giovedì 30 settembre 2010

DIEZ Y SIETE. 17 "UNA NOCHE DE COPAS, UNA NOCHE LOCA"

Pat sabía que no importaba qué le dijera a Otif, ni cuánto tratara de ayudarlo o de serle útil. La sensación de pérdida era algo que, como a ella, lo acompañaría mordiéndolo sin soltarlo jamás. Lo entendía a la perfección. Aunque hacía casi tres años de la muerte de su madre, a Patricia aún le parecía verla en casa. Todavía no se reponía del todo y no sabía si algún día iba a se capaz de hacerlo. Constantemente se la imaginaba en la primera fila de las butacas de algún teatro, viéndola actuar, poniendo cara de orgullo y alegría. En ocasiones, cuando no sabía qué hacer ante alguna situación, pensaba en lo que le diría su mamá y sólo entonces una pequeñita brisa de tranquilidad la ayudaba a ponerse en marcha y solucionar las cuestiones más prácticas de la vida. Igual, seguía sintiéndose sola. Igual, seguía necesitándola.
Anocheció. Después de la pizza, Otif abrió una botella de Malbec y se reprochó en voz alta a sí mismo el no haberla descorchado mientras comían. Se la bebieron toda. Luego, bajó las escaleras que parecían conducir a un sótano y regresó desempolvando otra botella más. Era un tinto. “El Puerto” 1984.

-La había estado guardando para una ocasión especial y me parece que esta noche es especial. O si no especial, por lo menos muy distinta. No sé, de pronto me apeteció abrirla. Capaz que mañana ya no la puedo probar, ¿no crees?

Pat suspiró. -No, hombre. Todo sigue, todo va. Nosotros seguimos aquí. Y me siento honrada, parece ser un buen vino. ¿Estás seguro de que lo quieres abrir hoy?
-Estoy seguro. ¿Para qué esperar más? Ya ha estado ahí durante… Mmm… 24 años.
La edad de Pat. Esa botella llevaba en este mundo la misma cantidad de años que ella. Se le hizo curioso ver que en la etiqueta estaban escritas sus iniciales y que coincidan con el nombre del vino: “El Puerto”. De algún modo se sintió con permiso para probarlo.

Otif descorchó la botella con la precisión de un neuro-cirujano. El sonido que hizo el corcho al separarse del borde de la boca de la botella fue limpio y tenue. Esperó un par de minutos, sirvió un poco en un vaso pues quién sabe en donde estarían regadas las copas, alzó la bebida para verla a contra luz, la movió con círculos pequeños, se pegó el vaso a la nariz, inhaló, lo apartó de su triste rostro y se lo dio a Pat. Ella, en automático repitió el procedimiento. Luego esperó.

-Anda, pruébalo. Dame tu opinión.

Pat dio un trago corto y firme. El vino era de un rojo intenso que tendía al negro. Tenía una consistencia ligera y un leve aroma a ciruela, los sabores del clavo y la vainilla aportados seguramente por la barrica de roble francés, se quedaban en la garganta el tiempo suficiente para percibir que era un tinto que provenía de uvas cortadas en verano. Prestó su paladar para ser seducida por las almendras y las nueces escondidas en los taninos. Pat se imaginó las manos de la gente de la finca que se encontraría, a lo mejor en Mendoza sobre 1200 metros sobre el nivel del mar que, cuidadosamente cortaban esas uvas. Todo el proceso de depositar el vino en las barricas con la temperatura exacta para hacerlo madurar y convertirlo en lo que hoy probaba le trajo a la mente una analogía con la mujer que era ella; el proceso por el que también había pasado hasta llegar a verse este día se le hacía parecido al del líquido dentro de un barril esperando paciente a ser embotellado y llevado a una boca en una ocasión especial.

Por supuesto, le pareció demasiado pretencioso y pedante decirle esto a Otif así que dijo:

-Está muy rico.

Esto sí lo había aprendido de este lado del charco. Su papá era un completo fan de los vinos. Era usual que en la comida o en la cena, su padre descorchara una botella y le enseñara a ella y a su hermano mayor a probarlo, a dejar que se quedara en la boca y a respirar para poder sentir todo el cuerpo de la bebida. Estaba acostumbrada y tenía entrenado el paladar. Este vino, por cierto, tenía historia. Una historia tan larga como la de la misma Patricia.

