Comenzaba a amanecer. Salieron al jardín, se recostaron en la hamaca y cuando Pat apoyó su cabeza en el hombro de Leo, el cansancio de toda la vida se le esfumó.
-¿Está de sobra el mate ahora, no? -Leo le pasaba los dedos por el cabello.
-Sí. Es muy tarde, o muy temprano, no sé. Qué lindo amanecer.
-Más lindo porque estás vos acá.
No era para nada lindo el amanecer. El sol estaba más intenso que nunca y los sonidos que comenzaban a despertar con la ciudad eran de los frenones y claxons de los autos. La luz era tan molesta que Leo y Pat tenían que entre cerrar los ojos para poder ver algo; el cielo era más bien grisáceo y si alzabas la mirada, en vez de nubes, te encontrabas con un par de aviones que apenas se alcanzaban a ver a través de la nata asquerosa de contaminación. De pronto hacía un calor horroroso; los pájaros se acercaban volando torpemente, amodorrados todavía, con las plumas grises llenas de humo de camiones y los ojos rojos e intoxicados por la polución; cantaban como si hubieran estado perdiendo el sentido de orientación debido a la vida de stress que llevan en los cables de luz de las calles.
Pero a Pat no le importaba que el amanecer no fuera el ideal y tampoco le importaba la hora. No sabía si el movimiento de rotación de la tierra se había detenido. Podría haber llegado el momento de la batalla en Armagedón o sonado las 7 trompetas del Apocalipsis y ella hubiera decidido quedarse allí, con la cabeza inclinada en el hombro de Leo, siendo testigo desde el jardín de su casa de la lluvia fuego y granizo y de la llegada de las plagas del juicio final sin tener la menor intensión de moverse de ahí.
Leo la miró directamente a los ojos, parpadeó 2 veces y le dijo:
-Quiero estar con vos.
Patricia respiró y sin decir palabra, lo besó. Sabía que era muy probable que este amanecer llegara a mucho más de un beso, lo había meditado desde el bar. Se había atrevido. No le interesaba si Leo pensaba que era una chica fácil, sabía ella que en realidad no era nada fácil, era mucho más complicada de lo que le hubiera gustado. Ya en ese momento estaba pensando: “Qué tal si no le gusto, si se echa para atrás, si se arrepiente.” Leonardo la tomó de la cintura y con el cuerpo le contó que él también la había estado esperando y que no quería esperar más.
Subieron a su habitación. Caminaron hacia las escaleras y en el tercer escalón, un golpe de adrenalina le pintó las uñas a Pat. Tenía mucho de no besar a nadie, de no estar con nadie. Estaba nerviosa, como si fuera la primera vez.
Fue todo lento y sin apuro. Él le quitó el pudor con cada prenda, la tristeza se le fue en las botas, la angustia acumulada se le escurrió en los jeans y los complejos se le escaparon al tiempo que la blusa. El encuentro fue largo, tierno y apasionado. Se recorrían mutuamente adivinándose los caminos; todo tan nuevo y todo tan familiar a la vez. Le parecía increíble sentir que lo conocía tanto; ahora solamente estaban recordando el cuerpo del otro en un presente que Pat deseó que no terminara. El tiempo se detuvo para ser testigo del encuentro que se estaba formando en una situación que nadie hubiera podido imaginar sino hasta hacía unas horas.
Pensó en la posibilidad de que no le estuviera pasando en este momento ni en esta realidad, de que fuera otro más de sus viajes. Paró de imaginar idioteces y asumió que algo bueno le estaba sucediendo. No quería dormir y no quería que este día que se asomaba, se acabara tan sólo con una resaca más en el cuerpo.
Algo en él la hacía saber que ese presente era real y tangible; que sucediera lo que sucediera, no se le escaparía como lo hace el agua a través de un grifo roto.
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