venerdì 24 settembre 2010

DIEZ Y SEIS. 16 "LA PÈRDIDA DE OTIF"

El miércoles volvió a encontrarse con Otif. Cuando llegó a su casa las dos puertas estaban abiertas. Entró con cautela llamándolo por su nombre y lo encontró sentado en el viejo sillón gris con una expresión que recordaba a la angustia de un escritor ante el papel en blanco; daba la sensación de que sus pensamientos se hubieran cristalizado en una imagen como una piedra en una mina y no fuera capaz de echar mano de sus herramientas para sacarlos de la oscuridad en la que habitaban cientos de metros bajo tierra.

A Pat le pareció verlo más flaco pero no quiso decirle nada. No era un buen comienzo para una conversación, sobre todo, cuando se había ido de aquella manera a la India. Otif tenía la mirada perdida en algún recuerdo que no lograba colocar en el anaquel correspondiente; tardó un par de minutos en percatarse de la presencia de ella. Bebía café con una mano y con la otra hacía dibujitos en el aire. Antes de decir palabra, Pat se dio cuenta de que todos los cuadros que había visto abandonados como huérfanos ante la puerta de un hospicio la última vez que estuvo en la casa, habían desparecido. En su lugar habitaban restos de humedad y más polvo que en un campamento en el desierto.

Pensó que el repentino viaje de Otif a la India tenía directamente que ver con su ex mujer. Incluso, era posible que ella hubiera estado ahí hacía algunas horas; tal vez por fin se hubiera decidido a llevarse los recuerdos materializados que dejó cuando se fue. De pronto, una leve corriente de aire entró por la ventana que estaba abierta, moviendo la cortina y dejando percibir a Pat, y seguramente a Otif también, un leve olor a perfume fino que se colaba vagamente por su nariz recordándole de nuevo que no estaba más ahí.

-Hola Pat, ¿Cómo va todo?

-Bien, supongo. ¿Tú cómo estás? ¿Todo bien en la India?

-Mi hija murió.

Soltó la frase con una naturalidad tal, que hizo que Pat relacionara su tono de voz y su cadencia en las palabras, con la manera cotidiana y apesadumbrada del sujeto que cada mañana da el pronóstico del tiempo en un canal de televisión por cable. Ese sujeto que un buen día, amablemente avisa al policía del edificio en el que trabaja que va a suicidarse. Toma el elevador, sube al último piso y se avienta. Todo sin hacer alboroto, sin gritos ni luces alarmantes. Lo único que queda de él después de que se alejan las sirenas de las patrullas y las ambulancias es un escalofriante y sordo silencio; justo como el que habitaba ahora en la casa de Otif.

-Y ¿sabes? -Continuó esbozando una sonrisa que anunciaba lo que viene después de la catástrofe. -Lo más chistoso de todo es que murió de cólera. Ella, que tenía un carácter tan afable. Se enfermó, seguramente por algo que comió; estuvo sola encerrada en un maldito monasterio o qué se yo, no se atendió y rápidamente se complicó todo. Estaba aislada casi por completo y cuando la encontraron y la llevaron al hospital fue demasiado tarde. Es absurdo, es totalmente absurdo.

En el ambiente reinaba no solamente el olor a perfume fino, sino una cierta insatisfacción rabiosa por aceptar el sinsentido de lo acontecido.

-No. Espera. Hay algo más chistoso que eso. -Siguió él con la mirada fija en un remolino grasiento e inexistente. -Antes de que se fuera quedamos de vernos. Ella tenía algo importante que contarme, dijo. No nos veíamos muy seguido. Siempre andaba haciendo sus prácticas antropológicas y yo, ya sabes, en lo mío, pero podría decir que nos llevábamos bastante bien. Era una relación alejada y cercana a la vez, o al menos así me lo parecía a mí. A sus 26 años era una chica bastante independiente y desapegada pero aquella vez me pidió que nos viéramos porque partía al África y luego a la India. Debo confesarte, si me lo permites, que no puse mucha atención cuando me dijo a qué se iba, pero supuse que me contaría cuando la viera. Teníamos casi 4 meses de no vernos y su estancia en el extranjero no sería corta, así que me entró un sentimiento paternal y supuse importante encontrarme con ella.