Otif le sirvió a Pat, luego llenó su vaso hasta la mitad, y dijo:

-Salud. Este vino lo compré cuando mi nena cumplió dos años. Ahora no tengo ninguna razón para brindar. No se me ocurre ninguna en este instante. ¿A ti?- Chocaba su vaso contra el de ella.

-Honestamente no. Brindemos porque sí, nada más. ¿Te parece?

-Vale. Por el hecho de seguir vivos.

Se bebieron el vino para la ocasión especial en menos de media hora. Otif daba tragos grandes y Pat no quiso quedarse atrás. Luego, él volvió a bajar al sótano trayendo otro. Esta vez era un “Portos 2006”. Lo abrió sin tanto cuidado y llenó el vaso de Pat, derramando algunas gotas en el suelo. Patricia se dio cuenta de que ella no era la única que estaba comenzando a embriagarse. Casi sin hablar se terminaron también esta botella.

-Bueno, ¿por fin me vas a contar o lo vas a dejar todo para mañana? -Decía Otif mientras acomodaba la cabeza en el brazo de una silla y estiraba las piernas sobre un almohadón moderno.

-La verdad es que estoy un poco tomada y no sé ni por dónde comenzar, pero ahí te va. Pasa que me sucede algo un tanto raro. Voy a tratar de ser sintética y específica y de no armar un desorden con mi revuelta manera de hablar: Me voy a otros lados sin saber por qué ni cómo. Es decir, una parte de mí se queda aquí, o no lo sé. O sea, no sé si me divido o no, pero el caso es que viajo a otras realidades. No tengo idea de por qué me pasa esto y quería ver si tú podrías ayudarme y explicármelo. Dime algo, Tú crees en la existencia de los universos paralelos, ¿verdad? Yo nunca me había puesto a pensar en ello. Digo, tal vez existan. Lo que no sé es si me voy o no a otras dimensiones o simplemente estoy chiflada. Y déjame contarte que los últimos viajes no han sido nada agradables. Sabes… tengo la sensación de tener que encontrar a alguien para decirle algo. Todo el tiempo estoy en peligro y nada acaba de concretarse. Me voy. No es que lo sueñe o me lo imagine, de verdad me voy y luego vuelvo. Y entonces hay días en que no sé de qué lado me pasan qué cosas y de qué lado otras. Pensaba que eran especies de sueños muy reales pero no. Ya he tenido la oportunidad de comprobar si me fui o sólo me lo imaginé. Sé que es probable que no me creas pero como te dije, es necesario que lo hagas. ¿Me estoy dando un poquito a entender?

Dio un trago de vino y volteó a ver a Otif. Él dormía con la cabeza caída y la barbilla pegada al pecho. Todo lo que había vivido en los últimos días lo tenía bastante cansado. Además, todo el vino que se habían tomado era como para derribar a cualquiera.

-¿Otif? ¿Quieres que te ayude a subir a tu habitación? Mira que si te quedas ahí, te va a agarrar una tortícolis que para qué te cuento. -Le dijo subiendo muchísimo la voz.

Itares movió la cabeza en señal de que iba a incorporarse. Lo hizo y Pat tuvo que sostenerlo para que no se cayera. Dijo algo sobre una habitación al lado en donde ella podría dormir y subieron las escaleras. En la habitación que Patricia supuso que era la de Otif había una cama gigantesca en donde él se abandonó boca abajo sin meterse dentro de las cobijas. Pat le quitó los zapatos y lo cubrió con una frazada que estaba doblada en una silla al lado de la cama. Apagó la luz, caminó hacia la habitación contigua y se encontró con una cama igualmente grande. ¿Cuánta gente habría dormido en esa casa? Tuvo una sensación de confianza. Se sacó los tennis y la sudadera, fue al cuarto de baño, se lavó la cara y se enjuagó la boca entintada de color violeta por el vino. Estaba bastante mareada y sus movimientos eran medio torpes. Cuando estuvo acostada en la cama mirando hacia el techo, todo daba vueltas. No pudo dormir inmediatamente.

