giovedì 27 maggio 2010

OCHO.8 "PEOPLE ARE STRANGE WHEN YOU´RE A STRANGER"

Alejandra y Patricia volvían a su mesa haciéndose paso entre los veinteañeros que danzaban por el lugar.

-No, no acabo de ver a “ya sabes quién”. Qué necedad que tienen con eso ustedes. Me acabo de topar con la mirada más extraña, más tierna y más triste del mundo, pero llegaste tú a interrumpir. -Le dijo a Alejandra mientras trataba de encontrarlo otra vez.

-Perdona. Calma, que seguro lo vuelves a ver. ¿Es guapo?
-No sé… Es raro.

-Ya, tú y tus gustos. Pues si es raro, seguro es para ti.

La noche siguió. Pat no pudo contenerse y les contó a todas lo que le había pasado momentos antes. Pensó que se iban a burlar de ella, pero no lo hicieron. Preguntaron cómo era el chico y se pusieron como objetivo buscarlo a discreción. Ella no pudo describirlo del todo, así que la tarea era un poco difícil. Si había sido un momento especial, merecía la pena saber cómo se llamaba el sujeto que le había robado la atención a la Pato. Además, era la primera vez que volteaba a ver a alguien en mucho tiempo, sus amigas lo vieron como una posibilidad grata y amena.

El grupo de Diego, el nuevo novio de Sara, comenzó a tocar. Las chicas estaban divertidas, saludaban y les gritaban cosas a los músicos. Terminó una canción y Diego se acercó a Sara para darle un beso. Por un momento, ella fue la reina del lugar. El suceso las emocionó a todas como si cada una lo estuviera viviendo. Sara le dijo algo al oído, Diego asintió y se acercó al micrófono.

-Bueno, muchas gracias por estar aquí. Para continuar queremos pedirle a una chica que suba a cantar la siguiente canción con nosotros. -Decía Diego mientras se acomodaba la guitarra y daba un trago a una cerveza.

Pat no se había dado cuenta pero la estaban llamando a subir al escenario. Sara le había pedido que invitaran a Pato a cantar con ellos. Todas medio borrachas la empujaron, le dieron el micrófono y la banda comenzó a tocar “Killing me softly”. Era una canción significativa para cada una de ellas, una cursilería, un código creado. Pat cantó como si fuera el último día de su vida, se prendió tanto que pensó que le iban a reventar las cuerdas vocales. Cerró los ojos y no le importó nada, la letra se le escapaba de la boca a pesar de que no había escuchado y mucho menos cantado esa canción en años. Flotó y no había sensación mejor que estar rodeada de música y de la gente querida.

Cuando abrió los ojos, él estaba ahí de nuevo. Se vieron. Él sonreía ahora, ella sonrió también, un poco apenada. Bajó del escenario y todos aplaudían y las amigas la abrazaban y le daban golpecitos en la espalda. Había hecho un buen papel, había cantado y se había dejado llevar. Patricia suspiró y los pulmones se le liberaron. El alma también se sentía limpia, liviana, frágil y fuerte a la vez, Inmortal. Como la sensación fugaz y viva que solamente se tiene cuando se está arriba de un escenario.

Habían bebido bastante como para ir al baño a checarse el pelo en el espejo y hacer pis. Como era de esperarse, fueron todas juntas. Otra fila interminable, otro trámite que a estas alturas, la vejiga no estaba dispuesta a pasar. Se metieron sin importarles la urgencia de las demás y cerraron varias puertas en varias caras diciendo solamente: perdón, perdón, no me aguanto.

Salieron del baño. Alejandra miraba traviesa a Patricia.

-¿Qué pasa? -Preguntó Pat, curiosa.

-Nada, que has dejado el aire frío de los suspiros que provocaste.

-¿De verdad? No, no fue nada, solamente canté.

-Sí, te vimos, te escuchamos y todo el mundo también. No han parado de mirarte. Por cierto, creo que ya sé quién es el chico con el que tuviste un momento místico o qué se yo. Si no me equivoco, está viéndote ahora. Lo tienes a tus 3.

En efecto, estaba parado, esperando a que el tráfico en las escaleras cediera un poco para dejarlo subir ir a la zona de fumadores. Patricia sacó, como por intuición sus Camel y se acercó a las escaleras. Todas fueron con ella. Subieron y se instalaron en la terraza. La luna de aquella noche era roja y enorme, parecía que si te acercabas un poco al barandal, la podías tomar entre los dedos. Pat pensaba que todavía merecía la pena vivir en la ciudad si alguna que otra noche se podía disfrutar de una luna como ésa.

