domenica 20 giugno 2010

DOCE. 12 "LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ"

Pat llegó aquel martes a la casa en la que vivía Otif. Se percató de que ese hombre estaba más solo que un gato con sarna. El lugar era gigantesco y por la reja de la entrada se podía alcanzar a ver lo que había sido un jardín que ahora estaba repleto de hojas secas, algunas plantas moribundas y un espeso follaje de enredaderas que subían hasta las ventanas del segundo piso; claramente se notaba que ni de milagro pasaba un jardinero por aquel lugar.

Itares la hizo entrar después de un par de minutos, le advirtió de las lozas sueltas del suelo, diciéndole que tuviera cuidado en donde pisar, pues los bloques de lo que Pat pudo ver que había sido un mármol blanquísimo estaban ahora negros de tierra y moho y más resbaladizos que hielos en proceso de volverse líquido.

La puerta, que era de una madera que en algún momento tuvo elegancia y finura, se encontraba hinchada de humedad y con las marcas que la polilla deja a su paso; era difícil abrirla y más aún cerrarla, la chapa estaba descompuesta seguramente desde hacía años y solamente se podía abrir con un truco que sabía Otif.

-Es mejor saber abrir tus propias puertas sin que un cerrajero fisgón venga a hacer un supuesto trabajo en la cerradura. -Decía Otif mientras de un rodillazo terminaba de empujar el enorme portón.

Cuando Pat entró a la sala se encontró con varios cuadros apilados en el suelo. Las paredes estaban en un detenido proceso de ser re pintadas y el polvo daba la sensación de que habían pasado años desde que los cuadros, casi todos en tonos sepias, con paisajes, hombres en bares y mujeres sentadas con la mirada perdida, habían sido movidos de sus sitios para no recuperarlos nunca más.

-¿También pintas Otif? -Preguntó Patricia tratando de tener el tacto necesario, pues sintió que esas obras tenían un pasado doloroso.

Otif bajó la mirada, dio un gruñido casi imperceptible y contestó: -No. Son de mi mujer. Corrijo, de mi ex mujer. Quedó de venir por ellos hace más de diez años. Es la hora en que espero a que vuelva por lo menos por sus pinturas. Yo no me atrevo a hacer nada con ellas, no he podido tirarlas ni venderlas. Están aquí, recordándome que alguna vez, cuando nos conocimos, era sólo una estudiante de artes plásticas, una chica que tenía ilusión por la vida, la mirada tranquila y mucha paz para regalar, y no una tirana que se convirtió en la ególatra, egoísta y que se marchó diciéndome justamente en el marco de la puerta en la que estás paradita en este momento, que no podía más conmigo y con mi falta de sensibilidad artística y que su peor error fue haberse casado con un científico que no había logrado nada en su vida.

Pat, como de costumbre, no supo qué decir, pero se imaginó a Otif con la tirana en los buenos tiempos, tratando de ver cuál composición plástica quedaba mejor en el ala oeste del comedor, moviendo muebles y acomodando las plantas para que aquello fuera un lugar cómodo y acogedor para a disfrutar una tarde en compañía del ser al que se amaba.

Se sentaron en un sillón gris, enorme y viejísimo; éste lloraba cachos de tela roída por el paso de los años y cuando Pat se acomodó, fue como si le contara también sus tristezas, como si cada mueble guardara todas las palabras que Otif estuvo diciéndole a la ausencia de su ex mujer durante mucho tiempo. Le dio una curiosidad tremenda saber el nombre de aquella pintora y los detalles de su separación, pero prefirió guardar recato y no preguntar nada.

-¿Quieres tomar algo? ¿Te ofrezco un café? La verdad es que no sé si tenga algo más que café. ¿Quieres? -Le preguntaba Otif mientras trataba de poner orden en la enorme mesa del comedor que se encontraba llena de papeles, tazas sucias y periódicos de años pasados. Cambiaba todo de un lugar a otro, causando más desorden del que de por sí ya había, e intentaba moverse despacio cuando su impulso natural era el de hacer todo a una velocidad asombrosa.

-Sí, le agradezco.

-Por favor, no me hables de usted, llámame Otif. ¿Azúcar?