Un reloj despertador en forma de cubo encima del buró al lado de la cama marcaba con números verdes fluorescentes la 1:01 am, más temprano de lo que pensaba. Puso la alarma despertadora a las 8: 00 am. Cerró los ojos y se quedó profundamente dormida.
Al día siguiente se despertó con una sed tremenda. Volteó a ver el reloj. Estaba apagado. Tal vez se había ido la luz. Sacudió la cabeza y quiso inmediatamente lavarse los dientes. Volvió al cuarto de baño, hurgó en el mueblecillo del lavabo y encontró una vieja Colgate. Se puso una pequeña cantidad en el dedo índice y se lo llevó a la boca. Hizo gárgaras y sólo ahí se dio cuenta de que el baño no tenía espejo. Por la noche ni siquiera le había interesado ver cómo lucía pero hoy sí le importaba. Tenía dolor de cabeza. Descalza, fue a la recámara de Otif. Él no estaba ahí. Bajó las escaleras y poco a poco fue oliendo el aroma a pan tostado, huevos fritos, jugo de naranja y por supuesto, café. Se encontró con Otif preparando el desayuno. Tenía un aire en la manera en la que cocinaba, que hizo pensar a Pat que de ningún modo había bebido la noche anterior. Ella se había recogido el pelo y lavado la cara y los dientes así que no se veía tan mal, supuso.

-Buen día Otif. ¿Qué tal amaneciste? Parece que la cruda no te pegó.

Otif se dio vuelta y se le quedó viendo con una mirada fija y preocupada.

-¿Te encuentras bien, Pat?

-Sí. Bueno, me duelen las rodillas y siento que dormí toda chueca, pero de ahí en fuera, creo que estoy bien.

-Ya. ¿No recuerdas nada?

-¿Recordar? ¿Qué es lo que tendría que recordar? Pareces asustado. ¿Qué pasa?

-Ay, Pat. No sé cómo decirte esto. Ven, siéntate. ¿Quieres un poco de café y jugo? Los chilaquiles ya van a estar.

-Sí, gracias.

Se sentaron en el pequeño comedor de la cocina. Otif le tomó la mano y la examinó de arriba abajo con los ojos.

-Escucha. Ayer, bueno, hoy en la madrugada, mientras dormía en mi habitación, por cierto, gracias por ayudarme a subir.

-De nada.

-Mientras dormía, comencé a escuchar a lo lejos que alguien gritaba. Me costó trabajo reconocer que los gritos no provenían de la calle y que tampoco estaba teniendo pesadillas. Me senté en la cama, me acabé de desamodorrar y me percaté de que ya no estaba nada borracho. Presté atención y los gritos seguían. Pronto me di cuenta de que venían desde la habitación de al lado. Me levanté rápidamente, pues pensé que alguien se había metido en la casa y que te podría estar haciendo daño, pero cuando entré a la recámara en la que recuerdo que te dije que podrías dormir, no había nadie. Revisé debajo de la cama, en el baño y en el armario pero no te encontré. Luego pensé en que te habrías dormido en otro cuarto. Seguía escuchando los gritos. Gritabas Pat, ahora te oías lejos y yo no podía encontrarte. Te busqué en las demás habitaciones de la casa pero tampoco estabas. Bajé las escaleras y seguí buscándote en toda la casa. Salí al jardín y grité tu nombre. No contestaste. Cuando entré de nuevo, los gritos eran más audibles. Bajé al sótano, fui al estudio, al cuarto de billar, a la cocina, y nada. Volví a subir y mientras lo hacía seguí llamándote. Estaba muy asustado. Me disponía a subir al ático y de pronto los gritos pararon. Yo volví a llamarte por tu nombre. Pasé por el cuarto que está al lado del mío y te vi acostada en la cama de la misma recámara en la que te había buscado al principio. Dormías, de eso estoy seguro. Estabas llena de sudor, respirabas agitadamente y pude ver que tenías estas marcas.

-¿Cuáles marcas?

¿No te viste en el espejo?

-El cuarto de baño de la habitación no tiene espejo.

-Ah, es cierto. Ven, te voy a mostrar.

La llevó fuera de la cocina y en el espejo del salón le enseñó que tenía un moretón en el ojo izquierdo, huellas de manos grandes en el cuello y en los hombros y rasguños en la espalda.

-¿Qué me pasó? No me pude haber caído ni hecho daño yo sola. ¿Dices que me escuchaste gritar y no me encontrabas?

-Sí. Te busqué en el cuarto y no te encontré. Cuando volví a subir después de buscarte por toda la casa, estabas en la cama, temblando. Sangrabas de la nariz. Traté de despertarte y lo hice pero inmediatamente te desvaneciste. Te chequé el pulso y pronto se normalizó. Limpié la sangre de tu rostro y te puse una compresa de agua fría en la frente. Poco a poco me di cuenta de las marcas de lo que parece haber sido una paliza. Patricia, estoy seguro que desapareciste y volviste a aparecer como por acto de magia. Pensé en llamar a la policía pero me envalentoné, registré de nuevo la casa y no encontré a nadie. Nadie te movió ni trató de llevarte. Solamente estábamos tú y yo.

