giovedì 24 giugno 2010

TRECE. 13 "RECETA MÉDICA: REPOSO, LÍQUIDOS Y UNA MIRADA DESDE UN RASCACIELOS"

Curiosamente, dos días antes de encontrarse con Leo en el bar del Perro, los desprendimientos volvieron a detenerse, dándole una tregua para no estar tan cansada y poder darse cuenta de la presencia de aquél que le cambiaría la vida para siempre.
Aquella mañana, en su casa, cuando durmieron juntos, Leo y ella se entendieron sin hablar, sin pretender hacer acuerdos previos, sin firmarse nada. Fue como si ese muchacho trajera en alguna poción una dosis de la serenidad que Pat necesitaba tanto en aquellos días y se la estuviera dando con una pequeña cucharita.

No podía explicarse, entre muchas otras cosas, el hecho de precisar ser abrazada por aquél chico del que sabía casi nada, así que simplemente se vio rodeada por los brazos más largos que había visto nunca y se permitió dejarse llevar como lo hace en el mar una botella que contiene un mensaje críptico y que ya no se aguanta las ganas de contar lo que dicen las páginas que ha estado guardando; por encontrar al destinatario de aquel mensaje urgente que se ha tardado más de lo previsto en llegar y que solo él puede entender.

Esa vez, cuando estuvo con él, no hubieron inhibiciones ni momentos incómodos.
Sintió con cada minuto que pasaba que se perdía cómodamente en los brazos de quien, hasta hacía un rato había sido un completo desconocido. Dejó que su cuerpo le contara sus más grandes secretos, él los escuchó y se los guardó. Ella controló su torpeza debida a la reciente falta de práctica y dejó que sus manos se movieran solas. Esa noche lo quiso y decidió no sacarlo jamás de su vida.

Todo fue simplemente perfecto.

Durmieron abrazados. Se trató de imaginar desde fuera y sonrió al verse acurrucada y pequeñita, por más de un metro ochenta. Él se le amoldaba al cuerpo como si supiera ya qué recoveco había elegido como su favorito, se le acomodó en los huesos y se hizo una guarida allí. Qué manera de dormir tan bella cuando se tienen unas manos cuidando de tus sueños. Estuvo atenta a la respiración de él, la sincronizó casi automáticamente y se quedó profundamente dormida. Estaba cansada, contenta, relajada.

La mañana avanzó, los rayos de sol se filtraban por las persianas de la habitación haciendo halos de luces de colores en la alfombra. Pat abrió los ojos y los cerró rápidamente, apretándolos y diciéndose: “que no haya sido un sueño, por favor, que no haya sido un sueño, que no me haya ido a quién sabe donde”. En eso estaba cuando sintió que un brazo la atraía despacio hacia un cuerpo. Era él. Ella se había movido un poco y medio dormido la volvía a abrazar. A Pat se le dibujó una sonrisa en el rostro, no había sido un sueño ni tampoco se había escapado a otra dimensión. Él estaba con ella, despertándose.

-Hola.

-Hola ¿Dormiste bien?

-Mmm. No sé si dormí.

-Sí, yo te vi. Dormiste, un poco tal vez, pero dormiste.

-¿Ah, si?

-Ajá.

-¿Y lo de hace rato fue un sueño o seguís acá?

-Justamente estaba pensando en eso. Sigo acá.

Leo la abrazó con tanta fuerza que sintió que se quebraba, luego le dio un beso en la mejilla y dijo:

-Quiero dormir otro rato. ¿Tenés algo que hacer pronto? ¿Qué hora es?

Leo no había dormido con nadie desde que había llegado a México. Las chicas con las que estuvo nunca pasaron de la sala de su casa y si él era el que iba a casa de ellas, jamás se quedaba a dormir. Terminando todo el asunto, tomaba sus cosas y se marchaba. Resultaba que con Pat había podido descansar como no lo había hecho nunca. Amanecía con ella y se sentía realmente cómodo.

-Son las 12:12. Durmamos otra vez. ¿Tú a qué hora tienes que moverte de aquí?

-Mmm. ¿Las 12:12? Qué extraño.

-¿Por qué extraño?

-No, nada, sentí que ya había pasado esa hora. Es sólo que… En un par de horas tengo que ir a laburar.

-Bueno, aprovechemos.

-¿Nos duchamos?

-Sí, al ratito.

Volvieron a dormir. Esta vez una siesta de ésas que son cortas y en las que descansas más que en toda la noche. Tenía la espalda de él en la nariz y se acercó más, se acercó como queriendo memorizar su olor, se pegó el rostro a las dorsales de él y se quedó ahí sin moverse. Aquella columna vertebral la hacía sentirse protegida de cualquier peligro; volvió a abandonarse al sueño de manera tranquila, pues sabía que él estaba ahí.

La despertó el sonido de la campana de la iglesia cercana a casa a la que jamás iba y el motor del camión de basura que llegaba a su cuadra. No era exactamente como le hubiera gustado volver a abrir los ojos, pero no le molestaba. No despertaba sola, al lado, despeinado y dormido, estaba él. Eso bastaba. Respiró profundamente y se estiró un poco. Se detuvo en un detalle más de los muchos que descubriría y que la atraparían después: a Leo le faltaba un trocito de la oreja derecha y tenía el cartílago más pequeño de lo normal.

Inmediatamente empezó a imaginar historias. Todo el tiempo hacía eso y ahora entre dormida y despierta vagaba en sus propios pensamientos intentando suponer por qué Leo tenía la oreja de ese modo.

