martedì 16 febbraio 2010

non c´é nessuno

Comienzo… Puedo escuchar los sonidos del otro lado de la ciudad. Mis oídos, sobre todo el izquierdo, están tan abiertos, tan expectantes, que incluso pueden percibir el aleteo de una polilla en un apartamento en el 7º piso de un edificio a 12 cuadras de acá. Puedo oír los restos de la lluvia de la tarde de hoy, cómo suenan los pasos sobre el suelo mojado de todos aquellos que salen a caminar o que vuelven del trabajo y cómo un barco pesquero está zarpando ahora en el puerto.

Enciendo un cigarrillo y escucho perfectamente cómo sale el gas del encendedor, el sonido de la llama azul, el tabaco quemándose por vez primera, y mi calada. El humo en el aire tiene un sonido tan lindo, que aunque mata, es maravilloso… Como recordarte. Como sólo recordarte y no poder estar contigo. Recordarte es fantástico, aunque en noches como ésta, es sumamente trágico. Fumar sin ti, caminar sin ti, respirar sin ti, comer sin ti, dormir sin ti, es como irse llenando de un cáncer nuevo que no tiene cura. El cáncer de tu ausencia. Un cáncer que comenzó cuando me fui, y que sin darme cuenta ha estado invadiéndome silenciosamente. Y hoy me he dado cuenta, hoy que puedo escuchar todo, escucho cómo va invadiendo los órganos vitales, sin apuro. Torturando. En silencio. El mismo silencio brutal que escuché cuando tuve que dejarte. El eco del futuro diciéndome que no podría permanecer de pie sin estar tomada de tu mano. Y luego este cáncer.

Afuera las calles están llenas de música, las siluetas se hacen voces, las estepas de cuerpos se vuelven aceras de concreto, muertecitas pequeñas de lágrimas y suspiros reprimidos. ¿Alguna vez, amor, has escuchado el sonido de un suspiro que no dejas salir porque la situación no es la “apropiada” para que no se te quede atorado en el plexo solar, cuando te lo guardas porque es ridículo suspirar porque escuchas una voz y te giras para ver a un alguien y ese alguien no está?

Y el bandoneón suena en Córdoba, o en La Plata, o en Colonia, no lo sé, aún no estoy tan ubicada. Esta noche escucho millones de suspiros, escucho un llanto que no es el mío. Paré de llorar por ti. Y es que en realidad no me hiciste llorar nunca. No tuviste tiempo. Cuando lloré por ti, lloraba porque no estabas. Escucho al tiempo perdido junto con mis lágrimas en una calle en Perugia, o ¿es que es el recuerdo? ¿Es que es el recuerdo lo que escucho? ¿Es que es el recuerdo lo que me hace llorar o es sólo que estoy demasiado medicada?

Eso de perder el tiempo y de escucharlo del otro maldito lado del mundo, es en cierto modo, ilógico. Sobre todo cuando alguien puede salir un poco, asomarse al balcón, buscarlo y guardármelo, el mismo que puede sanarme. Tú.

Perder al tiempo no es tan grave como fumarme un cigarro y saber que muy probablemente te perdí a ti. Porque te perdí hasta que vuelva a encontrarte y porque no sé si me queden días para hacerlo. Porque recordar no me basta. Y luego viene entonces, el sonido, la fonética de la palabra “recuerdo” y ¡pum! La semántica se me desmorona entre los dedos junto con la promesa del regreso que sé de cierto, no podrá ser cumplida.

No me esperaba esto. No sé si alguien tiene esperado morirse tan joven. Tenía planes contigo y lo sabes. Tal vez no debí haberme ido, tal vez eso fue lo que me enfermó.

Y ahora el sonido se queda, rimane sulla pelle…

Por otro lado, la ciudad no se calla nunca, no es como la mía tampoco, pero siempre escuchas algo que se mueve, que muere y que amanece junto con los motores, el barullo y la vida de “big city”. Y no es que quiera irme al bosque. Me encanta el sonido menor y antónimo de lo armonioso que tienen estas cuadras. Camino descalza y me vuelvo a la habitación desde el jardín con los pies mojados y con el sonido que mis pies mojados van haciendo al dar cada paso. Y hay días en que no puedo caminar; en los que me despierto, intento ponerme de pie y la fuerza simplemente se me va.