-No, quien me hizo esto no pertenece a esta dimensión. Puedes estar seguro de ello. Lo que es extraño es que me hayas escuchado gritar. Eso quiere decir que cuando voy volviendo, la gente de acá puede darse cuenta. -Dijo como pensando en voz alta.
-¿Cuál gente de acá? ¿Qué otra dimensión? ¿Qué fue lo que te pasó?
-No lo recuerdo. A veces sucede. Precisamente de eso quería hablarte desde la otra vez. Me voy. Sin pensarlo, desearlo ni planearlo, me largo a otros lados y luego vuelvo. Ahora sé por lo que me dices, que no es que una parte de mí se quede y la otra se vaya. Porque si primero no me encontrabas y luego de unos minutos me viste, quiere decir que viajo completa, que no me divido. Por lo menos eso es un avance.
-A ver. Despacio, por favor explícame todo este asunto, que ya estoy bastante asustado. De verdad te hicieron daño. ¿Quiénes? ¿Por qué?

-No sé. Te digo, en este momento no puedo recordarlo.

-Está bien. Calma. ¿Dices que sin que puedas controlarlo, tu cuerpo se va a otros lados y del mismo modo vuelve?

-Sí. Eso mismo.

-¿Desde cuándo te pasa esto?

-Cuando niña me pasaba, pero nunca me di cuenta ni puse mucha atención. Creía que era simplemente otra forma de imaginar o de jugar. A mis amiguitos les parecía fenomenal que tuviera tanta cuerda para inventarme cosas. Pero no me las inventaba. Nunca se los dije. Suponía que cada quien tenía su estilo, su manera. Luego, en la adolescencia pararon y cuando me iba, casi nunca lograba recordar nada, como ahora. Desde hace como 3 o 4 años me sucede una o dos veces al mes. Pero recientemente han sido mucho más seguido y mil veces más claros.

-Y dime, ¿a dónde te transportas?

-Nunca sé exactamente a dónde, pero por ejemplo, sé que he estado en Las Barrancas del cobre. Una vez vi una foto y sabía que conocía ese lugar. Luego, por curiosa investigué y todas las imágenes que encontré coincidían con mis recuerdos medio borrosos. Puedo jurarte que he ido a China, a Estambul y a Grecia. También hay lugares como casas o construcciones que no me remiten a ningún lado en particular.

-¿Y la época?

-Tampoco la sé. Por lo general, antes veía a gente común y corriente, se podría decir que era contemporánea, sólo que no siempre estaba en México. Luego, tuve un viaje, porque los llamo “viajes”, a una época que para nada era ésta. No sé cuál. La vestimenta era poco usual y me acuerdo que había carretas y las calles estaban llenas de lodo. Yo hacía fila para entrar a algún tipo de espectáculo y como siempre, estaba angustiada porque esperaba a alguien que no llegaba. Tampoco era que supiera quién era ese alguien. Siempre que me voy, una angustia que pesa como trescientos kilos me sujeta las piernas y no me deja caminar para ver a quién tengo que encontrar. Eso es lo único que nunca cambia. Una vez estaba en torneo de fút bol. De repente me vi en la tribuna gritándole a alguien que había perdido entre la multitud, sólo que por el ruido, ni yo misma alcanzaba a escuchar el nombre que desesperadamente salía de mi boca.

-Pero entonces, por lo que veo, lo que hagas allá tiene una repercusión directa con el mundo de acá. ¿No?

-Sí. Eso no tiene mucho que lo descubrí. Ahora tú me ayudas a descubrir también que no es que mi esquizoide cuerpo sufra una escisión ni que esté viviendo una doble vida. Últimamente todo ha sido un infierno. Hace unos días se detuvo por completo. Ignoro la razón, pero cuando volvió todo esto, me hizo viajar a lugares realmente espantosos. Cada uno va siendo peor que el anterior. Tengo miedo de irme otra vez. Tal vez lo mejor es que no me quede sola. Solamente me pasa cuando no hay nadie conmigo. No sabes, tengo miedo de que alguien me haga daño.

