A pesar de la premura del tiempo, hicieron el amor otra vez. Esta vez no fue en la habitación. Fue en el pasillo, en las escaleras, en el lava manos, en la ventana, en la mesa. Y fue igualmente bello con la adición de la consciencia de los amantes cuando saben que les queda poco tiempo para estar juntos. Ahora se encontraban en igual posición, los dos contaban con la misma información, pero eso a Pat no la hizo sentir menos triste.
Pese a la noticia reciente, todo había estado más que bien, era el mejor sexo que había tenido. Debe decirse que Pat no era precisamente una santa y Leo tenía su historial, pero ni siquiera había lugar para comparaciones. Se acoplaban de una manera genial. Todo marchaba mejor que nunca hasta que un acontecimiento no esperado sucedió:
El preservativo se había roto. A Pat no le había pasado nunca. Revisó su calendario, hizo cuentas y vio que estaba el día más fértil del mes.
-Qué mala pasada, voy a tener que tomarme una de esas pastillas del día siguiente.
Bonita anécdota para platicarle a los amigos en un domingo mientras se toma un helado.
-¿Querés que las vaya a comprar yo?
-No, gracias. Al rato le llamo a Valeria y le pregunto cuál debo comprar. No tengo idea pero ella seguro me pasa el nombre.
-¿Valeria?
-Una amiga que hace un tiempo tuvo que tomarlas también.
-Ah, pará. ¿Hay algo que pueda hacer por vos?
-No te preocupes, no es nada del otro mundo. En otra época tendría que haberte presentado con mis padres como mi futuro esposo o aguantarme la vergüenza en sociedad de ser mamá soltera, o morir en un aborto mal hecho, pero ahora las cosas son distintas. Bueno, más o menos. Por el momento no tengo planeado convertirme en madre y no creo que tú en padre.
-No, la verdad no. Me gustaría, en un par de años, tal vez. ¿Cuántos años tenés?
-24. ¿Tú?
-28. Somos casi unos pibes.
-Sí. Pues ya está, a la tarde me las tomo y problema resuelto.
Todo había girado179 grados. Resultó que por la mañana “El rascacielos” le decía que partía para su tierra y la dejaba a “La casita de perro” con la importante misión de no traer a nadie al mundo.
-Escuchame, si necesitás algo, de verdad, decímelo. Qué bajón, che.
-Tranquilo, que no pasa nada. Ya vas a ver.
-Decime tu número para llamarte y estar en contacto.
Pat dudó. No quería ser grosera pero en ese momento no se sentía con muchas ganas de que el tema se repitiera en ninguna conversación. A decir verdad, no tenía la menor gana de verlo otra vez y no quería volver a acordarse de su nombre.
De todos modos, sin pensarlo mucho, se lo dio, él le dio el suyo, se vistieron, tomaron un poco de café, un último beso y Leonardo se fue.
-Cuidate y si necesitás algo, me llamás. ¿Dale?
-Sip. Tú también cuídate.
Cerró la puerta y se lo imaginó caminando por la cuadra. La gente siempre se iba de su vida. Por un momento tuvo ganas de ser ella la que se marchara de la vida de los demás, así, sin avisar, dejar impunemente a alguien como lo hacen sin anunciarlo, de pronto, los tornillos de las puertas de una construcción vieja.
La resaca comenzaba a asomarse. Tenía hambre, había dormido poco y pensó que no le vendría mal dormirse un rato. Qué bueno que no tenía función de “Grande y Pequeño” aquél día, pensó. Antes de dormir tenía que llamar a Val para preguntarle por el nombre de las pastillas. Tomó el teléfono y marcó su número.
-Hola. ¿Quién habla? -Val atendía la llamada con la voz alegre que siempre tenía. Se oía música oriental al fondo.
-Hola nena. ¿Cómo andas? Te habla Patricia.
-¡Hey! Bien ¿y tú? ¡Qué milagro! ¿Qué te has hecho? ¿En qué andas?
-Bien también. Nada, en esto y aquello. Oye, ¿te acuerdas del nombre de aquellas pastillas de emergencia?
-Sí, ¿cómo olvidarlo? “Las pastillas del abuelo”. ¡Grandes!
No pudo evitarlo, Pat rió por la broma que le hacía Vale.
-¿Te acuerdas de la primera vez que los escuchamos?
-Si, buenos tiempos aquellos. Tendríamos que vernos para oírlos otra vez. Pero ya, en serio. ¿Cómo se llaman?
