"Las luces van enciendièndose en la ciudad, yo manejo un auto imaginario y estiro el brazo para alcanzar un martini que no està".
Tuvo que ser domingo. No podría haber sido otro día. El domingo tenía que venir a pedirme revancha pues en la última partida gané y me lo había pasado realmente bien.
Este domingo es verdaderamente un asco.
Las fronteras, las aduanas, los impuestos, los formularios... Los números de asiento, la gente que insiste en ser platicadora a pesar de la mirada de muerte que mandaste para que no se le ocurriera comenzar a charlar. Primer parte del vuelo y todo más o menos. Eso tomando en cuenta que las circunstancias no son nada favorecedoras. Que vuelves sin ir, que regresas sin haber estado. Que si tarta de manzana o de verduras, que si jugo o café, que si ventanilla o pasillo, que si es un vuelo de no fumar, que gracias a Zeus porque no hay nadie en medio tuyo y el señor platicón y él ha entendido a regañadientes que no tienes la menor intención de cruzar palabra con nadie, que no puedes. Que si el avión se cae sería genial. Acéptalo, por un momento pasa por tu mente esa idea. Por eso no haces caso de las indicaciones de cómo ponerte la mascarita de aire en caso de emergencia. Además de que es aburrido y lo has visto ya muchas veces. Cierras la persiana y te das vuelta. Y te da risa, te imaginas poniéndote la mascarita de aire enmedio de una despresurización... y el avión cayendo a miles de km por hora. Y te da risa, sí, medio raro, pero te da risa.
Piensas en la mascarita de aire y en la despresurización rompiéndote los oídos. Y la imagen es bella, es ingenua. Una bolsita de plástico salvándote del impacto. Y te suena la idea, la acción te es conocida. Piensas en la asfixia versus el cartelito guardado en el asiento de en frente junto al catálogo de productos y destinos vacacionales, con instrucciones de qué hacer en caso de una situación de emergencia.
Tres o cuatro horas. Piernas dormidas y aún falta más de la mitad. Bajas del avión. No, no se ha caído.
Luego una cara, una cara conocida en medio de la fila de aduana, abordaje o desabordaje (si no existe esa palabra, me importa un carajo, la invento). Una cara conocida que te saluda, incluso se acuerda de tu nombre y te pregunta si vas de paseo mientras tratas de ubicar de dónde diantres te es familiar aquél rostro que te sonríe buscando que no pase un segundo más sin que hagas como que lo ubicas perfecto. Una cara que te llena la cabeza de polaroids. Un rostro que se aleja cuando finalmente se percata de que no sabes quién es. Un recuerdo de otra sala de frontera. Y en esta sala no quieres ser descortés, pero bueno, estás a punto de echarte a llorar porque el hecho de no acordarte de esa cara te recuerda que no te acuerdas de mucho. Das un adiós con el seño fruncido intentando todavía que te de alguna pista. No eres de las que se olvidaban del nombre de la gente. Tampoco eres de las que suelen tener episodios de pánico antes de subir al avión, ni durante, ni después... Pero por el momento te concentras sólo en tratar de reconocer ese rostro mientras se va.
Y luego una border con un oficial.
Y si, Border, ése ha sido uno de los nombres que definen lo que es arrebatado de la silla de la línea divisoria para venir a ser simplemente tú un domingo atorada, sí, atorada tal cual, en un aeropuerto del mundo a punto de gritarle al empleado de la aerolínea que te dice que lo de tu boleto es un bajón mientras se come una dona. Border. Frontera. Empiezas a sudar y te vuelve a dar miedo. Debes aceptarlo, no es algo que te encante. No es algo que ayude en absoluto a tu estado emocional. Es una broma. Una muy mala broma, te repites. Y te ríes. Y sólo lo haces para no ponerte a llorar porque cuando lo hagas, como no lo hiciste antes, va a ser indetenible, pero todavía hay algo de ti que te dice que éste no es el lugar para hacerlo. Es una mala broma, lo sabes. El cambio de moneda, la marcación numeral, las salas para fumadores más deprimentes que los mismos que se encuentran en ellas, el free shop, la gente que te pasa por encima, la maleta que pesa como nunca, los alfajores, los pies rotos, la clave del internet wi fi, la tarjeta y el pin, los documentos que se escurren en el bolso que también pesa como si trajera un centenar de historias sin ser relatadas todavía. La angustia, la culpa, la decepción, el coraje, los impuestos.
