martedì 16 febbraio 2010

De modo que el punto de partida arriba otra vez.
Me encuentro de nueva cuenta con que un requinto de guitarra a mitad de la noche hace que sienta la vitalidad perdida en una barra de un hostal cualquiera.

De modo que un par de acordes me hacen recordar. El cielo y el dolor. Podría decir que lo he sentido antes. ¿Podría realmente decirlo? Esa combinación de placer y tortura que descubres por ejemplo, en la mirada de un extraño que bajo circunstancias precisas, deja de ser un extraño por un periodo corto de tiempo para marcharse a medio día. ¿En dónde radica el dolor? ¿En lo más irracional, en lo más ilógico? ¿En las ausencias? En un par de acordes. Y entonces escucho… y es como arrancarse una costra.

El olor entre los lindes de los años y los muros de las casas nuevas aún sin descubrir abren los sentidos. El rasgueo y la voz de aquel que canta son familiares y huelen a melancolía, a latas olvidadas en la alacena, a necesidad de ser escuchados mientras mis dedos se mueven en el teclado. Por cierto, me apetecería escribir en una máquina vieja y entintarme los pulgares. Cambio una noche fría por una caminata en otoño y una canción en mp3 por una voz con textura de fonógrafo.

De modo que la paciencia se ha venido acercando sigilosamente, caminando las cuadras entre las calles de la desesperación y el hastío. Ha llegado y me ha costado abrirle la puerta. Porque sí, a veces es mucho más fácil sentirse simplemente miserable… Y es que la paciencia, si no terminas de entenderla, asunto por cierto, bastante difícil en algunas ocasiones, puede parecerse tanto a la pereza, a la podredumbre del aburrimiento del alma, al ocio, a la creatividad tirada por el tubo del retrete… a aquello que llamamos crisis de identidad, de discurso, de ética, de congruencia.

La paciencia ha llegado ahora, pero es que no vino sola. Le indicaron qué ruta tomar todos aquellos momentos en los que, llenos de intentos fallidos yo insistía encontrar un camino, decidir y apostar. Parece que todo se acomoda. Igual todavía no hay nada escrito. Y de pronto me gusta simplemente sentarme y escribir. Así, sin premisas, sin tema en particular. Y luego claro, volver al trajín necesario para abrir los ojos y mover las piernas. Para sobrevivir en un ambiente en el que parece que no sucede nada cuando sucede de todo, cuando es tanto el bombardeo, tantas las imágenes, tanta la angustia, tanta la desazón que nos hemos acostumbrado y ya casi ni reparamos en ello, no nos queda más que poner las manos a vivir. Cuando nos apabullan diciendo que la tristeza y la resignación son la mejor forma de vida encuentro que en un par de cigarrillos y en leer un buen libro, las cosas simples toman un valor que ayuda a despegarse de la inercia.

Hay días en que me levanto y una ráfaga de ganas se mete por los poros de la piel, otros en cambio, en los que el aire es insoportable y me quedo sin la menor intención de respirar. Pero mi cuerpo es paciente y me aguanta…

Mantenimiento para el cuerpo. Ogni tanto ci vuole.

Es casi un mes desde que llegué. No podría definir todavía la sensación de tenerla a la paciencia sentada en el sofá. Le invito un mate. Lo tomo con ella. Salgo a hacer las labores, camino entre avenidas que gritan que vivas el instante pero que apenas comienzas a hacerlo, te hacen sentir que pierdes el tiempo. Y yo sólo me digo que las cosas van sucediendo en medida en que las vas construyendo. Trato de salir del abismo personal que me he construido como falso refugio y entonces, sólo allí puedo comenzar a disfrutar del instante, a ahondar en él. Y en la sensación desoladora que otorga lo efímero… Y respiro. Me calmo…

Y si, en una charla, en un texto, en un ensayo, en un plato de sopa humeante se encuentra una soga de un puente que nos permite ver que en los pequeñitos detalles uno de pronto puede encontrar la eternidad.

De modo que el punto de partida es cada día.

Buenos Aires, Argentina.

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