giovedì 10 giugno 2010

ONCE. 11 "DIMENSIONES PARA - LELAS"

De cosas rotas y descompuestas Pat tenía un doctorado. Podía dar una cátedra sobre todo aquello que guardamos esperando poder arreglar aunque no tenga solución y se sabía de memoria el catálogo de los materiales de reparación que nunca tienen el efecto esperado.

De presentes y tiempos alternos vistos desde una manera científica no tuvo idea hasta que conoció por García a Otif Itares. Otif era un tío que Ga no veía hace mucho, y que en cuanto Pat le contó a medias lo de los cálculos matemáticos, le presentó al sujeto que había dedicado parte de su vida precisamente a este tema de los viajes en el tiempo. A Otif le pareció maravilloso que alguien estuviera interesado en el asunto.

Se conocieron una noche en casa de García. Él la había invitado a cenar tomando como pretexto que hacía mucho no se veían y resultó que muy casualmente, el tío llegó inesperadamente a visitar a su sobrino.

Otif era un señor cercano a los sesenta, que conservaba una juventud bastante lúdica. Era más bien flaco, con la barba dejada de por lo menos dos semanas antes y que vestía sin apuro por seguir ninguna pauta marcada por la moda. Parecía que se ponía lo primero que encontraba. Tenía ojos pequeños y, contrario a lo que Pat hubiera pensado, no usaba anteojos. Todo el tiempo tenía que estar en movimiento alguna parte de su cuerpo, así que súbitamente se levantaba a caminar alrededor de la sala mientras continuaba hablando.

El tema de los universos paralelos se coló en la conversación poco a poco y Pat sintió la suficiente confianza como para preguntarle acerca de sus teorías. Él hablaba fluida y apasionadamente, movía las manos como si fueran dos molinos gigantescos y hacía las pausas justas para que Pat pudiera irle siguiendo el hilo a la conversación.

-¿Y tú por qué estás interesada en estos temas? -Le preguntó Otif a Pat, mientras movía las piernas como si estuviera pedaleando una bicicleta.

-Mera curiosidad, un actor tiene que saber de todo, ¿no le parece?

-Creo que tienes razón. No sabes si algún día te toque interpretar a alguien que se fuga a otras dimensiones o que vive vidas paralelas.

-Dígame algo Otif, ¿alguna vez ha comprobado alguna de sus teorías?

-No, hasta ahora son fórmulas matemáticas comprobables y refutables, pero no creas muchachita, me parece que estoy cerca de llegar a un momento de revelación.

Pat pensó que este hombre era el indicado para ayudarla a entender sus desprendimientos de la realidad sólo que no sabía si le creería o no. En todo caso, era lo de menos, seguro le parecerían interesantes los datos que Pat podría proporcionarle.

García hizo todo aquella noche para que estos dos se quedaran charlando el mayor tiempo posible. Parecía que su tío no salía muy seguido de su casa y Pat se lo imaginaba metido en un laboratorio lleno de fórmulas pegadas en las paredes, tazas de café y bocetos de máquinas y cacharros que no había podido llevar a cabo por lo costosos que serían.

Estuvo muy atenta a las teorías desarrolladas por el físico-matemático y quedaron en verse de nuevo. Otif se marchó aquella noche, habiendo acordado la hora de la siguiente sesión. Se verían en la casa de él, el martes por la tarde.

Después de conocer a Otif, en el camino a su casa, Pat se detuvo para comprar cigarrillos. La noche estaba avanzada y comenzó a hacer frío. Estacionó el coche y se acercó a una tienda de abarrotes, pidió unos Montana, salió del establecimiento, volvió a subirse al auto, se puso el cinturón de seguridad y acomodó el espejo retrovisor. Encendió el motor y se dispuso a arrancar.

Vio entonces la silueta de lo que parecía ser una figura femenina que estaba justo detrás del auto. Volvió a mirar, esta vez con atención, y la figura permaneció allí. A través del espejo retrovisor pudo ver que iba enfundada en una gabardina y que llevaba los labios pintados color escarlata. Rápidamente recordó. Era la misma mujer que había visto en el bar del Perro. De un movimiento, apagó el motor, se quitó el cinturón de seguridad y bajó del coche; quería saber quién era y por qué estaba parada en medio de la calle detrás de su auto.

Envalentonada, caminó un par de pasos, se dirigió hacia ella para interrogarla y acto seguido, se dio cuenta de que no había nadie. Volteó hacia todas direcciones pero sólo se veían a lo lejos un par de perros merodeando las casas y alguna que otra luz encendida. Del rastro de aquella mujer, simplemente nada.

De nuevo esa persona con la que había cruzado una mirada en el bar que ahora volvía a encontrarse desaparecía como un suspiro entre la niebla.

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