-Perdóname por dejarte así, tan desconsideradamente. De haber sabido…

-No te preocupes. ¿Cómo te ibas a imaginar esto? Ni yo misma lo entiendo.

-Es un asunto complicado. ¿Has oído hablar de la existencia de las puertas a otros universos y a otros tiempos?

-Poco, la verdad. Sólo lo que tú mencionaste la otra vez en casa de García.

-Puede ser que te esté pasando a ti. Que tengas que ir abriendo puertas sin número ni dirección para arreglar algo que dejaste incompleto; o que tengas una misión que no te ha sido revelada porque aún no es el tiempo correcto.

-¿Y por eso la gente de allá me lastima? Además, ¿quién soy yo para andar cargando con misiones? Por favor, no puedo ni recordar cuándo debo pagar la tenencia del coche; olvido regar las plantas que me obsequian, no me duran las mascotas, me paso las luces rojas de los semáforos, me pierdo hasta en mi colonia. En fin, a veces soy un desastre total.

-No sé, a lo mejor esa gente que te hizo daño te ve como una extraña, como una forastera que es peligrosa. ¿Nunca te han dicho nada que pueda servirte para saber por qué vas a esos lugares? ¿Una especie de clave, o algún mensaje oculto en las frases?

-No. Antes conversaba con gente. Todo parecía hasta cierto punto normal, pero la sensación de buscar siempre a alguien en específico se ha ido agudizando cada vez más. Y todos, de pronto, como si no quisieran ayudarme, dejaron de dirigirme la palabra. Ahora nada más me gritan cosas o me hablan en otros idiomas. Bueno, eso sin mencionar que ya llegó el punto en el cuál parece que no es para nada bien recibida mi presencia y están haciendo todo porque me vaya. Espera… -Pat apretó fuertemente los ojos. -Puedo acordarme ahora de que me encerraron en una especie de calabozo, pero había algo en él que me hacía pensar que era un calabozo moderno, no de los de antes. Estaba encadenada a una pared y un tipo, el que me pegaba, me decía algo así como que estaba de nuevo equivocada, que ése no era el lugar que estaba buscando; que dejara de hacerme la tonta. Sí, dijo eso. Que dejara de hacerme la tonta porque ya sabía en dónde encontrarlo.

-¿Encontrar a quién?

-No sé, Otif. Esto es desesperante. Y yo que pensé que podría tener su lado bueno, que podría ver a mamá o algo así. Pues no. Todo se ve negro. Todo me da miedo allá. Es como si todos supieran lo que tengo que hacer y nadie me dijera.

-¿Ver a tu mamá?

-Sí. Mi madre murió hace algunos años. Pensé que podría verla, encontrarme con ella pero no ha sucedido. Dicen que todo tiene sus pros y sus contras, pero recientemente no le veo ninguna ventaja a esto que me pasa.

Pat se tomó de un trago de jugo de naranja.

-¿Me crees, Otif? ¿No piensas que te lo estoy inventando?

-¿Cómo no voy a creerte? Y de todos modos, si no lo hiciera, lo de ayer fue más que una prueba tajante para que lo haga. Te digo, desapareciste y luego apareciste. Yo lo vi. Estoy seguro de que no estaba alucinando ni nada por el estilo.

-Eso me reconforta. Me duele muchísimo la cabeza. ¿Tienes una aspirina?

-Si. Espera, que te traigo una.

-Gracias.

Otif fue escaleras arriba. Se escuchó cómo removía objetos en un cajón. Volvió después de unos minutos. Pat estaba con el rostro entre las manos tratando de respirar hondo.

-Te traje dos. Te sirvo más jugo.

-Gracias. Dime algo, ¿vas a ayudarme a saber por qué me pasa esto?

-Te lo prometo. Pero creo que primero tienes que descansar un poco. En serio que no tienes una buena pinta.

-Sí, ya sé. Me imagino. Hay algo que me intriga. No sé si el lapso de tiempo en el que me voy de este mundo para abrir otras puertas, como dices tú, coincida con el que permanezco allá. Es decir, no sé si por ejemplo, si acá transcurren 10 minutos, allá también será la misma cantidad de tiempo, o sean horas o incluso días. Hasta ahora, todo me ha hecho pensar que más o menos es lo mismo, pero esta madrugada, tuve la sensación de que estuve mucho más de unos minutos. ¿Por qué me golpearon? ¿Será un tipo de advertencia o algo así?