Encendió un cigarro, repartió a sus amigas, inhaló y sacó una bocanada que formaba las palabras: “Ven, quiero verte otra vez”. Estaban en silencio pese al escándalo del lugar. Llegó un grupo de chicos a hacerles plática, cosa nada rara en un bar. Las nenas platicaron con ellos y Pat se apartó un poco, se sentó, volteó a la derecha y lo vio otra vez ahí, haciéndola sentir más nerviosa que antes de salir a escena en un día de estreno. Sus amigas bajaron y no tuvo más remedio que seguirlas, no se atrevía a quedarse ahí sola. Fueron escaleras abajo y Pat tuvo un momento valiente.

-Esperen, las veo en un momento, voy a fumar más.
Subió de nuevo y justo cuando iba a mitad de la escalera, él, misterioso detrás de su chamarra ligera, bajaba como buscando algo entre la multitud. Pat lo vio, él la vio, pero siguieron su camino.

¿Qué probabilidad hay de que dos entes con vida, con velocidades e intenciones distintas coincidan en unas escaleras y en ese segundo sientan que no pueden soltarse? Uno va para abajo y la otra va para arriba, cada quien tiene una ruta y un camino seleccionados. Se detuvieron una milésima de milésima de segundo. Ella subió y él bajó, cada uno siguiendo la dirección elegida, pero ambos se volvieron a ver como diciéndose: “Espera, todavía no. Te veo en un ratito”. Era demasiado obvio que ella lo quería encontrar otra vez pero no quería que se le notara. Subió, le dio dos jaladas al cigarrillo, lo apagó y bajó de nuevo. Se encontró con Erika y Sara en el piso de en medio y se dijo a sí misma que ya lo había echado todo a perder, que seguramente él ya se había dado cuenta de que ella medio que lo estaba siguiendo. Ni modo, tendría que ser en otra ocasión. Se dirigía a la planta baja cuando se lo topó de frente.

-Bueno, ¿vos y yo nos vamos a estar persiguiendo toda la noche? -dijo él con una voz serenísima que daba miedo.

Black out. Se sintió como si a mitad de una escena se le hubiera olvidado un parlamento de un texto.

-Eh, no, bueno, no… No sé. Hola. ¿Qué hay?
-Hola. ¿Lo están pasando bien? Veo que estás con tus amigas.

-Sí. Mmmm. -Estaba como auto que no le funciona la primera, no podía decir palabra.

-¿Así que eres argentino?

Inmediatamente se arrepintió de que su boca hubiera sido capaz de decir tal imbecilidad. ¿Cómo le preguntaba una cosa tan tonta? Quiso hacer un hoyo en el suelo y meterse ahí hasta que él se fuera.

-Sí, Soy argentino, pero no porteño.
-Sí, se nota.

Otra respuesta imbécil.

-¿De verdad? ¿Por qué?

Bueno, no es que él estuviera soltando réplicas muy elaboradas, tampoco.

-No sé… Por el acento, supongo. Casi todos los porteños tienen un acento mucho más marcado, ¿no?

Si hubiera sido un diálogo de una obra teatral, la acotación que seguiría después de las palabras nerviosas de Patricia sería la de “SILENCIO INCOMODÍSIMO”.

-¿Qué tomás? -dijo él con un tono que regresaba a lo casual.

-Eh, vodka.

-Valiente. Te invito uno. A tus amigas también.

-Ok. Gracias.

No lo podía creer, estaba que no podía de los nervios. De pronto se encontraba tomada de la mano de este chico; prendada de sus ojeras. Se percató hasta ese momento que era mucho más alto de lo que había visto de lejos, que tenía las manos más lindas que había tocado nunca; se enamoró casi al instante de sus dedos meñiques. La llevó con pasos ligeros hasta donde estaba él.

Sara, Alejandra y Erika los siguieron. Él estaba con un amigo también. Claro, se le hacía raro a Pat que hubiera ido solo. Tenía aspecto de chico rudo, pero en cuanto sonreía y parpadeaba al hablar, uno podía darse cuenta de que era un ser totalmente indefenso, tierno, incluso tímido. Eso fue lo que la atrajo irremediablemente.

-¿Cuál es tu nombre? Pará, ¿cuántos nombres tenés?

Patricia se rió ante la rapidez con la que había hecho las dos preguntas.

-Dos. -Contestó. -En la familia me llaman por el primero, mis amigos, por el segundo.
-Buenísimo. ¿Cuál es el segundo?

-Patricia.

-Patricia. -La manera en la que pronunció aquellas letras que formaban un nombre propio era análoga a una pequeña piedra haciendo ondas en un lago una tarde de invierno.

