Mateo despertó con la sorpresa de que al reloj le había parecido que una huelga no vendría mal después de 10 años de funcionar indetenidamente.
Se pegó una ducha rapidísima para salir. Lo haría esta vez aunque el exterior fuera como dulce de leche enmolado, alegría comprada en la esquina, alfajor caduco. Todo era un asco sin ella. Desde que no estaba, el mundo había venido girando mal. Hoy sería diferente, pensó. Salió sabiendo que igual el sol le jodería la mirada mientras sus pasos torturaran las aceras hasta el café. Corrientes estaba horrorosa. Las marquesinas apagadas agrietaban los recuerdos de los buenos tiempos. Entró al café y la vio. Quiso acercarse y pedirle perdón, esa era la intención; lo había ensayado ya en el espejo. Quiso tomar valor, caminar tranquilo hasta la mesa y decirle lo siento. Pero no pudo. Su corazón se detuvo en la entrada. Cayó al suelo. Al corazón como al reloj también le pareció que era tiempo de parar. La gente tapó la puerta. Ella no alcanzó a verlo, salió del café y entre las ambulancias y Córdoba se perdieron sus pasos. La ciudad era burda y escandalosamente gris. Ausencia. A eso olía Buenos Aires cuando ella volvió a su casa sin saber por qué él esta vez tampoco había llegado.
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