En migración suena la alarma. Vienes caminando países. Vienes caminando y cada paso es peligroso. En el túnel que registra los metales, los medidores se desconciertan y emiten ruidos raros. El oficial te observa, la fila es enorme y tú, con la voz entrecortada dices que probablemente sea el cinturón, que te olvidaste de sacártelo. Dices esto y sabes en el fondo que que los medidores éstos están a dos de romperse porque no han sido diseñados para detectar desasosiego, que es eso y que has dormido menos de 8 horas en la última semana. Es desasosiego, insomnio y una profunda tristeza. Es lo único que tu cuerpo vestido carga en este momento. Es más denso que el metal y mucho más peligroso que un arma de alto calibre.
De nuevo en un lugar que no es un lugar. De nuevo en un espacio liminal. De nuevo creyendo haber dibujado líneas directas y firmes, de nuevo en un espiral enrevesado. Engañada por ti. Y en el espejo del baño hay una desconocida. Y no sabes si sabías que te decían a tí porque te llamaban por tu nombre en el altoparlante. Tuviste ganas de no ser tú. Y la sensación no fue nueva. Tuviste ganas de que aquella que llamaban por el altoparlante, pues algo sucedía con tu lugar en el vuelo después de la escala, no fuera tú, ésa que se acomodaba el pelo enmarañado. Tuviste y tienes ganas de no estar tan lejos, de no estar habitando salas de limbos con internet de banda ancha.
Y sí. Eres tú. No puedes subir al avión. Te quedas por ahora en la sala de aduanas. Y si te toca el foquito rojo, qué embole. Y si el verde, da igual. Respiras y te repites que todo va a estar mejor, que a partir de ahora, todo va a estar mejor. No puedes subir al avión por un error en la reserva, por una falla en el sistema, por una confusión. Esta vez, pese a lo que pienses, no tiene que ver contigo, la confusión. La confusión no tiene que ver contigo. Pero sí porque no puedes subir al siguiente avión.
Mandas un mail y avisas. Escribes direcciones y arrobas. Avisas que te está llevando el diablo, avisas que está a punto de darte otro episodio, que lo sientes acercarse, que vas reconociéndolo, que sería tal vez el 4o o el 5o pero que son inconfundibles. Que ya sabes cómo comienzan a temblar las manos y las rodillas, y a cerrarse la garganta y a cortarse el oxígeno. Avisas y vas al lavabo y te mojas la cara y te sientas en un café y disimulas porque sabes cómo hacerlo, y pides un té y un biscocho, y quieres dejar la maleta tirada por allí, y nadie te dice en dónde puedes hacer una llamada, y suena jazz de fondo. En el café del aeropuerto suena jazz de fondo y eso te calma un poco. Sí, y piensas que vas a quedarte allí hasta que recibas respuesta del próximo vuelo, del por qué estás sentada en un café y por qué no vas trepada en un avión hacia otro país. Que tienes amenazas serias si no te vuelves pronto. Y te acuerdas de hace dos noches, o tres ya no sabes muy bien. Y te ríes, te ríes de la posibilidad convertida en un pote de arena en una base petrolera.
Y el jazz te calma un poco. Sí.
Recuerdas que hace no tanto, cuando charlaste con Pacino, te dijo que nada podría ponerse más negro de lo que ya estaba. Que lo peor había pasado.
Y te mete màs trsite saber que Pacino andarà ahora en bolsillos rotos.
Dos minutos después, tal vez menos, piensas: "Bastardo, te equivocaste". Cuando te cuentan que no hay vuelos hasta dentro de dos días, que lo sienten, que es una cuestión de cupo, sabes que sí que puede ponerse peor. Que estás fuera del avión, fuera de tu país, fuera de ti misma porque es un error en la reserva, un error en el sistema.
Y sabes, y Pacino también. El error más grande es que sigas caminando entre la gente... porque tendrían que sujetarte los brazos. Sí, así te sientes.
Y Sí, así es.
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