-Granillca. ¿Por qué? ¿Necesitas comprarlas?
-Ajá. Condón roto.
-Uy, qué mala onda. ¿Con quién?
-Historia larga. Un conocido argentino que se regresa a su país.
-¡Uff! Coincidencia con las pastillas. No bueno, pues tómatelas ya. Son dos. Te tomas una y a las doce horas otra. Si te mareas, no te asustes, es normal.
-Ok. Son súper efectivas ¿no?
-Sí, no hay bronca. Es seguro.
-¿Por qué se oye música china? ¿Qué haces?
-Yoga. Estoy calmando mi espíritu y alimentando mi cuerpo con energía.
-Buenísimo. Estás re loca, oye… hay que vernos en la semana, te llamo. Gracias por el dato. Cariños.
-Sí, perfecto. Puedo el miércoles o jueves por la tarde. Cuídate y cualquier cosa, me echas un fon y me cuentas de tu argentino. ¿Va?
-Si, te vas a reír hasta que te duela la panza. Mala suerte que tengo. Gracias.
-Besitos. Salúdame a Alejandra.
-Sí, le paso tu saludo.
No sólo se mareó. Las pastas aquellas le provocaron todo el asco del mundo. Tuvo que regresar a la farmacia y comprar otras porque la primera la vomitó a la media hora. Pasó una tarde fatal, comió un sandwich y se fue a dormir. Había quedado en ir al teatro con David, un amigo, pero llamó para cancelar. Estaban dando Antígona en el CNA y Pat moría por verla pero se sentía como si le hubieran pasado encima una mezcladora de cemento.
-Maldita caliente. ¿Ya ves? Por andar metiendo ampones en tu cama. -Decía David del otro lado del teléfono, mientras soltaba una carcajada.
-No es un ampón, tarado. Si yo te contara, no me la creerías.
-Solía decir William Blake: “Extraños compañeros de cama nos da la miseria”. Encima de todo, es argentino. Vaya galanes que te consigues.
-Oscar Wild.
-¿Qué?
-Quien decía eso era Oscar Wild. Y cállate, que si hablamos de las tuyas no sales bien librado. Perdona, pero esta vez vas a tener que ir solo al teatro.
-No hay fijón. Descansa y recupérate pronto, nos estamos viendo. Chau.
¿Qué probabilidad hay de que un preservativo se rompa? La cajita dice 99% efectivo. ¿Por qué le había tocado precisamente a ella estar en la estadística del 1%? Qué mala suerte.
¿Qué probabilidad había de que Leo y Pat se conocieran esa noche? Si también había estado en la estadística del 1%, pese al percance nada agradable y pese a que Leo se le iba, por el solo hecho de haberlo visto, qué buena suerte.
Estaba a mano. “Even-steven”.
Hizo una cita con su ginecóloga y se durmió toda la tarde.
Por la noche, mientras tomaba la otra ración atestada de hormonas, recibió un mensaje de Otif:
“Hola Pat. Estoy de vuelta. Llegué hace un par de días. Dime cuándo nos vemos.”
Pat respondía un poco fastidiada. No quería saber nada de los viajes mentados ni de nadie, quería solamente dormir y soñar algo bonito, o si no, de menos, no acordarse de lo soñado.
“Hola. Espero que todo haya salido bien. ¿Puedes el miércoles por la tarde? Digamos, ¿a las 4:00 pm?”
“Sí. Nos hablamos para confirmar. Un abrazo”.
Los días pasaron. Ensayos, textos, mate. De viajes, hasta el momento, nada.
Los análisis médicos que su doctora le había mandado se los haría el jueves.
-Nunca está de más, no lo conoces, es para estar tranquilas. -Le había dicho la ginecóloga.
Lo único que habitaba su entorno era un desasosiego que crecía con cada minuto que pasaba y lo llenaba de algo muy parecido a lo que saben los jugos gástricos untados con un cuchillo oxidado en un pan podrido.
Solamente la salvaba “Grande y pequeño”. A veces se sentía muy similar a Lotte, hablando sola y buscando todo el tiempo saber quién era, con la complicación de no poder hacerse las preguntas de la manera correcta.
Últimamente nada parecía estar funcionando bien. A ella, como a Lotte, también le hubiera gustado tener el sosiego de una mente lógica.
Si hubiera podido decirle... También le hubiera dicho que era Shakespeare.
Si tan sólo se hubiera quedado un poquito fuera de la estadística… Carajo, si ese condón no se hubiera roto…
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