martedì 16 febbraio 2010

aeropuertos

La espera en los aeropuertos es siempre un tiempo muerto. A pesar de que la gente hace infinitos intentos por distraerse con los souvenirs o concentrarse en una lectura del libro comprado recientemente e intenta inútilmente traer de vuelta ese tiempo que se nos muere en las manos, las horas que transcurren entre el registro de equipaje hasta el momento en el que subes al avión definitivamente es algo que puede llegar a desesperarte al grado de estar a dos de un colapso nervioso. En algunas ocasiones en ese espacio de tiempo de pronto se cuelan unas que otras ideas que vienen y van junto con las miles de personas que transitan por las salas de espera. Entonces sentadito en un asiento incomodísimo de la sala 23 decides que para pasar el tiempo en vez de ponerte dramático sobre cómo será el viaje, y más aún, cómo será la estadía, lo mejor es fantasear sobre la vida de los demás tripulantes que esperan junto contigo el comienzo del abordaje.

Ahí está el típico chico ejecutivo junior de 30 o 32 años que hace un viaje express, de negocios obviamente y que carga encima con la última tecnología. Una lap top que cuenta con funciones parecidísimas a las del motor del avión al que está a punto de subirse, el mejor y más costoso celular, por el cual habla en voz baja y con tono de seriedad, seguramente de algún detalle importante de la reunión a la que seguro va, (entre emocionado y empeñado en ganarse la realización del proyecto de ingeniería o algún tema parecido). Y por último la vestimenta sobria y un poco incómoda que caracteriza a un ejecutivo de su edad con aspiraciones de un status mayor. Lo que te imaginas es que seguro, a las dos o tres horas de vuelo, tratando de que la sobre cargo con la que coqueteó apenas abordó no lo vea, se quitará los costosos y molestos zapatos que le han estado causando la mayor de las molestias y le dará un trago al pepto bismol. Después se bajará del avión en la primera escala, irá a su junta de negocios en taxi, puesto que nadie ha ido a recogerlo al aeoropuerto, como él se imagiaba, hará su presentación, saldrá del edificio contento y seguro de que ha sido un éxito. Lo que no sabe todavía mientras, ahora, prende su i pod y se mete discretamente una goma de mascar en la boca, es que, pese a que su proyecto es viable y original, le darán el puesto al hijo de un director que acaba de llegar de pasar un tiempo en rehabilitación pero que ha jurado dedicarse a la carrera que con tanto esmero le ha construido su padre.

De tu lado derecho, está la pareja más o menos joven que viaja aparentemente emocionada. Él no deja de hacerle mimos y cariños a los cuales, ella responde, si te fijas, de un modo más bien frío y obligado. Entonces imaginas las razones de ella para comportarse así con un chico bastante guapetón que parece que la adora: El viaje es de reconciliación, ya que ella, tres meses atrás lo atrapó saliendo de un motel con otra mujer, cuando después de repetidas ocasiones, el instinto femenino que él juraba era paranoia, no le falló y por fin se atrevió a seguirlo saliendo del trabajo para atraparlo en la movida y con las manos en la masa… literalmente en la masa, ya que para su sorpresa, la mujer con la que lo vio salir era bastante gorda y varios años mayor que ella. Que te engañen con una gorda, sólo puede ser resarcido con tres meses de rosas, regalos y un viaje costosísimo por lugares exóticos, le ha dicho ella cuando lo “ha perdonado”. Ahí están. En tu cabeza suena “Love is a losing game” y luego se calla abruptamente cuando ves que el tema no va con la situación. Él trae en la mirada un poco de culpa y deseos fetichistas reprimidos junto con todas las ganas de rehacer su vida con la mujer guapa, exitosa y gran esposa, a la que realmente ama, a pesar de todos sus complejos e inseguridades no superadas. Ella tiene en la postura un poco de coraje reprimido, culpa también, pues de no haber descuidado a su marido, tal vez esto no hubiera pasado, pero sobre todo, tiene unas enormes ganas de vengarse. Sí, si. La palabra “revancha” está escrita en su frente y en la espalda baja la premisa siguiente: “será con un mozuelo del primer restaurante que visitemos en el viaje”. De todos modos, ella le regresa los mimos y le sonríe con todo el esfuerzo, tratando de verlo del modo en el que lo hacía un año atrás. Típica historia. Vámonos de viaje para encender de nuevo la pasión. Lo que el tipo no sabe es que ella, seguro, acabará yéndose hacia otro país sin avisarle, que regresará solo y que un par de meses después ella llegará a casa diciendo que lo ha extrañado, pero que se la ha pensado y que, aunque se muere de miedo, quiere el divorcio. Que se dio cuenta cuando fueron a aquel paseo en lancha después de tomar un helado y caminar por la plaza principal, que no puede más seguir con ese matrimonio y que todo fue un error desde el principio.

Luego la misteriosa mujer que no deja de verte mientras se toma un café y trata de resolver un juego de sudoku. Ella es demasiado misteriosa, o demasiado común, no lo decides aún, pero buscas inventarle una historia y te descubres ante la total incapacidad de poder indagar sobre la ficcional vida de aquella mujer. Y entonces piensas: “Y si, hay gente a la que no puedes verla a los ojos sin mirar un vacío estremecedor”. Claro, es por eso que recién se volvió a poner las gafas obscuras.

Volteas la mirada, la abres, como un caleidoscopio de la infancia y de pronto, el foco se acerca hacia tu persona. Te ves, intentas analizar tu postura, el lenguaje corporal, la energía que traes y te percatas de que por ahí, escondida hay una historia propia.

Vuelves, sigues, vas y regresas. Este viaje es de búsqueda, te dices. Y cuando estás a dos de gritar que te estás muriendo de nervios porque no traes en el equipaje la mínima certeza, una voz en el altoparlante te dice que es hora de abordar el avión. Sacas el pasaporte, caminas dos pasos, tres, ves al chico del i pod y a la señora misteriosa. Su historia es incontable, tal vez.

La tuya es todavía incierta, una página con nada más que puntos suspensivos.

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