-Si aquel hombre te dijo eso y te pegó hasta hacerte sangrar, sea lo que sea, creo que va en serio.

-Sí, de eso no hay duda. ¿Qué voy a decirle a todo el mundo? Mañana tengo función. Puedo decir que me estampé en el coche mientras no me miren la espalda.

-¿Y las marcas de sus manotas en tu cuello? Parece que alguien te las hubiera tatuado. No se te van a ir por lo menos en dos o tres días.

-Sí, es verdad. Puedo ponerme un collarín. Así digo que me lastimé el cuello en el choque y que por eso lo traigo. En el ojo me pegué con el volante.

-Te preguntarán por qué no traías el cinturón de seguridad.

-Ay, bueno. No hablaré mucho del tema, entonces.

-¿Y qué vas a hacer con tu coche? ¿Vas a chocarlo de verdad?

-No, ni hablar. Puedo decir que está en el taller mecánico porque lo están arreglando.

-Suena bien. Si quieres, puedes guardarlo aquí todo el tiempo que necesites.

-De verdad te lo agradezco, no puedo andar por ahí diciendo “Ah, sí, un tipo de otro mundo me agarró a puñetazos porque no acabo de entender algo que debo hacer.” He tenido que aprender a inventarme cosas para que nadie sospeche nada.

-No te preocupes. Si no lo permites, nadie preguntará de más.

-Muchas gracias por escucharme.

-No hay de qué. Tú también me escuchaste ayer y de verdad que te lo agradezco. No sé que voy a hacer ahora. Por lo menos tengo un objetivo preciso: Ayudarte a desentrañar este caso que te tiene hoy toda madreada. Digo, por lo menos para que puedas tener un poquito más clara la cosa. Pero déjame decirte que es un tema complejo y difícil de explicar y mucho más, de entender.

-No importa, por el momento lo único que quiero es no quedarme sola ni un segundo.
-No te preocupes, si no hay nadie en tu casa y necesites charlar o estar acompañada, ven. Yo no pienso moverme de aquí en un buen tiempo.

-Ok, lo haré.

-Te prometo que voy a ayudarte. Vas a ver que pronto vamos a encontrarle solución a esto. Está fenomenal que puedas viajar. La cuestión es que viajes a lugares que te gusten. Veremos qué se puede hacer.

Cambiaron de tema. Mientras tomaban el desayuno charlaban acerca de la vida de Otif, quien le contaba cómo era que había decidido hacerse físico matemático y cómo todo el mundo lo había tirado de a loco. Ese señor era brillante. Constantemente iba a otros países a dar charlas y conferencias. Fue catedrático varios años en una prestigiada escuela en Chicago y era respetado por todos sus colegas. Había logrado hacer el suficiente dinero para dejar todo y adentrarse en sus investigaciones personales. Tenía publicados varios libros y hasta una página de Internet.

-Bueno, creo que es momento de que me vaya. Hay varias cosas que tengo que hacer hoy. Tendré que pasar por una farmacia especializada y conseguirme un collarín ortopédico. En la función puedo quitármelo porque traigo una gabardina que puedo cerrarme hasta el cuello y casi todo el tiempo estoy detrás de una puerta, no creo que haya mucho problema.

-Bueno. Descansa un poco. ¿Habrá alguien en tu casa?

-Sí. Seguro estará mi hermano con algunos amigos y Alejandra, también.

-Qué bueno que no te quedas sola. Vamos a hacer algo: cuando te sientas lista, no tiene que ser mañana, me llamas, instalo un circuito de video, te quedas en una habitación y vemos si desapareces o no. Tratemos de mantener un vínculo con este lado. Una especie de cuerda que no te deje ir. Vamos a ver si eso es posible. ¿Te parece?

-Está bien. Tengo que solucionar esto a cualquier precio. No puedo seguir así. Hasta luego, Otif. Te llamo mañana para ver si vengo.

-Bueno. Mientras, asegúrate de mantenerte a salvo. En este lado también hay peligros.

-Sí. Lo haré. ¿Tú, vas a estar bien?

-Creo que sí. Necesitaré tiempo. Han pasado demasiadas cosas y demasiado rápido. Tengo que sentarme un minuto, pero no te preocupes. Espero tu llamada.

La acompañó hasta la puerta, la abrió con todo y truco y esperó ahí hasta que llegara un taxi. El auto lo dejó ahí.

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