Como siempre, como desde hace un periodo de tiempo con sus debidos y necesitados intervalos, el sonido o el recuerdo del sonido de tu voz me mantiene despierta durante la noche. Y ahora que lo pienso, no sé si he perdido ya la mínima noción de cómo suena tu voz en mi oído izquierdo durante la noche. Porque algo que sí sé es que tu voz suena distinta cuando es de día y cuando es de noche, o de luna llena. Algo que sí sé es que esta es la última carta que podré escribirte. Lo sé porque lo veo en las miradas de los médicos, así como ellos saben, porque lo ven en mi mirada, que te amo.

Hoy hay luna llena. Y entonces hago sólo lo que puedo hacer. Imaginarte. Imaginarme tu voz en mi oído izquierdo y recordar el día que nos conocimos. El día de luna llena en Italia que yo por casualidad llegué a esa ciudad pequeñita, como sacada de una película medieval y te vi, con esa enorme cicatriz en el rostro, y no me desviaste la mirada, y me observaste y yo en silencio me preguntaba sobre tu historia, con esos ojos de demonio y esa sonrisa seductora, sabiendo a los pocos segundos que no teníamos que hablar para comunicarnos. Me acuerdo de tus manos, y del vino y de los cigarrillos y de que dijiste que mi piel era bellísima, y de la terraza y de los días que vinieron, de ti y de mí caminando por el Piñeto y en Boloña y en Milán, y de cómo me hacías sentir inmortal. Me acuerdo de tu voz y de tu respiración que se hacía una con la mía. Me acuerdo de la música y de cómo, mientras bailábamos dijiste que la felicidad había estado huyendo de ti, se había ido a esconder a mi cuerpo y ahora la podías sujetar entre tus brazos y besarla. Cuando lloraste en el aeropuerto, mientras yo te decía que volvería en un par de meses, después de arreglar asuntos en mi país.

Me acuerdo de la música que hacías, que seguro haces cada vez que caminas. Me acuerdo de tu cama y de tu olor… Y ahora sí que lloro. Y estas voces que no se callan. Que vuelven cada vez para repetirme que estoy en el sitio adecuado y que es preciso practicar las despedidas. Ésas que son definitivas.

Por favor no vengas. No quiero que me veas así. Quiero que el recuerdo sea el de cuando corría por los campos de lavanda y tú me perseguías, de los almuerzos, el teatro y los museos, los salones y las terrazas de hostales viejísimos en París. De mis mariachis y tu tarantella.

Ahora escucho las cenizas cayendo en la cajita que tengo por cenicero. Depósito de restos de caramelos amargos y envolturas de huesos. Estoy fumando a escondidas, por cierto. Y el aire está tibio, esperando un abanico español. Cansado de las máquinas heladas que lo dejan sin habla.

Cariño, estos días son hermosos. Tanto que casi duelen.

Apago el cigarrillo y mi piel también se apaga. Estas sábanas queman. El verano se me viene encima y me muerde los dedos de las manos. Pero los doctores dicen que este clima me viene más que bien. Ellos tienen esperanzas, pero yo sé que en su esperanza sólo se alarga mi agonía.

Y tú… che mi hai lasciato pensando tanto a te. Che mi hai fatto volare e voler ritornare con te e non uscire mai piú.

La enfermera ha estado afuera desde hace dos horas. Ella sabe, ella sabe que fumo a escondidas, pero comprende. Ella sabe. Escucho también cómo cabecea intentando no quedarse dormida por si algo inesperado sucede. Escucho el televisor del portero. Están dando una película de Al Pacino. No sé cuál es, pero pude reconocer su voz. Me pregunto otra vez, si recuerdo la voz de Al Pacino, supongo que la que tengo como tuya, será justo así. Áspera y ronca, con ese leve escape de principios de gripe.

Escucho. Te escucho hablar y decir mi nombre. Ahora puedo dormir un poco tranquila.

Sé que cuando leas esto yo ya no voy a poder escucharte. O tal vez…

Gracias por haberme dejado saber de tus cicatrices y por haber dejado que te las besara, por hacerme caminar y por limpiarme la angustia.

Estoy… Siempre.

P.D.: me quedé sin cigarros. Conseguir unos será difícil tarea. Como conseguir whisky en tiempos de Al Capone. Y pienso en ti y en que verte sería la única cura que puede aliviar a este cuerpo partido.

Tua, benché non volessi…

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