, había respondido ella:
“Hola rascacielos. Todo bien. Gracias. ¿Tú qué tal?”
“Bien. Ando en Oaxaca escuchando música duranguense.”
“Ja!!! Pásalo suave. Un beso.”
No le preguntó cuándo volvía ni si podían encontrarse de nuevo y sin embargo quería escuchar su voz, quería oírlo. Sobre todo, quería verlo. Se hacía duro respirar. El sólo hecho de saber que se iba, la hacía necesitar encontrarlo una última vez pero esperó a que se le pasara. La playa le caería bien. El mar siempre la había ayudado a despejarse la mente. Se iba a descansar, a pasar el tiempo haciendo nada.
Los viajes se detuvieron. A pesar de que Pat estuvo mucho tiempo sola no pudo irse a ningún lado. Era como si tuviera dos grilletes de 150 kg. de acero en cada pie que no le permitían moverse. Por un lado, mejor. Estaba cansada, se había dado por vencida. Pensaba en resignarse a quedarse sin saber nada. No le importaba encontrar a nadie y no quería pasar por esto de nuevo. Necesitaba agua salada y arena para curarse de ella misma. Todavía ni siquiera sabía quién era y ya estaban apareciendo otras Patricias en universos paralelos.
Por si fuera poco, había otro elemento que la hacía querer alejarse lo más rápido posible de todo. Sentía un raro dolor de tendones, una fiebre que no la dejaba pensar, cierta ruptura en la columna, cierto estallamiento interior, un enorme tumor en la mirada, palpitaciones detenidas, la presión a tres cuartos de desaparecer, alergias al entorno completo, un indetenible temblor de manos, delirio de persecución, alucinaciones y todos los síntomas de una enferma terminal. Cuando pensaba en aquél sujeto apodado “rascacielos” todo dentro de ella se removía; por el modo en el que se le metía en la cabeza a cada rato haciéndole cosquillas entre el occipital y el parietal y por la cara de tonta que ponía cada vez que hablaba de él, pudo darse cuenta de algo en lo que no resultaba nada favorecida bajo las circunstancias ya mencionadas del trágico abandono pre meditado:
Estaba enamorada. ¡Uups!
Se sentía débil y enferma aunque de salud se encontraba perfectamente bien. Se había enamorado de un tipo que había visto una sola vez, del que no sabía prácticamente nada, y que se iba al otro lado del mundo. Bueno, no del mundo. No exageremos, al otro lado del continente. Estaba enamorada como no lo había estado antes, de un alguien que en muy poco tiempo se regresaba a su país porque la condición de “meteco” había roto los propios límites de convivencia. En palabras más claras, se volvía porque estaba harto.
Sin meditarlo, buscarlo, ni planearlo, incluso sin desearlo, aquella chica se dejó llevar por el sonido de todas aquellas palabras que no se dijeron la última noche, por la mirada cálida de él y por sus manos que parecían saberla guiar hacia un intenso y doloroso bienestar.
Estaba perdida entre lo ilógico de sus sentimientos, lo absurdo de la situación y lo patético de la posición en la que la colocó ese maldito argentino con ojos de ángel disidente, que tuvo la capacidad de mantenerle la respiración tibia y que ahora la dejaba sumergida en medio de un pantano.
Sabía que no acabaría en nada bueno, sabía que no tenía pa´ donde ir todo esto que comenzaba a sentir por él, y aún así no hizo nada para detenerlo.
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