Se fue haciendo tarde. Asul se encontró con un amigo y se fue a seguir la fiesta a otro lado, no sin antes despedirse de todas enérgica y cariñosamente. Se acercó a Pat, la tomó del brazo y le dijo al oído:
-Este chico está muy bien. Tonta si no lo vuelves a ver. Tiene algo, no sé, me da buena espina.
-Sí, ya sé. Tenemos un chorro de tiempo platicando y no se ha aburrido de lo que le cuento. Le gusta Lynch también.
-Pues te lo llevas a casa, comparten el amanecer y le sacas el teléfono. ¿Estamos?
-No sé, ya veremos. A ver qué pasa.
Asul tomó su abrigo, caminó con dificultad hasta la salida en donde ya la esperaban; se subió a un auto lleno de gente y se fue.
Las otras chicas andaban regadas por el lugar. De vez en cuando volvían al sitio en donde estaban aquellos dos, charlando como un par de amigos en la escuela primaria con la única intensión de saber quién era el otro; le hacían gestos a Pat para ver si todo andaba bien y luego volvían a perderse. Habían quedado de volver juntas pero en noches como ésa, sabían que los planes podrían cambiar.
De pronto, sin avisar, Leo la tomó de la mano, la llevó a un ventanal que estaba apartado de todo, se acomodó tranquilo, le tomó el rostro despacio con las dos manos y sin trámites ni aspavientos, la besó.
Pat sintió que volaba. De verdad tuvo que hacer un esfuerzo por no despegar los pies del suelo, asunto que era medio difícil pues estaba parada de puntitas para alcanzarlo, era altísimo y ella bajita. Sintió cómo se iba prendiendo cada órgano de su cuerpo, cómo los músculos le comenzaban a funcionar por fin; rogó a los dioses que ese instante se detuviera, que durara para siempre. Lo besó y le pareció haberse estado aliviando de una enfermedad incurable que había padecido desde hacía varios meses; se dio tiempo para conocerle la boca completa, para entrelazarse los dedos con los de él, para soltárselos e inmediatamente llevarlos a su cuello, para percatarse de que el corazón le latía con la fuerza de la turbina de un avión, con la velocidad del motor de un trasatlántico. Él le acariciaba las mejillas con los pulgares, a Pat hacía mucho que nadie le hacía una caricia de ese tipo. Nunca la habían tocado, no como él lo hizo. No sabía si estaba mareada por todo lo que había bebido o porque finalmente estaba con él, porque por fin podía descifrarle la voz. Había echado de menos besarlo y saborearle el tabaco de los labios sin haberlo besado antes, había extrañado fumarse un cigarro con él en las noches en las que salía descalza a conseguir unos Camel o unos Montana y regresaba horas más tarde, sola, sin cajetilla, con los pies partidos de tanto caminar, exceso de nicotina en las manos, sobredosis de alquitrán en la tráquea y lágrimas que parecían provenir de la nostalgia que habita en un par de zapatos que se han extraviado.
Esa noche lo tenía ahí, paradito, mirándola con esos ojos que Pat no olvidaría nunca. Leo le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y en ese segundo se percató de que de verdad hacía siglos que lo había estado esperando.
Casi sin quererlo, separaron poco a poco los labios. Todavía estaban tomados de la mano y Pat se tardó un poco en poder abrir los ojos. Cuando lo hizo se encontró con su mirada, supo que tenía enfrente a alguien que no era un alguien cualquiera y desde ese momento supo también que aquél chico por alguna u otra razón, le iba a robar muchas lágrimas.
Sonó el teléfono de Pat. Se tardó siglos en encontrarlo dentro del bolso, que como siempre, era un desastre. Atendió, era Asul diciendo que había llegado bien, que no se preocupara nadie y que la llamaría en la semana; que no olvidara lo que le había dicho hacía un rato, que no fuera idiota y que dejara la timidez a un lado.
Todavía tenían un tiempo antes de que cerraran el lugar. Sara llegó diciendo que Alejandra y Erika se habían ido ya, que a Erika le había dado un mareo espantoso y habían tomado un taxi de regreso y que Alejandra se iría a dormir con ella. Se quedaron en el bar Leo, Pat, Sara y Dani, el amigo de Leo, un chico bonachón que le echó ojo a Sara, con quien estuvo charlando un buen rato. Diego se había ido porque tenía que arreglar algo con la banda, así que Sara se volvía a casa con Pat. A ella esto no le dio ningún inconveniente, aunque estaba pensando que quería quedarse despierta, hacer caso del consejo de Asul y ver el amanecer con Leo. Decidió que los minutos hablaran. Bajaron a la pista y Pat supo mágicamente que aquél chico no era precisamente bailador pero que su amigo Dani sí, así que bailó con él mientras Sara platicaba con Leo y se bebía otro trago. Un par de canciones y volvió a los brazos del muchacho altísimo. La levantó sin esfuerzo y volvieron a besarse en medio de pista de baile que ya estaba casi desértica; se eligió para ese momento su propia música de fondo, su propio sound track para guardárselo en la película de su memoria por siempre. Sintió una fuerza extraña, arrebatada, y como si las palabras se le escaparan de la boca le dijo:
-¿Quieres ir a tomar un mate a casa?
