Se estaba haciendo tarde. Leo tenía que ir a trabajar al otro de la ciudad. Eso era un inconveniente. Vivía y trabajaba en el poniente y Pat en el sur. Y en la ciudad más grande del mundo las distancias se vuelven mucho más largas en la horas pico y puedes quedarte en el auto varado en medio de una calle y pasar dos horas para llegar de Coyoacán a Polanco. Era sábado, el tráfico iba a estar imposible.
-¿Cuál es la mejor ruta para llegar a Interlomas?
¿-Trabajas en Interlomas? Está lejísimos.
-Sí, en la loma del orto.
-Será mejor que te des prisa. Pienso que puedes tomar periférico y salirte en Conscripto o en Legaria.
-No tengo auto, ¿recordás?
-Ah, si. Verdad. Bueno, igual te puedo dejar en periférico y de ahí un bus hasta Conscripto o Legaria. De ese lugar ya sabes tú cómo llegar, supongo. Qué bueno que no tienes coche, a esta hora harías más en auto que a pie.
-Sí, lo vendí el mes pasado.
-¿Por qué? ¿Fastidiado de manejar?
-No, aunque la verdad es que nunca pude con esta ciudad. Lo vendí porque me voy.
-¿Adónde?
-Me vuelvo a Argentina.
Sopapo con revés. Pat trató de mantenerse ecuánime, de no aturdirse por lo que estaba escuchando; tensó los pulgares y empezó a mover los hombros hacia atrás, como siempre hacía cuando algo la alteraba. Millones de pensamientos cruzaron por su cabeza como hacen los rayos en una tormenta inesperada.
-¿Cuándo?
-En un mes y medio.
Gancho al hígado. Leo le estaba poniendo una paliza y todavía no terminaba el primer round. Pat sintió que sangraba y que tenía la mandíbula rota del golpe que le había metido. Se vio tirada en la lona con la voz del couch diciéndole desde lejos que se levantara, que siguiera, que no fuera una cobarde. Así lo hizo. Se sacudió el sudor, se limpió la sangre de la cara, escupió el par de dientes rotos y volvió a ponerse de pie frente a Leo.
-Ya. ¿Por qué en un mes y medio?
-Me cansé de estar acá, de los pacientes del hospital, del mundo de Interlomas lleno de judíos ricos que están acostumbrados a tratar a los demás como inferiores, de la gente, del ambiente en el que me moví durante este año y medio que estuve en México. Me costó trabajo tomar la decisión pero ya está todo hecho. Es mi último mes en el hospital, tengo pasaje comprado para el 21 de enero. Así vine para acá, de pronto me cansé de Argentina, dejé trabajo, novia, amigos y familia. Ahora vuelvo y sé que las cosas estarán totalmente distintas. Es raro, por fin conozco a alguien que vale la pena, que me hace sentir verdaderamente bien, y me tengo que ir… Bue… Por algo nos encontramos ahora y no antes, pero creo que me hubiera gustado conocerte recién que llegué. Mi estancia hubiera sido mucho mejor. Estoy seguro.
“Sí. No nos encontramos antes porque si existe Dios, seguro me odia” pensó Patricia. “Porque no puede soportar que una atea como yo de pronto conozca a alguien que seguro también es ateo y le parezca sensacional. Porque en el fondo es rencoroso y envidioso y no puede con el hecho de que los que no creen en él, se junten. Porque delira y piensa que todos conspiran en su contra. Por eso los separa, porque podrían armarle una revolución, un verdadero kilombo, darle un golpe de estado y eso es demasiado riesgoso para el régimen que ha construido en poco más de dos mil años.”
No sabía en de dónde le venía la palabra kilombo. Tal vez de Isabel, la antigua novia de su padre. No supo por qué la había pensado, lo dejó pasar sin darle mucha importancia al igual que hacemos con todos aquellos pensamientos que dejamos pasar como nubes porque nos da miedo que la lluvia ácida que contienen dentro nos queme la cara.
-Pero me vuelvo en un año o año y medio, hay un hospital que van a abrir en Cuernavaca y vuelvo para trabajar ahí. Igual Cuerna, está re cerca del D.F. ¿no?