-Está bien. Te agradezco. Sin azúcar, por favor.

-Bien. Eres de las que saben tomar café. Yo no entiendo por qué la gente le pone azúcar a algo amargo como el café. Es como si quisieran negar su esencia con la mera simpleza del contrario. Ni siquiera es que se complementen, nada más el café y el azúcar no van. ¿No te parece una necedad?

-No lo sé… Supongo que es cuestión de gustos, nunca lo había pensado, pero sí, tal vez tengas razón. Tal vez tomar café con azúcar es como treparse a un simulador. A mí me gusta su sabor, no podría decir si es solamente amargo, tal vez sea por eso que lo tomo tan de vez en cuando. Con mi amargura tengo suficiente.

-Uy, y yo que pensé que yo era el que me ponía trágico. -Le dijo en un tono juguetón mientras se alejaba a la cocina. -¿Qué amargura puedes tener a tu edad? ¿Cuántos años tienes?

-24. Te sorprenderías, este mundo no me gusta mucho.

-A mí tampoco, pero qué le vamos a hacer. Todavía no me podido inventar una máquina para irme a otro y mucho menos para cambiarlo.

-Justo de eso quisiera hablarte. -Dijo Pat en voz baja.

Otif volvía de la cocina con dos tazas en las manos. Se sentó en una silla “old fashion” color naranja que no iba para nada con la decoración de la casa. Cuando Pat se fijó bien, aquel lugar parecía un colash. Ningún mueble coincidía con otro, todos eran de épocas y estilos diferentes. Parecía una venta de garage en la que te encuentras con el sillón y la mesita de leer que la abuela dejó como parte de su herencia y el juego de té chino que trajo un amigo de sus múltiples andadas.

-¿Qué dijiste? Perdona, no te escuché. -Decía Otif mientras le soplaba a su taza y olía el humito que el café caliente desprendía haciendo figuras en el aire.

-Nada. La verdad es que no sé por dónde empezar pero quisiera comenzar pidiéndote que todo lo que estoy a punto de contarte quede entre exclusivamente entre tú y yo. Ni siquiera Ga lo puede saber. ¿Puede ser?

-Ay, me asustas. ¿Estás metida en un lío? ¿Te persigue la policía? ¿Estás enganchada con las drogas?

-No, no. Nada de eso. Es algo que no entiendo y que me sucede desde hace años. Necesito que me ayudes a encontrar la razón de ello.

Pat trataba de darle una explicación a todo acontecimiento en su vida. Aunque en ocasiones sus tesis carecieran del menor sentido, dedicaba horas enteras a construirse intentos de explicaciones en la cabeza. Sabía el destino final que tienen estos intentos arquitectónicos metafísicos y nada concretos, pero igual se los hacía. Era una manera que tenía para intentar fabricarse certezas, de saber que algunas cosas las podía acomodar. Sus teorías casi nunca resultaban atinadas y con esto que le pasaba no había sido capaz de resolver nada. Incluso por miedo, no había indagado mucho en ello; necesitaba que un profesional la ayudara a entender por qué ella, justo ella, tenía esa capacidad que se convertía en maldición en ocasiones, cuando viajaba a lugares que no eran para nada agradables, cuando, por ejemplo, se encontraba corriendo, de pronto, en un callejón empedrado y oscuro, vestida de la manera más extraña y sabiendo solamente que el hecho de que corriera lo más rápido posible era de total importancia para salvar su vida. Últimamente sus viajes habían pasado de ser incluso agradables, a una persecución que la asustaba.

-Está bien. Te prometo que todo lo que hablemos hoy se quedará sólo entre tú y yo. -Contestaba Otif inclinándose hacia delante como si quisiera ver los pensamientos de Pat a través de la piel de su frente. -Puedes confiar en mí.

Patricia dio un suspiro hondo y grande y dijo: -Pasa que, escucha, tal vez no vayas a creerme, pero sábete que necesito que lo hagas de inicio porque de lo contrario, no tengo manera aún de comprobar que lo que voy a decirte es verdad. -Después de un minuto de silencio, tratando de contarle de manera precisa dijo por fin:

-Pasa que desde hace algunos años…

El ring del teléfono la interrumpió. Otif se excusó con un gesto y dudó si atender o no.

