sabato 8 maggio 2010

SIETE. 7."MAMBRÚ SE FUE A LA GUERRA, MIRE USTED, MIRE USTED, QUÉ PENA. MAMBRÚ SE FUE A LA GUERRA, NO SÉ SI VOLVERÁ. LA RA LA LA LA LA LA"

Debido a la música, Alejandra no escuchó bien las palabras de Pat.

-¿De qué demonios hablas? No vi a nadie. ¿Te fuiste a Madagascar o a Rusia? Por favor no me digas que acabas de ver a ya sabes quién.

De nuevo el “ex”. Puntos suspensivos.

No había nada más pesado que la sensación de estar rondando por lo que significaba su pasado definitivo con él. Hacía ya tiempo que había tenido la necesidad apremiante de no despertar ni dormir llorando. Luego tuvo un pequeño y débil impulso de no despertar ni dormir pensando en el recuerdo borroso de su rostro. Ese rostro taladraba los días desde que comenzaban de manera siempre espantosa hasta que terminaban con un último trago a su salud en un cacho de cama que no la recibía y en la que no pudo, durante un tiempo, abandonarse y descansar.

El presente que vivía era incierto y ya se iba acostumbrando a estar sola, ermitaña y con los bolsillos llenos de ausencias. Había algo que podía acercarse sin ser obvio al estadio en el que estuvo durante varios meses: Post-guerra.

En realidad no es que se hayan declarado una guerra como tal. Ellos nunca se dieron guerra como debe ser. Hubo una especie de diplomacia silenciosa, de ésas de las que vienen con lágrimas en la terraza y silencios eternos en el auto. No hubo advertencias, pero sí cientos de pretextos baratos para comenzar el bombardeo. Como suele suceder en los asuntos bélicos, resultó que un día las políticas exteriores se volvieron obsoletas. Después de un rato de intentar no lanzar la primera granada, una parte decidió atacar a la otra dando como razón ni más ni menos que una reverenda estupidez que hizo que empezara una concatenación de intentos fallidos por volver a la diplomacia, trayendo más y más tensión; generando enojo, dolor, muerte y sangre… Daños colaterales, pues. No fue una guerra abierta ni anunciada. Ellos llegaron en varias ocasiones a acuerdos que parecían claros para las dos partes. Una de ellas, por cierto, no acababa de entender del todo las razones por las cuales estaba montada en un tanque que no sabía usar, ni por qué estaba siendo atacada con un arma peor que la nuclear; la aparente indiferencia y la mentira tras el aplomo impresionante la cansaban tanto que no tenía fuerzas ni para discutir. Mintió también cuando dijo que todo andaba normal, que no lo odiaba y que nunca se sintió insegura. Así que consciente de su total desventaja, dejó que el oponente le diera algunas lecciones y con varias fracturas evidentemente expuestas, unas cuantas heridas y la total inexperiencia en asuntos de guerra, decidió ordenar la retirada habiendo atacado con la estrategia equivocada.

Esta ingenua no tenía idea de qué hacer cuando tuvo que defenderse de la persona que amaba. Atacó primero con el sentido común, luego con razones obvias, después intentó hablar claramente, luego gritó, pataleó, escribió cartas de paz, le llamó a la ONU, rogó por entender por lo menos por qué la guerra no terminaba y ante su propia ineptitud en estos casos, comenzó a disparar a todo aquél que se atravesaba. Se escondió tras los muebles, en el horno, en los libreros, en el retrete; pensó, analizó, replegó fuerzas, reconstruyó las tácticas, reagrupó a su ejército, el cual no constaba más que de sus ideas, sus palabras y las enormes ganas que tenía por hacer las pases, pero su poca capacidad para hacer que estas ideas fueran mínimamente claras para el que ya se había convertido en su enemigo, la llevaron a decidir que dormiría una noche más con él, esperando que todo fuera un mal sueño, que el día siguiente fuera mucho mejor.

Pero no. El día siguiente fue peor y el siguiente aún peor; la hostilidad se agudizó al grado de que los muros de la casa empezaron a agrietarse llenándose de todos los gritos que no se escaparon en la madrugada para no alarmar a los vecinos. El panorama era gris, olía a pólvora quemada; el suelo se encontraba lleno de cartuchos usados y tácticas inservibles. El amor se había transformado en nada más que vestigios. No hubo más que hacer, la banderita blanca no había servido para un carajo. El ambiente estaba lleno de una neblina que no permitía que se viera ni a una distancia medianamente corta. Con vendajes y los brazos rotos de no poder abrazar, Pat se rindió en un juego que nunca quiso jugar.

El tiempo pasó. Las heridas cicatrizaron y los huesos soldaron. Regresó de la guerra sin medallas de honor ni enmiendas memorizadas como ese soldado que sobrevive y al volver a casa ve que su barrio ha cambiado pero que en el fondo sigue siendo el mismo; vuelve para intentar empezar de nuevo aunque en los días fríos las heridas duelan más y los recuerdos sean como buitres sobrevolando un desierto repleto de cadáveres en proceso de descomposición.

Pat fue durante un tiempo ese soldado al que no le queda más que esperar que los comentarios de la gente dejen de escupirle en la cara que no ha vuelto victorioso y que camina por el vecindario con la consciencia de que nunca más volverá a sonreír con la misma franqueza con la que solía hacerlo antes de partir.

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