Pat no pudo decir nada. Se le congelaron las cuerdas vocales y solamente movía la cabeza en señal de que estaba intentando entender las palabras que Leo iba diciendo. Hizo esfuerzos enormes por no darle un golpe en la cara. Estaba enojadísima con él, con ella, con la situación. ¿Por qué se encontraban ahora y de repente se iba? ¿Era esto una especie de mala broma? No era que se hubiera imaginado una vida con él ni con el auto familiar ni el perro labrador, ni el árbol de limones en el jardín trasero, ni la hipoteca a 20 años ni nada de eso que te meten en la cabeza para que vivas “establemente”. Se sentía como alguien que le ha atinado a todos los números del Melate y en el trayecto para recoger su premio, ha perdido el boleto. Además él sabía que se iba, ella no. No se lo dijo en ningún momento de la noche, ni cuando se presentó ni cuando el primer beso. Debió haberle advertido: “Pará nena, que ya casi me estoy yendo”. Estaba en total desventaja; no contaba con la misma información.
Miles de ideas cruzaban por su cabeza como en una carrera de autos. En el trayecto había sucedido un accidente y no se lo explicaba; estaba tratando de zafarse el casco entre las llamas y el humo, había líquido extintor de fuego en todo el ambiente y le costaba trabajo respirar.
Trató de serenarse. Aquello que sentía era bastante ilógico de por sí como para poder reclamar algo.
Luego pensó que igual había estado bien conocerlo, habérselo encontrado era lo mejor que le había pasado en años. No hubiera cambiado esa noche por nada del mundo.
¿Qué demonios iba a hacer con su oreja imaginaria guardada en la gaveta? No podía dársela así como así diciéndole: “Ah, por cierto, te regreso tu cartílago. ¿Me devuelves mi arteria? Que te vaya bien, nos estamos viendo cuando vaya a espiarte.”
Todo era un ocaso triste que iba terminando antes de lo esperado.
Así le soltó la noticia. Mientras le ponía shampoo a Pat y le enjabonaba la espalda le dijo que se iba al otro lado del continente, que volvía a su país, que tenía que regresar porque la condición de extranjero te hace cargar todo el tiempo una maleta que lo único que tiene dentro es melancolía y que al llegar a casa avientas al el ático sin ninguna gana de sacarla durante un buen tiempo.
Ella comprendía que estuviera cansado, que extrañara, que quisiera regresar por lo menos para ver qué tanto había cambiado todo por allá. No pudo culparlo pero por un segundo, sintió una enorme tristeza. Recién había llegado y ya se podía oír al bandoneón alejándose. Tenía que hacer algo, tenía que decirle cualquier cosa para que no se fuera, para hacer que se quedara.
No pudo. No sabía cómo empezar, aquello que le pasaba no tenía ni pies ni cabeza. El agua en la ducha parecía no tener temperatura, Piazzolla estaba como música de fondo en la cabeza de Pat con la canción “Vuelvo al sur”. Esa canción le encantaba. Durante mucho tiempo la puso más de diez veces al día, le provocaba un “no se qué” que le gustaba y la hacía tocar una y otra vez sin preguntarse los motivos.
Bueno, ahora entendía que las premoniciones que la música regala, en ocasiones pueden llegar a ser bastante crueles.
-Sí, así es la vida. Los ciclos se cierran, los procesos se acaban. Tus padres te deben echar mucho de menos. -Dijo como si no le importara que se marchara, como si no le sorprendiera, como si no supiera que tal vez no iban a poder verse de nuevo.
Estaba a punto de soltarse a llorar. Lo hubiera podido hacer, hubiera podido decir que el jabón le había irritado los ojos y que por eso le lloraban. En el fondo era más frágil que el cristal barato, por eso se había vuelto una maestra en cuanto a mecanismos de defensa, un caso digno de un psicoanalista. De modo que pudo aguantarse las lágrimas. Unas cuantas más, qué más daba. Hizo como que nada le pasaba, como si no estuviera sintiendo que alguien desde un punto lejano se estaba burlando de ella y de la posición en la que se encontraba; de todo lo que había sentido y pensado desde la noche anterior. Y no, no lloró.
-También extraño a mis viejos y a mis hermanos pero pienso que mi historia hubiera sido mucho más linda si te hubiera conocido antes. Probablemente no me estaría yendo ahora.
“Probablemente.” Al carajo la probabilidad. Le exigiría a Otif que le explicara con alguna de sus fórmulas por qué el destino se empeñaba en regalarle algo y luego arrebatárselo.
Pero las fórmulas y los teoremas no siempre dan las respuestas requeridas y siempre hay algo que simplemente no podemos controlar; que se sale de las estadísticas y las hipótesis. Ése es elemento que no cabe en la suma de vectores ni en el despeje de una ecuación y el que viene a darle al traste a cualquier comprobación cuando te das un banquetazo con lo concreto en lo ilógico de los sentimientos; aquello se nos escapa para recordarnos que somos simplemente uno más, que somos mortales, pequeñitos e insignificantes en toda la superficie ruin del planeta y que no tiene por qué pasarnos algo que nos haga realmente felices.