-Contesta, contesta, que ahora te cuento. -Le decía Pat, mientras cruzaba una pierna y encendía un cigarro.

-Perdona, casi nadie me llama, es extraño que suene el teléfono ahora. Puedes tomar un cenicero de la cocina, seguro que hay uno por ahí.

Pat se dirigió hacia la cocina mientras Otif contestaba la llamada. Cuando buscaba el cenicero escuchó las palabras de Itares en el teléfono y por el tono en las que las dijo, supo que algo no andaba bien.

Fueron más o menos las siguientes:

-¿Hola? ¿Qué pasa? ¿Por qué llamas? ¿Todo bien? ¿En dónde están? ¿Qué? Salgo para allá en el primer vuelo que encuentre. Pero ¿cómo pasó? No puede ser. Ya. Sí. ¿Qué número de cuarto tiene? Está bien, salgo ahora mismo para el aeropuerto. Sí, anoto. 6 03 29… Está bien. Te llamo a ese número en cuanto sepa el horario de mi vuelo. Me das todos los datos allá. Sí, Nos vemos. Todo va a estar bien.

Pat salió de la cocina con el cigarro y una lata de atún vacía que tomó como cenicero.

-¿Todo bien? -Preguntó como anticipándose a la respuesta.

-No. Tengo que irme. Perdóname. Tengo que viajar en este instante hacia la India. No tengo tiempo de hacer maleta, es preciso que me vaya ahora. Nuestra charla tendrá que esperar. -Dijo con la voz entrecortada marcando un número en el teléfono. -Sí, señorita, necesito que mande un taxi a Amores 394. Sí, lo más rápido posible. Gracias.

Cortó y subió las escaleras. Pat no sabía qué hacer.

-¿Necesitas algo? ¿Hay algo que pueda hacer por ti? Si quieres te llevo al aeropuerto.

-No, gracias. En lo que llega el taxi tomo mi cepillo de dientes y una muda de ropa.
Patricia no se atrevió a preguntar qué era lo que ocurría, pero sabía que no era nada bueno. Se limitó a sentarse y terminar su cigarrillo. Cuando lo hizo, Otif bajaba las escaleras y tomaba de un cajón su pasaporte y un poco de dinero en efectivo.

-No sé cuando vuelva, te llamo en cuanto lo haga.

El sonido del claxon lo hizo salir corriendo y Pat tuvo que ingeniárselas para cerrar la enorme puerta. Le tomó casi media hora pero no podía dejarla abierta. Seguro Otif no volvería en por lo menos un par de días, así que se quedó allí hasta que pudo cerrarla.

Desconcertada se fue a casa. La curiosidad que tenía por saber quién había llamado y qué le había dicho a Otif era grande y, como de costumbre, comenzó a suponer teorías sobre el suceso. Tal vez su ex mujer, la pintora, se había quedado manca de la noche a la mañana, tal vez un elefante indú le había arrancado los dos brazos con la trompa durante el trayecto de una excursión a alguna atracción turística. ¿Por qué Otif no le había dicho nada? ¿Por qué tenía que viajar a la India?
Pasó una semana. Decidió que lo mejor era esperar a que volviera.

Durante esos días ella anduvo rara. Sus “viajes” fueron a cárceles abandonadas, pueblos fantasmas y conventos apartados de cualquier asomo de civilización. Los personajes con los que se encontraban le provocaban miedo, ninguno la miraba a los ojos; parecían los típicos zombies de las películas de terror. Eran ancianos moribundos, niños con extremidades amputadas, mujeres que sangraban por todos lados y hombres ebrios que le gritaban groserías desde sus tabernas malolientes. Encima, siempre tenía que estar corriendo con la sensación de que su vida estaba en peligro; siempre buscando a alguien que no encontraba. Ésa era la constante, tener todo el tiempo la sensación de que necesitaba urgentemente encontrar a alguien con identidad desconocida para salvar su pellejo; la angustia duraba todo el trayecto, incluso permanecía durante un rato cuando volvía a este lado del mundo. Esa angustia era mucho mayor a la curiosidad y Pat era cada vez más consciente de que quería resolver a toda costa este extraño misterio.

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