-Pata, suena lindo. Soy Leonardo.

-Hola Leo.

Un Leo y una Pata. Allí estaban, dándose la mano y haciendo burla de las formalidades y las buenas costumbres.

-Bueno, y ¿tú qué haces? ¿También tienes un segundo nombre? Preguntó Pat tratando de que no se notara lo nerviosa que estaba.

-Soy fisioterapeuta, trabajo en un hospital. Y sí, tengo un segundo nombre, pero no te lo voy a decir, al menos no todavía.

-Bueno, dejémoslo en Leo. ¡Vaya! Eres fisioterapeuta, qué bueno eso de curar a la gente, aliviarle el cuerpo, reacomodárselo. Difícil empresa. Debes sentirte bien cuando alguien se recupera.

-A veces. Acabo fundido. Me tendrían que dar rehabilitación a mí después de dar terapia. Es un embole...

-Sí, me imagino. Te tragas lo de todos ¿no? De alguna manera lo tienes que sacar.

-Sí, me relajo, duermo, camino, escucho música…

Se quedaron en silencio. Patricia se fue calmando lentamente. No había necesidad de hablar más, la comunicación estaba a un nivel totalmente sensorial. Cuando estaba nerviosa, le daba por a hablar como perico, pero se sintió bien compartiendo ese estado en el que las palabras no cabían. Era como si a Leo le hubiera pasado un recuerdo de ese día por la cabeza, se hubiera ido por un momento y ella lo hubiera acompañado. Regresaron juntos a la charla.

-¿Y vos? ¿Qué hacés en la vida?

-Soy actriz.

-¿De verdad? ¿O sea que es posible que ahora estés actuando?

-No. Nunca me sale en este tipo de situaciones. Sólo actúo en escena, eso si bien me va.

-Actriz… Qué interesante, re zarpado.

Pat sonrió nerviosa. Parecía que la gente, en especial los chicos, salían corriendo en cuanto escuchaban esa palabra. Al parecer, decirse actriz era peor que confesarse bruja en la época de la inquisición.

Nadie confía en los actores y mucho menos en las actrices. Son sinónimo de triquiñuelas y pensamientos demoníacos con los que nadie está dispuesto a lidiar. Cómo si no fuera que todos tenemos demonios dentro. Pero si no lidiamos con los propios, mucho menos con los de alguien que vive de ser varias personas y habitar múltiples vidas por espacio de unas horas.

-Sí, bueno, estudié arte dramático.

-¡Bárbaro! ¿Voy a verte actuar alguna vez?

Toques eléctricos en la espalda. Él estaba preguntando por la posibilidad de verse otra vez, o eso estaba entendiendo ella. Trató de serenarse.

-Seguro. -Contestó inmediatamente.

No podían dejar de verse, era una cosa muy extraña. Lo extraño no es que dos personas se encuentren en un bar, se vean, se gusten y platiquen. De hecho, a la gente le sucede todo el tiempo, pero no a Pat. Lo extraño es que esos dos completos desconocidos sintieran desde el instante en cruzaron palabra, que iban a quedarse en la vida del otro para siempre. Aunque Pat no sabía de qué manera y todavía no tenía forma siquiera de imaginarse la importancia que aquello iba a cobrar, supuso que algo estaba cambiando de manera impetuosa y rápida. A pesar de ser alguien sociable, esta conexión inmediata no la había vivido nunca. No tuvo que pretender nada, sintió que charlaba con un viejo amigo al que no había visto hace mucho y con el que hay demasiadas cosas que contar. Hubo una química tan particular, que de haber sido más grande, hubiera habido una segunda parte de Chernovil. Esos dos se reconocieron como si el tiempo los hubiera estado aguardando con la quietud necesaria hasta juntarlos y echarle la culpa a la casualidad. Pat pensó justamente en esa casualidad que la hacía sonreír esa noche, en las palabras de García y en que se sentía como una pieza de ajedrez siendo movida por la mano del destino. Había cientos de personas en ese lugar y todo se había acomodado para que aquél sujeto y aquella chica se toparan.
Siguieron charlando. Cine, teatro, música, México, Argentina, fisioterapia, política. Ella le hablaba de la postura artística que un actor tiene que asumir y defender en el quehacer teatral y él le hablaba de la postura física que si no adoptas y corriges, con los años te hace polvo los huesos. Pasaban de un tema a otro con la naturalidad con la que dos niños pequeños van creciendo poco a poco, sin prisa, dándose su tiempo, reconociendo su entorno, aprendiendo de todo y de todos. Se miraban como si fuera la primera vez.

Aunque tal vez no era la primera vez.

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