-Tal vez, tal vez. No se sabe. -Pat abrió la llave de agua fría esperando a que se helara y la matara de hipotermia de una buena vez.
Leonardo la abrazó. Se daba cuenta de que a Pat le había afectado la noticia, de que no era un chico más que llevaba a casa un viernes de fiesta; que había algo especial cuando estaban juntos, que por separado podrían haber pasado por el mundo como si nada, pero juntos hubieran sido dinamita pura. Él también sintió una tristeza repentina que no pudo explicarse. Sintió ganas de quedarse, de cancelar todo, de decir que no renunciaba al trabajo en el hospi, de llamar a sus padres para decir que lo sentía, que no volvía, no todavía; que había conocido a una mina fuera de serie y que iba a arriesgarse y se iba a quedar con ella, que iba a dejar que lo quisiera, que lo cuidara, que le acomodara un lugar en su vida; que se iba a dar una oportunidad para que la visión se le mejorara, para tener una terapia completa de recuperación, para compartir lo que era, para dejar de estar tan solo.
Se quedaron bajo el agua durante varios minutos. A Pat le dolió abrazarlo porque desde allí comenzaron a despedirse. Su vida estaba llena de despedidas y aún no había aprendido a decir adiós. Juró intentar todo para no volver a viajar, algo se le ocurriría a Otif. Pensó en que lo mejor era no volverlo a ver a Leo. Si de todos modos se iba a ir, más valía cortar de raíz aquello; no dejar que creciera algo que al final no iba a poder ser. Acomodar lo efímero en el lugar en el que tenía que estar y seguir con lo que venía, colocar todo en su sitio. Estaba totalmente decidida a tomar aquello como un encuentro fugaz y mágico. Un buen recuerdo, nada más. Ni siquiera le iba a pedir el mail o el número telefónico, ni su dirección ni nada de nada. Lo iba a dejar marcharse viéndolo desde la estación central agitando un pañuelo y diciendo en voz baja: “buena suerte, te veo cuando te vea”. Una derrota más. Bien. Así tomaría todo el asunto.
Mientras pensaba esto, el nombre de Leonardo ya estaba empezando a calcarse con tonos sepia en un adiós que no iba poder decirse sin que la garganta doliera.
-Bueno, pues tendré otro amigo en Argentina. ¿De qué parte eres? -dijo intentando que el momento se tornara casual, reparando en que no sabía nada de él. Mejor así.
-De Rafaela, que está en Santa Fe. ¿Conocés?
-No, no fui a Rafaela.
-Es re lindo, chiquito. Hay verde por todos lados.
-¿Y todos son tan altos como tú? ¿Es una provincia de gigantes? Estás altísimo. ¿Cuánto mides? Pareces un condenado rascacielos.
-Rascacielos. Me gusta.1.93. ¿Vos?
-1.60
-Mirá, que pequeñita, sos como una casita para perro.
Le encantó aquel apodo. “Casita para perro”. Por chiquita y calientita dijo Leo. Patricia lo había visto producir milagros por encargo en las pocas horas que había estado con él, así que no le pareció inusual que pudiera estirar el brazo y rascarle la panza al cielo. Ahora entendía también que tuviera esas manos, esos meñiques a los que Pat ya se había vuelto adicta.
En realidad, ahora todo sería más sencillo. Lo único concreto era que Leonardo se iba en poco más de un mes y que muy probablemente esa sería la última vez que se vieran. No iba a haber tiempo para nada más, habían compartido una noche, una charla, un amanecer y con eso era suficiente. Todo cabía ahí, con eso se quedaba. Pensó en considerar lo que había pasado como un regalo en vez de reprocharle a la vida por quitarle algo que ni siquiera le había terminado de dar. Tal vez de eso se trataba todo, de verse y despedirse, de dejarse ir. Pero entonces tendrían que haberse dicho algo medular, un secreto que les cambiara la concepción de todo. No podía irse así nada más. Ella no había tenido nunca la facilidad por encontrarse una almohada adecuada a sus sueños y Leonardo llegó a su vida deteniendo sus insomnios; él durmió con ella, la despertó y por un momento todo fue real.
Ahora tendría que buscar otro lugar en el cual depositar todos los intentos de tranquilidad que andaban sin poder tener un sitio dentro de su vida.
La pesadilla que había estado habitando regresaba simultáneamente a la partida de Leo.
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