Otif bajó la mirada, dio un sorbo grande al café, apretó los labios y prosiguió.
-Total que quedamos de encontrarnos en un restaurante que solíamos frecuentar cuando era más pequeña, porque, seguía siendo pequeña, ¿no? Era un par de años más grande que tú, tenía toda una vida por delante. -Hizo una pausa corta, cerró los ojos e inhaló en el vacío. -Recuerdo que cada vez que íbamos a aquel lugar, ella siempre pedía algo distinto. Se probó todo el menú, era un restaurante de comida griega y aunque los nombres de los platillos no invitaran al apetito, ella los probaba. Siempre fue medio aventurada y muy valiente, de esas personas que parecen no conocer el miedo. El caso es que yo, concentrado en una investigación, no llegué aquella vez a nuestra cita. La verdad es que se me fue el tiempo y me di cuenta que no sólo había oscurecido, sino que eran casi las seis de la mañana. La llamé inmediatamente y la grabación de su contestador me respondió con un alegre: “Estoy de viaje, deja tu número y nombre y te llamo cuando vuelva.”

Patricia se sentó a su lado. A Otif se le fueron llenando los ojos de lágrimas y Pat sintió cómo si el puño de un gigante le pusiera unas pinzas para cortar alambres en el lado derecho del corazón. Inevitablemente pensó en su madre, pensó que los días que venían iban a ser más que duros para Otif. No sabía cómo era perder a un hijo pero supuso que era mucho peor que perder a un padre.

-Yo dejé un recado confuso y entrecortado. Intentaba pedirle disculpas de mil maneras, pero no sabía cómo. Ella ya se habría ido seguramente, no escucharía el mensaje hasta que volviera, así que sin más, corté tratando de apagar mi culpa, pensando en que se pondría en contacto conmigo en cuanto llegara al África. Pero no lo hizo. Supe entonces, que estaba realmente enfadada conmigo y no hubo manera de comunicarme. Estaba en la selva o algo así. Después pensé que se le pasaría y que me contaría aquello de lo que quiso hablarme con tanta urgencia esa tarde. Los meses pasaron y no supe nada de ella hasta que Rebeca me llamó para decirme que mi hija, lo que más quise en la vida, estaba muriéndose en un jodido hospitalito de la India, que la habían contactado a través de la embajada y que fuera inmediatamente para allá. Fue demasiado tarde, volví a llegar tarde a verla. Como cuando en la escuela la dejé olvidada más de un par de veces los días que me tocaba recogerla y ella se iba caminando solita hasta casa de su madre y luego me llamaba preocupadísima para ver si no me había ocurrido algo. Le reproché a Beca que no me hubiera avisado antes, pero ella, furiosa, alzando la ceja derecha como suele hacerlo cuando algo la crispa, tratando de mantener la calma por la presencia del doctor y la enfermera, me dijo en un tono suave que me heló la piel, que estuvo tratando de localizarme, pero que como siempre, tenía desconectado el teléfono y que prefirió volar inmediatamente que venir a mi casa a intentar encontrarme y sacarme de mi asquerosa vida egoísta y patética. Fíjate, ésas fueron las palabras que usó. “Tu asquerosa vida egoísta y patética.” Evidentemente no pude decirle nada, en este momento le doy completamente la razón. Un silencio pesado me iba llenando los pulmones y ella, con la voz más aguda que nunca, apenas salieron el doctor y la enfermera, después de cubrirla a mi nena toda con una sábana y anotar no sé que cosas en un expediente, me dijo que seguramente lo que quería contarme esa vez, era que estaba embarazada. Que tenía una relación desde hace un año y medio con Jonás. “El etnólogo ¿te acuerdas? Porque, sí te lo presentó ¿No?”, me dijo con el tono irónico que se le asoma cuando el dolor puede más que su fuerza interna. Que vivían juntos hace un año. Eso ya lo sabía, repuse yo. Que la cuestión era que tenía casi dos meses de embarazo, siguió sin escucharme, que viajaría porque no podía perderse esta oportunidad, ya que la Universidad de antropología la había becado y que volvería después de tener al nene. Que si era niño, le iba poner Otif, y si era nena, Rebeca. Pues bueno, ahora no tendríamos ni nieto, ni hija y por lo tanto, nada más que nos uniera; que no quería volver a verme ni a saber nada de mí; que se encargaría junto con Jonás de todos los trámites para traer el cuerpo a México y que por favor, no tuviera la poca vergüenza de presentarme al entierro.

Pat no sabía cómo procesar aquella información. No sabía si abrazarlo, seguir sentada con las rodillas dobladas, tronarse los dedos hasta despedazárselos o salir corriendo por la puerta.