-¿Tomás mate?
-Sí. Mi padre tuvo una novia argentina que vivió en casa varios años y nos dejó el gusto por el mate, por Charly García y por el tango. Buena mina aquella. Isabel se llamaba, era pintora, una genia.
-Qué lindo. Sí, vamos a tu casa. ¿Está lejos?
-No, a esta hora hacemos como 10 minutos.
-Buenísimo. ¿Qué hacemos con Dani y tu amiga? ¿Vienen?
-¡Claro!
Salieron del bar del Perro los cuatro juntos. Pat tenía cierta tranquilidad, pues Sara, siendo consciente de la situación, había hecho migas inmediatamente con Dani y aunque no iban a pasar de una charla grata, dado que Sara andaba re enamorada de su rock star, se dio la oportunidad de saber un poco de lo que se trataba la rehabilitación en la fisioterapia. Él y Leo trabajaban juntos. Dani hablaba y Sara lo dejaba estar. Pat lo sintió como un enorme favor y le agradeció en silencio. Ni ella ni Leo tenían que preocuparse por sus respectivos amigos.
Cuando cruzaron la puerta, todo el lugar se re significó. Había ido miles de veces ahí, tenía cientos de recuerdos depositados en los muros y en los asientos incomodísimos del bar; había sido lugar de cumpleaños, celebraciones, noches de juerga, peleas, mala copas y festejos; pero aquella madrugada de sábado de pronto supo que no iba a ser posible volver sin tener todo el tiempo presente a ese argentino medio raro y antisocial, que este suceso la había marcado para siempre aunque sólo durara un amanecer y no lo volviera a ver nunca más. No pudo evitarlo, pensó en lo triste y maravilloso que puede llegar a ser lo efímero que dura un instante pero que es en ese instante en donde se te va la vida o en donde la recuperas; como el teatro, que una vez acabada la función, ¡pum! se va, no vuelve más, es única. Que si te equivocas no hay manera de decir “corte, se repite”. No, si te equivocas sigues, asumes, cambias, corriges en presente; que no hay lugar para los indecisos. Las palabras que tanto había escuchado “Estar aquí y ahora” cobraron un sentido total. Estaba dispuesta a estar con los nervios y las inseguridades que tenía en ese momento. Decidió que no le iba a esconder nada, que no iba a cuidarse de decir cosas incorrectas. No sintió temor, algo le decía que Leo no era un psicópata y que no le iba a hacer daño; que de algún lado se conocían. Sabía una cosa: no era una noche de borrachera, no era una aventura. Tenían algo que resolver, a ella misma le parecía inusual, no lo podía explicar con palabras, por eso se lo calló.
El auto llegó. Pat podía conducir perfectamente. Todo saldría bien si no se topaban con el puesto policíaco de revisión de nivel de alcohol de los conductores que estaba un par de cuadras adelante, porque a pesar de que no estaba ni cerca de estar borracha, sí había bebido más de lo permitido por la ley para poder conducir. Se había tomado mucho más de dos cervezas.
Tuvieron suerte, los oficiales en el puesto de revisión no le pidieron que se detuviera. Otra señal de que la noche debía continuar tal como iba. Condujo hasta casa con la mano de Leo danzando entre su hombro y su cuello. El trayecto estuvo tranquilo. El rocío de los árboles de la ciudad le hablaba a través de la ventana de su auto compacto y la guiaba por las avenidas, el ambiente era húmedo y seguía haciendo mucho frío. A Pat le tiritaban los dientes, y no sabía si era por la temperatura o por el suceso de tener a Leo al lado. Pasaron por otro six-pack al OXXO de pacífico y eje 10. Era tradición hacer una escala técnica en aquel local y abastecer la provisión de cervezas antes de llegar a casa. A Sara le entraron náuseas y tuvo que bajarse a tomar un poco de aire. Leo, Pat y Dani se divertían con las muecas que hacía Sara mientras trataba de mantenerse en pie. En poco tiempo se sintió mejor y se volvió a encaramar al auto, de ahí 3 minutos máximo hasta casa.
Pat abrió la puerta y los hizo entrar. Rápidamente prendió la luz caminando por la sala a obscuras como un ciego que ha memorizado su recorrido de todos los días. Conocía perfectamente cada rincón de esa casa, sabía qué le sonaba, cómo olía. Se acomodaron en la mesa en la que siempre se sentaba Pat sola o acompañada y ahora le parecía como si fuera nueva, como si no la hubiera visto nunca, como si la estuviera estrenando. Se guardó la sensación para ella, sabía que no podía andar por la vida diciendo este tipo de cosas.
Sara quedó rendida en uno de los sillones. Parecía un maniquí embalado listo para ser usado en una intervención teatral de un grupo de la vanguardia sesentera. Pat le quitó los zapatos y la cubrió con una frazada, Puso un disco de INXS, luego Portishead y Massive Atack. Dani se fumaba un cigarrillo tras otro. Dijo que estaba intentando dejarlo pero nada más no lo lograba. Pasado poco más de una hora, se marchó excusándose: Tenía que ir a trabajar en un par de horas.
Se quedaron solos, al fin.
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