La brújula de pronto ha comenzado a funcionar. las fronteras se pierden entre un séptimo piso y abren brechas que permiten que los pies bailarines entren a lo más íntimo de los corazones del público. En esta ocasión, después de haber tomado dos cole´s sin mapa, fui parte de esa ola de espectadores que compartieron una noche en Buenos Aires.
Sucedió en el Parque Centenario. Dieron una milonga en el anfiteatro. La noche estaba fresca y se podían ver las estrellas. Creo fervientemente en que las ciudades todavía valen la pena si puedes ir a un evento al aire libre y mirar el cielo colmado de estrellas que te acompañan por unas horas.
La gente se sentó en las butacas y lo nostálgico de un tango tocado por un contrabajo, piano, violín, guitarra y bandoneón nos hizo pertenecer a todos a una suerte de milagro artístico.
La luz se fue por unos instantes. Apagón generalizado, dijeron desde cabina. Volvió después de unos minutos y aproveché para acercarme a un puesto de patis y panchos. Luego de devorármelo, volví junto con la luz al espectáculo.
Y entonces, mientras una mujer cantaba un tango, yo simplemente no pude más y comencé a llorar. Es cierto, no siempre lloras de tristeza. Lloré de melancolía, pero no de tristeza. Una melancolía que no se si me pertenece, que no se de donde viene y que sin embargo, tocó las fibras más hondas de mi ser hasta descubrirme secándome las lágrimas con la camiseta mientras un señor me ofrecía su pañuelo.
Las ciudades valen la pena por su gente, porque todavía, si tienes suerte, encuentras sonrisas, charlas e intercambios.
Mirar un corazón todavía vale la pena si lo descubres de regreso a casa, caminando por córdoba o purreydon y una mirada hace que pases súbitamente de la melancolía al estado más espectativo y cautivador.
Las ciudades valen la pena por su historia, por cómo la cuentan sus habitantes, por sus avenidas y sus kioskos de flores. Porque te hacen llorar y sentir la melancolía milenaria de sus tradiciones, porque se convierten poco a poco en algo similar a un axis mundi, porque están llenas de teatralidad y recuerdos listos para ser signos, listos para saltar a las metáforas y para crear lenguajes.
Dale, vale la pena caminar 40 cuadras y saber que la capacidad de conmoverte, de crear, de dejarte llevar, de imaginar, camina contigo en la brecha que descubres que se va abriendo.
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