-¿Cómo no voy a ir al entierro? No jodas, Rebeca. Es mi hija, dame por lo menos la oportunidad de enterrarla, de despedirme, dije yo. Ella se quedó callada y después de unos instantes, me dijo que nos veríamos acá, en México, pero que por favor, ahora me limitara simplemente a no estorbar, regresar y darle la noticia a quien lo considerara pertinente. Y así lo hice. En el entierro no estuvieron sino los realmente cercanos. Jonás, sus padres, un par de amigos, Beca y yo. No puedo dejar de pensar en lo absurdo de su muerte, ni en que tenía tan poquito camino recorrido. El no haberla visto cuando quedamos, va a ser algo que, estoy seguro, va a torturarme por mucho tiempo. Lo asumo, no creas, no me victimizo. Lo hecho, hecho está. ¿No te parece? Ahora sólo queda esperar a que los días me den la calma que necesito. Me es preciso comenzar algún proyecto, sé que si no lo hago, algo malo va a suceder y todo esto va a terminar de derrumbarse.

-¿Hay alguna cosa en la que pueda ayudarte? -Murmuró Pat.

-No, gracias. Por el momento solamente te pido que te quedes un par de horas. La verdad es que no quiero estar solo. ¿Comiste ya? Yo no tengo hambre, pero sé que debo comer algo. ¿Te apetece pizza?

-Sí. Espera, que la pido yo.

Tomó el teléfono y mientras marcaba el número de la pizzería famosa aquella, que se sabía de memoria, y trataba de que el desconcierto no la terminara de invadir, sin pensarlo fijó su mirada en el vacío que los cuadros de Rebeca habían dejado en el suelo de la sala. Era algo similar al espacio que no habitaba ya la hija de Otif, de quien por cierto, tiempo después, en circunstancias bastante extrañas, conocería el nombre.

-Ah, sí. Los cuadros. -Otif se dio cuenta de que Pat veía fijamente lo efímeras que a veces son las cosas materiales. -Vino por ellos hace un rato, Rebeca. Amablemente se ofreció a traerme a casa. Me extrañó, pero, evidentemente no tenía ganas de discutir. Nos vimos por la mañana, entró, dio un vistazo rápido, hizo gestos de disgusto y sin decir palabra alguna, se los llevó. Lo hizo como si quisiera quitarme un peso de encima. Tal vez supuso que me pesaría más ahora tenerlos aquí, así que, intuitiva y solidariamente los subió a la cajuela de la lujosa camioneta de su marido millonario y diciéndome que todo iba a estar bien, salió con Jonás que la ayudaba y quien se despidió de mí, avisándome con la mirada que él tampoco quería volver a verme. ¿La puedes pedir de anchoas y pimiento? Hace mucho que no como una pizza de anchoas y pimiento.

La pizza llegó, Pat se ofreció a pagarla, recibió al chico en motocicleta que llevaba un casco que le venía grande, y que por su corta edad parecía sacado de una caricatura de los Power Rangers, le dio una generosa propina y se sentó junto a Otif en la mugrienta y descuidada alfombra. Comieron en silencio. Justo cuando a Pat le parecía que la tarde no iba a darse como para contarle el pendiente que tenían, Itares le preguntó de la manera más casual y tranquila qué era lo que no había podido decirle la otra vez.

-Por favor, cuéntame lo tuyo, que me va a servir para distraerme un poco. Antes voy a darte un consejo, puedes hacerme caso o no.

-Dime, soy toda oídos. -Dijo Patricia tratando de hacer sentir bien a Otif.

-No dejes nada pendiente nunca. No dejes nada para la próxima vez. Si tienes que decir algo, dilo. Si sientes que tienes que hacer algo, por muy estúpido que parezca, hazlo. En ocasiones, la vida nos abofetea enseñándonos que no siempre hay una próxima vez. Así que, por lo que más quieras y aunque parezca no tener sentido, aunque parezca que es algo sin importancia, no te vayas a dormir jamás con la sensación de que dejarás para mañana un asunto. A lo mejor te suena dramático pero puedes encontrarte al lado de la almohada la posibilidad de que no haya un mañana. Y no me refiero a que andes por el mundo haciendo estupideces, sino por el contrario, a que camines por la vida teniendo la capacidad de discernir entre las cosas sin importancia, que no siempre son las cosas sencillas, y aquello que va a darle un sentido distinto a tu destino. Mira, que si yo me hubiera escuchado hace algunos años, no hubiera cometido errores que hoy sólo me dan palabras para intentar formular un sentido en un enorme vacío. Me siento como avanzando con un aparente disimulo ante mí mismo en una consecutiva decepción de todo lo que he hecho y de todo lo que he dejado de hacer. Por eso Pat, no andes por ahí arrepintiéndote por nada.

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