Lo que Patricia no imaginó nunca era que tal vez en alguna otra época, posiblemente la última vez que se habían visto, se habían percatado de que tal vez no ser recordarían y de que tenían que crearse un signo, una señal para poder reconocerse cuando se volvieran a ver. A Leo se le había ocurrido darle un cachito de su oreja para que cuando lo volviera a ver pudiera comprobar si era él, verificando si el trozo de piel que Pat juró cuidar como a su vida, coincidía con el faltante. Era como un rompecabezas, como la última pieza que cuando es finalmente colocada, hace que la figura se pueda ver, abriéndose por completo la imagen y haciendo que las horas y la paciencia invertidas en la tarea de armarlo hayan valido la pena.
Pat continuó divagando mientras la vida afuera comenzaba un día cualquiera sin reparar en las casualidades.

Tampoco imaginaba que tal vez a cambio, ella le había dado a Leo una de sus arterias y la falta de ésta era la culpable de la arritmia que había tenido toda la vida. Sin embargo, pensó: “Por fin mi corazón va a latir con un pulso constante, me lo regresan”.

Leo despertó y con una sonrisa le dijo “buenos días”. Se despabiló, no quería que la sorprendiera pensando en idioteces que intentaban explicar que ella sintiera algo tan intenso por un desconocido.

-Hola otra vez. ¿Qué hacés?

Mientras Leo despertaba la tomó por sorpresa. Le cortó la película en la cabeza, como si de pronto la cinta en el proyector se hubiera detenido intempestivamente por una falla técnica. Mientras pensaba en todo el asunto y se percataba de que lo tenía al ladito, junto a ella, se había quedado sentada con la mirada clavada en el suelo. Parecía que le estaba dando una crisis severa de autismo, no se veía nada bien; los ojos perdidos y el gesto más idiota del mundo, la barbilla apoyada en las manos y la cabeza inclinada un poco a la derecha.

Cosa curiosa: Si Pat no se iba de viaje físicamente, se fugaba a otros lados con la mente.

-Nada, buscando algo, no sé qué a ciencia cierta. Sólo estoy dando vueltas en mi cabeza. -Contestó medio en automático todavía.

Tenía constantemente la sensación de que nunca acababa de encajar en ningún sitio así que siempre andaba en una constante búsqueda, yendo de un lado a otro con 17 preguntas nuevas cada vez que llegaba una respuesta. Todo había sido hasta ahora un cuestionamiento de ella misma a través de sus ojos y de los ojos del otro. Como en el teatro, es justamente en el otro en el que te verificas, pensaba, en el que te encuentras, quien te dice quién eres. Había aprendido mucho pero necesitaba compartirlo con alguien. ¿Sería posible que ese alguien se llamara Leonardo, que fuera él en el que podría verificarse como ser humano, quien por fin le ayudara a completar las frases que nunca terminaba, quien la complementara?

Estaba convencida de que a este mundo habíamos venido en dos. Era cursi, pero honesto. Hasta lo de Adán y Eva le parecía lógico desde algunos aspectos. Pensaba que es mucho menos penoso pasar por la vida si estás gratamente acompañado, podía hablar de lo que significaba estar sola, mucho tiempo lo pasaba en soledad. Durante niña solía aislarse, pues no encontraba la manera de relacionarse con los demás. Era demasiado callada o demasiado parlanchina, decían las mamás de sus amiguitos en la escuela. Nunca era constante, no se sabía con esa niña. A veces era de lo más sociable y de pronto parecía una total retraída, reaccionaba de manera extrañísima a los sucesos más normales. Siempre le sorprendían los acontecimientos cotidianos que sobrepasan a la ficción más desgarradora, más cruel, o más maravillosa. De pronto se quedaba más tiempo en la realidad y de pronto se iba de viaje.

En varias ocasiones pensó que estaba en el lugar equivocado, como cuando vas al teatro y entre la oscuridad no encuentras tu número de asiento y tienes que ir preguntando en la penumbra porque encima has perdido tu boleto. Acabas sentándote quién sabe donde solamente para que después de unos minutos alguien llegue y con boleto en mano te diga: Disculpa, estás sentada en mi lugar.

Siempre tuvo la sensación de no pertenecer a ningún lado, de no saber con certeza nada de su origen, pero estaba empeñada en construirse un lugar o en encontrarlo. Tal vez por eso viajaba. Cuando encontraba un equilibrio entre el imaginario tan real y la presencia total en la de este lado de la realidad, era cuando mejor podía estar en escena. Estaba convencida de que no podía decirse actriz si no era consciente de lo que pasaba en el mundo, sabía que no podía cambiarlo, sabía que el arte también estaba en constante crisis y que desde el teatro se podía hablar de ella; que era importante tocar temas que a todos nos atañen como humanos que cambian y se modifican a través del tiempo. Cada personaje que representaba la hacía saber más de ella misma y cada ficción en la que se sumergía mientras duraba la temporada de representaciones le hablaba de la persona que era y de la que estaba buscando.
Ahora tenía de nuevo una oportunidad en las narices y no quería ser de la gente que deja escapar aquello que la hace sentir bien porque le parece ilógico.

-Buscando. Mmm. Pará de buscar, encontrá. -Le decía él mientras le pasaba el pulgar por el contorno del muslo derecho.

Un poco desconcertada, trató de encontrar algo que decir pero solo atinó a soltar un balbuceo seguido de:

-Si, bueno, la cuestión es que no sé si encontré algo y lo volví a perder. ¿Te quieres duchar?

-¿A dónde te fuiste?

-A ningún lado, estoy aquí… No, la verdad medio que me escapé un rato. Perdona, me dan momentos en los que me desconecto.

-¿A vos también? Dale, a veces es necesario. Sí me quiero duchar. ¿Vos?

-Sí. Vamos.

-¿Tenés una toalla?

-Espera, que te doy una limpia.

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